Dante en la Divina Comedia decía que “cuando existe confusión, estamos en presencia de una decadencia”.

Nosotros llevamos casi 80 años en una progresiva y constante decadencia producto de la confusión de nuestra dirigencia política.

Las causas de la decadencia de la Argentina en los últimos 70 años tiene sus raíces en fenómenos económicos, sociales y políticos que coadyuvaron a que el país mantuviera un atraso permanente comparado con otros similares desde el punto de partida de este análisis.

La investigación de este proceso decadente es pertinente pues existe en la sociedad argentina un clamor que exige una mejor calidad de vida que la dirigencia política de los últimos 70 años no ha sabido entregar.

Además hay plena conciencia social en el sentido que las generaciones que nos precedieron vivían mejor. A principios de la centuria pasada poblaciones de todo el mundo querían inmigrar a Argentina. Hoy los nietos y bisnietos de esas generaciones quieren emigrar.

“La migración es la estrategia humana más antigua para aliviar la pobreza”(William Lacy Swing)

FACTORES ECONÓMICOS

En primer lugar analizaremos las cifras de nuestro atraso para tomar conciencia de la magnitud del problema y luego desarrollaremos distintas causas dentro de lo económico, social y político.

Para ello utilizaremos gráficos comparativos del PBI por cápita entre Argentina y distintos países entre 1900 y 2004 , y cortes transversales comparativos en 1900, 1920, 1940, 1960, 1980, 1990 y 2004.

Como puede verse Argentina estaba desde comienzo del siglo XX y específicamente en la década del 40 con un PBI por cápita sólo superado por Estados Unidos, Inglaterra, Australia y Canadá. Estaba quinta en el orden mundial.

Superaba a todos los otros países que en los años sucesivos a 1950 nos fueron dejando atrás hasta alcanzar nuestra posición actual de 57 en el mundo.

Los gráficos anteriores ponen en evidencia que la Argentina tiene un grave problema.Indican que algo está muy mal en nuestra sociedad y debe ser corregido.

Pero que es lo que está mal?.Hay muchas explicaciones. Algunas tienen algo de verdad pero carecen de rigor científico y deben ser descartadas.

Hay quien le echa la culpa de nuestro subdesarrollo a la cultura latina, hispánica o al catolicismo.Pero esto no explica el crecimiento de España durante la dictadura del General Franco entre 1958 y 1975. Ni tampoco el extraordinario crecimiento de Italia, Francia y Bélgica y más recientemente Irlanda después de la posguerra, todos ellos países ultra católicos y además los tres primeros latinos.

La teoría cultural del desarrollo económico está plagada de problemas y contradicciones.Tiene el inconveniente de que la cultura y la cosmovisión del mundo de un pueblo es muy difícil de cambiar.Es más no debe cambiarse.

Un país, si quiere desarrollarse y ser feliz , debe preservar al máximo sus valores culturales y sus tradiciones. La cultura no debe cambiarse para beneficiar a la economía. Deben mantenerse los valores y principios que conforman la identidad.

Otra idea simplista es inculpar a los gobiernos militares más allá de los errores que estos cometieron. Pero desde 1983 no hubieron gobiernos militares en la Argentina y sin embargo la decadencia se acentuó. Por otra parte Brasil (1964-84), Corea (1961-79), Taiwán (1958-78) y España (1958-75) tuvieron su despegue y mejores años de crecimiento en gobiernos militares.

Por supuesto menos que menos las formas estrictamente democráticas pueden ser inculpadas pues hemos visto el crecimiento de verdaderas democracias no clientelistas como EE.UU., Inglaterra, Francia, Australia e Italia.

Esto nos lleva a plantear distintas hipótesis dentro del ámbito económico para explicar el por qué de la decadencia progresiva de nuestro país.

Como la sobrevaluación del peso recurrente que experimentó la economía argentina en en diversos períodos que afectó gravemente el crecimiento de la productividad (TCR), la importancia del capital humano, la recaudación impositiva, el impuesto al salario, el gasto público , entre otros factores.

EL TIPO DE CAMBIO REAL (TCR)

En el mundo de los negocios, del comercio exterior, de las finanzas y de la economía en general todos manejan los Tipos de Cambio, pero como es un instrumento de uso extensivo y diario no siempre se reconoce la importancia que representa para la competitividad y fortaleza de una economía, cualquiera que fuera su estado de desarrollo, más al contrario, algunos gobiernos subestiman su poder y aplican políticas cambiarias favorables en el corto plazo, pero devastadoras en el largo plazo por tener un manejo político e irresponsable como ocurrió con la Argentina de la época de Menem que sobrevaluó su moneda respecto al dólar americano.

La sobrevaluación del peso argentino provocó una de las mayores recesiones y endeudamiento de su historia, llegando al extremo de que la deuda pública supere a su Producto Interno Bruto, perdió también el mercado externo e incluso el interno, disminuyeron sus Reservas Internacionales Netas, aumentó su deuda externa e interna, vendió activos del sector público (venta de empresas públicas), llegando al extremo de incumplir con el pago del servicio de deuda interna y externa.

Mientras los gobiernos de algunos países utilizan la sobrevaluación de su moneda como una estrategia para hacer creer a la población que han mejorado sus condiciones de vida, existen otros países que utilizan eficientemente los tipos de cambio para fortalecer su competitividad y acelerar su desarrollo como lo hace China que mantiene un Tipo de Cambio Fijo Subvaluado por 20 años consecutivos. Esta estrategia  junto con otras reformas y políticas económicas le ha permitido convertirse en la segunda economía del mundo; por la magnitud de su PIB, y en la primera por el valor de sus exportaciones y también la primera en Reservas Internacionales Netas.

Es cierto que la Argentina siempre cometió,y sigue cometiendo, el error de revaluar
periódicamente su moneda, en la falsa creencia  de que así mejora el salario real. Así lo hizo en 1946-54, en 1978-81, en 1991-2001 y últimamente en 2011-2015. Esas políticas, en el largo plazo, resultaron contraproducentes: redujeron los salarios  reales.

Corea del Sur, en cambio, multiplicó por 10 sus salarios reales, entre 1960 y 1990, porque en ese lapso sus exportaciones, en términos reales, se multiplicaron por cien veces, merced a un tipo de cambio competitivo, adoptado como verdadera política de Estado, en 1961, durante la presidencia del general Park Chung Hee, cuya hija es la actual presidenta del país, elegida por el voto popular, sin duda como agradecimiento del pueblo coreano a las políticas desarrollistas de su padre, que gobernara Corea del Sur desde 1961 hasta 1979.

El crecimiento económico de Alemania, entre 1948 y 1970, se obtuvo también sobre la
base de un tipo de cambio competitivo, que permitió al país multiplicar por veinte sus exportaciones entre 1950 y 1970, y su salario real por 3 veces en el mismo lapso. China comunista también crece actualmente sobre la base de sus exportaciones, alentadas
por un tipo de cambio competitivo, lo cual determina salarios crecientes en el largo  plazo.

En toda economía se debe comprender que los Tipos de Cambio no son inocuos y más bien son variables que pueden conducir a la economía a una situación de colapso o de éxito. Está claramente demostrado que tanto la sobrevaluación como la subvaluación de la moneda tiene efectos muy poderosos en el desenvolvimiento de la economía. Cuando una moneda está sobrevaluada provoca una pérdida de competitividad con la secuela de efectos que acarrea, mientras que la moneda subvaluada, sus efectos son favorables para la competitividad y el desarrollo de la economía.

