En la discusión cotidiana sobre el fenómeno populista, el papel de la cultura y de las ideas no se trata a fondo. Las explicaciones económicas suelen prevalecer, centrándose en factores materiales tales como la abundancia de materias primas que incentivan el discurso redistributivo, la existencia de amplios sectores de la población en condiciones de pobreza y la debilidad institucional, entre otros. Todos estos factores resultan relevantes, sin duda, pero no son necesariamente de mayor impacto que las creencias que predominan en una sociedad. En el caso de América Latina y España, el rol de los intelectuales, de la cultura y de ciertas instituciones como la Iglesia católica han sido determinantes en la prevalencia de discursos e ideologías que conducen a políticas nacionales ruinosas, e incluso han contribuido decisivamente a que países como Argentina y Chile destruyan los fundamentos de su éxito.

Para entender el fenómeno populista, especialmente en su variante totalitaria, es fundamental saber que este se sirve de todo un lenguaje y un aparataje intelectual creado especialmente para destruir la libertad y justificar las aspiraciones de poder del líder. El lenguaje, especialmente el político, es la herramienta más efectiva para manipular las mentes de las masas.

En América Latina las ideologías son materias de fe antes que de razón, y subsisten pese a las abrumadoras pruebas en contrario. Proliferan de la mano de intelectuales que pretenden una y otra vez llevar adelante sus proyectos socialistas fracasados, condenando a las poblaciones completas a la opresión y la miseria.Todo el pensamiento filosófico latinoamericano se encuentra atravesado de marxismo, que ha tenido un impacto institucional considerable.

Cabría preguntarse por cómo le iría a América Latina si, en lugar del marxismo, el mercantilismo y el socialismo en sus diversas variantes, las ideas que predominaran en la discusión académica y política fueran las de la sociedad libre: el respeto por los derechos de propiedad, la libre competencia, la estabilidad monetaria, la protección de las inversiones nacionales y extranjeras, el respeto por la libertad de expresión, por las libertades políticas, la libertad de emprender, la democracia liberal, la ausencia de privilegios estatales, la apertura comercial, el gobierno limitado y el Estado de derecho.

Al analizar la influencia intelectual marxista en América Latina, surge la figura del teórico italiano Antonio Gramsci y su concepto de intelectuales orgánicos. No sería una exageración decir que Gramsci es uno de los intelectuales más influyentes que haya producido el marxismo.

Antonio Gramsci
Antonio Gramsci

Gramsci fue presidente y fundador del partido comunista italiano y escribió sobre una gran variedad de temas. Lo más conocido de su trabajo es la idea de hegemonía cultural y el rol que los intelectuales deben cumplir en su construcción.La hegemonía consiste en convencer a quienes son gobernados de la validez del sistema establecido y protegido por el poder estatal, y eso es un trabajo que debe realizarse en el ámbito de las ideas y la cultura.

Gramsci pensaba que era fundamental organizar la escuela de acuerdo a principios comunistas, así como infiltrar todas las instituciones de la sociedad civil posibles, incluyendo Iglesia y universidades, de modo que se construyera así la hegemonía cultural que permitiría el avenimiento del orden socialista. Pues, según Gramsci, existían dos esferas básicas de hegemonía: la «sociedad civil», compuesta por clubes, asociaciones voluntarias, iglesias y todo tipo de organizaciones privadas; y la «sociedad política», compuesta por las instituciones estatales, como las cortes, las oficinas públicas y todo lo que constituye el Estado. Es una confesión del adoctrinamiento que hemos visto en Argentina en los gobiernos peronistas.

Jamás ha existido un solo país en que el socialismo no haya conducido a la dictadura y la miseria. Y, sin embargo, los intelectuales socialistas insisten en que sólo si los dejaran intentarlo una vez más, ahora sí que funcionaría su utopía. Su fracaso nunca es el de sus ideas, siempre es culpa de las fuerzas de la oposición, aun en regímenes en que esta se encuentra totalmente aplastada por los mismos dictadores socialistas que ellos respaldaron. El socialismo jamás se reconoce el responsable de la miseria y los crímenes cometidos en su nombre. Si tan sólo se hiciera bien, por la gente indicada, este sería un éxito, piensa el ideólogo.

