Todo comenzó con las declaraciones del director de la Aduana Juan José Gómez Centurión acerca de lo sucedido en los años setenta entre la guerrilla y las Fuerzas de Seguridad.

El hecho de que las organizaciones que se arrogan la exclusividad de velar por los derechos humanos han tenido la sórdida habilidad de imponer no una discutible visión de la historia sino un dogma de Fe, el cual nadie puede cuestionar y todo aquel que lo contradiga cae preso de un linchamiento mediático, judicial o político, hace que las declaraciones de Gómez Centurión parecieran un ataque al concepto de  Memoria , Verdad y Justicia impuesto por ellas mismas de una manera absolutamente parcial.

Sin embargo el Director de la Aduana dijo la verdad, a pesar de no coincidir personalmente en su defensa de la represión militar que sí la hubo y fue nefasta.

Al escuchar a Graciela Fernández Meijide en un reportaje en el que cuenta la confusión de jóvenes de 19 años  acerca del origen de la guerrilla, se encendieron en mí las alarmas acerca de la ignorancia de los jóvenes y no tan jóvenes sobre el setentismo que nos ha sumido en un pozo moral, ético y económico del cual resultará difícil de salir si no se entienden las circunstancias reales y no las “relatadas” por el rebaño K.

Por eso intento reflejar en este artículo la verdad de una manera objetiva habiendo consultado artículos, libros , apuntes de diversos autores y consultado páginas de diversas ideologías. Es probable que parezca extenso, pero creo que aún con esto he dejado cosas en el tintero.

Una sociedad necesita conocer la Historia, no solo tener memoria. En el caso argentino, un terrorismo revolucionario precedió al terrorismo de Estado de los militares, y no se puede comprender el uno sin el otro.

Hay quienes siguen creyendo, en pleno Siglo XXI, que es mejor no hablar de ciertas cosas. Que la verdad en sí no importa demasiado, porque habría verdades inconvenientes. ¿Inconvenientes para quién?

Hay quienes sostienen que saber el número exacto de desaparecidos durante la dictadura es un sacrilegio. Porque fueron 30.000 y punto, basta, de eso no se habla, por más que, chequeados, tengamos “sólo”  casi 9.000, como si 9.000 almas en pena fuesen pocas.( Ver http://jorgenegre.com.ar/web/index.php/2016/05/09/el-mito-de-los-30-000-desaparecidos-otra-mentira-que-pagamos-todos-los-argentinos/)

Hay quienes creen que hablar de la brutal represión iniciada durante el último gobierno de Perón es “antipopular”, “gorila” y “vendepatria”, tal vez porque creen en serio que 1.000 desaparecidos – en ese período – no son nada, vaivenes de la política y nada más.

Resulta más que curioso el hecho de que, con 33 años de democracia encima, casi 25 de los cuales transcurrieron bajo gobiernos peronistas de distinto cuño, sea justo la etapa peronista de la represión, la violencia del Estado y el exterminio la que no se relató. Cual es la diferencia entre frases de Perón que alentaban la beligerancia guerrillera y otros dichos, tristemente célebres, de Videla o Massera. Hay quienes sólo les importa el mal en manos ajenas y no reconocen los males producidos por sus propias manos.

Hay quienes creen que contar la “historia completa” sería equiparar la violencia política con el terrorismo de Estado, porque “muertos hubo de los dos lados”. Pasan por alto que a aquellos 9.000 desaparecidos y otros tantos muertos civiles se los “juzgó” fuera de la ley, sin juicios, enterrándolos vivos, tirándolos de aviones al río, robándoles a sus hijos con identidades y todo. Hay diferencias abismales entre homicidio y genocidio. De todos modos, reconstruir el copamiento de Azul o el asesinato de Rucci no son actos “de derecha”, ni actos inocentes. La verdad no tendría por qué molestarnos, lo que no tiene es remedio.

Mejor dicho, sí lo tiene: mirarla de frente y no repetir la mentira como idiotas.

Los 70.

La mayor parte del siglo XX (acentuado tras la Segunda Guerra Mundial en que el imperialismo soviético se apropió de decenas de países) el mundo se vio fracturado por una puja armada e ideológica entre posiciones antagónicas en las que la humanidad debió debatirse en una lucha sin cuartel, tanto sea en pro del mundo libre como del totalitarismo marxista que se desplegaba con el fin de dominarlo.

Este último, en ejercicio del poder, ha provocado siempre por obra y gracia de la coacción y la violencia, la eliminación de la propiedad privada, la proscripción de libertades políticas y civiles, la anulación de las clases sociales (sometiendo a todas ellas al igualitario estado de pobreza), la persecución religiosa, encarcelamientos por “disentir”, muertes masivas, torturas, prohibición de salir del país, miseria y hambre.

Para imponer este régimen, bajo el apotegma de Lenin que rezaba ” es mejor destruir cien personas inocentes antes que dejar que un culpable escape”, los gobiernos de izquierda se han valido del asesinato de veinte millones de personas en la antigua URSS, sesenta y cinco millones de muertos en China, un millón de muertos en Vietnam, dos millones de muertos en Camboya, un millón de muertos en Europa del este, un millón setecientos mil muertos en África, un millón y medio de muertos en Afganistán, y varias decenas de millares de muertos, víctimas de muy diversas ramificaciones del movimiento comunista internacional, conformando una cifra que en números totales supera las cien millones de víctimas.

Estos datos han sido, a rasgos generales, el legado que el socialismo, con sus desordenados apetitos revolucionarios, le ha dejado a la humanidad en menos de un siglo. Desde la óptica cristiana, el marxismo es considerado lisa y llanamente “malum in se” (malo en sí). El mismísimo Magisterio de la Iglesia Católica bajo el Pontificado de Pío XI, definió ex cathedra al comunismo como: “intrínsecamente perverso”.

Nuestra Argentina no fue ajena a esta disputa mundial y así sufrió una bestial guerra en carne propia durante toda la década del setenta (pleno apogeo del comunismo en el mundo), con sangrientos enfrentamientos y feroces ataques de poderosas organizaciones terroristas. El fin de estas fuerzas era apoderarse del poder del Estado e instaurar la “patria socialista” al estilo castro-guevarista, como en Cuba.

El caso cubano no sólo resulta importante por ser la única tiranía que perdura en América, sino porque en ese proceso tuvo participación activa el iconográfico guerrillero argentino Ernesto “Che” Guevara, personaje insólita e injustamente adorado a modo de beato intocable por los “demócratas” de la Internacional Socialista y por una ignorante juventud que lo tiene por ídolo sin saber siquiera cuál era su composición mental e ideológica.

Guevara, quien esparció el germen revolucionario en diversos continentes (siempre en calidad de derrotado, salvo en Cuba), supo tras su muerte en combate, convertirse en mártir y, paradójicamente, hoy es parte integrante de la mitología heroica. Portador de un odio interior inocultable, Guevara llegó a afirmar, refiriéndose a ese ideologizado sentimiento, como factor de lucha:

“Necesitamos el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de los límites naturales al ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así”.

“Hay que llevar la guerra hasta donde el enemigo la lleve: a su casa, a sus lugares de diversión, hacerla total. Hay que impedirles tener un minuto de tranquilidad, un minuto de sosiego fuera de sus cuarteles, y aun dentro de los mismos: atacarlo dondequiera que se encuentre: hacerlo sentir una fiera acosada por cada lugar que transite”

(Publicado el 16 de abril de 1967 en un Suplemento Especial de la revista Tricontinental)

Estos terribles conceptos, plenamente coherentes con el pensar y sentir del orador, se complementan armónicamente con el modo que él tenía para firmar algunas de sus misivas bajo el seudónimo “Stalin 2” (Stalin asesinó a 25 millones de personas).

Guevara-Castro

Suele decirse con asombrosa admiración que “el Che era un hombre que dio la vida por un ideal. El ideal por el que dio la vida produjo una de las peores penurias y miserias habidas y conocidas en toda la historia de la humanidad; pero el guerrillero en cuestión no solamente dio su vida por un aparente “ideal”. También asesinó sin vacilar por este “ideal”. A la postre, ni los fines ni los métodos utilizados por el mentado aventurero eran sanos. Es imposible no preguntarse el porqué de su éxito a nivel de juicio histórico.

El único legado de Guevara (además de sus crímenes y de haber incentivado a otros jóvenes a matar y/o perder la vida) parece ser el hecho de que junto al sempiterno tirano Fidel Castro, instauró la tiranía comunista en Cuba (como si hubiese sido algo positivo).

El setentismo es la historia de una locura. Una locura que al principio se apoderó del espíritu de un puñado de muchachos pertenecientes a clases medias altas, y luego infectó todo el cuerpo social argentino. Fue, en un comienzo, una aventura casi quijotesca, atravesada de nobles ideales: terminar con la injusticia social, oponerse al autoritarismo de un régimen ilegítimo, romper la hipocresía y el convencionalismo de las fuerzas dominantes.

Pero estos objetivos, que podían ser compartidos aún en su difusa exposición, se fueron degradando cuando se intentó su consecución mediante el uso permanente y sistemático de la violencia terrorista. En pocos años, la Argentina terminó convirtiéndose en un campo salvaje donde la lucha armada se exaltaba como un fin en sí mismo, cualquier crimen se justificaba y la competencia política era, simplemente, una apuesta a la calidad de las metralletas y a la eficacia para volar un enemigo: el ceremonial del “caño”, el trágico erotismo de la muerte.

Las luctuosas consecuencias que decimos, venían de una insinceridad inicial. Montoneros se constituyó primitivamente con elementos que nada tenían que ver con el peronismo. En cierto momento advirtieron que sus esfuerzos girarían en el vacío si no lograban conectarse con el movimiento masivo que, aún en la incapacidad de estructurar reacciones a que obligaba un poder de facto que había congelado la política, mantenía vivo y fresco el poderoso mito de Perón, la nostalgia de una época durante la cual el pueblo habría sido feliz, y la esperanza de su retorno.

Entonces, los conductores de Montoneros se disfrazaron de peronistas. Adoptaron las consignas que instintivamente levantaba el pueblo peronista y las radicalizaron: ya no más “Perón vuelve” sino “Perón o muerte”. Se erigieron en jueces del movimiento en el que se infiltraron: “Rucci, traidor, a vos te va a pasar lo que le pasó a Vandor”.

Confiscaron el recuerdo de Evita y lo hicieron una bandera exclusiva: “Si Evita viviera, sería montonera”. Se jactaron de sus procedimientos: “Éstos son los Montoneros que mataron a Aramburu”. Reclamaron para ellos la condición de la auténtica pureza peronista y de esta mentira originaria pasaron a recoger la adhesión de buena parte del pueblo peronista.

De este modo, Montoneros se fue convirtiendo en dueño de algo que parecía la verdad justicialista. Acostumbraron a las masas al sabor de la violencia: cada acto sangriento era aplaudido por gente a la que ni el propio Perón en su época presidencial, había arrastrado a esos territorios. Y la mentira inicial de Montoneros se completó con otra, que el mismo Perón se complació en dejar elaborar: la idea de que el líder justicialista era un revolucionario, una suerte de Mao o de Fidel que habría de motorizar una transformación tan vasta como la de estos conductores en cuanto se pusiera al frente de los destinos del país.

Lo que empezó con una mentira y se continuó con otra, lo que se llevó adelante con métodos violentos, fascistas, no podía tener otro fin que el que tuvo. Quiero decirlo sin atenuar mi juicio con ningún matiz libre de culpa: los Montoneros me repugnaron siempre. Por sus métodos en primer lugar, pero además por sus objetivos y hasta por la calidad humana de sus dirigentes. No siento la menor admiración por ellos. Sin duda, algunos militantes fueron valientes, pero otros muchos demostraron flojedad cuando llegó el momento de hacer frente a fuerzas oficiales o paraestatales.

Una cosa era pegarle un tiro a Aramburu en el sótano de una estancia abandonada, o copar un pueblito de la sierra cordobesa, y otra cosa muy distinta enfrentar el poder de un Estado que, tal como hacían sus enemigos, no quiso limitarse con ninguna norma ética. En esta coyuntura, donde no se trataba de asesinar a gente inerme o ensayar operaciones sorpresivas sino de matar o hacerse matar, los Montoneros demostraron la debilidad de sus convicciones, las fallas de su formación teórica, las
equivocaciones de su estrategia y la insinceridad de su adhesión a una postura política adoptada por oportunismo.

Ahora se sabe lo que vagamente se intuía en la época de Videla: la increíble colaboración de muchos ex montoneros en la delación de sus antiguos compañeros. Pocas veces se habrá dado en nuestra historia el ejemplo de traiciones tan miserables como éstas. La huída final de sus principales jefes, dejando en la estacada a su segunda línea, las órdenes que enviaron a la muerte en 1978 a dirigentes castigados por sus disidencias, la tontería y la simpleza de su conducción en el exilio, ocupándose del ceremonial militar de la organización, completan la caracterización de la catadura moral del grupo.

Un grupo que, no lo olvidemos, alcanzó a manejar la Juventud Peronista, se apoderó de la universidad y estuvo, aunque brevemente, en la intimidad del poder argentino en 1973. Por lo mismo, es incomprensible que intelectuales que habían hecho un ejercicio cotidiano del pensamiento racional, hayan asesorado y aun compartido responsabilidades operativas con un grupo cuyo proselitismo se fundaba en la muerte.

No puede asumirse que, enfrentados a un régimen militar, se mimetizaran con lo castrense en el lenguaje, la gradación jerárquica, el protocolo y la vocación por los uniformes. Se ve injustificable la actitud de políticos, artistas, sacerdotes, gremialistas, periodistas y otros que, por esnobismo o cálculo, contribuyeron a crear un clima de
simpatía hacia Montoneros o pretendieron dar jerarquía política a cónclaves donde se procesaba secretamente a determinados personajes, se los condenaba a muerte y se ejecutaban tales sentencias.

Cabe aclarar que la misma repugnancia  provoca la brutal represión con que fue arrasado Montoneros y otros grupos similares. Quien repudia la violencia en todas sus formas, no puede justificar los métodos usados por el Estado o sus delegados paraestatales, en esa represión indiscriminada que salteó todas las categorías legales y éticas que lo limitan. Al fin, Montoneros y sus similares usaban de esa violencia que a veces estalla en el seno de cualquier sociedad; pero cuando es el Estado, a través de sus instituciones armadas, el que se corrompe con el ejercicio de la brutalidad, la coacción, la tortura, el asesinato, entonces toda la arquitectura jurídica de la comunidad se desploma.

Al fin y al cabo, Montoneros no era otra cosa que un grupo de “soberbios armados” —para usar la expresión de Pablo Giussani—. El Estado represor, en cambio, significaba la degradación de la más alta institución comunitaria.
Hoy se reavivan esos espantosos años en que toda norma civilizada pareció haber desaparecido del país, arrasada su tradición política por un viento de demencia aparentemente indetenible.

Montoneros es una de las pesadillas que vivimos desde los finales de los sesenta hasta hace poco tiempo. Porque ese grupo está estrechamente asociado a esos tremendos años, porque su propia frustración evidenció que hasta los ideales más nobles se ensucian cuando se pretende obtenerlos a través de medios despreciables, porque muchos de los jóvenes que cayeron en nombre de esa negra bandera podrían haber sido magníficos dirigentes.

Pues, en último análisis, la historia —ya lo decía Goethe— se hace también para deshacerse de ella.
(Félix Luna)

El protagonismo de Perón

Sin entrar en detalles exhaustivos acerca de los orígenes intelectuales o ideológicos de la guerrilla argentina, sólo diremos que las primeras manifestaciones claras del fenómeno las apreciamos a fines de los años ’50, cuando el ideólogo marxista John William Cook ejercía perniciosos influjos de motivación revolucionaria en vastos sectores; pero fue en 1960 cuando se produjeron las primeras actividades materiales de la guerrilla de izquierda.(Ver en esta página los artículos sobre populismo)

En estos tiempos, la primigenia banda realizó fechorías tales como el asesinato de una niña de cuatro años y heridas graves a otro niño de seis años, hijos del capitán del Ejército Rene Cabrera (12 de marzo de ese año).