En las últimas siete décadas la Argentina se ubicó en el 10% de países con mayor volatilidad de TCR, entre 48 países americanos, europeos y asiáticos sobre los que se cuenta con datos. Además, fue el país que en dicho período mostró una mayor porción de años (15% del total) con cambios del 30% o más en el TCR en un solo año. Lo siguen Venezuela, Nicaragua y Turquía.

Resulta imposible generar una industria exportadora con alto valor agregado con la mencionada volatilidad en el TCR, un precio clave para cualquier estrategia de inserción externa. El riesgo de un tipo de cambio real ubicado en niveles bajos es muy claro: la pérdida de competitividad en la producción de bienes transables, que afecta especialmente a la industria.

En estos últimos años se ha intentado compensar con mayor protección arancelaria y no arancelaria para los que compiten con las importaciones, pero esto no hace más que agravar la situación para los exportadores. Así, ya afecta el empleo industrial, que está estancado.

Otra consecuencia, junto a las crecientes importaciones de energía, ha sido la imposición del cepo cambiario. Cuando se llega a tales situaciones, la viabilidad de muchas empresas industriales pasa a depender más de lo que ocurra con las variables macroeconómicas, especialmente la política económica, que de las propias acciones de los empresarios.

En tal contexto, los esfuerzos en materia de reducción de costos o aumentos de la productividad suelen resultar insuficientes para compensar las consecuencias que causa un tipo de cambio real muy bajo sobre la competitividad. Muchas empresas quedan entonces a merced de la política macroeconómica.

Madurar y hacer eficiente una empresa puede llevar muchos años de esfuerzo de su personal y sus propietarios. Tal esfuerzo y sus resultados no deben ser puestos en riesgo por la volatilidad de las variables financieras o las fluctuaciones en el precio de las commodities, mucho menos por una política macroeconómica equivocada. Desarrollar instrumentos que eviten estos problemas constituye uno de los principales desafíos para la economía argentina del futuro.


LA IMPORTANCIA DEL CAPITAL HUMANO

Otra hipótesis sobre la decadencia es la naturaleza de “botín de guerra” de nuestro Estado. Los saqueadores son las masas de afiliados de los partidos políticos, esto es el llamado “clientelismo político” y es la causal de la inestabilidad del sistema democrático y del desaliento a la acumulación de capital humano en el país.

Los economistas clásicos del siglo XIX atribuían el desarrollo económico a la acumulación de capital físico, o sea, más fábricas, más tractores, más maquinaria producía un aumento de la producción y en definitiva del desarrollo económico.

Pero el Premio Nobel Robert Solow determinó que el crecimiento económico se debía en 12,5 % de capital físico y un 87,5 % de un factor residual que él llamó “adelantos tecnológicos”. Esto era producto de la la ley de productividad marginal decreciente, una vieja ley económica que explicaba este residuo de Solow o o productividad total de los factores (PTF).

Robert Solow

El problema era como llenar ese enorme residuo.Así empezaron las teorías de los economistas tratando de dar contenido al 87 % residual.

La conclusión más importante fue determinar que lo que estaba en juego en ese 87 % era la acumulación de capital humano, básicamente en la educación y el conocimiento que anida en el cerebro de los seres humanos , cuyo nivel es muy diferente en los distintos países. El problema era cómo se mide el capital humano.

Después de mucha econometría y discusiones se convino que la mejor forma de medirlo es partiendo de la población de un país en edad de asistir a la escuela secundaria y obteniendo el porcentaje efectivo de asistencia a la escuela.

Un país crece por los bienes físicos y por la acumulación de capital humano.

La acumulación de capital humano. Exámenes y la meritocracia en el Estado

La acumulación de conocimientos, esto es la formación de capital humano, es la base mas importante para el crecimiento económico. Pero ¿Cuál es la razón por la cual los países se entusiasman en serio con el conocimiento y el saber?

Los reyes de Prusia, para evitar la corrupción de los jefes de sus ejércitos, establecieron una meritocracia militar. Después advirtieron que lo mismo convenía hacer con los empleados civiles del Estado. Estos ingresaban y ascendían por mérito y dentro de una estricta carrera administrativa. La eficiencia del Estado permitió que con el tiempo, el insignificante Rey de Prusia pasase a ser el Emperador de Alemania.

Hacia 1860-1910 Alemania contaba con las mejores universidades del mundo y también con los mejores científicos, ingenieros, biólogos e incluso filósofos. El resto de los países de Europa, empezando por Francia e Inglaterra, copiaron el sistema meritocrático de la burocracia estatal alemana.

Estados Unidos lo hizo después de 1883 con la sanción de la Civil Service Reform Act que abolió el sistema de clientelismo y amiguismo en las designaciones de empleados públicos, al que se lo denominó “the spoil’s system” o sistema del despojo. Lo propio hizo el emperador Meiji en el Japon feudal de fines del siglo XIX y lo reforzó fuertemente el general Douglas Macarthur en 1948.

En nuestro país, el Presidente Sarmiento estableció la meritocracia en las fuerzas armadas al fundar el Colegio Militar y la Escuela Naval en 1869. También lo hizo en el poderoso Ministerio de Educación. La administración pública argentina, con sus más y sus menos, funcionó relativamente bien hasta mediados del siglo XX, época en que el amiguismo y el clientelismo tuvo una irrupción masiva en la política nacional.

Si el ministro del ramo puede designar a su primo o a su socio en el estudio como Director de Administración del ministerio, tendrá el control  absoluto del presupuesto y con ello se abre la puerta de la corrupción y la ineficiencia del Estado. Se calcula que en los últimos años por ejemplo, se nombró una clientela de mas de 300 directores generales y nacionales en la administración pública. Además, debido al exceso de nombramientos de favor, el gasto público pasó de representar el 30% del PBI en el 2002, al 45% en la actualidad.

Un Estado grande e ineficiente se convierte en una carga insoportable para correr la carrera del crecimiento económico. Todos los países que encabezan el desarrollo mundial tienen distintos mecanismos para promover el talento, el ingenio y el trabajo duro y en definitiva a los mejores en los distintos aspectos de la vida social. Y en todos los casos, el mecanismo básico es el ingreso a la administración publica por exámenes y ascenso por mérito, con fuerte descarte del clientelismo y el amiguismo.

En la República Argentina, la incapacidad de la política para alcanzar “el bien común” radica en que, a diferencia de las naciones mas desarrolladas, nuestro país no presenta una tajante diferencia, por una parte, entre el nivel político del gobierno que debe determinar los fines, las metas, los valores a perseguir, y a ejercitar la alta conducción del país, y por la otra parte, el nivel instrumental del Estado.

El Estado debe ser la maquinaria técnica eficiente que permite implementar las acciones conducentes al logro de los objetivos y metas fijados por el poder político.  El poder político define “el bien común” y el Estado es el instrumento técnico que permite alcanzarlo.

En la Argentina actual, el Estado, en lugar de ser el gran instrumento para el logro del bien común, suele ser el mero botín de guerra del partido que gana las elecciones, el que entonces procede a llenar los cargos del Estado, incluso los menores, con sus propios militantes.  Este sistema lleva a confundir “el bien común” con el enriquecimiento de políticos, de funcionarios, de empleados públicos o de sectores particulares, a costa del empobrecimiento del resto de la sociedad.  Esto significa falsificar el bien común.

Es rebajarlo, malversarlo, malinterpretarlo.  Implica apuntar muy bajo.

