A finales de los años setenta y principios de los ochenta, el régimen militar argentino internacionalizó su aparato represivo en América Latina. La dictadura trasladó su experiencia en contrainsurgencia a otros países de la región como parte de una cruzada hemisférica contra el comunismo. Comenzó su intervenir en Centroamérica durante la guerra civil en Nicaragua (1977-1979). Luego dieron entrenamiento en contrainsurgencia y asistencia militar a El Salvador, Guatemala y Honduras. Además, en un paso clave en el proceso de expansión continental, el régimen militar argentino participó en el golpe de Estado en Bolivia encabezado por Luis García Meza en 1980. La proyección extraterritorial de la dictadura alcanzó su clímax con la organización y entrenamiento de los “contras” nicaragüenses. Los militares argentinos “vendieron” exitosamente este programa contrarrevolucionario al gobierno de Ronald Reagan, para el cual América Central se había convertido en el lugar más peligroso del mundo. Mareados por la soberbia de creerse actores centrales en el mapa geopolítico del hemisferio occidental, los militares argentinos creyeron en 1982 que Estados Unidos pondría la guerra anticomunista por encima de su alianza con Inglaterra en caso de un conflicto armado en Malvinas. La realidad pulverizó los sueños de grandeza de la casta militar. Pocos temas han sido tan estudiados como el de la última dictadura militar argentina, pero la brecha entre lo que sabemos y lo que deberíamos saber sobre aquel período es todavía muy grande. La coordinación represiva que los países sudamericanos establecieron con la creación de la Operación Cóndor y la proyección de la maquinaria de muerte argentina a Centroamérica y Bolivia sugieren que sería más apropiado hablar de una guerra sucia a nivel continental que de conflictos aislados a nivel nacional. Como parte de esta guerra sucia, la Argentina exportó armas, doctrina contrainsurgente y su experiencia en el terrorismo de Estado, desarrollando una extensa red internacional de inteligencia que vinculaba el narcotráfico, la venta ilegal de armas y el lavado de dinero con la guerra anticomunista. En esta guerra la distinción entre combatientes y la población civil se borraba, mientras que las fronteras nacionales se subordinaban a las “fronteras ideológicas” del conflicto este-oeste.
Para los militares argentinos, no bastaba con aniquilar al enemigo en la Argentina misma sino donde se hallara: las barreras entre lo local y lo externo debían desaparecer. Documentos de los EE.UU., de Nicaragua y de la Argentina lo atestiguan.
Contar esta historia es importante para construir una memoria hemisférica que nos permita entender las conexiones entre los distintos proyectos represivos en América Latina, para compartir esfuerzos con otros países de la región en la documentación y reconstrucción de los terribles eventos de aquellos años y para poner frente a la justicia a aquellos individuos responsable por crímenes contra la humanidad. También, por parte de nuestros gobiernos, es hora de pedir perdón a otros países latinoamericanos por el papel argentino en la barbarie que ellos tuvieron que sufrir.

Se trató de la mayor operación secreta a escala continental de la dictadura. Se trató de la Operación Centroamérica, que se desplegó desde 1977 hasta 1984, después de la Guerra de Malvinas, y consistió en la exportación de los métodos de inteligencia y las técnicas de la lucha contrainsurgente, que incluían el uso de la tortura, el secuestro y la desaparición de opositores usados por la dictadura argentina hacia Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala. Ocurrió bajo los gobiernos de los dictadores Jorge Rafael Videla, Roberto Viola y Leopoldo Galtieri.

Videla-Galtieri-Viola
Videla-Galtieri-Viola

Una serie de documentos desclasificados del Departamento de Estado estadounidense y las declaraciones de Duane Clarridge,el ex jefe de la CIA en esas operaciones, revelan detalles nunca contados.

Duane Dewey Clarridge
Duane Dewey Clarridge

De estos documentos y de estas declaraciones se deduce que los militares argentinos desembarcaron en Centroamérica como fuerza legionaria exterior en tanto estaban dispuestos a hacer el trabajo “sucio” que la CIA estaba restringida de hacer al comienzo del gobierno del demócrata James Carter (1977-1981); que presionaron para que los EE.UU. tuvieran un rol más activo en las actividades contrarrevolucionarias y que, al final, se sometieron a su dirección cuando asumió Ronald Reagan (1981-1989) la presidencia estadounidense.

Carter-Reagan
Carter-Reagan

Del vuelo del Cóndor al Charlie

La participación argentina en Centroamérica tuvo su bautismo en el denominado Plan Cóndor, la alianza represiva de los ejércitos de las dictaduras de la Argentina, Chile, Uruguay, Bolivia y Paraguay para perseguir más allá de las fronteras a quienes eran considerados enemigos u opositores. Eran tiempos de la Guerra Fría entre los EE.UU. y la Unión Soviética, de un enfrentamiento impiadoso entre capitalismo y comunismo que había desembarcado en América latina. La Doctrina de la Seguridad Nacional (DSN), entonces, alentó los estados terroristas. Se interpretaba que la seguridad del Estado y hemisférica estaba por sobre la seguridad de las personas y que para garantizar esa seguridad no había fronteras nacionales. Lo cierto es que el Plan Cóndor tuvo su esplendor entre 1975 y 1979, pero muchos de los militares argentinos que allí participaron, luego integraron la comitiva que siguió hacia Centroamérica para entrenar a los llamados “contras” — diminutivo de “contrarrevolucionarios”—, ex guardias somocistas nicaragüenses, fugados a Honduras en su mayoría, luego del triunfo de la revolución dirigida por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en julio de 1979.