Perón y Cooke

El contexto mundial era claramente favorable a la guerrilla marxista local, ya que cerca de la mitad del mundo se hallaba bajo dominio del comunismo (Europa oriental, gran parte de Asia y África). En América, el comunismo se había apoderado de Cuba, Nicaragua, y Chile, llegando a constituir un imperio que controlaba el 26% de la superficie terrestre y el 36% de la población mundial.

A pesar de que en Argentina varias fueron las organizaciones subversivas que con diversos métodos y tácticas combatían al orden legal, dos de ellas tuvieron especial poderío. Una de ellas fueron los “Montoneros”, inicialmente infiltrados en el peronismo dentro de “Resistencia Peronista” (infiltración notablemente multiplicada posteriormente durante los tiempos de Cámpora), quienes bajo lemas del estilo: “Evita, Guevara, la patria liberada” o “Perón, Evita, la patria socialista”, fueron responsables de miles de atentados convirtiéndose en la organización terrorista que más muertes causó.

Operaron en ámbitos urbanos cometiendo actos terroristas dirigidos a víctimas previamente señaladas. La logística y los trabajos de inteligencia de esta estructura eran de una impecable profesionalidad, a la vez que poseían un riguroso código de justicia cuasi militar interno al cual se subordinaban sus miembros. Entre otras medidas extremas, contemplaba la autoeliminación como una forma de preservar las estructuras políticas y militares de la organización. Para ello estaba ordenado tomar una pastilla de cianuro, que siempre llevaban consigo, en caso de ser capturados por las fuerzas legales.

Por otro lado, y con similar barbarie, accionó el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), abiertamente comunista de corte trotzkista que bajo los dogmas del libro “Guerra de Guerrillas” escrito por Ernesto “Che” Guevara, adhirió a la teoría “foguista” que propiciaba la táctica guerrillera en zonas selváticas. El ERP aunó esfuerzos en la provincia de Tucumán para dominar parte de su territorio y lograr que esta fuera declarada “zona liberada” por la ONU.

Otras fuerzas menores que actuaban con similar violencia e igual finalidad, fueron las FAP (Fuerzas Armadas Peronistas) y las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias). Todas estas organizaciones terroristas poseían diferencias en cuanto a metodologías o estrategias, pero todas comulgaban plenamente en el objetivo final: la instauración de la “patria socialista” por vía de la violencia.

Desde un principio, el general Juan Domingo Perón (exiliado en España) mantuvo estrechos contactos con los Montoneros, a quienes no sólo elogió llamándolos “juventud maravillosa”; incluso los calificó afectuosamente como “mis muchachos” apoyándolos a través de cartas y mensajes personales. Quiérase o no, la figura de Perón ha sido la más trascendente e influyente del siglo XX en nuestro país. Cualquier exhortación o inducción que éste hacía a la lucha armada, traía aparejado un impacto muy hondo en gran parte de la sociedad.

El bautismo de fuego (belicosamente hablando) lo encabezaron los Montoneros cuando el 29 de mayo de 1970, secuestraron al ex presidente de la república, Pedro Eugenio Aramburu, asesinándolo luego el 2 de junio. Ese hecho fue considerado por Perón como “políticamente correcto y útil a la causa peronista”.

Este episodio lanzó a la notoriedad a la organización. La operación estuvo comandada por Mario Firmenich y Fernando Abal Medina (autor material del asesinato). Es dable tener en cuenta que Mario Firmenich contaba con 22 años al momento de secuestrar y asesinar a Aramburu, y que sus camaradas de armas oscilaban en edades similares.

Ahora bien ¿cada vez que se habla de la “gloriosa juventud de los setenta” se habla de estos elementos?, ¿o de aquellos otros que en el anonimato y en silencio se esforzaban estudiando en la universidad, trabajando en bancos y oficinas o sudando la gota gorda en las fábricas? De estos últimos, que son los que realmente hacían patria, no se acuerdan los opinólogos de hoy, porque no eran ellos los portadores del ”idealismo revolucionario”, es decir, no eran terroristas al servicio del comunismo.

En 1970, el secuestro y muerte del General Eugenio Aramburu desencadenó la caída del General Onganía y posteriormente la renuncia del General Levingston, su reemplazante. Según Montoneros se había realizado para favorecer el regreso de Perón, que no lo había reclamado, pero que tampoco desautorizó, como se ve en la Carta dirigida a los subversivos en febrero de 1971,

“….Estoy completamente de acuerdo y encomio todo lo actuado. Nada puede ser más falso que la afirmación que con ello ustedes estropearon mis planes tácticos porque nada puede haber en la conducción peronista que pudiera ser interferido por una acción deseada por todos los peronistas.”….(20/02/71)

Y también avaló la beligerancia para el desgaste progresivo del enemigo,

...”Totalmente de acuerdo en cuanto afirman sobre la guerra revolucionaria. Es el concepto cabal de tal actividad beligerante. Organizarse para ello y lanzar las operaciones para “pegar cuando duele y donde duele” es la regla. Donde la tuerza represiva esté: nada, donde no esté esa fuerza: todo. Pegar y desaparecer es la regla porque lo que se busca no es una decisión sino un desgaste progresivo de la fuerza enemiga”……(20/02/71)

…”a veces por la intimidación que es arma poderosa en nuestro caso, otras por la infiltración y el trabajo de captación, otras por la actuación directa según los casos pero, por sobre todas las cosas, han de comprender que los que realizan la guerra revolucionaria que en esa “guerra” todo es licito si la finalidad es conveniente.
Como Uds. dicen con gran propiedad, cuando no se dispone de la potencia y en cambio se puede echar mano a la movilidad, la guerra de guerrillas es lo que se impone en la ciudad o en el campo. Pero, en este caso es necesario comprender que se hace una lucha de desgaste como preparación para buscar la decisión tan pronto como el enemigo se haya debilitado lo suficiente.”…(20/02/71)

…”De ello se infiere que, los Montoneros, en su importantísima función guerrera, han de tener comandos muy responsables, y en lo posible operar lo más coordinadamente posible con las finalidades de conjunto y las otras fuerzas que en el mismo o distinto campo realizan otra forma de acción, también revolucionaría.”…(20/02/71)

También , en una carta dirigida a Carlos Maguid detenido por al asesinato de Aramburu, decía que ” no se puede escarnecer a un pueblo sin que un día se sienta tronar el escarmiento “ en referencia al gobierno militar de facto de antes de 1973.

En 1971, Alejandro Lanusse fue el primer general de las Fuerzas Armadas que decidió dialogar con Perón quien había sido desterrado y era palabra prohibida por más de 15 años.

En diálogo con el coronel Francisco Cornicelli, enviado de Lanusse a Puerta de Hierro, éste afirmó “En este momento hay muchos que masacran vigilantes y asaltan bancos en su nombre” a lo que Perón respondió “Habrá más” , en una clara posición beligerante y de apoyo a los guerrilleros.

El gobierno provisional de entonces, ante el desconcierto creado por la subversión, creó por Ley 19053, el 28 de mayo de 1971, la Cámara Federal en lo Penal para juzgar las actividades terroristas. Esta reacción política y jurídica demostró que la actitud del gobierno militar fue combatir a la guerrilla bajo el imperio de la ley, creando para ello el marco jurídico / legal propicio. Esta cámara logró con rapidez durante los años 1971 / 72 juzgar y procesar a dos mil terroristas.

Entre 1971 y  1972, la subversión se afianzó tanto por la cantidad de nuevos efectivos reclutados, como por el fortalecimiento de armamentos, estructura y material bélico. El terrorismo sólidamente se desplegó por el país instalando la guerra en todas sus latitudes.

Se asoma el año 1973 y tras el anuncio de la vuelta a las formas democráticas, se genera un ambiente de revuelo e incertidumbre no sólo debido al incierto panorama político sino también a la creciente actividad subversiva.

El presidente Lanusse ya había convocado a elecciones para marzo de 1973, activándose mecanismos formales para que Perón no pudiera presentarse en las contiendas electorales. En consecuencia, Héctor Cámpora fue su “testaferro” y bajo el lema “Cámpora al gobierno Perón al poder”, el 11 de marzo se consagró la fórmula Cámpora / Solano Lima, con el 49 por ciento de los votos. La lealtad de Cámpora hacia Perón era de carácter incondicional, al punto que se le atribuye la frase “yo no soy consecuente, soy obsecuente”.

El breve desempeño de Cámpora que gobernó tan solo 49 días, fue nefasto para la vida institucional de la República.

En efecto, el corto pasaje de Cámpora por el poder fue determinante para acentuar y fomentar toda la barbarie de terrorismo y muerte que proseguiría durante varios años más. Un conocido sindicalista peronista afirmó:
“Le ha hecho más daño al peronismo Cámpora en 49 días, que 17 años de gorilismo.”

Al poco tiempo se llamó a elecciones nuevamente, pero esta vez permitiendo la participación de Perón, sorteando entonces todos los obstáculos que originariamente le impusiera Lanusse.

Durante su fugaz gobierno, Cámpora implemento una gestión favorable a la subversión instaurando una deletérea política de indefensión y suicidio institucional, consistente en devastar el aparato defensivo del Estado. Para eso, el Parlamento, durante los días 26, 27 y 28 de mayo derogó una veintena de normas destinadas a combatir al terrorismo. Se dejó sin efecto una ley que autorizaba partidas para el equipamiento de las fuerzas regulares contra la subversión. Se disolvió por ley la Cámara Federal en lo Penal que había sido creada en 1971 para juzgar legaimente las actividades terroristas. Durante los dos años en que funcionó ese tribunal, se procesaron y juzgaron millares de terroristas. En cambio, durante el período “democrático” comprendido entre mayo de 1973 y marzo de 1976, no se dictó ni una sola condena a ningún guerrillero.

Era claro que el poder judicial por su propia y natural función era un obstáculo para el terrorismo y la subversión; se necesitaba entonces pulverizarlo. En consecuencia, la Corte Suprema de Justicia (máxima institución judicial de la República) estaba vacante porque sus integrantes renunciaron en el preciso instante en que se enteraron del resultado de las elecciones.

En este clima de aniquilamiento institucional generalizado, se fue abriendo paso así a la utilización de métodos ilegales para contrarrestar la guerrilla. Cumpliéndose aquello de que “cuando callan las leyes hablan las armas”. La represión ilegal favoreció con creces a la subversión ya que transforma a terroristas salvajes o peligrosos delincuentes en mártires o víctimas de la “represión ilegal.

La subversión guevarista hizo desde un principio lo imposible por desarticular las vías legales para ser combatida, buscando que se las contrarrestara en forma ilegal. Aquí está una de las muy posibles causas por la cual la Cámara Federal Penal, eliminada por el gobierno de Cámpora, fue durísimamente fustigada, desprestigiada y denostada durante el lapso en que funcionó. Se la llamaba peyorativamente “el camarón’ o la “cámara del terror”, lo cual es absurdo porque lo que justamente hacía era combatir con la ley al terrorismo.

Si un gobierno es ilegítimo, no es desacertado intentar sabotearlo para instaurar las formas legítimas, pero no era esto lo que los terroristas pretendían, sino cambiar al gobierno (legítimo o no) para reemplazarlo por un régimen totalitario de carácter perpetuo, circunstancia fehacientemente probada cuando una vez vuelta la democracia, el accionar subversivo, lejos de disminuir, se multiplicó con creces a tal punto que fue blanco durante el período “democrático” de mayo de 1973 a marzo de 1976 cuando los terroristas marxistas cometieron el 52% de la totalidad de sus crímenes y el terrorismo peronista de la Triple A, el 100%. En total, el 70% de los asesinatos terroristas se cometieron en democracia.

Lo relatado hasta aquí no es todo el desastre que Cámpora le hizo al país, el broche de oro de su política fue una vergonzosa ley de amnistía que, benefició absolutamente a todos los terroristas que fueron condenados o procesados por la misma Cámara Federal en lo Penal, eliminada por los mismos parlamentarios “demócratas”. En efecto, el 26 de mayo de 1973, en el primer día de gobierno, el Parlamento sesionó a pleno para dar libertad a los numerosos terroristas enjuiciados por la citada cámara durante 1971/72.

El 20 de junio estallaron el desorden y la sangre a mansalva. Perón regresaba a la Argentina tras varios años de exilio, lo cual constituía un destacado hecho histórico. Fue en esa espera y en ese clima de virtual guerra en que se produjo en Ezeiza una brutal matanza que constituyó uno de los acontecimientos más tristemente recordados de aquellos años.

Si bien voces más que autorizadas sostienen que Montoneros tenía el plan directo de asesinar a Perón, la versión más difundida es que en procura de demostrar convocatoria, movilización, protagonismo y lograr alcanzar un lugar preferencial en el palco, explotó un enfrentamiento entre los Montoneros y grupos sindicales cercanos a López Rega (secretario privado de Perón).

Para organizar la movilización se confiaron tareas a José Rucci, Lorenzo Miguel, Jorge Osinde y Norma Kennedy, todos ellos afines a tendencias ortodoxas de raíz nacional-socialista. En los sectores marxistas del peronismo, el referente nombrado al efecto fue Juan Manuel Abal Medina(padre).

Juan Manuel Abal Medina (padre)(actual)

Las columnas del terrorismo de izquierda, según el libro “La Otra Historia” de Roberto Perdía, segundo en la jerarquía montonera, fueron organizadas por el equipo de inteligencia dirigido por el renombrado terrorista Rodolfo Walsh. En reportaje ante la revista Noticias en febrero del 2004, Mario Firmenich, refiriéndose a Ezeiza, dice que los Montoneros fueron tomados por sorpresa y que por eso muy pocos de ellos fueron armados “habrá habido 5000 personas armadas. Nadie fue preparado para esa guerra, los únicos que tenían un arsenal eran los que estaban en el palco”.

Seguidamente preguntamos: ¿A cuánto hubiese ascendido el número de montoneros armados si hubiesen acudido “preparados para esa guerra”?

El avión en que Perón regresaba se vio obligado a torcer su rumbo y aterrizar en la base de Morón. Este desborde de salvajismo ratificaba una vez más la clara existencia de una guerra civil, todavía incipiente, sin la menor reacción del Estado para conjurarla.

Perón se sirvió de la matanza de Ezeiza el 20 de junio de 1973, para respaldar a los organizadores- López Rega y el coronel Osinde entre otros- y amenazar al día siguiente a la guerrilla de la que se había servido para volver al poder.

