El sindicalismo argentino tiene tres costados perversos: corrupción, violencia e impunidad. Y su dirigencia, la que representa a la masa de trabajadores se caracteriza por ser varias veces millonaria.

Dirigentes sindicales millonarios que representan a trabajadores que no siempre alcanzan a superar la línea de pobreza.

Tan sólo repasar las últimas décadas obliga a advertir que esta clase de sindicalismo ha sido cómplice y protagonista decisivo para que los trabajadores sean siempre la variable de ajuste del modelo imperante.
No hay que perder la memoria y hay que recordar que ellos fueron cómplices en la pérdida de las conquistas laborales, fueron cómplices necesarios en la caída del salario, y en la precariedad laboral. No es casual que haya crecido tanto en la clase trabajadora como en el conjunto de la población el sentimiento de rechazo hacia esta dirigencia sindical.
Y lo otro que es necesario recordar es que toda la dirigencia política de una u otra manera siempre los ha cobijado, utilizado y alimentado.

Este sindicalismo, que tiene su rostro más perverso en los Hugo Moyano y sus hijos, en los José Pedraza, en los Gerónimo “Momo” Venegas, en los Juan José Zanola, entre muchos otros, posee una maquinaria aceitada y puesta al servicio del mejor postor.
Se trata de dirigentes que llevan varias décadas conduciendo sus gremios como si fueran cargos eternos, sin posibilidades de renovación.

Hugo Moyano e hijos
Hugo Moyano e hijos
José Pedraza
José Pedraza
Gerónimo Venegas
Gerónimo Venegas
Juan José Zanola
Juan José Zanola

Los popes gremiales con más años en el poder pueden verse en el siguiente gráfico.

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Además pueden agregarse Guillermo Pereyra en Petroleros con 30 años ; Gerardo Martínez en la construcción, y Julio Piumato en judiciales, con 26 años en funciones, mientras que con uno menos se ubica Gerónimo Venegas del sindicato de trabajadores rurales Uatre.(foto arriba)

Guillermo Pereyra
Guillermo Pereyra
 Gerardo Martínez
Gerardo Martínez
Julio Piumato
Julio Piumato

Un informe de 2015 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) explica que la legislación argentina “desestimula la conformación de nuevas organizaciones” y sostiene que en el país “existe un sistema de ‘cuasi’ monopolio sindical, que virtualmente impide la actuación de los sindicatos que no tienen la personería gremial”.

Y si un presidente se atreve a enfrentarlos, siempre están dispuestos al golpe.
No hay que olvidarse de los trece paros generales que padeció el gobierno de Raúl Alfonsín cuando la democracia todavía estaba dando sus primeros pasos concretos. Esos paros fueron realizados luego que el propio Alfonsín denunciara el pacto entre sindicalistas y militares. Incluso se vio obligado a entregar el Ministro de Trabajo al secretario General de Luz y Fuerza, Carlos Elvio Alderete y luego entregar el poder antes de tiempo al electo presidente Carlos Menem.
Carlos Elvio Alderete
Carlos Elvio Alderete

El sindicalismo corrupto, violento e impune había cumplido así una gran misión al peronismo, que para estos proyectos siempre se mantiene unido y dominado.

En la década de los ´90, ese mismo sindicalismo fue protagonista clave y promovió hasta el hartazgo las privatizaciones de las empresas del Estado, y muchos de ellos se transformaron en empresarios como pasó con los ferroviarios de Pedraza. Eso se hizo dejando a muchos trabajadores fuera del mercado laboral, incrementando el trabajo en negro y los que estaban en blanco debieron soportar leyes de flexibilización laboral y la privatización de las cajas de jubilaciones, entre otras entregas.

Sólo la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) se opuso a ese modelo y por eso fue castigada con le negativa de que cuente con una personería jurídica pese al reconocimiento que goza por parte de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). No es ocioso recordar que ese mismo castigo es el que fue el kirchnerismo el que se negó a reconocer la personería gremial de la CTA para defender a los Moyanos, más allá de algunas discusiones del momento con el líder de los camioneros.

Se trata de un sindicalismo que ha estado envuelto en la mafia de los medicamentos truchos y son los mismos dirigentes que se muestran con políticos hablando de que son lo nuevo.

Dan asco.

El sindicalismo argentino es un sistema de casta. Alguna vez una Justicia más fuerte los deberá hacer rendir cuenta también por ser parte de la destrucción del país, aunque previo a ello deberá desarticular el sistema mafioso y así tener de una vez y por todas de un sistema democrático a la hora de elegir a los dirigentes.

Corrupción, violencia e impunidad. Eso es lo que actualmente se les garantiza desde el poder de turno. Eso no es otra cosa que una solapada complicidad por parte de la dirigencia política, especialmente del peronismo.