El 19 de julio de 1979 las tropas guerrilleras del Frente Sandinista de Liberación Nacional ingresaron a Managua, capital nicaragüense, que puso fin a la dictadura de la familia Somoza, derrocando al tercero de los Somoza, Anastasio Somoza Debayle, sustituyéndola por un gobierno democrático de perfil progresista de izquierda y terminando de esa manera con décadas de dictadura somocista, que se expresó en sucesivos gobiernos de una dinastía familiar que acaparaba no sólo el poder político, sino que también poseía tierras e industrias que constituían un verdadero imperio en medio de la pobreza que asolaba a la nación.

Anastasio Somoza Debayle
Anastasio Somoza Debayle

Fue el fin de un largo período de lucha que reivindicaba el accionar de Augusto César Sandino, líder de la resistencia contra la intervención militar estadounidense en Nicaragua y asesinado por Anastasio Somoza García, el iniciador del imperio que caería hace 37 años ya. Sandino fue conocido como el “General de los Hombres Libres” y sus ejemplos de valor se multiplicaron en las innumerables acciones heroicas con que el FSLN tatuó su propia historia.

Augusto César Sandino
Augusto César Sandino

En la gesta participaron muchos latinoamericanos y, entre ellos, un gran número de argentinos. Exiliados por la dictadura de Videla, grupos de militantes se dirigieron a Nicaragua luego del llamado realizado en México por el comandante sandinista Jacinto Suárez Espinoza, que les abrió las puertas a los revolucionarios extranjeros que tuvieran experiencia guerrillera para incorporarse a las filas combatientes del Frente. La revolución –una posibilidad lejana de la realidad argentina– cobraba vida en Centroamérica y hacia allí se dirigieron hombres y mujeres nacidos en esta tierra.

Jacinto Suárez Espinoza
Jacinto Suárez Espinoza

El ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) en particular tenía experiencia en la toma de los cuarteles militares, como había pasado en la Argentina. De todas maneras, las dificultades internas impidieron que llegaran todos quienes hubieran querido. Al momento de la caída de Managua, se habían sumado como combatientes de base seis compañeros al mando de Enrique Gorriarán Merlo.El periodista Jorge Luis “Pampa” Ubertalli, que había militado en Montoneros, trabajó como instructor de las milicias sandinistas y enseñó materialismo dialéctico en la universidad.También estuvieron Mario Firmenich y Fernando Vaca Narvaja líderes de la organización montonera.

Enrique Gorriarán Merlo (actual)
Enrique Gorriarán Merlo (2004)
Jorge Luis “Pampa” Ubertalli
Jorge Luis “Pampa” Ubertalli
Firmenich y Vaca Narvaja
Firmenich y Vaca Narvaja

 

Más tarde, los militares argentinos llegaron para entrenar a los oficiales de los ejércitos de El Salvador y Guatemala para prevenir la extensión de la revolución sandinista y la influencia de la Cuba socialista.

En noviembre de 1979, la Argentina estaba gobernada por Videla, Viola era el comandante en jefe del Ejército, su jefe de Estado Mayor (EMGE), era el general Guillermo “Pajarito” Súarez Mason; su inmediato inferior en la inteligencia militar, Jefatura Dos (JII) era el general Alberto Alfredo Valín; el jefe del Batallón 601 de Inteligencia militar era el coronel Jorge Alberto Muzzio.

General Guillermo Súarez Mason
General Guillermo Súarez Mason

El jefe de la Secretaría de Inteligencia del Estado (SIDE) era el general Carlos Alberto Martínez, el hombre de mayor confianza en Inteligencia para Videla, que lo acompañó a subir al poder y que diseñó, junto con Viola y Valín, las operaciones en Centroamérica.

General Carlos Alberto Martínez
General Carlos Alberto Martínez

El Canciller era el brigadier mayor Carlos Washington Pastor.

Brigadier mayor Carlos Washington Pastor
Brigadier mayor Carlos Washington Pastor

El responsable de los equipos operativos en Centroamérica— según señalan todos los documentos desclasificados del Departamento de Estado de los EE.UU.— era el coronel José Osvaldo “Balita” Riveiro, jefe de la estación Honduras de los militares argentinos, denominada también Grupo de Tareas Exterior o GTE.

Coronel José Osvaldo -Balita- Riveiro
Coronel José Osvaldo -Balita- Riveiro

Riveiro reportaba directamente a Súarez Mason, por lo que se construía, además, una red secreta dentro de las propias operaciones ya de por sí secretas, con el fin de administrar discrecionalmente los 19 millones de dólares que la CIA aportaría de manera inicial y encubierta para entrenamiento y compra de armas. Había otros nombres, el coronel Mario Davico, que reemplazará a poco de andar a Valín en la JII de inteligencia; y los miembros del Batallón 601, los capitanes Santiago Hoyas, Héctor Ricardo Francés García, el coronel Jorge de la Vega y el contador Leandro Sánchez Reisse y Raúl Guglielminetti, entre otros. El embajador argentino en Honduras para el período fue Arturo Ossorio Arana, al tanto de todas las operaciones paralelas.

Arturo Ossorio Arana
Arturo Ossorio Arana

Suárez Mason era comandante del Primer Cuerpo de Ejército, cuando impulsó la creación del Grupo de Tareas Exterior (GTE) del Batallón 601, vinculado a la Secretaría de Información del estado (Side), para asignarles las misiones de asesorar a los aliados centroamericanos y perseguir a los exiliados argentinos, en especial a los grupos montoneros y otros fuera del país.

Trabajaron junto con los fascistas italianos de Avanguardia Nazionale y los grupos de la mafia cubana de Miami, especialmente activos- hay que recordar la presencia en Ilopango, El Salvador, de Ramón Medina, nombre falso dado a Luis Posadas Carriles, en sus trabajos de apoyo a los criminales salvadoreños junto a Félix Rodríguez y otros.