El socialismo es una doctrina cuya interpretación de la realidad económica está equivocada y que, por tanto, jamás podrá producir otros resultados que opresión cultural y miseria. Del mismo modo, su visión del hombre es falsa, lo que invariablemente llevará a que su proyecto de construir una sociedad ideal termine en baños de sangre y dictaduras atroces. Los intelectuales que apoyaron a Hugo Chávez y los demás movimientos socialistas y populistas en América Latina son, de este modo, responsables del desastre humanitario, democrático y económico en que se encuentran estos países.

La lucha por la hegemonía cultural, como hemos dicho, es de máxima importancia para entender por qué América Latina —y en parte Europa— se encuentra en la lamentable situación actual. No podemos, sin extendernos en demasía, realizar un análisis de cómo se ha producido esta batalla en cada país latinoamericano, y, además, tampoco resulta necesario para probar este punto. Por lo mismo, vamos a referirnos a dos casos emblemáticos que vale la pena analizar por su relevancia histórica y simbólica: Chile y Argentina.
Estos países vecinos lograron convertirse, en épocas distintas y como ningunos otros en la región, en modelos para el mundo. Ambos ofrecen lecciones para toda América Latina e incluso más allá de sus fronteras. Chile es ejemplar porque pasó de estar arruinado en la década de 1970 y de ser un país mediocre las décadas anteriores, a convertirse en un país en las puertas del desarrollo y en un referente mundial respecto a políticas públicas y económicas. Esto ocurrió para, al poco tiempo, volver a caer en recetas populistas con el segundo gobierno de Bachelet. En el caso argentino se dio la misma lógica, pero, como veremos, en una época anterior: de ser un país pobre, pasó a convertirse en uno de los más ricos del mundo, para luego volver al subdesarrollo. Estos son, sin duda, dos de los ejemplos más claros del impacto creador y devastador de las ideas en el desempeño de los países.

Argentina

Durante casi cincuenta años antes de la primera guerra mundial, Argentina creció, en promedio, a tasas del 6 por ciento anual, las más altas jamás registradas en la historia del mundo por entonces.

El famoso Teatro Colón, entre muchos otros edificios que aún permanecen, fue construido en 1908, dando testimonio de la época dorada del país. Millones de europeos abandonaban sus países para llegar a la tierra prometida de Argentina, a tal punto que, en 1914, la mitad de los habitantes de Buenos Aires eran nacidos en el extranjero.
En los rankings de riqueza, Argentina estaba entre los diez más ricos del mundo superando a Francia, Alemania e Italia, mientras que su ingreso per cápita alcanzaba el 92 por ciento del promedio de los dieciséis países más ricos del mundo. Brasil, por hacer una comparación, tenía una población con un ingreso per cápita de un cuarto del argentino. Y esto no sólo se produjo gracias a las exportaciones de bienes primarios. Entre 1900 y 1914, la producción industrial de Argentina se triplicó, alcanzando un nivel de crecimiento industrial similar al de Alemania y Japón. En el período 1895-1914 se duplicó el número de empresas industriales, se multiplicó en tres veces el trabajo en ese sector y se quintuplicó la inversión en el mismo. Todo esto fue acompañado de un progreso social sin precedentes en el país: si en 1869 entre un 12 por ciento y un 15 por ciento de la población económicamente activa pertenecía a los sectores medios, en 1914 la cantidad alcanzaba el 40 por ciento. En el mismo período, el nivel de analfabetismo se redujo a menos de la mitad.

Evolucion riqueza comparativo

Sin embargo, cien años después, en 2015, el presidente Mauricio Macri ha llegado al gobierno de una Argentina convertida en desastre económico, con una de las inflaciones más altas del mundo occidental, unos niveles récord de corrupción, un ingreso per cápita que apenas llega al 43 por ciento del promedio de los dieciséis países más ricos, una inseguridad galopante, una pobreza de un 30 por ciento y una enorme inestabilidad política. Además de todo esto, Argentina ha sido expulsada de los mercados de capitales internacionales. Un dato basta para dimensionar la magnitud de la decadencia argentina: si en 1850 el país tenía un nivel de riqueza equivalente al 30 por ciento de Australia, que posee condiciones naturales similares, en 1914 su nivel de riqueza ya alcanzaba un 70 por ciento del de ese país. En pleno siglo XXI, Argentina nuevamente tiene menos de un cuarto del nivel de riqueza de Australia, es decir, retrocedió más de un siglo en términos relativos. No es con ironía que The Economist, hable de «un siglo de decadencia argentina».