Históricamente, en el movimiento obrero argentino siempre existió un sindicato hegemónico que, en virtud de la centralidad económica de la rama productiva en cuestión, funcionaba como vanguardia del conjunto y lo amalgamaba. Durante la primera mitad del siglo XX, cuando la economía se basaba en la exportación de productos primarios, ese rol lo ocuparon los ferroviarios, debido a la centralidad de los ferrocarriles en el proceso de transporte de los productos agrícolas desde el campo hasta los puertos.

A partir de la crisis económica de 1929, y sobre todo desde la posguerra, la matriz productiva viró hacia un modelo de desarrollo basado en la Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI). Al favorecer este modelo la producción de bienes de capital, intermedios y de consumo durables, todos ellos intensivos en insumos metalúrgicos, la UOM pasó a ejercer el rol hegemónico.

No es casual que en la historiografía sindical argentina los líderes históricos de la UOM (Augusto Vandor, José Ignacio Rucci, Lorenzo Miguel) sean identificados como los líderes del movimiento obrero durante esta etapa . La hegemonía metalúrgica perduró hasta principios de la década del noventa. Con la apertura de la economía y la desindustralización, la integración al Mercosur, la producción just in time y el desmantelamiento del sistema ferroviario, la creciente relevancia del transporte de cargas automotor situó a los camioneros como el nuevo sindicato hegemónico.

Augusto Vandor
Augusto Vandor
José Ignacio Rucci
José Ignacio Rucci
Lorenzo Miguel
Lorenzo Miguel

La historia del movimiento obrero argentino está plagada de rupturas originadas en diferencias tácticas e ideológicas entre distintos sindicatos . Ya en 1968 tuvo lugar una disputa histórica entre la CGT oficial, liderada por el metalúrgico Augusto Vandor, y la CGT de los Argentinos, liderada por el gráfico Raimundo Ongaro. Esta disputa –como muchas de las divisiones posteriores de la CGT– tenía como eje una diferencia táctica entre quienes entendían que debía exhibirse una posición más conciliadora hacia un gobierno de turno hostil hacia los derechos de los trabajadores (Vandor), y un ala que decidió escindirse para adoptar tácticas más militantes (Ongaro).

Raimundo Ongaro
Raimundo Ongaro

Hasta hoy, la existencia de un pacto militar-sindical a finales de la dictadura fue negada sistemáticamente. Sin embargo, un informe confidencial de la Embajada estadounidense fechado en abril de 1983 asegura que “(Lorenzo) Miguel y otros sindicalistas se han reunido regularmente con oficiales de las Fuerzas Armadas recientemente”. Está escrito en uno de los 4.577 documentos desclasificados  por el gobierno norteamericano.

El pacto entre el ex presidente militar general Cristino Nicolaides y Lorenzo Miguel fue la denuncia más explosiva (y exitosa) que lanzó Raúl Alfonsín durante su campaña presidencial en 1983.

Nicolaides-Miguel
Nicolaides-Miguel

El 2 de mayo de 1983, el candidato de la UCR denunció públicamente en declaraciones a la prensa que existía un acuerdo militar-sindical para olvidar los “excesos” cometidos durante la represión, mantener sin variantes a la cúpula del Ejército en el próximo gobierno y evitar la intervención del poder constitucional en la reorganización de las Fuerzas Armadas.

Y aunque desmentida una y otra vez en esos tiempos por el elenco sindical,resquebrajó la credibilidad de los gremialistas que intentaron contraatacar al ascendente dirigente radical acusándolo de ser el “candidato de la Coca Cola”. Que era la forma de indicar que era el candidato apoyado por Washington.

La picardía fue cubrir Buenos Aires con afiches que mostraban al líder de Renovación y Cambio subido a un cajón de esa gaseosa para alcanzar la altura necesaria en una tarima.

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Un alto miembro de la CGT-RA y las 62 organizaciones desestimó que hubiera un pacto; sin embargo, nos confirmó que (Lorenzo) Miguel y otros líderes de este sector de los trabajadores han mantenido encuentros regularmente con jefes de las Fuerzas Armadas”, informa el documento firmado por el entonces embajador norteamericano, Harry Shlaudeman.

Las negociaciones del poderoso metalúrgico con los militares lo enfrentaron con el secretario general de la CGT combativa, Saúl Ubaldini.

Saúl Ubaldini
Saúl Ubaldini

 

Luego de una serie de divisiones experimentadas durante los años del Proceso entre la CGT Brasil y la CGT Azopardo, a partir del gobierno de Carlos Menem la CGT atravesó un nuevo proceso de división. Por un lado, los gremios que exhibieron la resistencia más tenaz frente al proyecto neoliberal terminaron por escindirse para fundar una nueva central, la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA).