Luis Posadas Carriles
Luis Posadas Carriles

 

 

 

 

 

Félix Rodríguez
Félix Rodríguez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En las investigaciones sobre Operación Cóndor, encontramos las ligazones de Suárez Mason, Stephano Delle Chaie, de Italia, el agente de la CIA y la DINA chilena Michael Townley y el ex militar y jefe de escuadrones de la muerte en El Salvador Roberto D’Aubisson para las primeras misiones de asesoramiento. También las investigaciones señalan a la asesoría de los militares argentinos dirigidos por Suárez Mason en instrucciones para secuestros extorsivos, como financiamiento de las operaciones clandestinas.

Stephano Delle Chaie
Stephano Delle Chaie
Michael Townley
Michael Townley

 

 

Roberto D’Aubuisson
Roberto D’Aubuisson

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Y por supuesto todo esto lleva al período del Irán Gate, del Contra-gate, el intercambio de drogas por armas para la contra nicaragüense.(ver enlace).

Pero la idea de los argentinos de cómo combatir “la subversión comunista” en América Central no era igual, en ese momento, a la de la administración Carter.

La presidencia de Jimmy Carter fue un duro adversario de la dictadura militar argentina. Durante 1977 y 1978, Carter y su valiente secretaria de Derechos Humanos, Patricia Derian, presionaron a la Junta Militar para que pusiera fin al terrorismo de Estado.

Patricia Derian
Patricia Derian

Ningún otro gobierno hizo algo parecido, a pesar de que la comunidad internacional estaba informada de la magnitud de los crímenes que se cometían en el país con la excusa del combate contra la guerrilla.En febrero de 1977 redujo la ayuda militar a la Argentina, Uruguay y Etiopía debido a los crímenes que cometían sus gobiernos contra sus propias poblaciones.Los militares argentinos recibieron la noticia con enojo y desconcierto: creían que Estados Unidos debía agradecerles por su lucha contra el marxismo. El canciller  César Guzzetti convocó al embajador Robert Hill al Palacio San Martín e intentó conmoverlo. “Le duele a la Argentina la incomprensión de sus amigos”, le dijo. Muchos aliados del régimen también se escandalizaron, como el Partido Comunista Argentino, que denunció que la Casa Blanca “ha interferido en asuntos internos de nuestro país esgrimiendo hipócritamente el argumento de la violación de los derechos humanos”.

Guzzetti y Kissinger
Guzzetti y Kissinger
Embajador Robert Hill
Embajador Robert Hill

El Partido Comunista apoyó al golpe de Estado de 1976 y la consecuente dictadura militar instaurada. Pocos días después del golpe, una publicación oficial del PC afirmaba respecto al nuevo presidente: “En cuanto a sus formulaciones más precisas (…) afirmamos enfáticamente que constituyen la base de un programa liberador que compartimos (…). El presidente afirma que no se darán soluciones fáciles, milagrosas o espectaculares. Tenga la seguridad que nadie las espera (…). El General Videla no pide adhesión, sino comprensión, la tiene”. Esta posición se sostenía en una caracterización política que “presentaba a la dupla Videla-Viola como el ala de la democracia renovada, frente a un ala pinochetista, sector no predominante dentro de las FFAA, canalizada a través de Emilio Massera y Luciano Menéndez” y coincidió con el apoyo que el gobierno de la Unión Soviética brindó a la dictadura militar. Otra muestra de la complicidad de los Comunistas con los militares liberal-masonicos del “Proceso” está documentada en una de sus propias actas, repudiando la política norteamericana de Jimmy Carter que promovía la condena a los militares por violación de los Derechos Humanos: “Sentimos el deber de señalar que el gobierno de Carter, erigido en tribunal supremo que se atribuye el derecho a juzgar a las demás naciones del mundo, ha interferido en asuntos internos de nuestro país esgrimiendo hipócritamente el argumento de la violación de los derechos humanos…”.

En l978, Athos Fava( Secretario General del Partido Comunista) y Fernando Nadra(abogado, orador, periodista y ensayista) viajaron a EEUU. Publicaron el libro “EEUU, Grandezas y Miserias”. Así resumieron el objetivo del viaje: “La campaña de Carter está dirigida a apoyar a los grupos antividelistas con el pretexto de los DDHH” (La Nación, 11/7/78).

Athos Fava
Athos Fava

 

 

 

 

Fernando Nadra
Fernando Nadra

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En mayo de 1978, mientras la mayor parte de los argentinos vivía la euforia del inminente comienzo del Mundial, Carter envió a Buenos Aires al diplomático David Newsom, número tres del Departamento de Estado, para anunciar al dictador que sólo levantaría las sanciones económicas si cumplía tres condiciones: revelar el destino de los desaparecidos, juzgar o liberar a los detenidos sin proceso e invitar a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Las dos primeras condiciones eran inaceptables para Videla, quien accedió a recibir a la CIDH, en una visita que terminaron de negociar el vicepresidente norteamericano, Walter Mondale, y el propio Videla en Roma, durante la coronación del papa Juan Pablo I.

David Newsom
David Newsom

La visita de la CIDH se concretó en 1979 y es difícil exagerar su importancia: gracias a ella, se redujeron sensiblemente los secuestros, se cerró gran parte de los centros clandestinos de detención y se corrió el manto de silencio en el país sobre la tragedia de los desaparecidos.

En 1980 se conoció el informe del organismo y ya nadie más en el mundo pudo tener dudas razonables sobre la naturaleza criminal del régimen argentino.

Para entonces, Carter -criticado por sectores empresariales que querían hacer negocios con la Argentina y golpeado por el éxito de revoluciones antinorteamericanas en Irán y Nicaragua- ya no presionaba a la dictadura e incluso intentaba acercarse. Luego de la invasión soviética a Afganistán, pidió a Videla que se sumase a un embargo comercial contra el régimen comunista, a través de un enviado que visitó al dictador en la residencia veraniega de Chapadmalal. Videla dijo que no.