Comparativo EVOLUCION PBI ARGENTINO AUSTRALIANO
Comparativo EVOLUCION PBI ARGENTINO AUSTRALIANO

La presidente Cristina Kirchner comparó a la Argentina con Australia y Canadá, sugiriendo ,entorno a una serie de determinados indicadores ,que la economía argentina goza de mejor salud. Si estuvieras pensando radicarte en algún país, ¿mirarías el déficit/PIB, el stock de reservas, los socios comerciales? O mirarías: ¿cuáles son tus oportunidades de trabajo, la tasa de seguridad, si los políticos roban, la eficiencia de la justicia, las reglas de juego y cuáles son las posibilidades de iniciar tu propio negocio, cómo se respeta tu propiedad y el fruto de tu esfuerzo?

Deberíamos preguntarnos por qué en los últimos diez años solo 400 canadienses y 240 australianos pidieron radicación en la Argentina en tanto que 19.500 argentinos viven y trabajan en Canadá y otros 15.000 hacen lo propio en Australia.

Conforme a datos del Banco Mundial en los últimos cuatro años 200.000 argentinos decidieron emigrar en tanto que Canadá y Australia recibieron 1.000.000 de inmigrantes cada uno.

Otros indicadores, diferentes a los seleccionados por la ex-presidenta, muestran el mayor bienestar relativo de Canadá y Australia respecto de la Argentina:

  • El Índice de Desarrollo Humano elaborado anualmente por la ONU muestra que Australia ocupa el 2do lugar, Canadá el 11 y Argentina el 45.
  • Dicho Indice refleja que Canadá y Australia brinda a sus niños 30% más de tiempo escolar. La escolaridad promedio es de 12 años contra 9 de la Argentina.
  • En términos de Competividad Global (elaborado por el World Economic Forum) Canadá ocupa el puesto 11, Australia el 20 y nuestro país el 94.
  • El Índice de Corrupción elaborado por Transparency International  Argentina ocupa el puesto 102, Australia el 7 y Canadá el 9 (sobre 144 países).
  • El Índice Haciendo Negocios que elabora el Banco Mundial muestra que nuestro país ofrece un entorno poco amigable para hacer negocios, producir riqueza y mejorar, consecuentemente, el estándar de vida. Detrás de Etiopía, Nepal, Pakistán y las famosas Seychelles, Argentina ocupa el puesto 114, muy lejos del puesto 13 de Canadá y el 15 de Australia.
  • En términos de “respeto a la propiedad” el Indice de Competitividad Global ubica a Canadá en el puesto 8, Australia 25 y Argentina 134 muy cerca de Zimbabwe, Chad y Ucrania.
  • La tasa de inflación (impuesto inflacionario) en Argentina ronda el 25-30%. En Canadá y Australia el 1%. Con el agravante que en dichos países hace mas de 20 años que no supera el 5% anual.
  • En Canadá y Australia para vender no hay que pedir permiso.
  • Cualquier pequeña y mediana empresa (pyme) de aquellos países puede comerciar con arancel cero con EE.UU., Europa y China que en conjunto representan el 60% del PIB mundial. Una pyme argentina tiene que gestionar un Registro de Operaciones de Exportación (ROE); un Registro de Operaciones de Importación (ROI) y una Declaración Jurada Anticipada de Información (DJAI) para poder comerciar con el 5% del mundo representado por Brasil, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Venezuela y Guyana.

Es difícil imaginar a migrantes haciendo cocientes con datos de dudosa credibilidad a la hora de evaluar qué país es mejor.

Mas grave que mentir es creerse su propia mentira.

Comparativo Australia-Canadá-USA-Argentina

Afortunadamente, hay esperanza con el nuevo gobierno encabezado por Mauricio Macri, que puso fin a más de una década de degeneración institucional kirchnerista y debe enfrentar la titánica tarea de reconstruir un país cuyos fundamentos han sido socavados por décadas de peronismo.