El 21 de junio de 1973 ,esa noche, Perón habló por televisión, flanqueado por Cámpora y el vice Vicente Solano Lima. Atrás, parados, completaban la escena José López Rega y Raúl Lastiri. Perón envió allí un claro y enérgico mensaje a todas las “organizaciones armadas”, en especial a Montoneros:
• “La situación del país es de tal gravedad que nadie puede pensar en una reconstrucción en la que no debe participar y colaborar. Este problema, como ya lo he dicho muchas veces, o lo arreglamos entre todos los argentinos o no lo arregla nadie. Por eso, deseo hacer un llamado a todos, al fin y al cabo hermanos, para que comencemos a ponernos de acuerdo”.
• “Tenemos una revolución que realizar, pero para que ella sea valida ha de ser de construcción pacífica y sin que cueste la vida de un solo argentino. No estamos en condiciones de seguir destruyendo frente a un destino preñado de acechanzas y peligros. Es preciso volver a lo que en su hora fue el apotegma de nuestra creación: de casa al trabajo y del trabajo a casa. Sólo el trabajo podrá redimirnos de los desatinos pasados”.
• “Conozco perfectamente lo que está ocurriendo en el país. Los que crean lo contrario se equivocan. Estamos viviendo las consecuencias de una posguerra civil que, aunque desarrollada embozadamente, no por eso ha dejado de existir. A ello se suman las perversas intenciones de los factores ocultos que, desde la sombra, trabajan sin cesar tras designios no por inconfesables menos reales”.
• “Hay que volver al orden legal y constitucional como única garantía de libertad y justicia. En la función pública no ha de haber cotos cerrados de ninguna clase y el que acepte la responsabilidad ha de exigir la autoridad que necesita para defenderla dignamente. Cuando el deber está de por medio, los hombres no cuentan sino en la medida en que sirvan mejor a ese deber. La responsabilidad no puede ser patrimonio de los amanuenses”.
• “Nadie puede pretender que todo esto cese de la noche a la mañana, pero todos tenemos el deber ineludible de enfrentar activamente a esos enemigos, si no querernos perecer en el infortunio de nuestra desaprensión o incapacidad culposa”.
• “Nosotros somos justicialistas, no hay rótulos que califiquen a nuestra doctrina y a nuestra ideología”.
• “A los que fueron nuestros adversarios, que acepten la soberanía del pueblo, que es la verdadera soberanía cuando se quiere alejar el fantasma de los vasallajes foráneos, siempre más indignos y costosos”.
• “Los que pretextan lo inconfesable, aunque lo cubran con gritos engañosos o se empeñen en peleas descabelladas, no pueden engañar a nadie. Los que ingenuamente piensen que así pueden copar nuestro Movimiento o tomar el poder que el pueblo ha conquistado, se equivocan”.
• “Ninguna simulación o encubrimiento, por ingenioso que sea, podrá engañar. Por eso deseo advertir a los que tratan de infiltrarse que, por ese camino, van mal… A los enemigos embozados, encubiertos o disimulados les aconsejo que cesen en sus intentos, porque cuando los pueblos agotan su paciencia suelen hacer tronar el escarmiento”.

Ahora , en la visión de Perón, la amenaza de escarmiento no sería para los represores, sino para los que antes apoyaba, la ” juventud maravillosa “.

Perón había agitado las aguas de la violencia contra la dictadura de Lanusse y ahora no podía controlarlas en su propio Movimiento. El clima de enfrentamiento estaba instalado.

El 13 de julio, ante semejante descontrol, Cámpora y Solano Lima, advirtiendo que la situación se les escapaba de las manos tras haber favorecido totalmente al terrorismo, renunciaron a la conducción de la República sucediéndoles entonces el presidente de la cámara de diputados, Raúl Lastiri, yerno de López Rega.

El 23 de septiembre de 1973 se llevaron a cabo las nuevas elecciones anunciadas por Lastiri resultando triunfante la fórmula Perón-Perón (con el 61% de los votos).

El Perón de los setenta ya no era el de antaño. Según se apreciaba, no tenía los vicios autoritarios de otrora. Él mismo se definió como “un león herbívoro”, y se encontraba muy deteriorado por el paso del tiempo. Ya no poseía la misma energía mental ni física para sostener las riendas del país ante un panorama de tan extrema tensión.

El 24 de septiembre, por decreto 1545 del PEN, se declaró ilegal la actividad del ERP debiendo la policía impedir que con su nombre o cualquier otro se efectuaran tareas o prédicas de tinte subversivo. ¿Por qué no se hizo lo mismo con los Montoneros?


Montoneros, aturdidos en la confusión, navegaban en su impotencia política entre la subordinación y el rechazo a su líder. Pero, cerrados los canales de comunicación internos y reducida su capacidad de maniobra dentro del Movimiento Peronista dado el rechazo de la ortodoxia, quería darle un mensaje: el 25 de setiembre de 1973, dos días después del triunfo electoral, asesinaron a José Ignacio Rucci , el sindicalista más leal y que controlaba el movimiento obrero.

Perón-Rucci

Una semana después, el Consejo Superior Justicialista se declaró en “estado de guerra”. Y esa guerra la condujo Perón como Presidente de la Nación.

Este crimen se constituyó en el detonante del proceso que tuviera como efecto el distanciamiento posterior de Perón con Montoneros. El asesinato de Rucci impresionó a la clase política de tal modo, que el propio Parlamento comenzó a pronunciarse en una forma hasta entonces inusual, no sólo reconociendo la guerra (hoy negada por la amnesia dirigencial), sino reclamando una reacción a la agresión.

En alusión al asesinato de Rucci, se relata una declaración del propio Firmenich de septiembre de 1974, quien  sobre el citado crimen:
“Bueno, evaluándolo ahora, yo considero que fue un error (…) Nosotros creíamos que tirándole al viejo un fiambre sobre la mesa íbamos a poder negociar en mejores condiciones, y la historia nos demostró que no era así. Fue una decisión política equivocada”. En el año 2004, ante la revista Noticias ratificó lo antedicho “Sí, desde nuestro lado (matar a Rucci )fue un error político, como toda la guerra civil que ha vivido la Argentina” .
Del mismo modo, el terrorista montonero y luego diputado kirchneriano Miguel Bonasso, lamentó que se hubiera matado a algunas personalidades cuando en verdad él consideraba más apropiado haber asesinado a otras, ya que en conferencia en 1997 afirmó: “Cometimos algunos errores… en lugar de matar a Rucci tendríamos que haber matado a López Rega.”, “Hicimos cosas monstruosas que tenemos que discutir”, “Las organizaciones guerrilleras eran verticalistas, no se podía desobedecer. Hubo casos en que oponerse a Firmenich o a Santucho era jugarse la vida.”

A partir de entonces, comenzó la purga de funcionarios en municipios, gobernaciones y organismos del Estado. Una purga que no admitía matices ni contradicciones: el nuevo enemigo eran “los elementos infiltrados”, “los infiltrados marxistas”. Había que detectarlos y depurarlos.

Perón empezaba a darse cuenta de que una solución por la vía institucional y democrática a esta guerra signada por la barbarie iba a ser imposible.

El trato confidencial y el ascendiente que “el brujo” tenía con Perón eran tales, que en un insólito acto de desprecio hacia la Policía Federal, éste lo ascendió, contra todas las reglas, de la menor jerarquía de suboficial, a la máxima jerarquía de oficial de la institución, salteando en dicho ascenso 15 grados. Otra muestra de la falta total de criterio y responsabilidad con que operaba el gobierno.

López Rega, amparado por el poder ejecutivo nacional y como respuesta al asesinato de Rucci, creó y organizó un grupo clandestino y criminal que se conoció como “La Triple A” (Alianza Anticomunista Argentina), banda peronista de extracción e ideología nacional-socialista destinada a combatir ilegalmente a los elementos más radicalizados de la izquierda.

Muchos analistas sostienen que finalmente, el propio López Rega sería quien en verdad maniobraba las acciones de gobierno ante un Perón cada vez más erosionado por la vejez. La Triple A, so pretexto de combatir al terrorismo, persiguió a intelectuales y miembros de la cultura por la sola razón de ser izquierdistas a pesar que nada tenían que ver con el terrorismo, originando así el exilio de numerosos argentinos, blanco de esa organización en los años 1974 y 1975.

La ley pasó a ser una referencia ambigua.Después del ataque del ERP a un cuartel militar en Azul, el 20 de enero de 1974, Perón amenazó con reprimir la guerrilla en forma ilegal.

Ante el aterrador clima, el propio Perón comienza a reaccionar a raíz de este atentado:
“… todo tiene un límite… se trata de poner coto a la acción disolvente y criminal que atenta contra la existencia misma de la patria y sus instituciones”.

El presidente Perón tras el ataque del ERP a la guarnición de Azul el domingo 20 de enero de 1974 en el que fueron asesinados el coronel Gay y su esposa, y secuestrado el teniente coronel Argibay. Impresionante retrato de quien ya ha decidido exterminar a la izquierda terrorista.

En la noche del domingo 20, vistiendo su uniforme de Teniente General, leyó por Radio Nacional un Mensaje a la Nación en el que dijo:


“Ya no se trata sólo de grupos delincuentes, sino de una organización que actuando con objetivos y una dirección foránea, ataca a instituciones y al Estado como medio de provocar un caos que impida la reconstrucción y la liberación en la que estamos empeñados. Es la delincuencia asociada a un grupo de mercenarios, que actúan mediante la simulación de móviles tan inconfesables como inexplicables. (…) En consecuencia, el Gobierno Nacional, en cumplimiento de su deber indeclinable, tomará de hoy en mas las medidas pertinentes para atacar al mal en sus raíces. El Movimiento Nacional Justicialista movilizará, asimismo, sus efectivos para ponerlos decididamente al servicio del orden y colaborar estrechamente con las autoridades empeñadas en mantenerlo.

Pido, asimismo, a todas las fuerzas políticas y al pueblo en general, que tomen partido activo en la defensa de la República, que es la afectada en las actuales circunstancias. Ya no se trata de contiendas políticas parciales, sino de poner coto a la acción disolvente y criminal que atenta contra la existencia misma de la patria y sus instituciones, que es preciso destruir antes de que nuestra debilidad produzca males que pueden llegar a ser irreparables en el futuro.

Pido igualmente a los compañeros trabajadores una participación activa en la labor defensiva de sus organizaciones. (…) El aniquilar cuanto antes este terrorismo criminal es una tarea que compete a todos los que anhelamos una patria justa, libre y soberana, lo que nos obliga perentoriamente a movilizarnos en su defensa y empeñarnos decididamente en la lucha a que dé lugar. Sin ello, ni la reconstrucción nacional ni la liberación serán posibles.

Yo he aceptado el gobierno como un sacrificio patriótico porque he pensado que podría ser útil a la República. Si un día llegara a persuadirme de que el pueblo argentino no me acompaña en ese sacrificio, no permanecería un solo día en el gobierno. Entre las pruebas que he de imponer al pueblo, está esta lucha. Será pues la actitud de todos la que impondrá mi futura conducta.

Ha pasado la hora de gritar Perón; ha llegado la hora de defenderlo”.

El lunes 21 envió un Radiograma a los jefes, oficiales, suboficiales y soldados de la Guarnición de Azul, a quienes se dirigió como “soldado experimentado luego de más de sesenta años de vida en la Institución” y los felicitó por el “heroico y leal comportamiento con que han afrontado el traicionero ataque”.
A continuación aseguró que “la decisión de las grandes mayorías de hacer una revolución en paz, harán que el reducido números de psicópatas que van quedando, sea exterminado uno a uno para el bien de la República”.


Radiograma G-6777 132/74 enviado por el Presidente Perón a la Guarnición de Azul

Buenos Aires, Lunes 21 de enero de 1974
Señores Jefes, Oficiales, Suboficiales y Soldados De la Guarnición Azul
S…./….D
Como comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas y soldado experimentado luego de más de sesenta años de vida en la Institución, quiero llegar directamente a ustedes para expresarles mis felicitaciones por el heroico y leal comportamiento con que han afrontado el traicionero ataque de la noche del sábado 19 de enero de 1974. Los ejemplos dados por los jefes y oficiales que han llegado hasta ofrendar sus vidas, tuvo [sic] la misma repercusión en los suboficiales y soldados que – con su valentía y espíritu de lucha – repelieron la agresión, con la colaboración de la Armada y la Fuerza Aérea. Quiero asimismo hacerles presente que esta lucha en la que estamos empeñados es larga y requiere en consecuencia una estrategia sin tiempo. El objetivo perseguido por estos grupos minoritarios es el pueblo argentino, y para ello llevan a cabo una agresión integral. Por ello, sepan ustedes que en esta lucha no están solos, sino que es todo el pueblo [el] que está empeñado en exterminar este mal, y será el accionar de todos el que impedirá que ocurran más agresiones y secuestros. La estrategia integral que conducimos desde el gobierno nos lleva a actuar profundamente sobre las causas de la violencia y la subversión, quedando la lucha contra los efectos a cargo de toda la población, fuerzas policiales y de seguridad, y si es necesario de las Fuerzas Armadas. Teniendo en nuestras manos las grandes banderas o causas que hasta el 25 de mayo de 1973 pudieron esgrimir, la decisión soberana de las grandes mayorías nacionales de protagonizar una revolución en paz y el repudio unánime de la ciudadanía harán que el reducido número de psicópatas que va quedando sea exterminado uno a uno para el bien de la República. Vaya mi palabra de consuelo para los familiares que perdieron a sus seres queridos, de aliento para los heridos y de esperanza para las familias del Coronel GAY y Teniente Coronel IBARZÁBAL. Tengan la certeza de que todo el poder del Estado está siendo empleado para lograr su liberación. Quiera Dios que el heroico desempeño de todos ustedes nos sirva siempre de ejemplo.

JUAN DOMINGO PERÓN
Presidente de la Nación.


El martes 22, mantuvo una tensa reunión con los diputados Montoneros en la que se insinuaba su expulsión del Movimiento.

A continuación se detalla el encuentro de Perón con diputados Montoneros:

Transcripción del encuentro celebrado en la residencia presidencial de Olivos, dos días después, el martes 22, entre el general Perón y los diputados de la Juventud Peronista (MONTONEROS) Rodolfo Vittar, Roberto Vidaña, Anibal Iturrieta, Armando Croatto, Carlos Kunkel, Santiago Díaz Ortiz, Diego Muniz Barreto, Jorge Glellel y Julio Mera Figueroa.

Para dar mayor relevancia institucional a ese encuentro, Perón dispuso que fuera retransmitido por Radio y TV a toda la nación; y que le acompañaran varios de sus ministros y los presidentes del Senado y Cámara de Diputados.

 

Perón
Muy bien, señores, ustedes pidieron hablar conmigo. Los escucho. ¿De qué se trata?

Diputado Vittar
Señor General: nosotros queríamos hablar con usted antes de hacerle entrega de un comunicado que hemos sacado repudiando el atentado de Azul. Queremos señalarle nuestros conceptos con respecto a la modificación del Código Penal. La nuestra no es una postura en contra de dicha modificación. Tenemos algunas dudas con respecto a la misma. Estamos de acuerdo en la necesidad de que nuestro Gobierno popular tenga realmente un aparato de seguridad y una legislación de seguridad del Estado popular (sic) pero vemos que algunos de los considerandos no tienen mucha claridad en torno a pautas técnicas legales y políticas. Nosotros aplicamos objeciones a uno o dos artículos y queremos escucharlo a usted, señor General. Por eso le hemos pedido esta entrevista.

Perón
Por lo que veo se trata de un problema interno del bloque. Ahora, es indudable que en los grupos colegiados existe una norma ante la cual funciona y fuera de la cual no debe funcionar. Los grupos colegiados tienen su discusión interna; el concepto de la tarea misma legislativa lo impone, por eso existen los bloques. ¿Cuál debe ser la norma dentro de los bloques? Eso no se discute.

Diputado
En realidad nosotros planteamos la necesidad de una discusión de este tema en concreto, es decir, de la modificación del Código Penal, no sólo en una discusión dentro del bloque, sino también en cuanto a una discusión de todos sus aspectos ante funcionarios del Poder Ejecutivo.

Perón
Yo tengo entendido que hasta han concurrido ministros al bloque para tratar este asunto, y que se ha votado.

El Sr. Pedrini (personaje no identificado. Posiblemente, miembro del bloque de diputados peronistas) interviene para explicarle al general: “En el bloque no se pueden votar de ninguna manera los proyectos del Poder Ejecutivo. Lo que se votó fue la conveniencia o no de que comparecieran en el bloque los tres ministros, esto es, de Justicia, de Interior y de Defensa. Los compañeros de la juventud tienen problemas en dos artículos de la ley, que son Asociación Ilícita y Configuración del Delito”.

Perón
Pero si no cometió el delito… en una emboscada de esta naturaleza, asesinando a personas que están tranquilas y en paz. Ahora bien, si esto no implica la necesidad de ser enérgicos a través de la ley, no estaremos jamás respetando la ley desde que la pedimos. El Poder Ejecutivo pide esta ley porque la necesita. Hay treinta asaltos que justificarían una ley dura; sin embargo hasta ahora hemos sido pacientes, pero ya no se puede seguir adelante, porque de lo contrario la debilidad nuestra será la que produzca la propia desgracia del país, que es lo que queremos evitar.
Ahora bien, hablando con toda franqueza, indudablemente no le veo razón a ninguno de los argumentos que vienen exponiéndome para la defensa de la ley. Eso será por la tarea de discutir y buscar triquiñuelas a las cosas. No; aquí hay un fin, el medio es otra cosa.