Carter no consiguió la reelección y en enero de 1981 dejó el gobierno. Asumió el republicano Ronald Reagan y los militares argentinos supieron que nunca más escucharían reproches de la Casa Blanca por sus atroces crímenes.

Los argentinos bregaban por lo que se denominó el Plan Charlie, es decir la constitución de un “ejército panlatinoamericano liderado por la Argentina que desembarcara en El Salvador con la idea de arrinconar a los revolucionarios hacia Honduras donde serían exterminados”. Las operaciones clandestinas ya estaban en marcha, pero se no dejaba de buscar un aval explícito de los Estados Unidos que se traduciría en dinero y armas. El FSLN había ya denunciado que la dictadura de Videla le vendía armas (también Israel) a la guardia nacional somocista.

Un documento secreto fechado en junio de 1979 y enviado por la embajada de los EE.UU. en Buenos Aires, a cargo de Raúl Héctor Castro, hacia el secretario de Estado de su país, Viron Vaky, en vísperas de la visita a Buenos Aires de la CIDH, revela la obsesión de Viola en que los EE.UU. se decidieran a dar fuerza al Plan Charlie o, en su defecto, a apoyar abiertamente las operaciones clandestinas de los argentinos. Los argentinos consideraban que EE.UU. había abandonado la defensa del hemisferio del comunismo y que ellos debían cumplir ese papel.

Raúl Castro y Jimmy Carter
Raúl Castro y Jimmy Carter
Viron Peter Vaky
Viron Peter Vaky

Castro cuenta el encuentro con Viola, en dos partes. La primera, es esclarecedora de la presión de Carter por los derechos humanos. En la segunda parte, aparece la verdadera preocupación de Viola . “Durante toda la reunión Viola me repitió que su intención al querer verme era hablar de Nicaragua. De hecho, hablamos de Nicaragua. Me dijo que el gobierno argentino compartía la opinión nuestra sobre Nicaragua, pero que temía que enviar una fuerza militar de paz no fuera aceptable para los países latinoamericanos. Su razonamiento se refería a que los países latinoamericanos tenían problemas internos y que cada país temía que se estableciera un precedente si se enviaban unidades militares para resolver problemas internos. Viola dijo que el problema nicaragüense no podía resolverse a través del diálogo y requería detener la infiltración de tropas y armas a través de la frontera de Panamá y Costa Rica. Viola dijo que esto se podría hacer sólo con una fuerza militar de paz, pero que la opinión pública argentina nunca lo aceptaría . Me pareció que tanteaba la posibilidad o esperaba que yo le diera alguna justificación para enviar una fuerza de paz a Nicaragua, que incluyera a la Argentina.” Viola en realidad tanteaba sobre el envío de una fuerza militar. Pero ya no argumentaba en favor de una fuerza legal de paz sino sondeaba la disposición de los EE.UU. para avalar una fuerza paramilitar y clandestina.

Así que en noviembre de 1979, Viola desarrolló en la XIII Conferencia de Ejércitos Americanos en Bogotá su plan de latinoamericanización del modelo terrorista estatal. Según Viola, el éxito obtenido por las Fuerzas Armadas argentinas en su combate contra “la subversión marxista”, las habilitaban para exportar la experiencia a otros países de América Latina. Con el triunfo del sandinismo, con miles de guardias nacionales huyendo en masa de la revolución, parecía evidente que la política exterior de los EE.UU. en el último año de Carter cambiaría. En otro memorándum fechado el 15 de febrero de 1980, del Consejo Nacional de Seguridad norteamericano, remitido por Robert Pastor a los miembros del consejo, como Zbigniew Brzezinski, David Aaron y Henry Owen, es evidente que los EE.UU. marchan a una intervención sobre Centroamérica aunque aún buscando vías políticas. “Ha llegado el momento— se dice en el documento—de hacer que este gobierno se mueva de manera eficaz para resolver los problemas de El Salvador y Honduras”. El documento abunda en recomendaciones sobre qué hacer en cada país: dividir a la izquierda, neutralizar el golpe de Estado de la derecha, armar un gobierno de centro cívico-militar.

Zbigniew Brzezinski
Zbigniew Brzezinski
Henry Owen
Henry Owen

Es la visión de comienzos del 80. Una visión que pronto será abandonada ante la radicalización revolucionaria en El Salvador a través del Frente Farabundo Martí, y en Honduras, con la llegada masiva de guardias somocistas y civiles antisandinistas, que pujan por armar una invasión a Nicaragua. De hecho, Videla y Viola deciden dejar en manos de Súarez Mason, y de manera operativa en manos de Valín y Riveiro, el comienzo de la formación del GTE y su desembarco en Honduras, sede principal de operaciones.

El grupo tiene su bautismo de fuego en Bolivia, en julio de 1980 cuando participan avalando el llamado golpe del “narcotráfico” que desplaza a la presidenta Lidia Gueiler y pone en su lugar al general Luis García Meza y al hombre fuerte de su gobierno, el ministro del Interior y acusado de narcotraficante, Luis Arce Gómez, socio del conocido como barón de la droga, Roberto Súarez Gómez, uno de los principales traficantes de cocaína del mundo entonces. De ese negocio provendrán parte de los fondos para financiar y enriquecer a los paramilitares argentinos.

Lidia Gueiler Tejada
Lidia Gueiler Tejada
Luis Arce Gómez y Luís García Meza
Luis Arce Gómez y Luís García Meza

roberto-suarez-gomez

Durante el régimen de García Meza, Bolivia se convirtió en un santuario de criminales de guerra nazis y terroristas neofascistas italianos. Klaus Altmann- más conocido como Klaus Barbie, el carnicero de Lyon- recibió de manos de Arce Gómez el rango honorario de teniente coronel del Ejército Boliviano.Altmann asesoró a las fuerzas de seguridad bolivianas en técnicas de interrogatorio y torturas.