Mauricio Macri
Mauricio Macri

 

Antes indagar sobre por qué se arruinó Argentina, cabe preguntarse qué ideas e instituciones estuvieron detrás de su éxito anterior; y éstas no fueron otras que el liberalismo clásico —hoy mal llamado neoliberalismo— que tanto detestan los populistas.

Tras independizarse de España, en 1810, el país cayó en un caos que derivó en la dictadura de Juan Manuel de Rosas, derrocado en 1852.

Juan Manuel de Rosas
Juan Manuel de Rosas

Tras su salida, una nueva Constitución fue creada por una de las figuras más relevantes y olvidadas de la historia política argentina: Juan Bautista Alberdi. El genio argentino era un admirador de los padres fundadores de Estados Unidos, especialmente de Thomas Jefferson, y se basó en la Constitución de ese país para elaborar la de Argentina. Como resultado, en términos generales, el país tuvo un orden institucional liberal, es decir, con un Estado limitado. La época liberal fue la de mayor prosperidad económica de la historia del país y es a la que se recuerda como parte del glorioso pasado argentino.

Juan Bautista Alberdi
Juan Bautista Alberdi

Para Alberdi, la clave del éxito de una nación estaba en la libertad y el gobierno limitado,la independencia, la libertad, el culto,  la inmigración libre, la libertad de comercio, la industria sin trabas.

Según Alberdi, la idea de Patria como fusión de los intereses y almas de los individuos suprimía la libertad de las personas, porque se entendía que estas estaban totalmente sometidas a los intereses del colectivo representado en un Estado omnipotente. Para Alberdi, Rousseau era el mejor ejemplo de esta doctrina tiránica, ya que proponía un supuesto contrato social en que todos los miembros de la sociedad eran encarnados por quien detenta el poder.Por ello , esta idea de que el líder encarna al pueblo ha sido siempre la justificación de proyectos populistas y totalitarios en América Latina.Refiriéndose a la diferencia de conceptos entre los revolucionarios franceses y los anglosajones señaló que «los pueblos del Norte no han debido su opulencia y grandeza al poder de sus gobiernos, sino al poder de sus individuos», y que «las sociedades que esperan su felicidad de la mano de sus gobiernos esperan una cosa que es contraria a la naturaleza».

Alberdi advirtió, casi proféticamente, de cuál sería el destino de Argentina y de América Latina si se dejaba engañar por la religión estatista:

“La omnipotencia de la Patria, convertida fatalmente en omnipotencia del gobierno en que ella se personaliza, es no solamente la negación de la libertad, sino también la negación del progreso social, porque ella suprime la iniciativa privada en la obra de ese progreso. El Estado absorbe toda la actividad de los individuos, cuando tiene absorbidos todos sus medios y trabajos de mejoramiento. Para llevar a cabo la absorción, el Estado engancha en las filas de sus empleados a los individuos que serían más capaces entregados a sí mismos. En todo interviene el Estado y todo se hace por su iniciativa en la gestión de sus intereses públicos. El Estado se hace fabricante,constructor, empresario, banquero, comerciante, editor y se distrae así de su mandato esencial y único, que es proteger a los individuos de que se compone contra toda agresión interna y externa. En todas las funciones que no son de la esencia del gobierno, obra como un ignorante y como un concurrente dañino de los particulares, empeorando el servicio del país, lejos de servirlo mejor.”

Eso fue exactamente lo que le ocurrió a Argentina: abandonó las instituciones liberales que la habían caracterizado en su época de gloria para abrazar instituciones populistas, socialistas y estatistas que terminaron por arruinarla, y no sólo económicamente, sino también moralmente. Especialmente tras la Gran Depresión de la década de 1930, y siguiendo una tendencia mundial, Argentina cerró su economía e incrementó dramáticamente el intervencionismo estatal en la misma. Ello fue precedido por un cambio en las ideas dominantes. Como ha explicado Aldo Ferrer en su clásico libro sobre historia económica argentina, la crisis de los años treinta provocó un cambio de las ideas económicas dominantes desde el paradigma liberal hacia un sistema estatista inspirado en las recetas del economista John Maynard Keynes.