Por otro, al interior del movimiento obrero peronista la CGT se mantuvo dividida entre 1989 y 1992 en dos bandos: la CGT Azopardo, de talante más militante y liderada por el dirigente cervecero Saúl Ubaldini, y la CGT San Martín, bajo la conducción del mercantil Güerino Andreoni.

Pese a que la central se unificó tras la consolidación del gobierno menemista, el fraccionalismo volvería pronto a azotar a la confederación: hacia el año 2000, Hugo Moyano fracturó la central al escindirse de la CGT oficial dirigida por Rodolfo Daer, erigiendo una “CGT disidente” con una actitud más combativa frente al gobierno del entonces presidente Fernando de la Rúa.

En suma, la fractura de la CGT no es un hecho anómalo. ¿Por qué la central obrera ha sido tan proclive a fracturarse?.

La primera razón es de orden institucional, y está vinculada a la escasa capacidad con la que cuenta la CGT para disciplinar la conducta de sus miembros. A diferencia de otras centrales sindicales, como las de Europa Occidental, en Argentina la CGT no tiene atribuciones legales para influir en las finanzas de sus sindicatos miembros ni tampoco cuenta con mecanismos para remover a liderazgos díscolos. En el sistema sindical argentino, el locus real del poder se concentra en el sindicato por rama de actividad.

Son los líderes de los grandes gremios, como los de camioneros, mercantiles, metalúrgicos, construcción, etc., quienes realmente definen la política sindical. A su vez, los líderes de estos gremios nacionales tienen una enorme capacidad de control sobre la vida al interior de su organización, en virtud de una sencilla razón: los sindicatos nacionales cuentan, a diferencia de la CGT, con la capacidad de congelar las finanzas de las delegaciones rebeldes, e incluso pueden desplazar a liderazgos provinciales insubordinados.

En otras palabras, si por un lado la legislación fomenta la creación de sindicatos nacionales por rama de actividad sumamente poderosos, por el otro concibe una confederación general de trabajadores débil, con escasas herramientas de gobierno sobre la vida sindical. La consecuencia de este diseño institucional es un conjunto de líderes de sindicatos por rama de actividad con considerables incentivos para desviarse de las líneas que impone la CGT cada vez que ellas no se acomodan a sus intereses.

El caso de Luis Barrionuevo es emblemático: a tono con su ávido deseo de protagonismo, el dirigente gastronómico creó en 2008 la CGT Azul y Blanca, en la coyuntura del conflicto entre el gobierno y el campo, a los efectos de exhibir su talante opositor. Y aun cuando esta central tiene una escasa capacidad de influir en la agenda dado su escaso ascendiente entre los gremios más influyentes, Barrionuevo ha logrado alcanzar una gran visibilidad mediática con un bajo costo político.

Luis Barrionuevo
Luis Barrionuevo

Pero esta dinámica no puede explicarse sólo a partir de factores institucionales. Existe un factor estructural detrás de las recurrentes fracturas de la CGT, y es de orden partidario. Una diferencia clave entre el sindicalismo local y otros movimientos sindicales de la región, como el brasileño o el uruguayo, es que el argentino no está vinculado de forma orgánica a ningún partido político.

Aunque prácticamente la totalidad de los dirigentes se reconocen como peronistas, casi ninguno de ellos participa en las decisiones internas del PJ o compite por cargos legislativos o ejecutivos en sus listas. Este distanciamiento entre el movimiento obrero y el PJ fue una consecuencia directa del giro neoliberal emprendido en los años noventa por Menem , que redujo drásticamente la presencia de sindicalistas en el partido, eliminando la vieja regla del tercio (una norma informal que establecía que un tercio de los candidatos a diputados debía ser de origen gremial) y apartando a los líderes sindicales de los puestos partidarios. Desde entonces, el sindicalismo se ha convertido principalmente en un actor corporativo , preocupado mucho más por defender sus intereses en la estrecha arena de las relaciones industriales, que por participar de un proyecto político más amplio que defienda los intereses de la clase obrera.

La desvinculación respecto del PJ fomenta de forma significativa la división de la CGT, al limitar las oportunidades de ascenso político de los dirigentes gremiales. En efecto, el cierre del partido supone que aquellos dirigentes gremiales con ambiciones de crecer políticamente más allá de los estrechos límites de sus sindicatos no tienen a su disposición la posibilidad de iniciar una carrera como legisladores, intendentes o gobernadores. En este escenario, una y sólo una posibilidad se les abre: la Secretaría General de la CGT. Así, en un contexto en el que existe un único premio codiciado y numerosos candidatos con ambiciones de ascender, es natural que la disputa por la Secretaría General se convierta rápidamente en una lucha descarnada a todo o nada.