Klaus Barbie
Klaus Barbie

Pier Luigi Pagliai y Stefano delle Chiae operaban dentro del servicio de inteligencia militar boliviano.Pagliai solía dedicarse a torturar prisioneros y a extorsionar a narcotraficantes.Delle Chiae, socio de Suárez Mason y protegido por la logia italiana Propaganda Due (P-2),trabajó en la sección de operaciones del ejército (G-3), comandando grupos paramilitares.

Pier Luigi Pagliai
Pier Luigi Pagliai

Precisamente la asistencia militar argentina a la ‘narcodictadura’ boliviana, que alcanzó a casi medio millar de asesores, correspondió a un pacto siniestro para colaborar a financiar el golpe de estado.

En esos momentos los mayores narcotraficantes de Bolivia lograron una enorme expansión a través de los militares y esto estuvo en pleno conocimiento de la DEA, especialmente en su sede de Buenos Aires. El ex agente de la CIA Michael Levine, dijo que este organismo y la propia DEA ocultaron información, porque el proceso desarrollado era en todo favorable a Washington tanto en la región como en Centroamérica.

El enlace con los militares argentinos fue el coronel Luis Arce Gómez, ministro del interior de la dictadura (luego detenido por narcotráfico). Arce, junto a su pariente Roberto Suárez Gómez, estructuraron la fórmula de tráfico de drogas y lavado de dinero que contaría con la cobertura de los asesores argentinos en Centroamérica.

Esto se hizo mediante un pacto por medio del cual los narcotraficantes bolivianos financiarían a las bandas paramilitares de la región y que se firmó en Bolivia con el delegado del general Suárez Mason, el teniente coronel Hugo Miori Pereyra, Stéfano Delle Chiaie de Avanguardia Nazionale y delegados de la CIA.

Miori y Delle Chaie, entre otros grupos mafiosos, conformaron en Bolivia un escuadrón terrorista denominado ‘Novios de la Muerte’. Ese escuadrón, al que estuvo vinculado el criminal nazi Klaus Barbie y que coordinaba con el Servicio Especial de Seguridad, enseñaba a soldados bolivianos como torturar a detenidos a la vez que protegían el contrabando de drogas.

Novios de la Muerte
Novios de la Muerte

Los asesores argentinos tenían una vinculación estrecha con estos escuadrones de la muerte mantenidos por el narcotráfico y por el propio Arce Gómez.

De la presencia argentina allí y de la coordinación que ya existía da cuenta otro documento de la embajada norteamericana en Buenos Aires.El embajador informa que un oficial de inteligencia de esa delegación se reunió el 16 de junio de 1980 con un oficial del servicio de inteligencia argentino— presumiblemente el general Valín o Davico— y que “el principal tema de conversación fue la situación de Bolivia. La fuente avisó que detuvieron a cuatro argentinos en Perú. Son parte importante de la jerarquía montonera. (…) Que lo hizo el 601 con la colaboración de la inteligencia peruana. Los detenidos (luego se supo de que se trataba entre otros de Carlos Maguid) están en Perú, pero serán trasladados a Bolivia, serán expulsados de Bolivia a la Argentina, donde serán interrogados y luego desaparecerán”.

Carlos Maguid
Carlos Maguid

Y en el documento, se dice algo más: “la fuente será enviada a Panamá, Costa Rica, Guatemala y San Salvador para analizar la situación país por país e informar al 601.” Fue en esos días que Valín viajó a Centroamérica para establecerse allí de manera casi permanente. En la JII lo había reemplazado el general Mario Davico. Y el jefe del Batallón 601 era Muzzio.

Una vez consumado el golpe en Bolivia, el ”barón de la cocaína”, Roberto Suárez Gómez, pariente de Hugo Banzer Suárez y principal beneficiario de la nueva situación, pagará con narcodólares a los asesores enviados por la dictadura militar de Videla, Massera y Agosti – que será la primera en reconocer al nuevo gobierno del narcogeneral – por sus servicios prestados. Gran parte de la millonaria suma oblada a los uniformados argentinos le servirá a estos para montar en Miami, a través de los agentes de inteligencia vinculados al Batallón 601, Leandro Sánchez Reisse, y a la SIDE, Raúl Guglielminetti, en complicidad y con conocimiento de la CIA., dos empresas fantasmas: Silver Dollar y Argenshow, mediante las cuales lavarán fondos que servirán para financiar su guerra secreta en Centroamérica.

Leandro Ángel Sánchez Reisse
Leandro Ángel Sánchez Reisse
Raúl Guglielminetti
Raúl Guglielminetti

Silver Dollar y Argenshow habían canalizado 30 millones de dólares del narcotráfico que fueron girados vía Panamá hacia Suiza, Lichtenstein, Bahamas e Islas Cayman. El dinero, dijo, terminó en manos de los contras nicaragüenses.

Según el testimonio dado al Congreso de los EE.UU. en 1987 por un miembro del 601, Leandro Sánchez Reisse -al ser detenido  en Ginebra, Suiza, en 1982, cuando intentaba cobrar el rescate del banquero uruguayo Carlos Koldobsky, secuestrado en Buenos Aires- se había instalado entre 1978 y 1981, en Fort Lauderlade, Florida, un negocio encubierto, centro de operaciones del batallón 601 y a través del cual la CIA colaboraba con esa unidad de inteligencia con información y recursos. Lo que confirma que “los argentinos hicieron de la clandestinidad un negocio”. Pero, además, que la CIA, pese a los esfuerzos de Carter en reducir su poder, también clandestinamente financiaba a los contras, como los dirigentes nicaragüenses Edgar Chamorro y Sam Dillon.