Diputado
Pero la asociación ilícita podría venir por el solo hecho de estar agrupado en una asociación que no esté legalmente reconocida. Como puede suceder con una agrupación que recién se integra en un sindicato o en una agrupación de base política…

Perón
¿Pero, dónde está el delito?… Por otra parte, esa es la tarea del juez y no de la ley, porque asociación ilícita puede haber en todas las gamas de la delincuencia. Nosotros no podemos hacer de jueces. El delito lo configura el juez. Todo aquel que se asocie con fines ilícitos configura el delito. Ahora, quien debe determinar si el fin es lícito o ilícito es el juez. Por otra parte, no es el objeto mío conversar sobre estas cosas, porque no corresponden a mí. Toda esta discusión debe hacerse en el bloque. Y cuando el mismo decida por votación lo que fuere, ésta debe ser palabra santa para todos las que forman parte de él; de lo contrario, se van del bloque. Esa es la solución.
En esto se debe actuar de la misma manera que actuamos en el orden político. Nadie está obligado a permanecer en una fracción política. El que no está contento, se va. En este sentido, nosotros no vamos a poner el menor inconveniente. Quien esté en otra tendencia diferente de la peronista, lo que debe hacer es irse.
Pero en ese caso (el disconforme) representa ni más ni menos que al Movimiento. Lo que no es lícito, diría, es estar defendiendo otras causas y usar la camiseta peronista.

En este momento, con lo que acabamos de ver, (ERP: Azul) en que una banda de asaltantes que invoca cuestiones ideológicas o políticas para cometer un crimen, ¿ahí nosotros vamos a pensar que eso lo justifica? ¡No!; un crimen es un crimen cualquiera sea el móvil que lo provoca, y el delito es delito cualquiera sea el pensamiento, o sentimiento, o la pasión que impulse al criminal. Siempre que hay voluntad criminal es un delito y eso lo tiene que penar la ley, no nosotros.
Recurrimos a esto porque estamos en un momento crítico para el país; cuando vemos que estos señores en la mayor impunidad y porque no hay con qué sancionarlo, se largan al ataque.

Nosotros estamos en la necesidad de contar con una legislación fuerte para parar lo que se está produciendo, que es también fuerte; y a grandes males no hay sino grandes remedios, que es lo que nosotros necesitamos. En este momento se está asaltando (cuarteles) en nombre de no sé qué cosa. Si hasta han tomado ciudadanos (secuestros y rehenes); ya los ciudadanos no tienen la seguridad que el Estado tiene la obligación de dar, porque no hay sanción en las leyes para este tipo de delitos, que son nuevos. ¿Cómo es posible que todos los hombres que tengan armas estén amenazados de ser tomados por bandas de delincuentes que se dicen de una tendencia o de otra? No interesa la “tendencia”, interesa el delito que cometen. No sé, yo no veo otra solución para estas cosas.

Diputado
Yo quiero ratificar nuestra decisión, que es una decisión no sólo ética, moral y muy sentida, sino también en el plano político que es la de permanecer y contribuir en la medida de nuestras posibilidades a la tarea común del peronismo, por una simple razón: porque somos peronistas y no otra cosa. Planteamos también, señor General, una cuestión de orden político. Es una apreciación que es válida en la medida en que usted la admita, y deja de ser válida en la medida que usted tenga otra apreciación.

Perón
¿En qué consiste esa apreciación?

Diputado
Nosotros pensamos, que partiendo de un principio que usted ha manifestado en numerosas oportunidades, y al cual le otorgamos la máxima razón y sabiduría, sostenemos que la violencia es la que se ejerce no solamente a través de los grupos minoritarios de ultra derecha o de ultra izquierda. Son episodios elaborados; no son productos de una generación espontánea, sino productos de una generación que está, de alguna manera, sumergiéndonos a todos en la violencia.

Perón
Entonces, ¿cómo usted evitaría eso?

Diputado
Le voy a contestar con sus palabras: nosotros pensamos eso, que hemos desterrado las estructuras violentas que hacen que esa violencia de abajo sea generada por la violencia de arriba.

Perón
Y a pesar de eso, la violencia continúa cada vez en mayor forma.

Diputado
Sí señor, y ahí se aplica con toda celeridad y con toda decisión el poder represivo del Estado popular.

Perón
¿Y le parece que hemos esperado poco, con todo lo que ha pasado en estos siete meses de gobierno popular y plebiscitario, donde todos esos señores de las organizaciones terroristas se largan a la calle, culminando en este episodio, atacando a un regimiento?

Diputado
¿Me permite, señor Presidente? Precisamente…

Perón
¿Es decir, que somos nosotros los que provocamos la violencia?

Diputado
Consideramos, señor General, lo siguiente sobre este tema: que los lamentables acontecimientos de Azul, a nuestro juicio y a nuestro modesto entender, indican, precisamente, una decisión de estos grupos minoritarios, totalmente ausentes de lo que es un sentimiento nacional y de lo que es la comprensión de la necesidad de unidad del pueblo argentino, en un proceso de reconstrucción. Entendemos que, precisamente, la intención de estos sectores es especular con un clima de violencia, en crear una actitud del Estado, que estos sectores califican arbitrariamente de represiva y es, precisamente, el caldo de cultivo político en el cual se desarrolla su planteo político. Hemos conocido durante años, a través de un enfrentamiento de la dictadura, cuál es la política del ERP, el autodenominado Ejército Revolucionario del Pueblo. Sabemos que su política crece y se desarrolla en un ambiente de violencia.

Perón
¡No! Está totalmente equivocado. Yo a eso lo he conocido “naranjo”, cuando se gestó ese Movimiento, que no es argentino. Ese Movimiento (Cuarta Internacional – trotkista) se dirige desde Francia, precisamente, desde París, y la persona que lo gobierna se llama “Posadas”, de seudónimo. El nombre verdadero es italiano (Homero Rómulo Cristali Frasnelli, nacido en Buenos Aires, 1912). Los he conocido “naranjo”, como dice el cuento del cura. Sé qué persiguen y lo que buscan. De manera que en ese sentido a mí no me van a engañar, porque, como les digo, los conozco profundamente.
He hablado con muchísimos de ellos en la época en que nosotros también estábamos en la delincuencia, diremos así. Pero jamás he pensado que esa gente podría estar aliada con nosotros, por los fines que persigue.
Ustedes ven que lo que se produce aquí, se produce en todas partes. Está en Alemania, en Francia. En este momento, Francia tiene un problema gravísimo de ese orden. Y ellos lo dejaron funcionar allí; no tuvieron la represión suficiente. En estos momentos, el gobierno francés está por tomar medidas drásticas y violentas para reprimir eso que ellos mismos dejaron funcionar. Ya lo he dicho más de veinte veces, que la cabeza de este movimiento está en París.
Eso ustedes no lo van a parar de ninguna manera, porque es un movimiento organizado en todo el mundo. Está en todas partes: en Uruguay, en Bolivia, en Chile, con distintos nombres. Y ellos son los culpables de lo que le ha pasado a Allende. Son ellos y están aquí en la República Argentina, también. Están en Francia, en España, en una palabra, están en todos los países. Porque esta es una Cuarta Internacional, que se fundó con una finalidad totalmente diferente a la Tercera Internacional, que fue comunista, pero comunista ortodoxa. Aquí no hay nada de comunismo; es un movimiento marxista deformado, que pretende, imponerse en todas partes por la lucha.

A la lucha -y yo soy técnico en eso- no hay nada que hacerle, más que imponerle y enfrentarle con la lucha. Y no atarse las manos frente a esa fuerza; y especialmente, no atarse las manos suprimiendo la ley que lo puede sancionar. Porque nosotros, desgraciadamente, tenemos que actuar dentro de la ley, porque si en este momento no tuviéramos que actuar dentro de la ley ya lo habríamos terminado en una semana.

Para nosotros es un problema bien claro. Queremos seguir actuando dentro de la ley y para no salir de ella necesitamos que la ley sea tan fuerte como para impedir esos males. Dentro de eso, tenemos que considerar si nosotros podemos resolver el problema. Si no contamos con la ley, entonces tendremos también nosotros que salirnos de la ley y sancionar en forma directa como hacen ellos

¿Y nos vamos a dejar matar? Lo mataron al secretario general de la Confederación General del Trabajo (Ignacio Rucci, ejecutado por Montoneros, como bien sabía Perón), están asesinando alevosamente, y nosotros con los brazos cruzados porque no tenemos ley para reprimirlos. ¿No ven que eso es angelical?

El fin es la sustentación del Estado y de la Nación; está en que tengamos los medios para defendernos. Si nosotros todavía nos limitamos nuestros propios medios de defensa, estamos entregándonos a estas fuerzas, que, como he dicho, las conozco profundamente y sé cómo actúan.

Ahora bien; si nosotros no tenemos en cuenta a la ley, en una semana se termina todo esto, porque formo una fuerza suficiente, lo voy a buscar a usted y lo mato, que es lo que hacen ellos. No actúan dentro de la ley. De esa manera, vamos a la ley de la selva y dentro de la ley de la selva, tendría que permitir que todos los argentinos portaran armas a la vista. Pero, ¿qué es lo que está ocurriendo? Que los delincuentes están todos armados, mientras que las personas decentes no pueden llevar armas y están indefensas en manos de estos señores. ¿Y todavía nosotros vamos a pensar si sancionamos o no la ley? ¡Vamos! Necesitamos esa ley porque la República está indefensa frente a ellos. Ese es para nosotros el fundamento de todo eso. Con toda claridad afirmo que no queremos la violencia.

Desde hace siete meses estamos diciendo que queremos la paz, y estos señores, en siete meses, no se han dado cuenta que están fuera de lugar, porque no se han dado cuenta que están perturbando lo que ellos dicen que sostienen, que es mentira. La mitad son mercenarios, los conozco, los he visto actuar y por el sólo hecho de que estén mandados de afuera, tienen intereses distintos a los nuestros. Los nuestros no se defienden desde París, se defienden desde Buenos Aires. Para mí, eso es lo que yo veo con toda claridad. Ahora, la decisión es muy simple: hemos pedido esta ley al Congreso para que éste nos dé el derecho de sancionar fuerte a esta clase de delincuentes.

Si no tenemos la ley, el camino será otro; y les aseguro que puestos a enfrentar la violencia con la violencia, nosotros tenemos más medios posibles para aplastarla, y lo haremos a cualquier precio, porque no estamos aquí de monigotes.
Estamos afrontando una responsabilidad que nos ha dado plebiscitariamente el pueblo argentino. Nosotros no somos dictadores de golpes de Estado. No nos han pegado con saliva.

Nosotros vamos a proceder de acuerdo con la necesidad, cualquiera sean los medios. Si no hay ley, fuera de la ley también lo vamos a hacer y lo vamos a hacer violentamente. Porque a la violencia no se le puede oponer otra cosa que la propia violencia. Eso es una cosa que la gente debe tener en claro, pero lo vamos a hacer; no tenga la menor duda

Tenemos la seguridad de que la mayoría absoluta del pueblo nos acompaña, y cuando un Movimiento está apoyado por el pueblo no hay fuerza que se le pueda oponer. De eso estoy totalmente convencido.

En cuanto al problema en sí, es un problema de ustedes y del bloque, y lo tienen que resolver con él y no conmigo.
Tenemos un Movimiento y éste lo maneja el Consejo Superior. Reitero que el problema es de ustedes y del bloque, y yo no puedo interferir con mis ideas; éstas, por otra parte, las acabo de exponer, así como también lo he hecho en cuanto a las necesidades del Estado. Ahora, ustedes pueden resolver lo que quieran. Esa es una cuestión individual en la cual yo no me he metido ni me meto.

Diputado
Nosotros, un poco como soldados del Movimiento y de usted que es el conductor de ese gran Movimiento nacional en la Argentina, le queremos señalar que nuestra entrevista la hicimos en carácter de militantes peronistas. Era fundamental escucharle a usted acerca de lo que realmente pensaba en torno a ese problema, el cual nosotros no cuestionamos globalmente sino en algunos de sus aspectos. Lo que queremos es señalarle y ratificarle, con toda la fuerza que tenemos, que estamos totalmente junto a usted como integrantes del Movimiento Peronista y junto al pueblo. En ese sentido, somos disciplinados en nuestro Movimiento. Fuimos, somos y seremos disciplinados, hasta la muerte. Queremos agradecerle con todo corazón esta entrevista, y estamos muy contentos de estar con usted, de verlo y de escucharlo. Ese ha sido uno de los objetivos que tuvimos para venir a verlo.

Perón
Muy bien, muchas gracias.
_ _ _ _

Dos días después, los diputados montoneros renunciaron a sus cargos, y el Consejo Superior Justicialista los expulsó del Movimiento. También fue obligado a renunciar el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Oscar Bidegain, por su conocida vinculación con MONTONEROS: su secretaria privada era nada menos que Norma Arrostito; una de las fundadoras, miembro de su Conducción Nacional, e integrante del comando que secuestró y luego asesinó al general Aramburu.

 

Oscar Bidegain
Norma asado

De esta manera, la izquierda peronista sólo quedó representada en el Congreso por Rodolfo Ortega Peña, quien más tarde sería ejecutado por la Triple A.

Rodolfo Ortega Peña

El 28 de enero, ascendió a Comisario General y nombró sub-jefe de la Policía Federal, al Comisario Mayor Alberto Villar, en situación de retiro por orden de Righi-Cámpora; y Superintendente de Seguridad Federal, al Comisario Inspector Luis Margaride.

Comisario Mayor Alberto Villar

El 8 de febrero de 1974 el Teniente General Perón ofreció una conferencia de prensa en la Residencia Presidencial de Olivos. En el transcurso de la misma, a la periodista del diario “El Mundo”, Ana Guzzetti, por cumplir valientemente con sus tareas profesionales, se le inició una causa judicial.

Ana Guzzetti

El motivo fue que, abierta la ronda de preguntas, Ana le dijo a Perón sin intermediarios que “en el término de dos semanas hubo exactamente 25 unidades básicas voladas con explosivos, que no pertenecen precisamente a la ultraizquierda, hubo doce militantes muertos y ayer se descubrió el asesinato de un fotógrafo. Evidentemente todo esto está hecho por grupos parapoliciales de ultraderecha”. Perón le preguntó si se hacía responsable de lo que decía y le dijo que sí; por lo que el presidente afirmó “que eso de parapoliciales lo tiene que probar. Tomen los datos necesarios para que el Ministerio de Justicia inicie causa contra esta señorita”. Guzzetti no se amilanó: “Quiero saber que medidas va a tomar el Gobierno para investigar tantos atentados fascistas”.

Quince días después, Ana Guzzetti fue detenida –junto con otros periodistas- durante el allanamiento y clausura del diario “El Mundo”. Alojada en la temible Coordinación Federal fue liberada el 28 de febrero de ese mismo año.

Antes, con fecha 20 de febrero- le envió una carta abierta al jefe del Movimiento, Juan Domingo Perón. La transcripción, en la parte más sustanciosa es la siguiente:

“General. El otro día fui víctima de un impulsivo ataque de celo presidencial, que usted demostró públicamente al sentirse acusado, supongo que es por eso, de los grupos para-policiales de la ultra derecha. Pero General, ¿acaso usted creía que mi condición de peronista me podía convencer de silenciar una verdad que es carne en la clase trabajadora? Usted no ignora mi trayectoria, cuatro veces presa y torturada por luchar, no sólo por la liberación sino también por su retorno. En esta lucha del pueblo, a la que me enrolé a los 17 años, vi caer a mis compañeros gritando ¡Perón ó Muerte!, que para ellos significó Revolución ó Muerte.