Durante la presidencia de Carlos Saúl Menem (1989-1999) se llevó a cabo un drástico proceso de reformas de mercado que transformó de raíz la estructura económica y social del país. Estas reformas estructurales, de orientación neoliberal, contrastaban con las tradicionales políticas económicas asociadas a su partido, el peronismo. Este históricamente se había caracterizado por la presencia de un Estado fuertemente intervencionista. El menemismo, en cambio, no dudará en privatizar gran parte de las empresas estatales, flexibilizar la economía, liberalizar el mercado interno, desplegar una apertura financiera al capital transnacional y desarrollar una política de contracción del gasto público social. No obstante la magnitud y el efecto que tendrán estas reformas, el Presidente obtendrá, y logrará mantener en el tiempo, el respaldo de una amplia y heterogénea coalición social, que abarcará desde los grandes grupos empresariales hasta los sectores populares e incluso también gran parte del sector sindical. En efecto, pese a la vastedad de las reformas, estas no encontraron una oposición consistente y unificada en el campo popular y, particularmente, en el campo sindical.

Desde sus inicios, el peronismo estuvo estrechamente ligado al movimiento sindical, al punto de constituir su “columna vertebral”. Esta relación orgánica se cimentaba en la presencia de un Estado que intervenía fuertemente en el mercado para regularlo y asignar bienes y servicios a través de una política industrializadora basada en la sustitución de importaciones.

Bajo esas circunstancias y motorizado por el fuerte gasto público, los trabajadores sindicalizados accedieron a beneficios sociales inéditos en áreas como vivienda, salud y educación, además de elevados niveles salariales.

Con la llegada al poder de Carlos Menem, en julio de 1989, se terminará de consolidar un modelo de acumulación que muy poco tenía que ver con las tradicionales políticas industrialistas y benefactoras que caracterizaran al peronismo. Así, pese a que durante la campaña electoral había prometido llevar a cabo una Revolución Productiva y un Salariazo , una vez electo, no dudó en iniciar un inédito proceso de reformas neoliberales, un programa de reducción del Estado que venía implementándose, no sin contradicciones , desde mediados de la década del setenta.

En ese contexto, el Gobierno se alió con el grupo Bunge y Born, históricamente denunciado por el peronismo como el símbolo de la “oligarquía foránea” contraria a los intereses del Pueblo . Al mismo tiempo, tampoco dudó en aliarse con otro de los máximos representantes del liberalismo vernáculo, Álvaro Alsogaray, a quien colocó como asesor de la presidencia.

Alsogaray-Menem
Alsogaray-Menem

A pesar de este verdadero “giro de 180 grados”, que le permitirá a los grandes grupos económicos consolidar un proceso de concentración y centralización del ingreso iniciado durante el Proceso , el Presidente logrará mantener en el tiempo el respaldo de los sectores más perjudicados por las políticas de transformación económica: los trabajadores. En efecto, pese a la vastedad de las reformas emprendidas, estas no encontraron, al menos durante la primera presidencia de Menem (1989-1995), una oposición consistente y unificada en el campo popular, como así tampoco en quienes deberían ser sus representantes, los sectores sindicales.Peor aún, una parte importante del sector gremial, nucleada en su mayoría en la CGT San Martín, brindará una colaboración activa y explícita a las políticas de reforma y ajuste estructural del Gobierno.

En realidad, podemos distinguir 3 bandos dentro del sindicalismo: los “Amigos”, representados por los gremios nucleados en la CGT oficialista que brindarán un firme respaldo al Gobierno (personal civil, mecánicos, construcción, telefónicos, seguros, ferroviarios, lucifuercistas, petroleros, mercantiles, entre otros), los “Elefantes” que, liderados por el histórico jefe de la UOM, Lorenzo Miguel, aprovecharán para “golpear y luego negociar”, y los opositores que, desde la CGT Azopardo se opondrán a las reformas menemistas

Para entender el respaldo del ala sindical a las políticas de reforma de mercado de Menem debemos tener en cuenta, más allá del logro de la estabilización monetaria, la función clave que ejercerá el otorgamiento de “beneficios suplementarios” . En efecto, en el marco del Programa de Propiedad Participada (PPP), iniciado en 1989 y potenciado a partir de 1991, con el proceso masivo de privatización de las empresas públicas, el Gobierno les brindará a los gremialistas colaboracionistas la posibilidad de participar como “sindicatos empresarios” a partir del manejo de un porcentaje cercano al 10% de las acciones de las empresas privatizadas.

En efecto, el PPP, pese a ser individual, dispuso una representación colectiva dirigida por sindicalistas. Los principales beneficiados por estos “incentivos selectivos” serán los gremialistas Rogelio Rodríguez (telefónicos) y Antonio Cassia (petroleros), dirigentes de Telecom y Telefónica, Oscar Lescano (Luz y Fuerza), titular de Edesur a través de un representante suyo, José Valle (seguros), “delegado normalizador” del Instituto de Servicios Sociales para el Personal de Seguros (ISSS), Diego Ibáñez, “director obrero” de YPF y José Luis Lingieri, director de Obras Sanitarias y Aguas Argentinas, además de presidente de la Administración Nacional de Seguros de Salud .