Edgar Chamorro
Edgar Chamorro

 

 

 

 

 

Sam Dillon
Sam Dillon

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Precisamente a mediados de 1980, el ex director de la CIA, Vernon Walters y un contra nicaragüense Francisco Aguirre Baca se reunieron con Viola, Davico y Valín para coordinar las actividades en la región.

Vernon Walters
Vernon Walters
Francisco Aguirre Baca
Francisco Aguirre Baca

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sánchez Reisse reveló también que la CIA estaba al tanto de las actividades de las dos empresas de Florida desde mediados de 1980 y que dio su visto bueno para las operaciones de lavado. El contador del Batallón 601 reveló al subcomité del Senado la participación argentina en los prolegómenos del Irán-gate.

Confesó que un argentino (Héctor Villalón), implicado en el secuestro, en 1977, de Luchino Revelli Beaumont, director de Fiat en Francia, propuso a la CIA, por intermedió de Anthony Mac Donald, presidente del First City Federal Bank de Nueva York, contratar a cincuenta mercenarios argentinos para infiltrarse en Irán e intentar el rescate de los 52 rehenes estadounidenes en poder del Ayatollah Khomeini.

El plan no prosperó por las exigencias de los argentinos sobre los seguros de vida, según Sánchez Reisse.La empresa Silver Dollar sirvió de pantalla para los primeros suministros de armas a los contras. Las transacciones iniciales se realizaron por intermedio de Norman Faber, un socio del entonces director de la CIA, William Casey, en otra empresa fantasma “Hold-Dicker”que sirvió para desviar dinero a los contras.

Norman Faber
Norman Faber
William Casey
William Casey

Se presume que en fechas tan tempranas como 1982, George Morales, un traficante colombiano nacionalizado estadounidense, operó con los asesores argentinos en el contrabando de armas hacia El Salvador, con destino a la contra,en vuelos realizados con los aviones de su empresa de taxi aéreo Aviation Activities Corporation, de Miami. Los aviones eran autorizados por la CIA para regresar con cargamentos de cocaína, siempre que se donara un porcentaje para la contra. Morales declaró al abogado Jack Blum, asesor del Subcomité, que derivó unos cuatro millones de dólares.

Junto con Sánchez Reisse y con Raúl Guglielminetti, operó en Centroamérica, especializado en cuestiones financieras, otro agente de la SIDE, Juan Martín Ciga Correa, alias “mayor Santamaría”, de vasta filiación ultraderechista. Ciga Correa está procesado y con captura solicitada por la justicia argentina, por el asesinato, en 1974, del ex comandante del Ejército chileno, Carlos Prats Gonzalez; también ofició de enlace entre los agentes de la DINA chilena Michael Townley y Enrique Arancibia Clavel, y la organización de ulraderecha Triple A, para la planeación y ejecución del atentado contra Prats y su esposa.

Prats y esposa
Prats y esposa
Enrique Arancibia Clavel
Enrique Arancibia Clavel

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ciga se involucró además con Guglielminetti en negocios de tráfico de armas y en secuestros extorsivos realizados en Costa Rica. Posteriormente se lo identificó como asesor de los escuadrones paramilitares que operan en ciertas regiones del estado de Chiapas.

Es precisamente en agosto de 1980, cuando en Honduras, los EE.UU. y la Argentina apoyan el ascenso del durísimo general Gustavo Alvarez Martínez, comandante de la Fuerza de Seguridad Pública (Fusep), la policía política que dependía del Ejército, un militar que había sido colega de Viola y alumno de Videla en el Colegio Militar de la Nación en los tempranos años sesenta.

General Gustavo Alvarez Martinez
General Gustavo Alvarez Martinez

Álvarez Martínez, fue el fundador del temido “escuadrón de la muerte” denominado como “Batallón 3-16”. La finalidad de éste cuerpo de élite era el combate y expansión comunista en Centro América y de las fuerzas rebeldes anti gubernamentales; entre ellas el FSLN (Frente Sandinista de Liberación Nacional) de Nicaragua, el FMLN (Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional) en El Salvador y Guatemala, que ayudaban de una u otra forma a los guerrilleros hondureños minoritarios en pertrechos y hombres.

Al iniciarse el reclutamiento del “Batallón 3-16” fueron escogidos: 25 reclutas hondureños los cuales recibieron entrenamiento de inteligencia encubierta, en una ubicación no identificada del suroeste de los Estados Unidos de América, allí recibieron instrucción en técnicas de interrogatorios y supervisión, dadas por instructores estadounidenses. Estos hombres regresaron a Honduras a trabajar en el Batallón 3-16, y continuaron su entrenamiento con la asesoría de instructores argentinos y norteamericanos.

El Batallón 3-16 empleaba un Modus operandi que se asemejaba a las tácticas de los escuadrones de la muerte en Argentina.” Los oficiales hondureños que participaban en ese Batallón  “no solo recibieron un extenso entrenamiento militar estadounidense, también eran oficiales de la línea dura que compartían la visión geopolítica de los EEUU”. De esta forma, “el ejército hondureño se integraba a un aparato militar hemisférico controlado por los EEUU.

El grupo de tareas argentino que operó en Honduras y en la región estuvo a cargo del coronel Osvaldo Riveiro (“Balita”): se mantenía por entonces en contacto directo y a las órdenes del general Guillermo (“Pajarito”) Suárez Mason. Los ex presidentes argentinos Videla, Viola y Galtieri planificaron y monitorearon la exportación de lo que en Centroamérica se conocería como “el método argentino” de terrorismo de Estado. El general Alberto Alfredo Valín y el coronel Mario Davico fueron otras dos figuras clave en el montaje del andamiaje represivo; también operaron allí los capitanes Héctor Ricardo Francés García y Santiago Hoyas y el coronel Jorge de la Vega. La mayoría de los oficiales había formado parte del Batallón 601 de Inteligencia del Ejército. Otros célebres personajes que desplegaron allí sus talentos fueron los servicios Raúl Guglielminetti, Juan Martín Ciga Correa y Leandro Sánchez Reisse; éste reconoció en Estados Unidos, al ser detenido, la megaestructura paramilitar y sus lazos con el narcotráfico. Llegó a haber, en Honduras, 150 oficiales argentinos.