Hacia 1916 la Argentina vivía gozando del éxito del proyecto político de 1853-60 que contenía un sistema de botín limitado. El “sistema del botín”, sin embargo, continuó operando.

El sistema del botín, se fue haciendo más gravoso para el país y sus instituciones a partir del intervencionismo de Estado del decenio de los años treinta.

En el año 1943 por primera vez en la historia argentina la industria fue más importante que el campo. La Segunda Guerra Mundial hizo estallar la industria y millones de migrantes rurales, diferentes de los anteriores migrantes europeos, se trasladaron del campo a la ciudad para trabajar en las fábricas, principalmente del cordón de Buenos Aires.

El país estaba listo para un cambio completo, económico, social, político y cultural. Ese año comenzó a tomar forma el Peronismo, con un programa de reformas laborales largamente reclamadas por los sindicatos y obteniendo el apoyo masivo de esa nueva clase obrera que se expandía velozmente con la industrialización del país.

En los siguientes 74 años que siguieron al ascenso protagónico de Perón en la historia argentina, en 1945, el Peronismo se constituyó en un paradigma, seguidor de un arquetipo de líder carismático, justiciero, arbitrario, astuto, desapegado a la ley y a las instituciones de la República, con la virtud de la gobernabilidad, para suavizar la calificación de autoritario.

Historiadores como Félix Luna o politólogos como Robert Potash no dudaron en calificarlo como un déspota, un dictador, corporativo y antirrepublicano.

Con Perón se iniciaba una etapa crucial de la vida argentina, mediante el ascenso por vía electoral de un dictador al poder a través de elecciones limpias, como venía de suceder, en la década anterior, también en Italia y Alemania, países en los que la confusión y tragedias posteriores requirieron una guerra mundial para superarlas.

Los europeos aprendieron con sangre que no era suficiente ganar una elección para constituir una democracia, concepto que –después de más de setenta años– en la Argentina todavía no se ha llegado a comprender cabalmente.

Desde la irrupción de Juan Domingo Perón al poder en 1946 ocurrió una variante con respecto al sistema del despojo norteamericano, superado ya en aquel país.  En el nuestro se fueron agregando capas geológicas a los funcionarios de la administración pública porque se nombraban nuevos funcionarios clientelares por los sucesivos gobiernos, sin despedir a los nombrados por el gobierno anterior.

En 1949 se sancionó constitucionalmente la posibilidad de la reelección indefinida del Presidente. El nuevo régimen rechazaba implícitamente a la forma republicana de gobierno establecida teóricamente en el artículo primero de la Constitución Nacional, pero burlada en la práctica.

Se fundaba en la personalidad rutilante y extraordinaria de Perón que no quería ni necesitaba formas de sucesión. Pero, lamentablemente, el poder corrompe, y el ejercicio continuado de un poder omnímodo corrompe absolutamente. Es una ley inexorable de la historia que se cumple en todas las sociedades humanas y también afectó, obviamente, al Partido Justicialista. Ante la corrupción, la Iglesia Católica, que apoyó inicialmente al justicialismo de los primeros tiempos, se enfrentó finalmente al gobierno.

Fue así que la administración pública empezó a crecer en tamaño llegando al 40% del PBI y más aún.  Cuando el Estado es de gran tamaño en relación al PBI, debe ser eficiente y meritocrático, pues de lo contrario la carga del Estado grande  e ineficiente sobre la economía se torna insoportable.  Esto último fue lo que ocurrió en la realidad.

A los fracasados intentos reeleccionistas de Perón y de Menem, en el 2007 asistimos a un nuevo episodio reeleccionista, aunque esta vez disimulado bajo las formas matrimoniales.  El Presidente saliente decidió impulsar la candidatura de su esposa, quien siguió fielmente sus órdenes.  Para conseguir esta reelección, el gasto público aumentó en un 50% durante el año 2007, lo cual indujo la ruina del modelo de crecimiento basado en las exportaciones sobre la base del tipo de cambio real alto y el superávit fiscal, inaugurado en el 2002-2003.

Para disimular el impacto inflacionario del descomunal incremento del gasto público y de los aumentos de salarios nominales del orden del 30% decretados en las convenciones colectivas de trabajo no acompañadas de un aumento en la productividad, el gobierno del santacruceño, siempre fértil en ardides, decidió falsificar los índices oficiales de inflación que preparaba el INDEC. Lo hizo mediante la intervención del organismo y la expulsión de los funcionarios competentes de carrera y su reemplazo por su clientela partidaria.  El sistema clientelar de dominio completo de la administración pública mostraba así su más cuestionable faz.

La Presidenta, aconsejada por su marido ex Presidente, ante la necesidad de solventar el aumento del gasto público del 2007 provocado por el clientelismo recalcitrante, decidió a mediados del 2008, aumentar las retenciones a las exportaciones a niveles exageradamente altos, lo cual generó protestas en el sector agropecuario y la derrota parlamentaria del gobierno en julio de 2008, cuando el Congreso no convalidó dichos aumentos.

No satisfecho con esos intentos, el matrimonio presidencial, aconsejado nuevamente por funcionarios obsecuentes, decidió echar mano a la recaudación de los fondos de jubilaciones y pensiones (AFJP) a fines del 2008.  Estos fondos proveen una recaudación adicional mensual de unos 15 mil millones de pesos.  Nuevamente se hizo evidente que al no existir un sistema de cuadros permanentes de carrera en la administración, los poderes presidenciales argentinos se expanden hasta hacerse casi similares a los de Luis XIV en la Francia pre-revolucionaria.

Sin embargo, hacia octubre del 2009, el gobierno enfrentaba elecciones de medio término de diputados y senadores y ante la probabilidad de una derrota ante el deterioro creciente de la economía, debido a la crisis mundial, decidió adelantar los comicios desde octubre del 2009, hasta junio del mismo año.  No contento con esta forma de fraude, decidió además que la candidatura a diputado nacional por Buenos Aires del ex Presidente fuera acompañada de candidaturas a diputados “testimoniales” como la del gobernador de  Buenos Aires, el vicegobernador y los intendentes.  Aun así, con los refuerzos de estas maniobras, fue derrotado.

A mediados del 2010 se hizo evidente que el matrimonio presidencial había encontrado la fórmula para burlar la limitación de los ocho años (4+4) establecida en el artículo 90 de la Constitución Nacional  y así perpetuarse indefinidamente en el poder, mediante la cesión recíproca del turno.  Sin embargo, este artilugio anti-republicano cayó con el fallecimiento del ex Presidente en octubre de 2010.

El acicate de conservar para siempre el manejo discrecional del presupuesto nacional, equivalente a unos 100 mil millones de dólares es siempre muy tentador.  Tan tentador que el matrimonio Presidencial intentó comprar el grupo multimedia del diario Clarín para hacer su propia propaganda electoral y poder obtener así el voto de la clase media desprevenida.  Ante la negativa de los dueños del diario, hicieron aprobar un proyecto de ley de medios audiovisuales inconstitucional.

El propósito de la ley fue permitir la adjudicación de nuevos espacios de radio y televisión para que capitalistas amigos se apropien de la televisión y las radios.  La intención detrás de esta maniobra fue torcer la voluntad popular a su favor para poder ganar en las elecciones presidenciales de 2011 y alternarse matrimonialmente el poder hasta el 2027, por lo menos.