Además, el sindicalista ferroviario Adolfo Arguello será encolumnado en el directorio del ferrocarril Ferro Expreso Pampeano (Rosario-Bahía Blanca) y Santos Reali será nombrado director y José Hernández gerente general de FEMESA .En ese contexto, el “Club de amigos” se hará acreedor de un fondo cercano a los 800 millones de dólares.

En una segunda etapa, que se extiende durante el año 1993, el Gobierno logrará, no sin turbulencias, el respaldo del “Club de Amigos” a sus políticas de desregulación y flexibilización laboral. El primer frente de conflicto sin resolver se relacionará con la privatización del sector petrolero. En ese contexto, el Gobierno logrará el apoyo a la privatización de YPF a partir de que acordará con los sindicalistas una participación de estos últimos como dirigentes empresarios  En efecto, el Gobierno, en el marco de la profundización de la política de “incentivos selectivos”, nombrará al dirigente petrolero Diego Ibáñez como director obrero a cargo de la privatización de YPF y les garantizará, en el marco del Programa de Propiedad Participada, el control financiero del 10% de los activos de la empresa a cargo de los empleados.

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No obstante, con excepción de los principales beneficiados por los nuevos acuerdos (petroleros, mercantiles, automotores y personal civil de la nación), los conflictos resurgirán poco después, cuando el Presidente amenace con revelar casos de corrupción en el sector gremial si no se aprobaba la nueva política laboral. En efecto, en septiembre de 1992 la revista Noticias denunciaría un supuesto enriquecimiento ilícito de algunos sindicalistas, entre los que se incluirá a Armando Cavallieri y al lucifuercista Oscar Lescano . Casi al mismo tiempo, el Gobierno presentará el nuevo proyecto de ley de flexibilización laboral denominado Ley de Contrato de Trabajo.

En ese contexto, presionados por un proyecto que perjudicaba claramente a los trabajadores, y sumado a las amenazas del Gobierno de investigar sus fondos, sospechados de corrupción, los sindicalistas Luis Barrionuevo, quien había dicho poco antes, de manera desafortunada, que “tenemos que dejar de robar por dos años”, y Saúl Ubaldini, líder de la central opositora, convocarán por primera vez a una huelga contra el Gobierno.

El Gobierno, sin embargo, lejos de atenuar las medidas, potenciará el conflicto con el sindicalismo al rechazar de manera tajante la posibilidad de morigerar el proceso de desregulación de las Obras Sociales. En efecto, Menem había planteado poco antes, en el marco del Decreto 9/93, la necesidad de ir hacia un sistema basado en la “libre elección de los afiliados” a partir de abril de 1993.

Frente a esa situación de “apriete” sindical, el presidente Menem, que buscaba efectivamente respaldos a su reelección, e incluso planteará las elecciones legislativas del ´93 como un “plebiscito”, les prometerá al “Club de Amigos”, respondiendo a sus demandas, nuevos incentivos.

Particularmente, les garantizará presencia gremial en la ANSSAL y el PAMI, inserción del sindicalismo en las boletas del PJ y designación de sus integrantes en cuatro agregadurías (EE.UU., España, Ginebra y Brasil). Además, les garantizará una participación efectiva en el Plan Social que comenzaría a implementarse a partir de enero de ese año. Con esto bastará para que Lescano cambiara rápidamente su discurso y expresara ahora su apoyo a la reelección por “la participación que le corresponde al gremialismo” en el “Plan Social” .

José Pedraza, en la misma línea, apoyará también la reelección por el “Plan Social”.

Unos meses después, mientras el Gobierno presentaba el nuevo proyecto de reforma laboral, el Ministro de Trabajo, Enrique Rodríguez, les dirá a los gremialistas oficialistas que “no se preocupen, porque la flexibilización laboral no saldrá ni por sorpresa ni por decreto. Nuestra voluntad es acordar con ustedes y por eso volveremos a reunirnos”. Además, les prometerá que “la recaudación de las Obras sociales, en manos de Carlos Tacchi, podrá ser fiscalizada por ustedes”. No obstante, aclarará también que “es de esperar que el movimiento obrero tenga madurez para cumplir lo que se pactó”

Luego de arduos debates en el Parlamento, y con los gremios de la CGT, que lograrán morigerar y postergar tanto la desregulación de las Obras Sociales como las políticas de flexibilización laboral , en septiembre de 1993 se logrará, finalmente, la sanción del régimen de jubilación privada (Ley N° 24.241), que terminará con el 82% móvil e incrementará la edad jubilatoria a 65 años los hombres y 60 las mujeres.