Según numerosos testigos, los oficiales argentinos estaban establecidos en el hotel Honduras Maya. “Les gustaba ir al Casino Montecarlo, el restaurante de carnes escaleras abajo, al bar y a la discoteca, que se llenaba de mujeres los viernes a la noche.”

El ex capitán hondureño Billy Joya Améndola, acusado de violaciones a los derechos humanos cometidas durante los ’80 y luego ministro asesor del presidente de facto Roberto Micheletti, puede presumir de haber sido instruido por expertos.

Billy Joya Améndola
Billy Joya Améndola

Aprendió de los militares represores argentinos que llegaron por esa época a su país para impartir cursos de seguimiento, secuestro, tortura, asesinato y desaparición de personas. Compenetrados como estaban, por entonces, en el exterminio de lo que llamaban “comunismo apátrida marxista leninista”, una banda de especialistas en submarino seco y otras aberraciones se radicó en Honduras para asesorar en la creación del Batallón de Inteligencia B3-16 –usina de los escuadrones de la muerte– y, también, para fogonear la guerra sucia en Centroamérica, sobre todo contra Nicaragua, Guatemala y El Salvador.

Y Joya operó, en el B3-16, como enlace con esos asesores.

La vigilancia y acción contra la subversión doméstica hondureña fue inicialmente responsabilidad de las Fuerzas de Seguridad Pública (FUSEP), el brazo policial de las fuerzas armadas hondureñas. Dentro de las FUSEP, una unidad de contrainteligencia denominada «Unidad Especial» proporcionaba apoyo técnico para el embargo de armas entre Nicaragua y El Salvador, mientras que la Dirección Nacional de Investigaciones (DNI) se encargaba de las investigaciones.

Otra unidad secreta, una organización paramilitar de derechas mantenida por la DNI y conocida por «Ejército de Liberación Anticomunista de Honduras (ELACH)», llevó a cabo operaciones contra izquierdistas hondureños, con un estrecho parecido a un escuadrón de la muerte dirigido por el gobierno.

En un cable desclasificado del Departamento de Estado sobre una reunión el 6 de febrero de 1981, el embajador de EE.UU., Jack Binns apuntó: «Álvarez hizo hincapié en que las democracias y ‘occidente’ son blandos, quizá demasiado para resistir la subversión comunista. Los argentinos, dijo, se han enfrentado a la amenaza de forma efectiva, identificando y ‘ocupándose’ de los subversivos: su método, opinó, es la única manera eficaz de afrontar el reto».

La cúpula militar argentina festejó el ascenso de Álvarez Martínez y presintió el cambio de aire definitivo cuando en octubre de 1980, finalmente, Carter termina autorizando un programa de acción encubierta de la CIA en apoyo de las organizaciones antisandinistas, enviando un millón de dólares para financiar a grupos de prensa, sindicales y políticos dentro de Nicaragua que conspiraban contra el gobierno revolucionario.

La cruzada argentina

Ya a fines de 1980, se registran acciones de paramilitares entrenados por los argentinos en Guatemala, Costa Rica y dentro de Nicaragua. Cuando Reagan asume la presidencia en enero de 1981, las Fuerzas Armadas argentinas deciden convertirse abiertamente en su fuerza expedicionaria en América Central. El nuevo secretario de Estado estadounidense es Alexander Haig, el nuevo embajador en Buenos Aires es Harry Shlaudeman. En Honduras, desembarca como embajador estadounidense John Negroponte, un halcón de la Guerra Fría.

Alexander Haig
Alexander Haig
Ronald Reagan y Harry Shlaudeman
Ronald Reagan y Harry Shlaudeman
John Negroponte
John Negroponte

En Buenos Aires, Viola está por asumir como presidente, en marzo de 1981, y su comandante en jefe del Ejército es el General Leopoldo Galtieri. Davico, Muzzio y Valín son ya la plana mayor de la operación Centroamérica, mientras Riveiro, el coronel Luis J. Arias Duval, el mayor Martín Ciga Correa, y capitanes como Francés y Hoya son los enlaces e instructores más prominentes del GTE argentino. En El Salvador, en tanto, la guerrilla del Farabundo Martí había comenzado en enero de 1981 una ofensiva militar a gran escala apoyada por el gobierno sandinista. Para Washington, ya no había tiempo que perder.

Un documento secreto fechado un mes después, el 26 de febrero de 1981, dirigido a Haig de parte de Vernon Walters, nombrado a la sazón por Reagan como embajador extraordinario para la guerra en Centroamérica, da cuenta con una precisión hasta ahora desconocida del conocimiento y aval de los EE.UU. a las operaciones clandestinas de los militares argentinos en Honduras y El Salvador.

También de cómo Viola usaba ese prestigio de ser un aliado clave para pelear su interna criolla en la junta militar y lograr asegurarse la sucesión de Videla como presidente. Pero, al mismo tiempo, cómo Galtieri ve en la alianza con los EE.UU. la mayor palanca para su futuro político. Y pide hacer más y más coordinación con la CIA.