Por eso General yo no voy a callarme. No me asusta que me echen del Movimiento, soy consciente ya desde hace unos años que no será allí donde se incorpore activamente a la clase trabajadora al proyecto de Liberación Nacional y Social. Tampoco me asusta caer presa; ya lo estuve antes y como militante es un riesgo que he asumido siempre con dignidad. Pero se acabó la época de la demagogia, se terminó el balconearle al pueblo y enchufarle los pactos sociales, la ley de prescindibilidad y la reforma al código penal. General, mientras usted estaba en Madrid nosotros hicimos la resistencia, pasamos el Plan Conintes, nos tragamos tres dictaduras militares, gestamos los cordobazos, los rosariazos, los tucumanazos, y toda esta lucha General, no se la vamos a regalar. Nos costó cárcel, torturas, sangre.

Qué quiere decirnos ¿qué Ramus, Abal Medina, Cambareri, Olmedo, Blajaquis, eran infiltrados? Bueno, si usted cree eso lo tendría que haber dicho antes. ¿Se acuerda? Éramos las gloriosas formaciones especiales, los héroes. ¿Se acuerda de Trelew? Para el pueblo cayeron 16 hermanos, sin distinción de ideologías, eran los que daban su sangre para la liberación de esta patria que hoy usted quiere entregar al imperialismo y a los traidores. Sí General, soy peronista y no dejaré de serlo. Pero no seré nunca traidora”

Finalmente, siguiendo la dinámica de contraofensiva, el 28 de mayo Perón nombró a Villar Jefe de la Policía Federal y en reunión privada le ordenó “mano dura” con el terrorismo. Villar pasaría a colaborar, y tal vez a dirigir, la Alianza Anticomunista Argentina (‘Triple A’) que operaba desde noviembre de 1973.

El 1º de mayo, se produciría la célebre y espectacular ruptura entre la organización terrorista MONTONEROS y el general Perón en la Plaza de Mayo.

Perón, ante las agresiones verbales que los montoneros públicamente allí le endilgaban, los tildó de “estúpidos” e “imberbes”, lo cual ocasionó de lleno otra ruptura entre el terrorismo y el gobierno. Ante las expresiones agraviantes de Perón, los montoneros se retiraron del acto ordenadamente dejando 2/3 partes de la plaza vacía (circunstancia que daba cuenta de la gran capacidad de movilización y activistas que poseían). “Se estima que aquel día entre sesenta y ochenta mil personas le dieron la espalda al general y se alejaron de la Plaza de Mayo”.

Entre las muertes que se produjeron en mayo, el día 11, moría asesinado el polémico padre Carlos Mugica.

El político peronista Antonio Cafiero confirma en el programa “Tiene la palabra” que se difundió el 17 de octubre de 2008, algo que estaba circulando desde hace mucho tiempo: que al cura Mujica lo asesinó la misma banda que lo hizo con Rucci: ‘montoneros’…
Importante testimonio para la historia.

EL ASESINATO DEL CURA MUJICA

“Muchos militantes que sobrevivieron a aquello han atestiguado, además, que varios de los atentados contra sedes de agrupaciones adictas a la “M” fueron en verdad autoatentados cuyo propósito tendía a que no se alentaran esperanzas de un arreglo negociado “en” el peronismo.

El mayor montonero Antonio Nelson Latorre, que se jactó en la ESMA de haber sido quien abatió al capitán Roberto Máximo Chavarri en Ezeiza (y no Horacio “Beto” Simona), afirmaba muy suelto de cuerpo que fueron montoneras las balas que desplomaron al padre Mujica en la noche del sábado 10 de mayo de 1974 a la salida de la capilla de San Francisco Solano.(1)

Según él, el hecho se había justificado por la conducta que tuvo en el último tiempo quien fuera fundador del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo en la Argentina; se la evaluaba como próxima a López Rega, lo que podía despertar ilusiones contrarias a la política de ruptura con el justicialismo. Algo puede haber habido: en contraste con el resto de la prensa, el diario Noticias minimizó la cobertura del asesinato.

Ante la protesta de lectores y de algunos redactores Firmenich publicó cuatro notas apologéticas de Mujica que, de ser cierto lo de la autoría de su muerte, eleva a la esquizofrenia la hipocresía de la Conducción Nacional (CN). Sobre todo de Firmenich, que eligió a Mujica para bendecir la ceremonia de su casamiento.
¿Qué podía negociar Mujica con el “Brujo” a quien recurría por sus villeros? ¿”Galvanizaban la fuerza propia”, matándolo?

Quizá los Montoneros creían impedir cualquier entendimiento dentro del peronismo.

(1)Antonio Nelson Latorre (el “Pelado Diego”), fundador de las FAP, a cargo de la columna Capital Federal de Montoneros; entregó a sus subordinados al ser secuestrado por efectivos de la ESMA el 13 de mayo de 1977.

Volvió a la luz afiliado al “masserismo”. Posiblemente se hizo orgánico del SIN (Servicio de Informaciones Navales) como Alfredo Máximo Nicoletti (“El Gordo Alfredo”) asesino del comisario Alberto Villar. Pertenecía al sector Inteligencia de la banda.

El “Pelado Diego” estuvo con “Esteban” o “Profesor Neurus” (nombres de guerra del asesino Rodolfo Walsh) durante cuatro meses haciendo la “inteligencia previa” al asesinato del dirigente obrero José Ignacio Rucci.

(Texto del libro de Juan Gasparini: “Montoneros: final de cuentas”)


LA MUERTE DE PERÓN Y SUS CONSECUENCIAS

Juan Domingo Perón falleció el 1 de julio de ese año 1974.

Le sucedió entonces, María Estela Martínez de Perón conocida como ”Isabelita”, nombre popular que según se cree, derivaba de su contacto con la secta a la que pertenecía López Rega o de sus labores “artísticas” en Venezuela y Panamá. A pesar de su deficiente actitud mental y formación académica, “Isabelita”, por obra y gracia de un irrepetible golpe de suerte, se constituyó en la cabeza de la República en medio de una guerra civil.

Las acciones del Gobierno Constitucional

Debido a la gravísima situación que imperaba en el país y especialmente en la provincia de Tucumán, lugar en que el ERP quería conformar una zona liberada para formar un estado independiente que fuera reconocido por las Naciones Unidas como estado beligerante, el Gobierno Nacional instruyó a las FF.AA para que iniciasen los estudios y el planeamiento para operar militarmente a fin de neutralizar y/o aniquilar al terrorismo subversivo en Tucumán.

El 05 de enero de 1975, parte de la provincia de Córdoba con destino Tucumán, un avión Twin Otter perteneciente al Comando de Aviación del Ejercito, el cual estaba afectado al servicio del IIIer Cuerpo de Ejercito para realizar un reconocimiento de la zona selvática en la provincia de Tucumán, mientras realizaba estudios preliminares para la iniciación del Operativo Independencia.

El avión fue derribado con ametralladoras antiaéreas de origen ruso, el cual dio en la cola del avión, este se precipita a tierra y se incendio calcinándose los treces ocupantes.

La zona de Tafi del Valle, donde es derribado el avión militar, era considerada por los diferentes servicios de seguridad como lugar de intensa actividad de elementos subversivos y grupos terroristas.

Estas víctimas fueron los primeros muertos del Operativo Independencia.

Bajo esas circunstancias el Poder Ejecutivo dictó el Decreto Secreto Nº 261 con fecha 5 de febrero de 1975. Su texto es el siguiente:

Visto las actividades que elementos subversivos desarrollan en la provincia de Tucumán y las necesidades de adoptar las medidas adecuadas para su erradicación: LA PRESIDENTE DE LA NACIÓN ARGENTINA En Acuerdo General de Ministros: DECRETA: Art. 1º El Comando General del Ejército procederá a ejecutar las operaciones militares que sean necesarias a efectos de neutralizar y/o aniquilar el accionar de los elementos subversivos que actúan en la Provincia de Tucumán. Art. 2º El Ministerio del Interior pondrá a disposición y bajo control operacional del Comando General del Ejército los efectivos y medios de la Policía Federal que sean requeridos a través del Ministerio de Defensa para su empleo en las operaciones a que se hace referencia en el Art. 1º. Art. 3º El Ministerio del Interior requerirá al PE de la Provincia de Tucumán, que proporcione y coloque bajo control operacional al personal y los medios policiales que le sean solicitados por el Ministerio de Defensa (Comando General del Ejército), para su empleo en las operaciones precitadas. Art. 4º El Ministerio de Defensa adoptará las medidas pertinentes a efectos de que los Comandos Generales de la Armada y Fuerza Aérea presten, a requerimiento del Comando General del Ejército, el apoyo necesario de empleo de medios para las operaciones. Art. 5º El Ministerio de Bienestar Social desarrollará en coordinación con el Ministerio de Defensa las operaciones de acción cívica que sean necesarias sobre la población afectada por las operaciones militares. Art. 6º La Secretaría de Prensa y Difusión de la Presidencia de la Nación a indicación del Ministerio de Defensa (Comando General del Ejército) ejecutará las operaciones de acción psicológica concurrentes que le sean requeridas. Firman la señora Presidente y los ministros Benítez, Rocamora, Savino, Ivanissevich, López Rega, Gómez Morales, Vignes y Otero.

El gobierno de Isabelita, inmerso en la hiperinflación y las bombas, se mostraba totalmente incapaz de dar respuestas a las diversas problemáticas por él creadas o acentuadas. El ministro López Rega sospechado de dirigir la organización criminal Triple A, se escapó del país simulando realizar un “viaje político” (nótese el desastre que era ese gobierno) con pasaporte diplomático y el nombramiento de embajador. Ni bien el nombrado “desapareció del mapa”, disminuyeron las actividades de la Triple A. Después de haber estado prófugo durante varios años, López Rega se entregó, para morir en prisión muchos años después.

En la mañana del 27 de agosto de 1975 asumió la comandancia del Ejército el General Jorge Rafael Videla. La promoción 74, inocultablemente antiperonista, era a partir de ese momento mayoría en la cúpula del Ejército.

Se había cumplido ya un año de la muerte del general Perón y en este lapso, el terrorismo había cometido más de un millar de asesinatos. Para tener noción de la alarmante parsimonia e inmovilidad en la que se hallaba el gobierno democrático, téngase en cuenta que sólo en este mes de septiembre de 1975, la organización terrorista “Montoneros” es puesta fuera de la ley.

¿Y por qué hacemos hincapié en llamar terroristas a los montoneros? Esto no obedece a un apodo caprichoso, puesto que más allá de los inacabables asesinatos, secuestros y atentados repugnantes que inequívocamente tipifican a los Montoneros como una organización terrorista, ese mismo mes de septiembre de 1975, el día 6, el gobierno constitucional dictó el poco conocido decreto 2452 en cuyos considerandos se afirmó:“que el país padece el flagelo de una actividad terrorista y subversiva que no es un fenómeno exclusivamente argentino… que esa actitud subversiva constitucionalmente configura el delito de sedición… que no se trata de prescripciones o discriminaciones ideológicas, toda vez que nada justifica la asociación ilícita creada para la violencia y los hechos que la produzcan o fomenten… que en tal situación se encuentra el grupo subversivo autodenominado “Montoneros”, sea que actúe bajo esa denominación o cualquier otro”. (M. de Perón, Damasco, Garrido, Emery, Corvalán Nanclares, Ruckauf y Arrighi).”

Al agravarse la crisis política y económica, en setiembre de 1975 Martínez pidió licencia del cargo por razones de salud; sus funciones fueron ejercidas por el presidente provisional del Senado Ítalo Lúder entre el 13 de septiembre y el 16 de octubre de 1975.

En ese período se dictaron tres decretos para aniquilar la subversión, a saber:

Decreto Nº 2770 del 6 de octubre de 1975.
Consejo de Seguridad interna – Constitución – Competencia
Fecha: 6 de octubre de 1975.Publicación: Boletín Oficial, 4 de Noviembre de 1975
Visto la necesidad de enfrentar la actividad de elementos subversivos que con su accionar vienen alterando la paz y la tranquilidad del país, cuya salvaguardia es responsabilidad del gobierno y de todos los sectores de la Nación, y
Considerando: Lo propuesto por los señores ministros del Interior, de Relaciones Exteriores y Culto, de Justicia, de Defensa, de Economía, de Cultura y Educación, de Trabajo y de Bienestar Social, el presidente provisional del Senado de la Nación en Ejercicio del Poder Ejecutivo en acuerdo general de ministros, decreta:
ARTICULO 1°– Constitúyese el Consejo de Seguridad Interna que estará presidido por el Presidente de la Nación y será integrado por todos los ministros del Poder Ejecutivo nacional y los señores comandantes generales de las Fuerzas Armadas. El Presidente de la Nación adoptará, en todos los casos las resoluciones en los actos que originen su funcionamiento.
ARTICULO 2°– Compete al Consejo de Seguridad interna:
a) La dirección de los esfuerzos nacionales para la lucha contra la subversión;
b) La ejecución de toda tarea que en orden a ello el Presidente de la Nación le imponga.
ARTICULO 3°– El Consejo de Defensa, presidido por el ministro de Defensa e integrado por los comandantes generales de las Fuerzas Armadas, además de las atribuciones que le confiere el art. 13 de la ley 20.524, tendrá las siguientes:
a) Asesorar al Presidente de la Nación en todo lo concerniente a la lucha contra la subversión;
b) Proponer al Presidente de la Nación las medidas necesarias a adoptar en los distintos ámbitos del quehacer nacional para la lucha contra la subversión.
c) Coordinar con las autoridades nacionales, provinciales y municipales, la ejecución de medidas de interés para la lucha contra la subversión;
d) Conducir la lucha contra todos los aspectos y acciones de la subversión;
e) Planear y conducir el empleo de las Fuerzas Armadas, fuerzas de seguridad y fuerzas policiales para la lucha contra la subversión.
ARTICULO 4°– La Secretaría de Prensa y Difusión de la Presidencia de la Nación y la Secretaría de Informaciones de Estado quedan funcionalmente afectadas al Consejo de Defensa, a los fines de la lucha contra la subversión, debiendo cumplir las directivas y requerimientos que en tal sentido les imparta el referido Consejo
ARTICULO 5°– La Policía Federal y el Servicio Penitenciario Nacional quedan subordinados, a los mismos fines al Consejo de Defensa.
ARTICULO 6°– El Estado Mayor Conjunto sin perjuicio de las funciones que le asigna la reglamentación del dec.-ley 16.970/66, a los fines del presente decreto, tendrá como misión asistir al Consejo de Defensa en lo concerniente al ejercicio de las atribuciones que en él se le asignan.
ARTICULO 7°– El Ministerio de Economía proveerá los fondos necesarios para el cumplimiento del presente decreto.
ARTICULO 8°– Comuníquese, etc.
Luder – Aráuz Castex – Vottero – Emery – Ruckauf. – Cafiero – Robledo.

 

Decreto Nº 2771 del 6 de octubre de 1975.
Consejo de Defensa – Convenios con las provincias para colocar bajo su control operacional al personal policial y penitenciario para la lucha contra la subversión
Fecha: 6 de octubre de 1975.
Publicación: Boletín Oficial, 4 de Noviembre de 1975
Visto lo dispuesto por el dec. 2770 del día de la fecha, y la necesidad de contar también con la participación de las fuerzas policiales y penitenciarias de las provincias en la lucha contra la subversión;
Por ello, el presidente provisional del Senado de la Nación en ejercicio del Poder Ejecutivo en acuerdo general de ministros, decreta:
ARTICULO 1°– El Consejo de Defensa, a través del Ministerio del Interior, suscribirá con los gobiernos de las provincias, convenios que coloquen bajo su control operacional al personal y a los medios policiales y penitenciarios provinciales que les sean requeridos por el citado Consejo para su empleo inmediato en la lucha contra la subversión.
ARTICULO 2°– Comuníquese, etc.
Luder – Aráuz Castex – Vottero – Emery – Ruckauf – Cafiero – Robledo
Decreto Nº 2772 del 6 de octubre de 1975.
Fecha: 6 de octubre de 1975.
Publicación: Boletín Oficial, 4 de Noviembre de 1975
Vistos los decs. 2770 y 2771 del día de la fecha y la necesidad de reglar la intervención de las Fuerzas Armadas en la ejecución de operaciones militares y de seguridad, a efectos de aniquilar el accionar de los elementos subversivos en todo el territorio del país.
Por ello, el Presidente provisional del Senado de la Nación en ejercicio del Poder Ejecutivo en acuerdo general de ministros, decreta:
ARTICULO 1°– Las Fuerzas Armadas bajo el Comando Superior del Presidente de la Nación que será ejercido a través del Consejo de Defensa procederán a ejecutar las operaciones militares y de seguridad que sean necesarias a efectos de aniquilar el accionar de los elementos subversivos en todo el territorio del país.
ARTICULO 2°– El Ministerio de Economía proveerá los fondos necesarios para el cumplimiento del presente decreto.
ARTICULO 3°– Comuníquese, etc.
Luder – Aráuz Castex – Vottero – Emery – Ruckauf – Cafiero – Robledo.