Finalmente, restaba resolver el tema de la privatización del sistema previsional, fuertemente criticado inicialmente por el sindicalismo . Para destrabar el conflicto, el Gobierno les garantizará a los sindicalistas afines una participación directa como socios menores en la privatización de los fondos de jubilación y pensión (AFJP).

Así, Gerardo Martínez y Carlos West Ocampo, sindicalistas de la UOCRA (construcción) y de FATSA (sanidad), respectivamente, serán socios del Banco Provincia, el Grupo Mastellone (La Serenísima) y Zenith Compañía de Seguros en la AFJP “Claridad”, el gremio de Luz y Fuerza (FATLyF), junto con la Federación de Obras Sanitarias, el Sindicato del Seguro, los mecánicos de SMATA y los Municipales porteños, se harán cargo, junto con el banco UNB, de la aseguradora de fondos “Futura”, la SUTERH (porteros) se aliarán, junto con los Bancos Credicoop, Mayo y Patricios, a “Previsol” y los sindicatos de Gastronómicos (con un nuevamente menemista Luis Barrionuevo), Vidrio, Pinturas, Marítimos y Químicos se asociarán a la aseguradora “San José”.

En esas circunstancias, Carlos Alderete (Luz y Fuerza), uno de los máximos beneficiarios del sindicalismo “empresario”, además de estar en el directorio de una AFJP y al frente del PAMI, se hará acreedor de un holding total que incluirá 6 usinas, banco y aseguradora propia , mientras que el nuevo Secretario de la CGT, el petrolero menemista Antonio Cassia (SUPE), tendrá a su cargo equipos de perforación y una flota de barcos con 9 empleados .

Estos beneficios materiales, que les posibilitarán a los sindicalistas “empresarios” el manejo de un fondo total de 1.300 millones de dólares anual (INDEC, 1998), consolidarán el apoyo al modelo vigente. Así, a poco de prometerse la participación sindical en la reforma previsional, el gremialista Gerardo Cabrera (carne) expresará su respaldo a esta política del Gobierno porque “contiene muchos de los puntos reclamados por la CGT, como la participación de los trabajadores en el sistema”

Pero no sólo se beneficiarán del “negocio” de las AFJP los gremialistas empresarios. Por el contrario, otros sindicalistas, principalmente los metalúrgicos de Lorenzo Miguel, aunque también los petroleros, mineros, viajantes de comercio, cementeros, garagistas, vestido, correos y molineros, entre otros, cobrarán una comisión por parte de la AFJP “Claridad” por cada afiliado ingresado.

A pesar de que el plan económico del Gobierno generaría un incremento paulatino de la desigualdad, la pobreza y sobre todo la desocupación, Menem logrará mantener el apoyo de los sindicalistas de la CGT a su reelección. Para ello, el nuevamente menemista Luis Barrionuevo, junto con Oscar Lescano, empresarios, políticos y dirigentes del justicialismo, crearán en abril de 1994 el “Movimiento Político Sindical Menem ´95”

No sólo manifestarán su respaldo explícito al Presidente los miembros del “Club de Amigos”. Por el contrario, los metalúrgicos también se disciplinarán al Gobierno. Así, con el título “la UOM es orgánica y peronista”, este gremio expresará en una solicitada “el apoyo masivo y entusiasta de la UOM a los candidatos del PJ en los comicios del 14 de mayo”.

Además, en una muestra de la unidad partidaria en torno al liderazgo de Menem, a poco menos de un mes de las elecciones, un total de 85 gremios de la CGT, que incluirá desde sectores “Amigos”, como los petroleros, personal civil, unión ferroviaria, trabajadores del caucho, empleados de comercio, construcción, telefónicos, seguros, peluqueros, porteros, carne y taxistas), hasta “Elefantes”, como la UOM y los gremios de la aduana y los trabajadores químicos, firmarán una solicitada conjunta en la que “ratificarán” su “pleno apoyo para las elecciones del próximo 14 de mayo a la fórmula presidencial Menem-Ruckauf, y a todos los candidatos del justicialismo”

En esas circunstancias, prometiendo mantener los “negocios” del sindicalismo, y sobre todo la estabilidad, que favorecía también a sus bases, el Presidente, acompañado por Carlos Ruckauf, no tendrá dificultades en ser reelecto con el 49,89% de los votos en las elecciones presidenciales de mayo de 1995, frente al 28,37% que obtendrá la fórmula del FREPASO José Octavio Bordón-Carlos “Chacho” Álvarez.

El radicalismo, por su parte, fuertemente desprestigiado debido a la “claudicación” asociada a la firma del Pacto de Olivos, sólo alcanzará, con la fórmula Massaccesi-Hernández, el 16,75% . De este modo, llegará a su mínimo histórico.