Como es clásico en nuestro país, a los pocos meses de ese deceso, el entorno presidencial empezó a pensar en la reelección presidencial para el 2015. Un cuadro incondicional del oficialismo, la diputada Diana Conti comenzó a hablar públicamente “Cristina eterna” y de la ya consabida “re-re”

El kirchnerismo expresa hoy la fase superior de la larga crisis argentina. Es tan duro y resistente como la crisis misma.

Los grandes rasgos de la Argentina de la larga crisis confluyen en ese modelo de gobierno. Un Estado desarticulado en su estructura legal e instrumental, que fue copado por un grupo político. Un uso de las herramientas del Estado para hacer negocios particulares, que unen el dolo con la destrucción sistemática de todo aquello alcanzado por su larga mano. Un estilo de gobierno de base democrática, pero radicalmente antirrepublicano, cuyo horizonte fue la dictadura personal. Finalmente, un mundo de la pobreza que ha recibido migajas del festín, y sobre el que se ha instalado un aparato político sólido e íntimo, que llega hasta sus últimos intersticios.

Deja claro este relato que el país necesita una verdadera reforma constitucional que refuerce definitivamente el régimen republicano de renovación y rotación del poder.

No será fácil revertir todo esto, pero hay una posibilidad.

¿Por qué la Argentina murió aplastada por la Argentina peronista? Porque los argentinos abandonaron los ideales y se dejaron apresar por el abrazo tibio y repulsivo de la mediocridad.

Hay “argentinos” (así, entre comillas, porque no merecen ser llamados argentinos de verdad) que han renunciado a sus tradiciones nacionales, a los modelos heroicos de la hispanidad de la que somos herederos, y han adoptado hipócritamente los estereotipos de un hombre moderno que es mercenario, sensual, relativista, agnóstico, desleal, falso, esclavo vocacional del poder, incapaz de pensar por sí mismo y rápido para adoptar cualquier opinión dominante, aunque sea la mentira más vil.

El sistema de Servicio Civil

El sistema del servicio civil de mérito y la carrera de funcionario de por vida ha sido adoptado por todos los países desarrollados y es una de las causas de ese desarrollo.

Uno de sus mayores teóricos fue el sociólogo Max Weber quien afirmaba que frente a la utilización del Estado para extraer ventajas o como botín de guerra, en los tiempos antiguos:

“se sitúa ahora el funcionarismo moderno en un cuerpo de trabajadores intelectuales altamente calificados y capacitados profesionalmente por medio de un prolongado entrenamiento especializado, con un honor de cuerpo altamente desarrollado en interés de la integridad, sin el cual gravitaría sobre nosotros el peligro de una terrible corrupción o de una mediocridad vulgar, que amenazaría al propio tiempo el funcionamiento puramente técnico del aparato estatal,….”

Max Weber

Si encontramos mediocridad, vulgaridad y corrupción de nuestro sistema político, debemos recordar las palabras de Max Weber: según el eminente sabio, estas lacras tienen su origen en el sistema clientelista, nepotista y amiguista de nombramientos en el Estado.

El sistema de servicio civil fundado en la carrera de por vida y en el mérito tiene al menos ocho ventajas esenciales para todo país que pretenda salir del estadío de “Banana Republic”, ventajas que enumeramos a continuación:

-La primer ventaja consiste en que un servicio civil con funcionarios de carrera nombrados de por vida sobre la base de la idoneidad permite al país tener “Políticas de Estado” de largo plazo y sustraerse a las ventajas personales de momento de los ministros y gobernantes. No hay políticas de Estado sin un funcionariado idóneo y de carrera.

-La segunda gran ventaja del servicio civil de mérito y de funcionarios de por vida es que permite al Estado tener memoria administrativa: recordar los errores de política y en consecuencia evitar su repetición.

-La tercer ventaja del servicio civil competitivo consiste en que ayuda enormemente en la lucha contra la corrupción. En efecto, la pirámide jerárquica se angosta considerablemente en los cargos administrativos más altos y los funcionarios se vigilan mutuamente porque aquel que comete un acto de corrupción queda descartado en los ascensos.

-La cuarta ventaja del servicio civil de mérito tiene que ver con el mejoramiento de la clase política. La historia de varios países con servicio civil demuestra que muchos funcionarios de carrera, cuando se jubilan, pasan a militar en las filas de un partido político.

-La quinta ventaja proviene de que, como la burocracia de mérito es seleccionada sobre la base de exámenes donde lo que cuenta es el saber y la inteligencia, ello tiende a revalorizar los sistemas educativos del país. Los profesores y maestros adquieren una importancia fundamental en la vida nacional.

-La sexta ventaja está muy relacionada con la anterior. El entusiasmo por la educación que genera la circunstancia de que el principal empleador del país selecciona su personal estrictamente en base a conocimientos contagia todas las demás actividades del país, y así favorece un mejoramiento del conocimiento, la ciencia y el saber en todos los órdenes. El saber es capital humano y éste es uno de los determinantes del desarrollo económico.

-La séptima ventaja tiene que ver con la democracia, la igualdad, la movilidad social y las instituciones políticas. Cuando el saber es la base de las recompensas y la posición social de las personas, tiende a desaparecer la lucha de clases, pues se diluyen los privilegios inmerecidos, y de esta manera se fomenta la cohesión social y nacional.

-La octava ventaja de la contratación por exámenes y por merito en la administración pública consiste en que sirve de límite a la fácil e incesante expansión del gasto público improductivo, y así permite obtener finanzas públicas sanas.

El Servicio Civil en países desarrollados

Alemania.

En Occidente, los primeros gobernantes en advertir las ventajas de un servicio civil de mérito en la administración pública fueron los reyes de Prusia ya en lo siglos XVII y XVIII. Establecieron un sistema de ascensos por mérito para los oficiales de sus ejércitos y además, buenas jubilaciones militares. Se decía de la antigua Prusia que no era un Estado con ejército sino un ejército con Estado. Tuvieron tanto éxito con un ejército profesional con oficiales de carrera ascendidos por el mérito, que decidieron extender el sistema a la administración civil: los funcionarios civiles, llamados “beamters”, se incorporaban a la administración pública mediante exámenes cuando jóvenes. Luego los ascensos se producían en función del desempeño, la dedicación, la inteligencia y el patriotismo puesto de manifiesto en sus tareas.

El Estado alemán desde hace tres siglos se destacó siempre por su proverbial eficiencia, que algunos atribuyen a la superioridad de la raza alemana. Craso error. Se trata solamente de una fuerte tradición institucional de promover a los mejores y nada más.

La antigua tradición de la incorporación y ascenso por mérito en la administración pública, el llamado modelo weberiano, se mantiene incólume en la Alemania reunificada actual. Y es la base de la eficiencia de su Estado y de su actual poderío económico.

Francia

En Francia, como en todos los países democráticos, el voto popular determina el llenado de los cargos políticos. Pero los exámenes, la carrera administrativa, los conocimientos y el mérito determinan los nombramientos en los cargos administrativos del Estado, que quedan en manos de “fonctionnaires”.

En 1945, el general Charles de Gaulle fundó la Escuela Nacional de la Administración, la famosa ENA, en donde la juventud francesa ingresa sobre la base de exámenes competitivos. Las grandes escuelas para el ingreso a la administración pública son, en realidad, las más prestigiosas universidades del país. En Francia se habla jocosamente de la “enarquía” pues una alta proporción de sus presidentes, elegidos por el pueblo, han sido ex funcionarios de carrera jubilados, pero originalmente egresados de la ENA.