La elección del general Juan Domingo Perón, un fascista, terminaría por sepultar definitivamente una proyección que pudo haber sido gloriosa. Con Perón, el comercio fue restringido aún más, el gasto público se incrementó dramáticamente llevando a un aumento explosivo de la deuda, el Estado comenzó a repartir privilegios y beneficios de todo tipo a grupos de interés y a intensificar políticas de industrialización interna. Varias nacionalizaciones se llevaron a cabo, siendo la más famosa la de los ferrocarriles, que terminó en un completo desastre. El crecimiento económico se redujo y la inflación se disparó, pasando de un 3,6 por ciento, en 1947, a un 15,3 por ciento, en 1948, y un 23,2 por ciento, en 1949, deteriorando así gravemente el poder adquisitivo de las clases trabajadoras. Las exportaciones como porcentaje del producto interior bruto (PIB) siguieron cayendo debido al ataque del gobierno a los productores nacionales. En suma, Perón introdujo un cáncer populista del que Argentina jamás se recuperaría.

Aprovechando la popularidad preguerra de las ideas fascistas, Perón convirtió a la Argentina en un país corporativista, con poderosos intereses organizados —grandes empresas, sindicatos, militares, agricultores— que negociaron con el Estado y con los demás para obtener una posición y recursos. Él incitó pasiones nacionalistas vivó pretensiones de grandeza y persiguió estridentemente políticas antiestadounidenses. Nacionalizó gran parte de la economía y puso barreras comerciales para defenderla. Cortó enlaces de la Argentina a la economía del mundo, que había sido una de sus grandes fuentes de riqueza, incrustó la inflación en la sociedad y destruyó las bases de un crecimiento económico sólido. También fue muy popular, hasta la muerte de Evita en el año 1952. A partir de entonces, sin embargo, la economía se hizo tan caótica y su régimen tan dictatorial que fue destituído por la Revolución Libertadora en 1955 pasando al exilio.Desde allí siguió influyendo negativamente en la historia política,social y económica argentina.( Este tema está desarrollado en esta página en la secuencia Peronismo en el siglo XXI?)

Nada cambió en Argentina en lo fundamental desde entonces hasta la era de los Kirchner. Estos fueron, en realidad, fieles herederos de la tradición fascista de Perón en un país en que el liberalismo fue marginado como fuerza rectora de la discusión pública. Es crucial notar que el kirchnerismo, que hizo retroceder fuertemente a Argentina, contó con un programa hegemónico apoyado en la clase intelectual de ese país.

La configuración del kirchnerismo requirió de cubrir puestos clave ligados a la política y la gestión cultural. La gestión políticocultural y los nuevos proyectos impulsados por el gobierno de los Kirchner exigieron la participación de intelectuales en cargos operativos en la televisión pública, el canal Encuentro, la Biblioteca Nacional y diferentes institutos ligados a la cultura, las ciencias y las artes.

El rol de los intelectuales fue especialmente relevante para el proyecto kirchnerista cuando se desató el conflicto entre el gobierno y el campo, producto de las retenciones arbitrarias impuestas a las exportaciones de soja en 2008, práctica que también había implementado Perón bajo idénticos argumentos a los de Cristina Fernández de Kirchner. En esa oportunidad se creó todo un aparato de defensa del gobierno por parte de intelectuales con el objeto de dar una verdadera batalla cultural a favor del kirchnerismo.Este grupo de intelectuales prokirchneristas se autodenominó Espacio Carta Abierta, en alusión a la carta abierta que en tiempos de la dictadura militar argentina había  enviado Rodolfo Walsh a los líderes del régimen denunciando los crímenes que este cometía. Si bien muchos dudan de su efectividad y del impacto del grupo que apoyó al gobierno, es interesante notar que en la primera carta abierta, firmada por 750 intelectuales y lanzada en la librería Ghandi de Buenos Aires, en presencia de Néstor Kirchner, los signatarios dejaron claramente establecida la relevancia de la lucha por la hegemonía cultural para consolidar el proyecto populista.

Carta abierta

El texto denuncia que los medios de comunicación habían creado un clima «destituyente» y golpista, y que dichos medios privatizaban «las conciencias con un sentido común ciego, iletrado, impresionista, inmediatista, parcial» y alimentaban «una opinión pública de perfil antipolítica, desacreditadora de un Estado democráticamente interventor en la lucha de intereses sociales».