Dos elementos heredados del pasado –uno de orden institucional y otro partidario– contribuyen a explicar la endémica tendencia del movimiento obrero organizado a fracturarse. Sin embargo, los sucesos contemporáneos no pueden comprenderse solamente a partir de esta suerte de herencia maldita. Las políticas kirchneristas han contribuido también, de forma tanto voluntaria como involuntaria, a potenciar estas tendencias.

Como se expresó antes el desmantelamiento del sistema ferroviario, la creciente relevancia del transporte de cargas automotor situó a los camioneros como el nuevo sindicato hegemónico.

Sin embargo el proceso de sucesión ha quedado trunco por la propia política económica del kirchnerismo, cuya estrategia hacia la clase obrera ha encerrado una paradoja: mientras la política laboral incrementó notablemente el poder adquisitivo de los trabajadores, la política económica conspiró contra la unidad del movimiento obrero al debilitar la hegemonía del sindicato de camioneros en el terreno económico-productivo (y por transitividad, la de Moyano al frente de la CGT). La combinación de un tipo de cambio depreciado, una política macroeconómica expansiva y medidas proteccionistas parancelarias favoreció el crecimiento de una serie de industrias nacionales, como la textil, metalúrgica y otras, que difícilmente hubieran prosperado bajo políticas económicas más ortodoxas. De esta forma, los sindicatos de estas industrias comenzaron a incrementar su número de afiliados y su poder de movilización hasta el punto de erigirse, en la actualidad, en rivales de peso del propio Moyano.

El modelo económico kirchnerista acentuó la pluralidad del mundo sindical, impidiendo la consolidación de un gremio hegemónico. Desprovisto de esa conducción natural, el movimiento obrero se encuentra acéfalo, y muchos dirigentes se conciben con derecho a disputar la conducción de la CGT.

El rompecabezas sindical no puede comprenderse sin la orientación táctica que la propia ex-Presidenta ha desplegado hacia el movimiento obrero: en particular, la enérgica oposición de Cristina Kirchner a las ambiciones político-partidarias del sindicalismo y su intención de confinar la influencia de los sindicatos al ámbito de las relaciones industriales. Desde la perspectiva de la Presidenta, la época en la que los sindicatos constituían la columna vertebral del peronismo es cosa del pasado. Es por ello que los cargos legislativos y ejecutivos del PJ quedaron reservados a los jefes territoriales y, en menor medida, a los jóvenes de La Cámpora.

El objetivo de mantener al PJ desindicalizado explica más que cualquier otro factor la disputa con Moyano. En esta empresa, la ex-Presidenta se ha apoyado en las diferencias ideológicas existentes al interior del movimiento obrero: de un lado, Moyano y sus aliados, en general pertenecientes a gremios vinculados al sector del transporte, que buscan la resindicalización del peronismo. Del otro lado, muchos de los gremialistas enfrentados a Moyano, los llamados “gordos” y los “independientes”, que no comparten estas aspiraciones: muchos de ellos creen que el movimiento obrero debe ejercer un rol más corporativo, en el cual los sindicatos se limiten a funcionar como grupos de interés orientados a conseguir mejoras salariales y de condiciones de trabajo. Esta es la fisura interna en la que se apoyó el gobierno a la hora de enfrentar a Moyano.

¿Cuáles son los efectos de una ruptura de la CGT en el escenario político? La respuesta es matizada y compleja.

En el largo plazo la fractura provocaría problemas serios en dos áreas sensibles para cualquier gobierno: el avance de pactos sociales que procuren soluciones de fondo a los problemas del país, por un lado, y el control de la protesta popular, por el otro. En relación al primer punto, es preciso mencionar que una fractura de la CGT implicaría la convivencia de cinco centrales sindicales en el país: la CGT de Moyano, la que encabezan la mayoría de los “gordos” e “independientes” y la de Luis Barrionuevo, además de la CTA liderada por Hugo Yasky y la CTA opositora de Pablo Micheli.

Los gordos CGT
Los gordos CGT

 

Micheli y Yaski
Micheli y Yaski

Esta fragmentación tornará difícil el avance del tipo de pactos sociales se ha buscado forjar entre sindicatos, empresarios y Estado a los efectos de promover soluciones concertadas, de corte no ortodoxo, para problemas estructurales, como la inflación.

La CTA de Micheli y los gremios del transporte que comanda Moyano se cuentan, además, entre las organizaciones con mayor capacidad para motorizar movilizaciones callejeras urbanas en Argentina. Como lo hicieron durante los noventa con las marchas federales, es probable que vuelvan a aliarse para desafiar las políticas oficiales. Para un gobierno que ha hecho de la no represión una de sus principales banderas, la pérdida del control sobre la movilización en las calles constituye uno de los principales desafíos para los años venideros.