El punto consiste en que para ser funcionario público en ese país no sirve ser pariente, socio o amigo del Ministro o del Presidente, o afiliado al partido gobernante, como entre nosotros. Hay que ser egresado de la ENA. Las carreras de funcionario público son de por vida y se asciende por mérito.

La meritocracia en el Estado prevalece en el Estado francés, en tanto que el clientelismo y amiguismo, en el Estado argentino.

Japón

En Japón existe un sistema parlamentario democrático sancionado en 1948 bajo la supervisión del general Douglas MacArthur, donde el pueblo vota y elige los miembros del Parlamento. El jefe del partido que gana las elecciones se convierte en el Primer Ministro y designa a los veinte ministros restantes, también miembros del Parlamento. Pero el Primer Ministro y los ministros en las respectivas carteras tienen prohibido designar a los demás funcionarios, excepto cuatro miembros del partido. Cuatro solamente.

Los funcionarios de cada ministerio son elegidos por medios de exámenes objetivos, igualitarios y competitivos que se toman todos los años en el mes de marzo a los recién graduados en las universidades, si se trata de ingresar al escalafón profesional. El clientelismo y amiguismo quedan eliminados.

El sistema asegura mucha experiencia, memoria, decencia y materia gris en cada ministerio. Y sobre todo permite al país seguir políticas de Estado de largo plazo. Una de ellas fue la política cambiaria de tipo de cambio competitivo, que le permitió al Japón multiplicar por 60 veces sus exportaciones en términos reales entre 1950 y 1980. A título de comparación, en el mismo período, el volumen de las exportaciones argentinas solamente se duplicó

La carencia de servicio civil en el Estado argentino

En lo que sigue podríamos presentar algunos ejemplos históricos y trágicos tomados de los últimos de la vida política argentina que ilustran acerca de los enormes costos que tuvo y tiene para el país la carencia de un servicio civil de mérito.

Sostenemos que para ser un país en serio y no uno de opereta como en realidad hemos sido en los últimos 70 años, no solamente se necesita un servicio civil de carrera de alto nivel intelectual y máxima integridad, sino que los funcionarios de ese servicio civil deben tener una estabilidad casi similar a la de los jueces, para poder así dar sus opiniones francamente a los ministros y presidentes, aunque obviamente la decisión final sea la de éstos últimos.

Pero previamente los políticos tienen la obligación de escuchar la opinión de los funcionarios sobre las Políticas de Estado de largo plazo, de las cuales los funcionarios de carrera son custodios. Y los funcionarios de carrera, si sus opiniones son desechadas por el Presidente o sus Ministros, deben luego poner lo mejor de sí para asegurar el éxito de las propuestas presidenciales o ministeriales, como una cuestión de honor.

Los políticos deben prevalecer, pero en los temas gravitantes deben escuchar previamente las opiniones de los que saben para evaluar los costos y beneficios para el país de las medidas propuestas. Los presidentes y ministros en la Argentina suelen tomar medidas en función de sus necesidades electorales o conveniencias personales ocasionales, especialmente su necesidad de mantenerse en el cargo, y luego los ciudadanos argentinos pagamos costos siderales en materia de pobreza y desempleo.

Por ejemplo, es sabido, que a fines del siglo XIX la doctrina Calvo enunciada por el diplomático y tratadista argentino Carlos Calvo, establecía que las empresas extranjeras debían radicar sus quejas y plantear sus demandas ante el Poder Judicial del país receptor de la inversión. La doctrina argentina de Calvo fue aplaudida y puesta en las constituciones de muchas repúblicas hermanas latinoamericanas.

Sin embargo en el decenio de 1990 el Congreso argentino, olvidando la tradición jurídica nacional, aprobó más de 50 tratados inconstitucionales que permiten a los inversores extranjeros sacar de la justicia argentina los pleitos que tengan con el Estado Argentino y llevarlos a un tribunal arbitral internacional en el seno del CIADI o la UNCITRAL, un privilegio que los ciudadanos y empresarios argentinos ciertamente no tienen.

Así, en la Argentina actual, los extranjeros tienen más derechos que los nacionales. Un ministro brasileño se preguntaba con sorna como puede ser que la Argentina, país que a principios del siglo XX era un modelo de civilización jurídica y social haya caído al nivel africano. En efecto, esos tratados de CIADI fueron modelos standard redactados en el decenio de 1960 por el Banco Mundial para los nuevos países africanos, países que venían de ser recientes colonias, y por lo tanto no tenían un poder judicial independiente e idóneo para atender las demandas de potenciales inversores foráneos.

Este no era el caso argentino. Brasil tiene 50 veces más inversiones extranjeras que la Argentina y no otorga el enorme privilegio africano a las inversiones que vienen del exterior. Por supuesto, consecuencia de esta imprudente política, surgida de la ignorancia y de la inexistencia de un cuerpo de funcionarios idóneos y de carrera en su Estado, la Argentina afronta actualmente demandas judiciales en el exterior por 50 mil millones de dólares.

La agonía

La “Primera Argentina”, luego de una prolongada agonía de un siglo, agotó por estratificación al “proyecto agropecuario del ’80” relacionado con el imperio hegemónico inglés, hasta la Segunda Guerra Mundial. Desde 1945, cuando el Reino Unido gana la guerra y pierde el Imperio, la Argentina navega a la deriva. Durante años será un “país paria”, “amigo de todos y aliado de nadie”.

Raymond Aron llegará a decir que “fue la decepción de Occidente en el Siglo XX”. Solo su fortaleza natural pudo permitirle tan larga y agónica decadencia. Entre 1982 y 1989 el Proyecto del siglo XIX se agotó, sin relevo.

Raymond Aron

Paul Samuelson, Premio Nobel de Economía, señaló a mediados del siglo XX que…“Ha sido un milagro que la Argentina, a pesar de contar con todos los atributos para constituirse en una de las mayores economías del mundo, se convirtió en uno de los países más atrasados”…

Paul Samuelson

Carlos García Martínez publicó en 1983 su oportuno y profundo libro “La Grandeza Argentina”. Una de sus conclusiones fundamentales es esta:

“…la verdadera raíz de nuestros males es la inexistencia de una concepción política capaz de renovar profundamente las Instituciones”…

El núcleo de su tesis se encuentra en la Tercera Parte de su libro:

“La Inestabilidad Política es la madre y el padre de nuestra decadencia” y “La Inestabilidad Política y la Crisis del Estado son consecuencia y derivación de la fractura espiritual de la clase dirigente”.

La “fractura espiritual” es el extravío cultural de la clase media, que gobernó durante todo el siglo XX. La pérdida de su identidad, de su cultura.

El PODER, también ha cambiado. Antiguamente tenía poder quien poseía una gran población, un gran espacio, una gran economía. ¿Quién tiene hoy poder?: en primer termino quien tiene CONOCIMIENTO.

Aquellos actores que han ingresado a un alto proceso de innovación tecnológica a través de una alta capacidad de ahorro destinado a la investigación. Es el caso de EEUU y por ello, en una difusa multipolaridad, es el “primum inter pares”(primero entre iguales). Tecnológicamente está un paso adelante. En las operaciones sobre Kosovo ,por ejemplo, se emplearon 44 satélites; 42 eran de EEUU.

“Argentina necesita más conocimientos, y si bien no es tan complicado conseguirlos, la mano en materia de crecimiento viene no tan bien: sin una estrategia de transformación productiva, el país no va a crecer tanto, porque ya es muy rico para lo poco que sabe”.(Hausmann)

Es conveniente hacer aquí una breve aclaración. No me estoy refiriendo a la sociedad “informatizada”, sino a la del “conocimiento”. Es muy difícil encontrar un hogar que no tenga televisor, la información y la desinformación llegan y al llegar transforman los requerimientos sociales.