 

La expresión ya varias veces mencionada en los decretos de “aniquilar el accionar de los elementos subversivos”, en términos militares tiene un significado muy preciso. Sin embargo, los propios firmantes sintiéndose años después un poco incómodos por haber rubricado el decreto “represor”, se valieron luego de extravagantes acrobacias verbales y curiosas argucias lingüísticas, para tergiversar o desdibujar el sentido que le quisieron dar a la expresión “aniquilar”, utilizando pintorescos y ocurrentes eufemismos a fin de explicar que “aniquilar” no quiere decir “aniquilar”.

Para refutar a la legión de desmemoriados que alegremente deambula opinando y defendiendo a los “derechos humanos” de terroristas y delincuentes, es apropiado a modo de “ayuda-memoria” reproducir un comunicado del propio Congreso de la Nación el 29 de octubre de 1975:

“Reitera su más terminante repudio a la violencia criminal que está asolando al país con diversas formas de terrorismo y guerrilla en perjuicio de la población: intimidación pública, destrucción de barcos, aviones y otros elementos valiosos del patrimonio nacional, atentados domiciliarios y callejeros, a menudo causantes de víctimas inocentes, asesinatos de miembros de las FF.AA., de Seguridad y de Policía, ejecuciones masivas, sistemáticas y sádicas de civiles… con una espantosa secuela de víctimas “

Fin del secreto: encuentro de Videla y Viola con Ricardo Balbín. “Terminen con esta agonía”(Juan B.Yofre)

Balbín-Videla

La entrevista de Jorge Rafael Videla con Ricardo Balbín se realizó en la casa del periodista Alberto Jesús “Piqui” Gabrielli, en la calle Ombú 3054 de Barrio Parque.

Palabras más, palabras menos esto dijeron:

Balbín: General, yo estoy más allá del bien y del mal. Me siento muy mal, estoy afligido. Esta situación no da más. ¿Van a hacer el golpe? ¿Sí o no? ¿Cuándo?

-Videla: Doctor, si usted quiere que le dé una fecha, un plan de gobierno, siento decepcionarlo porque no sé. No está definido. Ahora, si esto se derrumba pondremos la mano para que la pera no se estrelle contra el piso.

-Balbín: Si van a hacer lo que pienso que van a hacer, háganlo cuanto antes. Terminen con esta agonía. Ahora, general, no espere que salga a aplaudirlos. Por mi educación, mi militancia, no puedo aceptar un golpe de Estado.


El golpe

El golpe del 24 de marzo de 1976, sin mayor resistencia, derrocó a la presidente Isabel Perón. Esta junta militar estaba integrada por lo comandantes de las tres armas, el Gral. Jorge Rafael Videla, el Almirante Emilio Eduardo Massera, y el Brigadier Orlando Ramón Agosti.

El nuevo presidente fue Videla, comandante de ejército. Comenzaba de este modo la más violenta de las dictaduras militares instauradas en el país, que se prolongó por ocho años y cuya gestión incluyó desde la desaparición de miles de personas hasta la entrada de la Argentina en una guerra intencional.

La dictadura inauguró una etapa que se denominó “Proceso de reorganización nacional” e hizo públicas sus normas fundamentales y sus objetivos, que eran la transformación de la sociedad Argentina de raíz. Ante una sociedad en crisis, el proceso pretendía convertirse en la “salvación de la Nación”, y no establecía límites temporales para llevar a cabo esta tarea.

A pesar de las diferencias internas en el mando militar, hubo una acción que involucró el conjunto de las Fuerzas Armadas cuando ejercieron el poder: la represión.

LA MÁQUINA DE MATAR

Las diferencias entre los fascismos italiano y alemán con el caso argentino de la dictadura militar, acontecida entre 1976 y 1983, se sustentan en las siguientes consideraciones: los motivos ideológicos del fenómeno nazi o del fascismo italiano eran mesiánicos, buscaban cambiar el mundo, conquistarlo, implantar un Reich de mil años o un nuevo imperio romano. Buscaban romper definitivamente con el legado del liberalismo ilustrado que había nacido con la Revolución Francesa y con la herencia comunista que había surgido tras la Revolución bolchevique de 1917, los dos únicos procesos revolucionarios ortodoxos que ha dado, en nuestra opinión, la historia del mundo contemporáneo. Además, tanto Benito Mussolini como Adolfo Hitler llevaron a sus respectivos pueblos a un estado de guerra permanente, una guerra total en la cual, como sostenía el líder italiano, los súbditos fascistas iban a convertirse en hombres, en un cuerpo social también nuevo y distinto a cuantos habían existido con anterioridad.
Los motivos de la última dictadura argentina, aunque en el fondo y forma coincidentes con los postulados antedichos, buscaron ‐como principal pauta de acción‐ eliminar físicamente a toda oposición. Intentaron callarla para siempre. La dictadura castrense creó su propio corpus ideológico o un fascismo vernáculo, sustentado sobre la cruz y la espada.

El sistema funcionaba verticalmente, según la estructura jerárquica de las fuerzas armadas, de seguridad e inteligencia, y horizontalmente, por armas o clases, pero con rígida coordinación, impuesta, en última instancia, por los componentes de las sucesivas juntas militares, estados mayores del ejército, armada, fuerza aérea y sus equivalentes en la policía y demás fuerzas de seguridad e inteligencia.

En el desarrollo de la estrategia diseñada, los denominados grupos operativos o grupos de tareas o unidades de tareas estaban integrados por personal militar, civil y de inteligencia y actuaban organizadamente en el seno mismo de las fuerzas del orden, con arreglo al sistema de comandos, que no respondía necesariamente a unidades militares preexistentes, sino que podían estar compuestos por miembros de diferentes secciones, armas y ejércitos, basándose en criterios de operatividad y homogeneización ideológica, fuera de las normas y manuales de uso en los ejércitos regulares, y siguiendo el mismo esquema de funcionamiento que los “einsatzgruppen” organizados durante la II Guerra Mundial por el ejército alemán bajo las instrucciones del Partido Nacional Socialista Alemán.

El dictador Videla, el jefe del Estado Mayor Conjunto del Ejército, Roberto Viola, y el general Carlos Alberto Martínez, de la Jefatura de Inteligencia del Ejército, tenían a cargo la conducción política de la represión ilegal. Contaban con el apoyo de la Marina, la Aeronáutica, la Policía y, en menor medida, de la Gendarmería y del Servicio Penitenciario.
Pero el nervio del accionar de la dictadura, el engranaje que movía la rueda de la represión, era el Batallón 601 de Inteligencia, que conducía el coronel Alfredo Valín y dependía de la Jefatura II de Inteligencia del Ejército, ubicada en el edificio Libertador.
En las oficinas de Callao y Viamonte, sede del Batallón, se reportaban todas las informaciones que producía la “comunidad informativa”, es decir, las estructuras de la inteligencia del Ejército, la Armada, la Fuerza Aérea, las fuerzas de seguridad, la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE), con miles de agentes, civiles y militares, que se infiltraban en sindicatos, universidades, fábricas, organizaciones educativas, culturales, sociales, etcétera.
Los agentes civiles de inteligencia (denominados “C3”) utilizaban nombres cuyas iniciales coincidían con su nombre y apellido (el agente civil del Batallón 601 Raúl Antonio Guglielminetti operaba bajo la cobertura de “Rogelio Ángel Guastavino”; su par Gerardo Alberto Martínez, como “Gabriel Antonio Mansilla”).

Raúl Antonio Guglielminetti
Gerardo Alberto Martínez

La información que reunían los agentes se valoraba en la Central de Reunión del Batallón y, a partir de entonces, se ordenaban las operaciones ilegales de represión para que actuaran los grupos de tareas.

El circuito represivo se desarrollaba del siguiente modo: cada orden de detención dispuesta por la Jefatura II de Inteligencia obraba por medio del Centro de Operaciones Táctico del Estado Mayor de Ejército (COT), desde donde se cursaba el pedido a la Zona, a la Subzona y al Área correspondiente para que ejecutara la tarea.
El agente de inteligencia que proveía la información también podía participar del operativo para garantizar su efectividad, tanto en la ejecución como en el “interrogatorio” al secuestrado. Actuaba como un “especialista”.

Para los detenidos por la policía por comportamientos “sospechosos”, actuaban interrogadores “de turno”, que permanecían en guardia por la noche. También, cuando sobre la base de información reunida por agentes de inteligencia se decidía el secuestro del “presunto extremista”, se emitía una “orden de blanco”, es decir, una orden de allanamiento o secuestro.
Había dos tipos de “blanco”: “el blanco planeado”, que era resultado de un proceso de información previo y se convertía en un objetivo concreto, y el “blanco de oportunidad”, que era el que se localizaba por primera vez en una operación, y no había sido anteriormente analizado o investigado.

Funcionaron cinco grupos de tareas: el GT1 (Policía Federal), GT2 (Batallón de Inteligencia 601), el GT3 (Armada Nacional), el GT4 (Fuerza Aérea Argentina) y el GT5 (Side). Este diseño se contenía en directivas secretas o en las denominadas órdenes de batalla, y los responsables inmediatos eran los respectivos comandos en jefe. A partir de octubre de 1975, el ejército tuvo la responsabilidad primaria en la lucha antisubversiva en virtud de lo dispuesto en la directiva n° 1/75 del Consejo de Defensa.

El GT1, con sede en la Central de Reunión del Batallón 601 de Inteligencia, se ocupaba de investigar al ERP, que, cuando se empezaron a conformar los GT, a principios de 1976, era la organización guerrillera de mayor potencial armado, según la evaluación del 601. Además, incidió en esta decisión el hecho de que algunos oficiales del Ejército habían tenido relación con dirigentes montoneros en el origen nacionalista de esa organización guerrillera.
La conducción del GT2, con asiento en la Superintendencia de Seguridad de la Policía Federal, pero bajo supervisión del Ejército, trabajaba sobre Montoneros. Hacia fines de 1976, cuando el ERP estaba prácticamente desmantelado, el GT2 funcionaría en el Batallón 601.
El GT2 estaba subdividido en equipos: uno se especializaba en la conducción montonera; otro reunía documentación de Montoneros y de las regionales del interior del país y el tercer grupo, de carácter operativo, trabajaba sobre las columnas de Capital, Oeste, Norte y Sur.
El GT3, del Servicio de Inteligencia Naval (SIN), también se ocupaba de Montoneros.
El GT4, de la inteligencia aeronáutica, se concentraba sobre grupos guevaristas o procastristas.
El GT5 correspondía a la SIDE (Secretaría de Inteligencia del Estado). Estaba dentro de la estructura del Ejército. Una de sus tareas asignadas era la persecución a extranjeros en el marco del Plan Cóndor.
Salvo en la Marina, los GT no realizaban tareas de inteligencia, aunque producían información en base a las torturas.

Apenas se produjo el golpe de Estado, los comandos de cada zona, subzona, área y subárea activaron sus centros clandestinos de detención (CCD).

En el COMANDO DE LA ZONA 1, al mando del general Guillermo Suárez Mason y que abarcaba Capital Federal, la mayor parte de la provincia de Buenos Aires y la provincia de La Pampa, funcionaron durante la dictadura militar los centros clandestinos conocidos como “Superintendencia de Seguridad Federal” (en el tercero y cuarto pisos del edificio de la ex Coordinación Federal), “El Vesubio” (que funcionaba desde 1975 con el nombre “La Ponderosa”), “El Atlético”, “Banco”, “El Olimpo”, “Azopardo”, “Automotores Orletti”, “El Pozo de Banfield”, Arsenales 601 de Monte Chingolo, el Batallón de Comunicaciones 601 de City Bell, el Batallón de Ingenieros de Combate 101 de San Nicolás, las unidades penales de Olmos, La Plata, Mercedes, Magdalena y Sierra Chica, y comisarías del conurbano. Siempre en la Zona 1, la Fuerza Aérea controló el CCD “Mansión Seré”, en Morón, y la Armada, el CCD de la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA).
El COMANDO DE LA ZONA 2, al mando del general Ramón Díaz Bessone, con asiento en Rosario —en octubre de 1976 asumiría el general Leopoldo Galtieri—, controlaba Santa Fe y las provincias del Litoral y el nordeste argentino, y tuvo centros clandestinos en el Regimiento de Infantería 29 de Monte en Formosa, la Fábrica Militar Domingo Matheu y distintas brigadas de investigaciones policiales y comisarías.
El COMANDO DE LA ZONA 3, del general Luciano Benjamín Menéndez, con asiento en Córdoba, incluía también San Luis, San Juan, Mendoza, La Rioja y las provincias del Noroeste, y tuvo centros clandestinos en “La Ribera”, “La Perla”, la Dirección de Hidráulica del Dique San Roque, el Regimiento de Montaña en Mendoza, el Arsenal Miguel de Azcuénaga, la Escuelita de Famaillá y distintas brigadas, comisarías, unidades penitenciarias y hospitales.
El COMANDO DE LA ZONA 4, dependiente del Comando de Institutos Militares, tuvo sus centros clandestinos en la guarnición Campo de Mayo y en distintas comisarías de la zona norte del conurbano bonaerense.
El COMANDO DE LA ZONA 5, encabezado por el general Osvaldo Azpitarte, con asiento en Bahía Blanca, que comprendía el sur de la provincia de Buenos Aires y la Patagonia, tuvo centros clandestinos en batallones del Ejército, unidades de la Armada, servicios penitenciarios y delegaciones de la Policía Federal.
En cuanto al control de los centros clandestinos, el 23,3% fue para el Ejército; 5,6% para la Marina y 2,2% para la Aeronáutica. El resto, casi el 70%, estaban distribuidos en instituciones policiales (48,9%), unidades penitenciarias (7,8%), otros lugares (10,0%), SIDE y Prefectura Nacional (1,1%).

Las acciones de represión ilegal constituyeron la llamada guerra sucia y dejaron a las fuerzas armadas (sin sustento constitucional eran simples bandas armadas) en una situación de ilegitimidad e ilegalidad similar, o aún peor, que las otras fuerzas irregulares a las que supuestamente se intentaba combatir. Las violaciones a los Derechos Humanos durante la dictadura fueron sistemáticas. El plan de represión de la oposición política e ideológica, combatida como subversión fue uno de los elementos claves en la imposición y desarrollo del proceso. En el curso del mismo, la supresión del derecho a la defensa, los encarcelamientos ilegales, las torturas y los asesinatos de opositores fueron frecuentes, sobre todo en los núcleos urbanos de mayor presencia estudiantil y obrera .

Con diferencia, y tal y como se comprueba en el gráfico siguiente, la mayor parte de las detenciones y desapariciones de los casos documentados por la Comisión Nacional de Desaparecidos ‐CONADEP‐ se dio entre 1976 (45% del total) y 1977 (35% del total). En 1978 se constata el 10% de desapariciones y en 1975 el 5% de las mismas, en este último caso bajo el gobierno de Estela Martínez de Perón. Dentro del ejecutivo de Videla (24 de marzo de 1976 ‐ 28 de marzo de 1981) las máximas violaciones de los Derechos Humanos se producen en orden decreciente en los cuatro primeros ejercicios anuales.