JUAN DOMINGO PERON : DIXIT A COMIENZOS DE LOS SETENTA EN PUERTA DE HIERRO DIJO:

“LOS MUCHACHOS SE PONEN DISTINTOS NOMBRES: LOS HAY DE DERECHA, LOS HAY DE IZQUIERDA, LOS HAY ORTODOXOS, LOS HAY HETERODOXOS, LOS HAY RETARDATARIOS, LOS HAY APRESURADOS, LOS HAY CONTEMPLATIVOS. PERO SON TODOS BUENOS MUCHACHOS, SON TODOS PERONISTAS”

Sin embargo las ratas se juntan cuando ven peligrar su comida.Por ello los sinvergüenzas, ladrones, corruptos de siempre negociaron volver a estar juntos.

Analicen la foto y se darán cuenta que son los mismos de hace 20 años por lo menos.Más viejos y también más despreciables. Dan asco. A todos les quedaría bien el número de prontuario en su pecho. Por lo menos sería justo.

sindicalistas-reunificados

La CGT volvió a unificarse bajo la figura de un triunvirato, que fue electo  en un Congreso Nacional Ordinario con el respaldo de los gremios encolumnados con los dirigentes Hugo Moyano, Antonio Caló y José Luis Barrionuevo, la oposición de los sindicatos alineados con Gerónimo Venegas y del Movimiento de Acción Sindical Argentina (M.A.S.A.) encabezados por Omar Viviani y la abstención de la Corriente Federal, liderada por el bancario Sergio Palazzo.

Casi 1.600 congresales representando a 124 organizaciones sindicales, votaron sin sobresaltos a Carlos Acuña, Héctor Daer y Juan Carlos Schmid para conducir a la central obrera unificada.

triunvirato

 Hay mucho para corregir en el mundo sindical: la eternización en los cargos, la dificultad para realizar asambleas libres, el enriquecimiento personal de los dirigentes, la confusión entre sindicalismo y actividad empresaria, la metodología del “apriete” y la descalificación del adversario, las elecciones truchas con junta electoral adicta e imposibilidad de expresión para las voces disidentes del poder sindical.

Este sistema  es considerado en medios intelectuales, profesionales y políticos -es decir, prácticamente en todos lados salvo en el mundo sindical-, poco democrático cuando no directamente fascista.

Desde hace años, la hipocresía ha ido creciendo, mucho más que la inseguridad y la pobreza. Sindicalistas, políticos, magistrados, funcionarios, todos representantes y servidores del pueblo en la teoría, pero a la vez más distantes de este.
Ninguno de estos sujetos quiere vivir o morir como uno del pueblo. Los atraen las apariencias, el lujo, el dinero, las mujeres “producidas”, en definitiva, la misma hipocresía que nos venden, ellos la compran.

Políticos y sindicalistas se llenan la boca hablando de distribución de la riqueza, pero no hablan de producirla.  ¿Y por qué no hablan de producirla?  Simple, porque para producir hay que trabajar, esforzarse y tener restricciones; y eso no es políticamente correcto, no es simpático, no es popular, no ayuda a ganar elecciones ni gana el aplauso del pueblo.

Los políticos evitan decir la verdad, evitan decir las cosas como son.  Proponen lo que no pueden, ni deben proponer; proponen resultados. Cuando lo que deberían proponer son estrategias, conductas y caminos.

Por su parte, los sindicalistas basan sus discursos en la vieja y perversa premisa marxista de enfrentar al empleado con el empleador; uno bueno, el otro malvado; uno explotado, el otro explotador; uno desinteresado y solidario, el otro un egoísta desalmado.

Esto llega a tal perversión, que a nadie se le ocurre considerar que el empresario es un trabajador.  Ni siquiera nos ponemos a pensar, que muchos de nosotros somos patrón y peón a la vez.  Por ejemplo, quienes somos ayudados en las tareas hogareñas por una empleada de servicio doméstico, nos convertimos en sus empleadores, siendo que paradójicamente podemos ser, al mismo tiempo, empleados en una empresa.

La gran dicotomía que existe e importa es la que diferencia a los que producen de los que no lo hacen, la que diferencia a los que generan de los parásitos, la que diferencia a los que forjan el futuro de los que viven como chupa sangre.

Cuando elijamos a políticos que prometan programas realistas y no fantasías dignas de cuentos de hadas, y cuando le exijamos a los sindicalistas que sean consecuentes con lo que pregonan y que defiendan sin corporativismos al que trabaja por sobre el ñoqui; recién entonces estaremos en condiciones de terminar de caer una y otra vez en las crisis cíclicas que padecemos hace 70 años.

 

 



Las privatizaciones menemistas en los ferrocarriles, el desmantelamiento de la Marina Mercante y el auge del camión en  el transporte de cargas dieron lugar a múltiples negociados corruptos y a cambios en las fuerzas de poder sindicales. Estos temas junto con las acciones delictivas en otros gremios serán tratados paulatinamente en próximas entradas.

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