Pero el “conocimiento” seguramente no llega a ese mismo grupo social, con  la misma facilidad.

Una sociedad que no posee una masa crítica de su demografía en el exigible nivel de conocimientos tecnológicos, carece de posibilidades de innovación e inserción en economías globalizadas. Perderá poder y su rango relativo irá en rápido retroceso.

Cuando esa masa crítica sea mayor, mayor será el poder. Allí está el valor de la educación y de la instrucción. Ésta es una mala noticia para los argentinos, que destruyen su sistema educativo e instructivo con “todo éxito”.

¿Por qué la “educación” ha tomado un alto valor político?

Porque en la formación espiritual de los pueblos, está la preservación de su ética, de su  idea de pertenencia, de su identidad y allí reside hoy el núcleo de la soberanía nacional.

El Libertador, en tiempos muy difíciles, repetía:  “O somos los que debemos ser, o no seremos nada”.


Otros factores

La Argentina debería ser un país desarrollado, pero no lo es. ¿Por qué? Porque tres corporaciones se han aprovechado de ella.
1)Los empresarios prebendarios que le venden a la gente, a precio de oro, lo que afuera se consigue por monedas.Los que ruegan por más obra pública porque al parecer en la Argentina, sin el dinero de los contribuyentes, no se construye ni un nicho de cementerio.

2)Los sindicatos, que dicen defender los derechos de los trabajadores y que se comportan como “empresas”; así  empresas entre comillas, porque los sindicalistas, aunque ganan sumas incalculables, no invierten un peso de sus bolsillos y no asumen el menor riesgo.

3)Los políticos, que con el canto –o para estar a tono con el pasado reciente, con el relato– de la “mejora distributiva”, le sustraen a cada trabajador, a través de los impuestos, el equivalente a la mitad de un año de trabajo. La Argentina no vive con estas corporaciones: vive para ellas. Por eso no es un país desarrollado.

No es un secreto. Empresarios que luego de doce años de hacer negocios con y gracias al kirchnerismo, como los vinculados a la obra pública, o representantes de los sectores industriales más proteccionistas, reconocieron públicamente ante la prensa su esencia corrupta y extorsionadora, aunque más tarde, ante la justicia, hayan relativizado sus dichos.

El sistema no es sólo inviable económicamente, sino también homicida. Nuestros sindicalistas constituyen verdaderas monarquías hereditarias: son reelegidos en sus cargos de manera permanente y reemplazados por sus propios hijos sólo una vez que mueren o renuncian.

La función de los políticos se ha desnaturalizado por completo. De tener que trabajar sólo para brindar los bienes públicos básicos necesarios como justicia, seguridad, diplomacia, salud y educación básicas se han transformado en una verdadera corporación. Como toda corporación, primero se defiende a sí misma con uñas y dientes; este reflejo corporativo es especialmente notorio (y obsceno) cuando se trata de tapar sus propios escándalos de corrupción. Recién después, para beneficio de la tribuna, simulan pelearse por el voto de la gente. Son, por regla general, corruptos y transas como los peores elementos de la sociedad.

¿Qué nos pasó para que sufriéramos esta auténtica implosión económica?

Ésta es una sociedad que hace unos cien años (por lo menos desde fines de la Primera Guerra Mundial) comenzó a alejarse de los ideales de la auténtica libertad política, el republicanismo, el respeto a las instituciones, el libre comercio como principio rector de la asignación de recursos, el capitalismo de la libre competencia como forma de acumulación de la riqueza y la excelencia educativa como eje rector de la meritocracia social.

Cuando nos alejamos de estos valores la Argentina quedó presa de un empresariado prebendario y una clase política y un sindicalismo corruptos que le hacen de socios. El empresariado prebendario se enriquece sin esfuerzo competitivo y luego reparte entre los tres los frutos de sus ganancias espurias.

Sin competencia con el mundo, gracias a esa estafa llamada sustitución de importaciones o “vivir con lo nuestro”, la élite empresaria nos impone los precios que se le antojan. La eficiencia económica no puede importarle menos. Menos aún le importan las consecuencias que esto tiene sobre los niveles de pobreza y la inequidad con la que se distribuye el ingreso.

Es cierto que la eficiencia económica no tiene nada que ver con el modo en que se distribuye el ingreso (aunque sí está relacionada inversamente con la pobreza), pero es probable que cuanto más se deba competir para ganar dinero y prosperar, más verdadera conciencia social se tenga. De hecho, los números muestran que cuanto más competitivos y eficientes son los países, mejor es su distribución del ingreso.

“En la Argentina hay hambre, no porque falten alimentos, como pasa en otros países, sino porque sobra inmoralidad”.

Esta frase del ex presidente Raúl Alfonsín tiene mucho de cierto, pero no en el sentido en que la mayoría la interpreta y en el que probablemente el mismo Alfonsín la expresó.

La inmoralidad que causa el hambre no proviene de los empresarios libres de la sociedad que junto a los trabajadores, unidos por el empeño de mejorar su bienestar y el de sus familias, día a día se rompen el lomo para producir bienes y servicios.

La inmoralidad que produce hambre en la Argentina es la inmoralidad de los políticos, los empresarios prebendarios que transan con ellos y los sindicalistas corruptos.

Sin embargo, se ha encerrado en esa práctica bizarra y decadente que es la sustitución de importaciones. Como si el progreso consistiera en blindarse de lo que otros pueden ofrecer mejor y más barato que nosotros, en vez de tratar de ser mejores en lo que ya somos buenos.

Como resultado, los bienes que consumimos son carísimos y, en general, de pésima calidad. En un país de ingresos medios a bajos, hacemos que las cosas sean cada vez más caras. Y después preguntamos por qué somos cada vez más pobres.

En muchos casos, como ocurre con la leche, la yerba mate, el trigo, los cítricos y tantos otros productos primarios, el productor del campo se funde por la miseria que le pagan. Al mismo tiempo, la gente paga fortunas en la góndola del supermercado. Por eso los salarios no alcanzan para llegar a fin de mes, y mucho menos para tener una vida digna.

Pero claro: sucede que en el medio están todos los impuestos indirectos, como el IVA, ingresos brutos, los impuestos al trabajo y los márgenes de intermediación abusivos fruto de la falta de competencia en la cadena. El origen de la pobreza y la inequidad distributiva, al revés de lo que afirma el relato populista, está ahí: en los empresarios prebendarios, los sindicatos y los políticos. Éstas son las verdaderas y siniestras oligarquías que desangran al país.

¿Cómo hacemos para romper la contradicción que representa crecer con una economía casi en autarquía como propone el populismo industrial?¿Cómo crecemos sin estar abiertos al comercio con el mundo? Digámoslo de un modo más simple todavía: ¿cómo hace para crecer una empresa que tiene todo para venderle al mundo pero no le vende a nadie y pone todas sus energías en tratar de que los competidores no le vendan a ella?

Nuestra experiencia con el populismo industrial es desastrosa.Estamos atrapados en una suerte de triángulo vicioso, donde uno de los vértices es el ajuste o la crisis, otro la recuperación posterior y el tercero el deterioro porque la recuperación no se sostiene. Ese deterioro precede al nuevo ajuste o la nueva crisis, y así sucesivamente, desde hace 70 años.