El término “terrorismo de Estado”, empleado para designar el proceso  es muy apropiado. Las personas detenidas eran maltratadas en ausencia de todo marco legal. Primero, las sometían a unas torturas destinadas a arrancarles informaciones que permitieran otros arrestos. A los detenidos, les colocaban un capuchón en la cabeza para impedirles ver y oír; o, por el contrario, los mantenían en una sala con una luz cegadora y una música ensordecedora. Luego, eran ejecutados sin juicio: a menudo narcotizados y arrojados al río desde un helicóptero; así es como se convertían en “desaparecidos”. Un crimen específico de la dictadura argentina fue el robo de niños: las mujeres embarazadas detenidas eran custodiadas hasta que nacían sus hijos; luego, sufrían la misma suerte que el resto de los presos. En cuanto a los niños, eran entregados en adopción a las familias de los militares o a las de sus amigos. El drama de estos niños, hoy adultos, cuyos padres adoptivos son indirectamente responsables de la muerte de sus padres biológicos, es particularmente conmovedor.(Todorov)

La dictadura aplicó la fuerza: los militares arrasaron con el estado de derecho y con todas las instituciones de una república democrática, y, desde el más alto escalón del Estado, usaron un método sangriento en su lucha contra la guerrilla que provocó miles de muertos y desaparecidos. Sin embargo, es igualmente cierto que muchos argentinos los recibieron con los brazos abiertos, hartos de las muertes, los secuestros y las bombas de las guerrillas y de los grupos paraestatales; la inflación; el desabastecimiento; la ineficacia, el estilo y el entorno de la viuda del general Juan Perón, y las denuncias de corrupción.

Tres datos que explican aquel consenso social:

Sólo en el año 1975 hubo 1.065 asesinatos políticos, según un prolijo recuento del periodista Andrew Graham-Yool, ex director del diario Buenos Aires Herald.

El 9 de marzo de 1976, un cable reservado de la Embajada de Estados Unidos en la Argentina informaba a su gobierno que “durante los últimos tres años (cuando se sucedieron cuatro gobiernos constitucionales del peronismo) más de 2 mil argentinos han muerto como resultado de la violencia política. Lejos, el mayor número de esos muertos fue causado por terroristas de izquierda y de derecha”.

En las vísperas del golpe, cada cinco horas ocurría un asesinato político, y cada tres estallaba una bomba, informaba el diario La Opinión, de Jacobo Timerman, considerado de centroizquierda.

Tanto la guerrilla peronista, Montoneros, como la trotskista-guevarista, el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), terminaron jugando al golpe y se pusieron contentos cuando Isabelita fue desplazada del gobierno: pensaron que el avance militar agudizaría las contradicciones (un lenguaje muy setentista) y eso obligaría a la gente a elegir entre un aparato militar y otro, entre el “ejército popular”, que eran ellos, y el “ejército oligárquico, imperialista y de los monopolios”, que eran las Fuerzas Armadas. Y creyeron, genuinamente, que la gente se libraría de esa “falsa conciencia” que suele nublar a los sectores populares y medios y se pondría del lado de ellos permitiendo la ruptura del sistema capitalista, la revolución socialista y la liberación nacional.

Además, Isabel Perón, que mostraba una desesperante ineficacia en el manejo del gobierno y se enfermaba seguido, era blanco de denuncias de corrupción, y las dificultades económicas se habían vuelto graves y fastidiosas: también según La Opinión, la Presidenta había nombrado a un ministro cada veinticinco días, y la inflación había trepado al 38 por ciento en marzo de 1976 y al 98,1 por ciento en los tres primeros meses de aquel año.

Al decir de Ernesto Sabato: “En los años que precedieron al golpe de Estado de 1976, hubo actos de terrorismo que ninguna comunidad civilizada podría tolerar. Invocando esos hechos (…) representantes de fuerzas demoníacas, desataron un terrorismo infinitamente peor, porque se ejerció con el poderío e impunidad que permite el Estado absoluto, iniciándose una caza de brujas que no solo pagaron los terroristas, sino miles y miles de inocentes”.

El plan sistemático, concebido por los altos mandos de la dictadura, era depurar nuestro país mediante una forma extrema de perfeccionamiento de la especie humana, que incluía la eliminación de todos aquellos que los represores consideraban “irrecuperables”. Esto incluía a obreros, estudiantes, empleados, docentes, y también políticos, sindicalistas, periodistas, diplomáticos, religiosos y algunos deportistas y militares.

Los represores obraron siguiendo deleznables procedimientos: desaparición forzada de personas, torturas, violaciones sexuales, ejecuciones clandestinas y extrajudiciales, robo de bebés, privación ilegítima de la libertad y saqueo de propiedades.

Delitos que trascienden lo jurídico y marginan el campo de la ética y de los principios cristianos. Impulsores civiles y mandos militares con dominio del hecho y poder de decisión no asumieron —salvo excepciones— su responsabilidad desligándola en sus subordinados. Se colocaron en una dimensión moral peor que la de las organizaciones irregulares a las que combatieron, porque ellos actuaban —aún en un gobierno de facto— en nombre del Estado y debían resguardar los derechos humanos esenciales: a la vida, a la libertad y a la propiedad de los ciudadanos en lugar de actuar sobre ellos como un ejército de ocupación.

Que una cosa es el accionar criminal de grupos irregulares, y otra muy diferente es que el Estado se convierta en criminal.


Sólo una parte de la verdad

Se ha dicho y se repite que, contrariamente a lo que sucedió en los 70, hoy se da a los militares una oportunidad que ellos no ofrecieron a sus víctimas. Como ocurre con todas las frases que inventa la tiranía de lo políticamente correcto, existe un castigo para quienes las contradigan.

Pero la realidad es que ese eslogan es una mentira. No los matan; es verdad, y hasta cierto punto, porque ya han muerto alrededor de ciento cincuenta en las cárceles, muchos de ellos sin tener todavía una condena, debido a las condiciones inhumanas a las que están sujetos, desproporcionadas en algunos casos con su avanzada edad, de más de setenta y hasta de ochenta años, y con su estado de salud. Y la historia indica también que cuando pudieron matarlos en forma más directa, lo hicieron, y no siempre gente distinta de la que influyó más tarde sobre los procesos judiciales.

¿No tenían también los guerrilleros un sistema de absoluta y clandestina discrecionalidad para disponer sobre la vida o la muerte, anónimo, descentralizado y compartimentado? ¿No decidían, semanalmente, quiénes merecían vivir y quiénes morir y hasta lo anunciaban en sus boletines y revistas? ¿No juzgaban a sus traidores con la pena de muerte? ¿No obligaban injustamente a sus compañeros a sacrificios humanos e inhumanos? ¿Cómo podría calificarse lo que hicieron con su amigo y compañero Tucho Valenzuela, a quien enviaron a la muerte con su mujer embarazada y su pequeño hijo, sólo para que probara que no era un infiltrado?

(Ver http://jorgenegre.com.ar/web/index.php/2016/04/04/montoneros-la-operacion-mexico/)

Tenían razón los que hablaron de la “Argentina cínica”, aun cuando hubieran querido referirse meramente a nuestro falta de confianza en ver la verdad. Pero el cinismo —ya literalmente hablando— calza a la medida de nuestra sociedad.

El cinismo, dice el diccionario, es la “desvergüenza en el mentir”.

No se trata de la ya suficientemente grave hipocresía, porque el hipócrita, a veces, a fuerza de fingir, quiere creer y en ocasiones termina creyendo su propia mentira. Se trata de quien sabe que miente y no le preocupa que resulte evidente su mentira. Antes bien, se complace en imponer una mentira a los demás, a modo de burla, tan sólo porque la víctima de la mentira es el otro y debe soportarlo; porque en estas latitudes, quien ha conseguido situar a alguien en la condición de el otro, ha logrado también desposeerlo de su dignidad humana.

Por eso aparecen jueces conocidos por su hipergarantismo (en algunos casos, aun contrarios a los mismos fundamentos de la pena) que contradicen abiertamente sus principios y su doctrina escrita, tan sólo porque tienen poder sobre el otro, sobre aquel a quien consideran su enemigo ideológico. Y cuando se les demanda equidad, cuando se les pide que si tales y cuales son las reglas de juego, se apliquen también a la otra parte de la contienda sangrienta que sufrió la Argentina en los 70, dan una nueva vuelta de tuerca e inventan un principio a medida, para que resulte sólo una parte castigada y la otra permanezca por siempre impune.

Lo hacen cínicamente, sabiendo que no necesitan que les crean, solazándose en la viveza con la que una y otra vez se le niega justicia al otro en esta sociedad deshonesta.

Se ha llegado a encarcelar incluso a oficiales de muy baja jerarquía por su mera presencia en determinado lugar; y también a militares, miembros de fuerzas de seguridad o autoridades civiles a quienes se les ha imputado la ingestión de cianuro por parte de guerrilleros que eran perseguidos, aun cuando se sabe que todo militante montonero estaba obligado por las reglas de su organización a envenenarse a fin de prevenir una eventual delación sobreviniente a la tortura; a tal punto que la propia conducción distribuía el veneno en pastillas.

A otros se los juzga por su papel en combates frontales. Tal parece que, para ciertos jueces, la única conducta que los militares y policías de aquella época debieron haber adoptado, a fin de no estar hoy bajo la ley penal, hubiera sido la de levantar los brazos y rendirse incondicionalmente frente a la guerrilla, que sin duda los hubiera fusilado.
Se ha dicho que los crímenes de los “represores” son más graves porque fueron cometidos desde el Estado.

En primer lugar, como casi toda generalización, ese juicio es una verdad a medias. ¿Cualquier crimen, desde el Estado, es más grave que otro cometido por el terrorismo o esto depende de la alevosía que impulsa las acciones y de la magnitud y la calidad del daño? ¿Y no podría argumentarse, también, que es más grave el hecho de iniciar los actos beligerantes y continuarlos aun durante gobiernos democráticos? Pero, por otro lado, una vez más, juega aquí la dialéctica perversa, cínica, de lo malo y lo peor. ¿Acaso porque un crimen sea peor que otro —supuesto que así fuera— el otro pasa automáticamente a ser bueno?

Aun si se considerara, mediante lo trucos jurídicos que emplea el cinismo, que unos crímenes —los de la guerrilla— están prescriptos, ¿han dejado por eso de ser moralmente reprobables? Si uno observa el reconocimiento que se dispensó a los autores de actos de terrorismo, las designaciones en cargos públicos, las indemnizaciones a familiares de guerrilleros que han muerto mientras atacaban un cuartel en tiempos de democracia, como lo demostró, por ejemplo, Ceferino Reato con la descripción del asalto al regimiento de Formosa y sus secuelas, o como ocurrió con los combatientes del ERP que atacaron el cuartel de Monte Chingolo y hoy están homenajeados en el Muro de la Memoria, advertiremos que nuestra sociedad está muy enferma.

No son únicamente los jueces. Son todos aquellos que no se animan a llamar a las cosas por su nombre, mientras quien reclame justicia esté colocado en la letrina a la que se destina al otro, según el paradigma social de cada época.

Las víctimas del terrorismo en la Argentina quedaron olvidadas para la Historia. El padecimiento de estas personas fue menospreciado por no haber sido ocasionado por agentes gubernamentales. Quien debió protegerlas, no lo hizo.

En primer lugar, se tejió una estrategia jurídica encaminada a evitar que los crímenes cometidos por miembros de organizaciones como Montoneros, Ejército Revolucionario del Pueblo, Fuerzas Armadas Revolucionarias, Fuerzas Armadas Peronistas y otras, fueran declarados delitos de lesa humanidad; por tanto, pasaron a ser prescriptibles.

El argumento que se sostuvo fue que aquellas acciones no habían sido ejecutadas por funcionarios públicos ni bajo el amparo del gobierno, una condición que no figura en instrumento alguno del Derecho internacional. Esto ya es, de por sí, suficientemente grave; por un lado, porque los tribunales argentinos decían apoyarse, precisamente, en el Derecho internacional, con lo cual hicieron decir a la ley supraestatal algo que no dice, algo que inventaron con la clara intención de beneficiar a los amigos y aliados de la administración de los Kirchner en la Argentina —cuando no a algunos de sus propios miembros—.

Además, por otro lado, esto es grave porque, frente a una confrontación sangrienta que cubrió de luto a miles de familias de ambos lados de la contienda, la aplicación de una regla elaborada para una sola de las partes y que no se aplica a la otra representa una injustificable falta de equidad y provoca la pérdida de medidas y límites en la represalia judicial, ya que la mejor garantía de razonabilidad consiste en saber que la regla que el juez emplea para un caso puede recaer, indistintamente, sobre cualquier persona, amiga o enemiga del poder.

Pero aun si se considera el horror de semejante desnaturalización del derecho, el cinismo de ese ardid con apariencia legal que contribuyó a aumentar la injerencia del poder político sobre la justicia, aquello no fue lo peor. Lo más grave, lo que completó el ciclo de esta gran burla a la sociedad argentina, lo que consolidó la impunidad absoluta del terrorismo, lo que llevó el agravio a las víctimas a un nivel superlativo, fue el deslizamiento de aquella maniobra jurídica al plano moral.

De tal manera, la falacia empleada en la justicia a fin de que los ex guerrilleros resultaran jurídicamente impunes, se utilizó en la cultura de la comunicación para que también aparecieran como moralmente irreprochables. Es como si el hecho de aceptar que los jueces hayan considerado prescriptos los crímenes de los terroristas hubiera significado también la prescripción de la perversión de sus actos en el juicio moral de la comunidad.

¿Acaso la prescripción de un delito cambia moralmente al criminal? ¿La impunidad que los miembros de Montoneros, ERP y otras organizaciones obtuvieron en la justicia convierte a sus acciones del pasado en moralmente buenas y a sus víctimas en una materia despreciable, insignificante, públicamente impresentable? Aunque esto parezca un disparate, pone de manifiesto las consecuencias que ha tenido la corrupción del lenguaje en la cultura argentina.

De otra manera, no se explicaría que los autores de aquellos crímenes aparezcan hoy como jueces del resto de la sociedad, pidiendo cuentas sobre lo que cada quién ha hecho en el pasado, cuando a ellos se les está regalando el olvido; censurando las omisiones, cuando no pueden poner a la luz sus propias acciones; pontificando sobre la moral, cuando ni siquiera han confesado públicamente sus delitos.

Escriben sobre sus aventuras y dictan conferencias sin recibir jamás una pregunta ni una respuesta incómoda, son buscados como referentes en la cultura y en los negocios, cobran indemnizaciones y pensiones pagadas con el patrimonio de todos y hasta presentan los libros de los magistrados que deberían haber ordenado indagar sobre sus crímenes. Y, en los casos en los que los agresores resultaron muertos, sus nombres figuran grabados en el Muro de la Memoria, expuestos para el reconocimiento público, junto con las víctimas de procedimientos ilegales.

Es decir que no hay distinción alguna entre las personas que fueron víctimas de violaciones a los derechos humanos y las que cayeron mientras estaban llevando a cabo un ataque, por su propia iniciativa, contra una instalación civil o militar.
Los fundamentos de semejante paradoja, los cimientos de este verdadero “reino del revés”, los motivos inmediatos de esta sinrazón yacen en el estado de ignorancia culpable de una sociedad que supone —o decide cómodamente aceptar— que los guerrilleros únicamente se defendían de una dictadura que los masacraba.

En el relato del kirchnerismo sobre los setenta, las víctimas de la Disposición Final de la dictadura han terminado por incluir a todos los combatientes muertos por la revolución. No importa cómo cayeron, si en las sesiones de torturas, en las ejecuciones sumarias, mientras armaban una bomba o en tiroteos con policías o militares. Tampoco importa cuándo cayeron, si durante la dictadura o en alguno de los gobiernos del peronismo. No son los desaparecidos sino los combatientes, como una etapa superior de la militancia, los verdaderos homenajeados por el relato oficial.

Es que para el kirchnerismo la crueldad de la dictadura redime toda la sangre derramada por la revolución; todos los muertos por esa bandera alcanzan así el estatus de héroes o de mártires.Con ese criterio, habría que honrar también a Isabel Perón, quien, como señala Videla, estuvo cinco años y cuatro meses presa sólo por portación de apellido.