Escribe Walters a Haig— pero vía la embajada en Santiago de Chile, al mejor estilo conspirador— “Durante mi visita al comandante en jefe del ejército, Galtieri, me informó sobre la ayuda argentina a los gobiernos de El Salvador y Honduras. a) Argentina había proporcionado adistramiento de inteligencia a 40 oficiales hondureños a través de 5 a 8 cursos (…) b) El ejército argentino tenía unos cincuenta oficiales operando en la zona del Caribe.; c)Diversos oficiales salvadoreños habían sido entrenados por especialistas argentinos antiguerrilla, d) Argentina estaba dispuesta a hacer más pero debemos tener una reunión para definir quién debe hacer qué cosa. e) Argentina había abierto dos oficinas de agregados militares en Centroamérica. Comentario: El ejército argentino claramente emprendió una importante actividad y haría más. Pidió intercambio regular de información sobre la zona y mantener reuniones para definir exactamente qué es lo que quisiéramos que haga. Todo lo que tenemos que hacer es decirle qué hacer.”

Un documento secreto del 3 de marzo de 1981, semanas antes de que Viola fuera ungido Presidente en reemplazo de Videla, el embajador especial de Reagan, Walters informa también vía la embajada en Santiago a su jefe Haig, de las reuniones ocurridas con los comandantes de la junta,  el 26 de febrero con Galtieri, el brigadier Omar Graffigna, el almirante Armando Lambruschini y el general Davico. Walters cuenta que Grafigna lo criticó porque EE.UU. no había hecho a tiempo, como los argentinos, los deberes contrainsurgentes en América Central. Y que con Lambruschini le ocurrió lo mismo que con Graffigna.

Brigadier Omar Graffigna
Brigadier Omar Graffigna

 

Almirante Armando Lambruschini
Almirante Armando Lambruschini

Que con Galtieri, que estaba acompañado por Davico, el almuerzo fue más distendido. “El insistió en que la Argentina ayudaría de todas las formas posibles.”. Walters dijo que Davico “pidió que retomáramos las conferencias de inteligencia y el intercambio de información (…)”. Lo más interesante de este documento, sin embargo, no es la ratificación que consigue Walters del alineamiento argentino en Centroamérica, sino la defensa de Galtieri del narco-gobierno boliviano. “Hablamos de Bolivia, y en esto estuvo menos colaborador. Dijo que, si se sacaba a Arce del poder, el régimen no podía durar y que la Argentina no podía tolerar un foco comunista en la frontera. Dijo que venía mucha más droga de Colombia pero como ésta mantenía una fachada democrática nadie se quejaba. (…) Dijo que el régimen de García Meza no podría sobrevivir sin Arce y que, si él se iba, la extrema izquierda tomaría el poder.” Galtieri no lo dijo, aunque después se sabría, que estaba defendiendo los narcodólares que financiaban parte de las operaciones clandestinas contrainsurgentes. Walters termina el documento con un comentario que lo muestra feliz por el clima amistoso y franco que vivió. “Supongo fue una retribución por el espíritu sumamente servicial del presidente Videla y de el presidente electo Viola”. A esas reuniones lo había acompañado el embajador en Buenos Aires, Shlaudeman.

En 1981 se realizó en Buenos Aires el cuarto congreso de la Confederación Anticomunista Latinoamericana (CAL), filial de la liga Anticomunista Mundial (World Anti-Communist League, WACL), presidido por Suárez Mason, con la presencia de Woo Jae Sung, de la Liga Anticomunista y de la Secta Moon; representantes de la P-DUE, líderes de la contra nicaragüense y de la organización terrorista cubano americana Alpha 66 y otros grupos.

Woo Jae Sung y Monseñor Plaza
Woo Jae Sung y Monseñor Plaza

A ese Congreso no faltaron los jefes de los escuadrones de la muerte de El Salvador, Roberto D’Aubisson, y Guatemala, Mario Sandoval Alarcón, además participaron los grupos fascistas italianos, el general argentino Eduardo Viola, y varios coroneles, que llevarían adelante la llamada ‘Operación Calipso’ dentro de la Operación Cóndor en Centroamérica.

Roberto D'Aubisson
Roberto D’Aubisson
Mario Sandoval Alarcón
Mario Sandoval Alarcón

Participaron en esas reuniones John Carbaugh y Margo Carlisle, asistente del senador Jesse Helms, y ayudante del senador James McClure, respectivamente, y también delegados paraguayos y chilenos, y allí se prometió la entrega de ocho millones de dólares aportados por la Liga Anticomunista Mundial.

John Carbaugh
John Carbaugh

Todos nombres ligados, tanto a la represión en Argentina como en Centroamérica, además al tráfico de drogas que iba a las bases de la Fuerza Aérea de El Salvador y desde allí a Estados Unidos, bajo control de la CIA y sus hombres como Posadas Carriles, requerido por la justicia venezolana. Ese dinero servía para los contras y los escuadrones de la muerte de la región, que tienen en su haber miles de crímenes de lesa humanidad.

Lo cierto es que las operaciones clandestinas en Centroamérica en el período en que Galtieri es jefe del ejército, y luego cuando asuma como presidente en diciembre de 1981, tendrán su período más álgido. Los últimos documentos desclasificados de junio del 81 y enero de 1982 a los que se tuvo acceso  dan cuenta de las denuncias sobre el tráfico de armas y la entrega de dinero a la contra nicaragüense por parte de Davico— unos 50 mil dólares— y de las denuncias internacionales que la Argentina comienza a recibir por casos de tortura dirigidas por argentinos a hondureños y salvadoreños.

Recién un año después de la Guerra de Malvinas, el gobierno de Reagan tomará abiertamente en sus manos la operación en América Central. La CIA reemplazará a sus viejos aliados del batallón 601, dispersados y transformados, en tiempos de Reynaldo Bignone, en los restos agonizantes y corrompidos de esa “gesta internacional” de la dictadura.

Reynaldo Bignone
Reynaldo Bignone

Una historia oscura a ser iluminada

Fuente: Julieta Rostica

              Recopilación propia de diversos artículos y libros

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