Ya tenemos a sindicalistas dueños de hoteles y dirigiendo clubes de fútbol, a empresarios prebendarios que se sienten con derecho a decirle al presidente de turno lo que tiene que hacer, a la mayoría de la clase política convencida de que la actividad privada es solo una molestia necesaria para recaudar más impuestos.
Y hacia fines de 2016 los dirigentes piqueteros, cuyo trabajo consiste en cortar calles y rutas para convertir en un infierno la vida del ciudadano de a pie, consiguieron por ley cuantiosas sumas de dinero hasta 2019, una suerte de CGT que defienda sus derechos (¿?), una obra social y negociaciones paritarias. Otra corporación que se agrega a las anteriores tres.

Y así la Argentina se ha convertido en el mejor lugar para que gente de poco o ningún mérito consiga de manera fraudulenta lo que no podría conseguir en una sociedad abierta y competitiva. El método es siempre el mismo: extorsionar y al final conseguir una resolución que le arme el zoológico cerrado para dedicarse a cazar. ¿A quién? A la gente de a pie: la que tendrá que pagar caras las cosas que en el mundo son baratas, con costos laborales alucinantes e impuestos que les expropian más de la mitad del año de trabajo para el barril sin fondo del gasto público.

LA RECAUDACIÓN IMPOSITIVA

En este mundo, ninguna cosa es cierta salvo la muerte y los impuestos. (Benjamin Franklin)

En el año 2010 Argentina era el país que tenía un mayor nivel de ingresos tributarios sobre el PIB en la región, con un nivel de 33.5%, que está muy por encima del promedio de la región, situado en un 19.4%, y que se encuentra prácticamente en los mismos niveles que la OCDE.(Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos)

Este extraordinario aumento de la presión tributaria en Argentina ha tenido lugar especialmente a partir del año 2002, justo después de la caída experimentada tras el período de crisis, con un crecimiento entre 2002 y 2010 alrededor de 13 puntos porcentuales de recaudación tributaria.

En parte esta tendencia se explica por la reinstauración del impuesto sobre ingresos de exportación a partir de 2002. Esta figura impositiva se ha concentrado en gran medida en productos agrícolas, cuyas exportaciones aumentan de forma considerable al hilo de la expansión de la demanda y del incremento de precios de estos productos durante la década pasada, en particular la soja.

En 1980 la recaudación del gobierno (nacional más provincial) fue del 19,5% del PBI. Treinta y cinco años después, en el 2015, fue del 33,6% del PBI, o sea un crecimiento de alrededor de 14% del producto. La realidad, sin embargo, es que esta cifra subestima la verdadera presión tributaria. Los impuestos los pagan quienes están en blanco, por lo que la recaudación no se da sobre la totalidad del PBI (que incluye una estimación del PBI generado por la economía informal) sino sólo sobre aquella parte que está en blanco.

Así, estimamos la “presión tributaria efectiva” (la presión tributaria sobre los que están en blanco, o sea cuánto pagan de impuestos los que realmente los pagan), corrigiendo la recaudación de impuestos por la informalidad en la economía.

Las estimaciones muestran que la “presión tributaria efectiva” (los impuestos que pagan los que están en blanco) en Argentina pasó de 30,5% del PBI en 1980 a 48,7% del PBI en 2014, un aumento de 18 puntos del producto en poco menos de un cuarto de siglo.

Si la presión impositiva en Argentina ya es alta sin corregir por informalidad, mejor ni hablar de lo que pasa cuando nos referimos al 48,7% de presión impositiva efectiva. Con esta presión impositiva agobiante, y más para un PBI per cápita de nivel medio en el mundo, es prácticamente imposible promover el crecimiento sostenido a tasa alta.

Ni hablar si le agregamos lo mal que se gasta (puro clientelismo y corrupción política) y mucho más todavía si tenemos en cuenta que el Estado (a pesar de una presión impositiva salvaje) vive en situación de déficit fiscal crónico (gastando más de lo que recauda), generando crisis económico-financieras recurrentes con gigantescos colapsos de la actividad económica.

Para nuestro ingreso per cápita la recaudación debería ser 4 puntos del PBI menor de lo que es. Pero más feroz es aún la presión impositiva cuando tomamos en cuenta la presión tributaria efectiva (la que pagan los que están en blanco) que en 2014 fue del 48% (casi la mitad del PBI). En este caso la presión impositiva debería ser, acorde con el PBI per cápita de Argentina, unos 20 puntos del PBI menor, de 28% del PBI.

La Argentina se ha transformado en un país socialista para los flujos de ingresos del sector privado. Éste es dueño de los medios de producción, pero los flujos de ingresos y beneficios que surgen de ellos están virtualmente expropiados por la presión impositiva salvaje que existe para los que están dentro de la ley.


EL IMPUESTO AL TRABAJO

Las “cargas sociales”, también llamadas “Aportes Personales y Contribuciones Patronales ” a la Seguridad Social, no son impuestos como el IVA o Ganancias, porque a diferencia de ellos, que van a Rentas Generales sin ninguna contraprestación directa por parte del Estado, las cargas sociales que se calculan y cobran sobre los salarios de los trabajadores sirven para solventar beneficios específicos (estatizados o no) originados por necesidades personales que puede tener el trabajador: la vejez o jubilación, la pérdida del empleo (Fondo Nacional de Empleo), la enfermedad (obras sociales), un accidente de trabajo (ART), la enfermedad una vez llegada la jubilación (Ley 19.032 o PAMI).
A veces también incluyen seguros por fallecimiento y, en el singular caso argentino, cuyo parangón no se encuentra en casi ningún otro lugar del mundo, las asignaciones familiares, la cuota sindical y los seguros de sepelio.

Son aportes compulsivos que el trabajador y el empresario pagan para financiar los seguros sociales del empleado.

 

IMPUESTO EFECTIVO AL SALARIO

O sea, las cargas sociales en nuestro país oscilan entre 43,56% y 52% según analicemos sólo la Seguridad Social o la Seguridad Social, más otros agregados propios de nuestro capitalismo corporativo. Y si transformamos esas cargas en el impuesto efectivo que grava el salario, el intervalo es del 52,5% (Argentina1) y 67% (Argentina2), respectivamente.

(El impuesto efectivo al salario es el de base más el 17 %  necesario para cubrir lo requerido por el empleo informal.)

 

IMPUESTO EFECTIVO AL SALARIO VS. PBI PER CÁPITA A DÓLARES PPP´S.

 

No hay manera de progresar en una economía de ingresos medios como la Argentina con un sector privado en blanco –el que está sometido a la competencia internacional, el que genera real valor agregado y mejoras tecnológicas, el que educa y forma a sus empleados– que tiene que entregarle al fisco la mitad de lo que genera a lo largo del año a través de impuestos.

Esto ya hace inviable al país. Y mucho peor si además semejante presión impositiva no se traduce en seguridad, educación, salud, seguro contra la vejez, etcétera, sino que es la contrapartida del amiguismo, el clientelismo y el enriquecimiento de la clase política, porque obliga al sector privado a gastar dos veces en esos servicios públicos.

Los bienes y servicios que consumen los argentinos son caros porque la recaudación de impuestos se basa en una imposición indirecta sobre el consumo ,por la falta de competencia extranjera, porque la economía es cerrada al comercio internacional, y porque el trío mortal de sindicatos, impuestos al trabajos y justicia laboral adicta pone los costos laborales en niveles alucinantes.