EL MIEDO A LA VERDAD

Cabe preguntarse si hubo genocidio y delitos de lesa humanidad durante el conflicto entre la guerrilla y las fuerzas de seguridad.

En cumplimiento del anhelo de Perón de exterminar “uno a uno…con la ley o sin ella al reducido número de psicópatas que va quedando”, el gobierno justicialista emitió los ya citados decretos que ordenaban “aniquilar el accionar de los elementos subversivos”.

El Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, aprobado el 17 de julio de 1998 define al gencidio:

Artículo 6.-Genocidio
“A los efectos del presente Estatuto, se entenderá por “genocidio” cualquiera de los actos mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal.”

Las circunstancias definidas no se dieron durante la guerra contra el terrorismo en nuestro país,puesto que de ninguna manera se intentó la destrucción de grupos étnicos, raciales o religiosos, sino de combatir a bandas terroristas que operaban para asaltar el poder del Estado.En efecto , se combatió a los integrantes de las bandas terroristas no por lo que eran sino por lo que hacían.

Sin embargo los mentirosos setentistas suelen alegar que hubo una persecución sistemática aunque por “motivos políticos” pero la misma no encuadra dentro del concepto de genocidio. Este “error” ( o mentira) puede obedecer a dos factores: ignorancia o malicia.

Con la habilidad que los caracteriza, los setentistas tildan de genocidas a los que los combatieron y “delitos de lesa humanidad” a los actos desarrollados por éstos, pero olvidan que el modus operandi empleado para combatir al terrorismo fue creado y puesto en marcha por el Gobierno Constitucional comandado por el Partido Justicialista.

Bajo este concepto “mágico” , todo policía o militar que peleó contra el terrorismo ha cometido entonces ” delitos de lesa humanidad”, definición que se pregona y aplica a los miembros de las fuerzas legales con el objeto de quitarles todas las garantías jurídicas de las que goza cualquier imputado común como ser la irretroactividad, la prescripción y la posibilidad de indulto o amnistía.

Pero que es en concreto el “delito de lesa humanidad”?

El Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional define el concepto de la siguiente manera:

A los efectos del presente Estatuto, se entenderá por “crimen de lesa humanidad” cualquiera de los actos siguientes cuando se cometa como parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil y con conocimiento de dicho ataque:

a) Por “ataque contra una población civil” se entenderá una línea de conducta que implique la comisión múltiple de actos mencionados ….. contra una población civil, de conformidad con la política de un Estado o de una organización de cometer esos actos o para promover esa política;……

e) Por “tortura” se entenderá causar intencionalmente dolor o sufrimientos graves, ya sean físicos o mentales, a una persona que el acusado tenga bajo su custodia o control; sin embargo, no se entenderá por tortura el dolor o los sufrimientos que se deriven únicamente de sanciones lícitas o que sean consecuencia normal o fortuita de ellas;…..

i) Por “desaparición forzada de personas” se entenderá la aprehensión, la detención o el secuestro de personas por un Estado o una organización política, o con su autorización, apoyo o aquiescencia, seguido de la negativa a informar sobre la privación de libertad o dar información sobre la suerte o el paradero de esas personas, con la intención de dejarlas fuera del amparo de la ley por un período prolongado.

Como puede verse la categoría de delitos de “lesa humanidad” no se limita a los ataques cometidos por el Estado, sino también por organizaciones políticas tales como fueron Montoneros, FAR , ERP, y otras.

La Corte kirchnerista, contrariando el Derecho Internacional, sostuvo que los delitos del terrorismo ( ajenos al Estado ) no constituyen delitos de “lesa humanidad”, y que sólo se incluyen en tal categoría los cometidos por agentes del Estado.Por ello los indultos y amnistías concedidos a los terroristas son considerados válidos por tal Corte.

Los 1748 secuestros, las 5052 bombas colocadas y los 1501 asesinatos cometidos contra una población civil conforman lisa y llanamente ” un ataque generalizado y sistemático contra una población civil “, tal colmo lo define la Corte Internacional en el Tratado de Roma.

No obstante la Corte kirchnerista sostuvo lo contrario y sólo incluyó en tal categoría al accionar de la Fuerzas de Seguridad, siendo las bandas de terroristas reinvindicadas por el presidente Kirchner e indemnizadas involuntariamente por todos los ciudadanos.

Es prioritario dilucidar la verdad histórica: el fundador e impulsor de la represión a los grupos guerrilleros fue Juan Domingo Perón, presidente desde octubre del ’73 hasta su muerte el 1˚ de julio del ’74.

Este fue siempre un tema tabú. Se denunciaban atrocidades de la Triple A que asesinó a cientos de personas , pero cronológicamente se planteaba que fue después de la muerte de Perón, que ésta se constituye y desarrolla. El intento político era claro: salvaguardar la imagen del líder del movimiento justicialista.

A la luz de la agitación creada por juicios a genocidas de la dictadura, se reabrió en 2006, la causa sobre la Triple A. Pero en el año 2007, una campaña de la burocracia sindical, encabezada por Omar Maturano, de La Fraternidad, planteó: “No jodan con Perón”.

Omar Maturano

La Justicia K la caratuló como una “asociación ilícita para cometer crímenes durante el gobierno de Isabel Perón”. La investigación fue llevada a vía muerta: era necesidad política K soldar su alianza con la burocracia sindical, base central del terrorismo de la Triple A. En agosto de 2015, los pocos asesinos detenidos eran liberados y el proceso cerrado.

El gobierno K escribió una historia oficial de la que estaba prohibido apartarse.

Una muestra más del cinismo peronista.

 


En el Catálogo institucional del parque de la Memoria se puede leer: “Indudablemente, hoy la Argentina es un país ejemplar en relación con la búsqueda de la Memoria, Verdad y Justicia”. Pese a la emoción experimentada ante las huellas de la violencia pasada, no consigo suscribir esta afirmación.

En ninguno de los dos lugares se ve  el menor signo que remitiese al contexto en el cual, en 1976, se instauró la dictadura, ni a lo que la precedió y la siguió. Ahora bien, como todos sabemos, el periodo 1973-1976 fue el de las tensiones extremas que condujeron al país al borde de la guerra civil. Los Montoneros y otros grupos de extrema izquierda organizaban asesinatos de personalidades políticas y militares, que a veces incluían a toda su familia, tomaban rehenes con el fin de obtener un rescate, volaban edificios públicos y atracaban bancos. Tras la instauración de la dictadura, obedeciendo a sus dirigentes, a menudo refugiados en el extranjero, esos mismos grupúsculos pasaron a la clandestinidad y continuaron la lucha armada. Tampoco se puede silenciar la ideología que inspiraba a esta guerrilla de extrema izquierda y al régimen que tanto anhelaba.

Como fue vencida y eliminada, no se pueden calibrar las consecuencias que hubiera tenido su victoria. Pero, a título de comparación, podemos recordar que, más o menos en el mismo momento (entre 1975 y 1979), una guerrilla de extrema izquierda se hizo con el poder en Camboya. El genocidio que desencadenó causó la muerte de alrededor de un millón y medio de personas, el 25% de la población del país. Las víctimas de la represión del terrorismo de Estado en Argentina, demasiado numerosas, representan el 0,01% de la población.

Claro está que no se puede asimilar a las víctimas reales con las víctimas potenciales. Tampoco estoy sugiriendo que la violencia de la guerrilla sea equiparable a la de la dictadura. No solo las cifras son, una vez más, desproporcionadas, sino que además los crímenes de la dictadura son particularmente graves por el hecho de ser promovidos por el aparato del Estado, garante teórico de la legalidad. No solo destruyen las vidas de los individuos, sino las mismas bases de la vida común. Sin embargo, no deja de ser cierto que un terrorismo revolucionario precedió y convivió al principio con el terrorismo de Estado, y que no se puede comprender el uno sin el otro.

En su introducción, el Catálogo del parque de la Memoria define así la ambición de este lugar: “Solo de esta manera se puede realmente entender la tragedia de hombres y mujeres y el papel que cada uno tuvo en la historia”. Pero no se puede comprender el destino de esas personas sin saber por qué ideal combatían ni de qué medios se servían. El visitante ignora todo lo relativo a su vida anterior a la detención: han sido reducidas al papel de víctimas meramente pasivas que nunca tuvieron voluntad propia ni llevaron a cabo ningún acto. Se nos ofrece la oportunidad de compararlas, no de comprenderlas. Sin embargo, su tragedia va más allá de la derrota y la muerte: luchaban en nombre de una ideología que, si hubiera salido victoriosa, probablemente habría provocado tantas víctimas, si no más, como sus enemigos. En todo caso, en su mayoría, eran combatientes que sabían que asumían ciertos riesgos.

La manera de presentar el pasado en estos lugares seguramente ilustra la memoria de uno de los actores del drama, el grupo de los reprimidos; pero no se puede decir que defienda eficazmente la Verdad, ya que omite parcelas enteras de la Historia. En cuanto a la Justicia, si entendemos por tal un juicio que no se limita a los tribunales, sino que atañe a nuestras vidas, sigue siendo imperfecta: el juicio equitativo es aquel que tiene en cuenta el contexto en el que se produce un acontecimiento, sus antecedentes y sus consecuencias. En este caso, la represión ejercida por la dictadura se nos presenta aislada del resto.

La cuestión que  preocupa no tiene que ver con la evaluación de las dos ideologías que se enfrentaron y siguen teniendo sus partidarios; es la de la comprensión histórica. Pues una sociedad necesita conocer la Historia, no solamente tener memoria. La memoria colectiva es subjetiva: refleja las vivencias de uno de los grupos constitutivos de la sociedad; por eso puede ser utilizada por ese grupo como un medio para adquirir o reforzar una posición política. Por su parte, la Historia no se hace con un objetivo político (o si no, es una mala Historia), sino con la verdad y la justicia como únicos imperativos. Aspira a la objetividad y establece los hechos con precisión; para los juicios que formula, se basa en la intersubjetividad, en otras palabras, intenta tener en cuenta la pluralidad de puntos de vista que se expresan en el seno de una sociedad.

La Historia nos ayuda a salir de la ilusión maniquea en la que a menudo nos encierra la memoria: la división de la humanidad en dos compartimentos estancos, buenos y malos, víctimas y verdugos, inocentes y culpables. Si no conseguimos acceder a la Historia, ¿cómo podría verse coronado por el éxito el llamamiento al “¡Nunca más!”? Cuando uno atribuye todos los errores a los otros y se cree irreprochable, está preparando el retorno de la violencia, revestida de un vocabulario nuevo, adaptada a unas circunstancias inéditas. Comprender al enemigo quiere decir también descubrir en qué nos parecemos a él. No hay que olvidar que la inmensa mayoría de los crímenes colectivos fueron cometidos en nombre del bien, la justicia y la felicidad para todos. Las causas nobles no disculpan los actos innobles.

En Argentina, varios libros debaten sobre estas cuestiones; varios encuentros han tenido lugar también entre hijos o padres de las víctimas de uno u otro terrorismo. Su impacto global sobre la sociedad es a menudo limitado, pues, por el momento, el debate está sometido a las estrategias de los partidos. Sería más conveniente que quedara en manos de la sociedad civil y que aquellos cuya palabra tiene algún prestigio, hombres y mujeres de la política, antiguos militantes de una u otra causa, sabios y escritores reconocidos, contribuyan al advenimiento de una visión más exacta y más compleja del pasado común.(Todorov).

Recordar, conocer y aprender de nuestra historia, es un deber para todos los ciudadanos de la República, y no sólo por una cuestión de enriquecimiento intelectual personal, sino fundamentalmente por la responsabilidad que nos cabe en cuanto individuos que, aún sin advertirlo, en todo acto consciente o inconsciente de la vida privada y/o pública, aportamos e influimos en el devenir del país en cada detalle cotidiano.

Como bien decía Cicerón: “Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetir sus tragedias”.

Fuentes: diversas obras y artículos de

Marcelo Larraquy

Ceferino Reato

Juan B. Yofre

Carlos Manfroni

Nicolás Márquez

infobae.com

lanacion.com.ar

elpais.com

perfil.com

edant.clarin.com

izquierdaperonista.blogspot.com.ar

termidorianos.blogspot.com

apuntesmilitantes.blogspot.com.ar

 

One thought on “MEMORIA , VERDAD Y JUSTICIA SIN OLVIDOS NI MENTIRAS”

  1. Hoy ya sabemos que las Fuerzas Armadas tomaron el poder para imponer el modelo económico que reclamaba el establishment y que diseñó José Alfredo Martínez de Hoz. Es decir que la dictadura fue cívico-militar. Los militares fueron el brazo ejecutor del plan económico diseñado por los grandes grupos empresarios de nuestro país que habían visto, desde 1973, la consolidación de un Empresariado Nacional que intervenía de manera contundente en las decisiones políticas de la Nación. Miles de empresarios Pymes que crecían en el marco de un proyecto de crecimiento colectivo, de discusión de redistribución del ingreso, y que empezaban a ver coronado un proyecto de Burguesía Nacional con el nombramiento del ministro de economía José Ber Gelbard, que era uno de sus máximos referentes, primero con Cámpora y luego con Perón.
    Es decir que el plan genocida fue ejecutado para alterar la matriz económica general del país y garantizar la rentabilidad de grupos económicos que se hicieron más poderosos con las políticas de libre mercado, las desregulaciones y la destrucción del tejido social y cultural igualitario que la sociedad argentina había alcanzado desde el retorno del peronismo en 1973.
    La tapa del diario Clarín del 3 de abril, es decir pocos días después de la instauración de la dictadura, con las 5 medidas más salientes del supuesto “reordenamiento” económico, fue una prueba acabada de eso. “Achicar el Estado, es agrandar la Nación ” rezaba la frasecita agorilada y recurrente que inundaba por todas partes en los carteles de publicidad. Pretendía hacernos saber que iba a haber menos educación, menos científicos, menos trabajo en el Estado, menos industria, menos consumo, menos fuentes de trabajo, menos salud, menos justicia.
    Para cumplir ese plan económico sin que hubiera resistencia, las Fuerzas Armadas pusieron en práctica un plan criminal para asesinar a militantes políticos, gremialistas, estudiantes y todo aquel que fuera necesario para impartir el terror en la población. Con la Doctrina de Seguridad Nacional norteamericana y la Escuela Francesa de la guerra de Argelia como sostén y con el apoyo espiritual de la Iglesia, se montaron centros clandestinos de detención, tortura y exterminio y se decidió ocultar los cuerpos de las víctimas (“desaparecidos”). Chicos robados, casas saqueadas, exilio, empresarios que firmaron bajo tormento, otros empresarios enriquecidos con la plata del Estado, otros que hicieron desaparecer a las comisiones internas, la deuda externa para fugar divisas, la censura, Papel Prensa, el miedo, la paz de los cementerios, la noche de los lápices, la noche de las corbatas, la noche del apagón. Fueron algunos de los hechos destacados de los años de la dictadura.
    Quiero dejar bien aclarado que calificar a la dictadura solamente por sus secuestros, torturas, crímenes y robos de bebés es un peligroso reduccionismo. Esas políticas (porque los secuestros, torturas, crímenes y robos de bebés fueron una política) con el consiguiente terror que provocaron en el pueblo, fueron el instrumento necesario para lograr el fenomenal despojo que sufrieron los trabajadores a manos de las cada vez mas concentradas elites financieras y de la banca extranjera. Basta ver la participación en la economía de la relación capital-trabajo en el año 74 y en el 79 (se perdieron unos quince puntos). Entonces, no hay que confundir el instrumento con el objeto. En la larga historia del saqueo del pueblo argentino, la dictadura fue tan sólo un capítulo más, el más oscuro y tenebroso. Pero creer que la dictadura fue solamente el terror, significa no haber aprendido cabalmente la lección que la Historia nos dio. Es necesario comprender que una sala de torturas se puede reemplazar por un estudio de televisión, y el terror por la manipulación de las mentes.

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