Pero al mismo tiempo, la gente quiere un “Estado presente”, la protección de la industria nacional y cobrar por su trabajo lo que le corresponde. Todas cosas imposibles con un Estado ladrón, empresarios que cazan en el zoológico y sindicalistas que son señores feudales.


EL GASTO PÚBLICO

El verdadero problema del gasto público impagable que tenemos es debido, en primer lugar, al sobreempleo público que introdujeron los Kirchner. El propio presidente Macri admitió que recibió una planta de personal con 1,4 millones de empleados públicos de más. Esos empleados cuestan cerca de $250.000 millones, el 10% del total del gasto público.

En 23 años, de 1980 a 2003, se incorporaron 359.000 personas a las filas del Estado. Pero de 2003 a 2015 hubo 1.393.000 trabajadores más.

GASTO PÚBLICO (2007-2014) (en millones de pesos)

 

 

Los mismos números llaman aun más la atención: si se lo compara con 2007, el último año de Néstor Kirchner al frente del gobierno, el crecimiento del gasto en personal fue de 695%. Y se multiplicó por 8 si se considera la última década. El aumento fue superior a la inflación que miden las consultoras privadas, de más del 500% en el mismo período.

El aumento del gasto público en el período analizado se explica por:

• Un 34% de los subsidios económicos a empresas privadas y públicas deficitarias.

• Un 24% por las jubilaciones sin aportes (moratorias y pensiones no contributivas).

• Un 18% por el incremento de erogaciones asociadas al empleo público.

“El exceso de gasto público, por encima del aumento de la recaudación, obliga a una masiva emisión monetaria que es la principal causa de la inflación. El desdoblamiento cambiario, la devaluación del tipo de cambio oficial, las restricciones a las importaciones, los controles de precios y de salarios, son estrategias que actúan sobre los síntomas pero no atacan la enfermedad.”(Fuente IDESA)

El sistema previsional

Otro gasto público elevadísimo que lo hace impagable son las jubilaciones que, de tantos aumentos que dieron los Kirchner, más las jubilaciones a quienes no habían hecho aportes, representan casi tanto (11,3% del PBI) como los salarios de los empleados públicos.

El sistema previsional argentino se encuentra entre los más débiles del mundo, lo que pone en duda de su eficacia y sustentabilidad, según un relevamiento de la consultora Mercer de Melbourne sobre 27 países, que abarcan al 60% de la población mundial.

Argentina, con un puntaje de 37,7, ocupa el último lugar de la tabla y queda por debajo del promedio de 58,1 puntos. Se ubica en el grupo de países que tiene “un sistema con algunas características deseables, pero que también tiene importantes debilidades y/u omisiones que deben atenderse. Sin estas mejoras, su eficacia y sustentabilidad están en duda”.

El valor general del índice es un promedio ponderado de tres subíndices, que muestran la paradoja que Argentina paga pensiones menores a las recomendadas y presenta dudas sobre la sustentabilidad financiera: adecuación (para Argentina, 42,3 sobre el promedio de 59), sustentabilidad financiera (de 30,1 puntos versus 48,5) e integridad (40,9 versus 70,1).

 

El sistema previsional está quebrado, o sea, es inviable. Recibe aportes de los activos por 21,17% (del salario bruto), que es la suma de 11% del aporte personal con fines previsionales del empleado y la contribución patronal por 10,17% y pretende pagar jubilaciones por el 82% móvil. Luego 82%/21,17% da casi cuatro jubilados por activo, cuando dividiendo la cantidad de activos en blanco que son 11 millones por 7 millones de pasivos da poco más de un activo y medio por cada jubilado.

Es decir, se necesitan cuatro trabajadores en actividad para pagar el famoso 82% móvil a los jubilados con el que se llenan la boca a diario los políticos, pero hay menos de dos.

O sea, bajan las jubilaciones, o se sube la edad jubilatoria o la cantidad de trabajadores en blanco pasa de 11 millones a 28 millones, nada más que un 155% de aumento.

En 1961 el gasto público global en nuestro país representó el 26% del PBI. Cincuenta y cuatro años más tarde, en 2015, alcanzó la cifra del 41,4%. Esto implica un crecimiento del gasto público de 15 puntos del producto.

Podemos dividir el gasto público en dos grandes ítems: el gasto corriente y el gasto en capital. El primero de éstos incluye el gasto en salarios, bienes y servicios, la seguridad social, los subsidios y transferencias al sector privado, los déficits de las empresas públicas y el pago de intereses de la deuda pública. Por otro lado, el gasto del gobierno en capital incluye la inversión real directa, la inversión financiera y las transferencias de capital. O sea el gasto corriente, como bien expresa la palabra “corriente”, es aquel gasto que no genera un retorno futuro, mientras que el gasto en capital es el que representa la inversión del Estado.

Como se ve en el gráfico el aumento del Gasto global en los últimos 12 años fueron a expensas del Gasto corriente mientras que el Gasto de capital se mantuvo constante.

El gasto en inversión del gobierno llegó a ser el 35,7% del gasto total en 1961, pero no ha dejado de caer desde entonces, ya que en 2015 sólo representó el 8,8%. Un Estado que ha centrado su gasto en el gasto corriente y que a su vez lo ha incrementado sin límite tiene dos claras consecuencias: baja inversión pública y privada.

La baja inversión pública es por la decisión política de incrementar el gasto corriente en detrimento del gasto en inversión. La baja inversión privada se explica en parte por la creciente presión impositiva, consecuencia de un Estado que no ha parado de crecer. De bajos niveles de inversión, privada y pública, surgen bajas tasas de crecimiento.

Para crecer, un país tiene que invertir.

La única posibilidad de revertir nuestra caída en el ranking mundial y volver a crecer a tasas altas es aumentar tanto la inversión como la productividad.

Para que esto ocurra hace falta poner en marcha una economía de mercado abierta al comercio mundial y con un Estado que cobre pocos impuestos, que los gaste bien (para decirlo con delicadeza, que no sea la contracara del robo para la política) y sin déficit fiscal.

Argentina necesita de una economía que no esté a merced de la discrecionalidad política que tanto ha caracterizado a nuestro país desde mediados del siglo pasado. Sólo una mayor estabilidad y racionalidad, tanto económicas como políticas, que amplíen el horizonte temporal de los inversores, locales y externos, nos podrá sacar de nuestra decadencia.

El gobierno de Mauricio Macri, merced a una serie de medidas adecuadas (eliminación del cepo cambiario, salida del default, reducción en el crecimiento de la cantidad de dinero y realineamiento con Occidente), a fines de 2015, logró evitar la quinta crisis en 40 años luego del descontrol fiscal del gobierno de los Kirchner.

Ojalá que Macri haga honor al nombre de su espacio, “Cambiemos”, para que Dios y la Patria no se lo demanden.

Finalmente recordar:

Una frase hizo escuela en la Argentina populista: “Que los números cierren, pero con la gente adentro”.

Suena bonito. Por desgracia, demuestra nuestra profunda ignorancia de lo que son los números y de lo que es la gente.

En realidad, cuando los números no cierran la gente nunca queda adentro.

Ésta es la verdad que el populismo, insultando tanto a nuestra inteligencia como a nuestra dignidad, intenta ocultarnos desde hace setenta años.

Fuentes:

Eduardo Conesa          página web diversos artículos

José Luis Espert          La Argentina devorada

Thomas Picketty  

www.oecd.org

CEPAL

colectivoeconomico

El Cronista

La Nación

ieprofesional

Ing. Pablo M. Leclercq

Gral. Heriberto J. Auel

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