La carta sostenía que resultaba necesaria una «decisiva intervención intelectual, comunicacional, informativa y estética en el plano de los imaginarios sociales» como manera de defender proyectos democráticos populares. Entre 2008 y 2011, se libró una verdadera batalla cultural que tuvo como plataforma central «cada escenario prestado por la cultura», incluyendo los medios de comunicación, los estadios de fútbol, el teatro, la música, la televisión y otros foros en que la mayoría de las posturas eran kirchneristas.Y todo esto liderado por intelectuales de diversas edades y círculos.

El conocido escritor, profesor universitario, periodista y activista kirchnerista Eduardo Jozami, quien sostiene que, a diferencia de otros autores marxistas, el pensamiento de Gramsci no ha perdido su influencia en Argentina y que la estrategia del gobierno kirchnerista fue abiertamente gramsciana y democrática.

Eduardo Jozami
Eduardo Jozami

Néstor Kirchner actuó de acuerdo a sus ideas acercándose a un grupo de intelectuales que lo ayudaran a dar la batalla cultural. Un ejemplo de ello serían las reuniones que mantenía con el filósofo José Pablo Feinmann, quien se convirtió en una especie de asesor de Néstor Kirchner en materias de táctica y estrategia para conseguir apoyos en lo referido a conciencia ciudadana.El gran desafío kirchnerista era «dar la batalla cultural» para dar legitimidad al gobierno, función en la cual los «intelectuales orgánicos» de que hablaba Gramsci resultan esenciales.Pese al declive de partidos tradicionales de izquierda, el kirchnerismo ocupaba «el espacio real de izquierda y centroizquierda en el espacio político argentino» en el contexto de «una cultura y unos valores de izquierda con influencia en la sociedad y también en el sistema político».Para la izquierda argentina, la batalla es esencialmente de tipo gramsciana, y lo seguirá siendo aun tras el colapso del proyecto kirchnerista.

José Pablo Feinmann
José Pablo Feinmann

Con el socialismo del siglo XXI, la izquierda dura latinoamericana busca una nueva forma de alcanzar el socialismo marxista dejando de lado la lucha armada y basándose en las ideas de Gramsci sobre dominar primero la cultura, en las de Carl Schmitt sobre dividir a la sociedad en amigos y enemigos, en las de Paulo Freire sobre su “pedagogía del oprimido” , la pedagogía de Jean Piaget para manipular y adoctrinar a generaciones de latinoamericanos y en las ideas de Ernesto Laclau, que justifica y describe la manera de pasar por encima de las instituciones republicanas manipulando las demandas sociales.

No se trata entonces, como creen algunos, de que el populismo argentino carezca de fundamentos ideológicos y consista sólo en estrategias de poder. El fenómeno más bien se encuadra en las estrategias de hegemonía cultural que planteó el socialismo del siglo XXI. Esto es algo de lo cual deberían tener plena consciencia quienes pretenden derrotar duraderamente al peronismo, ya que, de lo contrario, el gobierno de Macri podría terminar siendo nada más que un puente para el regreso de un peronismo incluso más agresivo.

Lo cierto es que las ideologías impactan decisivamente en las instituciones formales e informales con las que cuenta un país. Perón, claramente, se encontraba bajo la influencia de las ideas fascistas, y no es una exageración decir que los Kirchner también lo estuvieron, sin perjuicio de su afán de usar el poder para servirse de él, algo que, por lo demás, han hecho todos los líderes populistas y totalitarios desde Hitler y Lenin hasta Castro. Que Cristina Fernández de Kirchner, siguiendo una lógica totalmente gramsciana, haya creado el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego, entre sus muchas otras estrategias para manipular la información y la opinión pública (aunque no tenga mayor credibilidad), algo dice del proyecto cultural de la clase peronista argentina.

Instituto manuel dorrego

El mencionado instituto declara en su página web su claro objetivo de falsear la verdad afirmando que «existen dos historias, como existen dos Argentinas: de un lado la minoritaria y extranjerizante, del otro lado la popular y nacionalista». La historia del pueblo es la historia que contaba Cristina Fernández de Kirchner, y todo aquello que la contradecía era conspiratorio y enemigo del pueblo, así como la historia que cuenta el diario oficialista cubano Granma es la historia de Fidel y del Partido Comunista de Cuba, supuestamente representante del pueblo. Claramente, esto responde a una estrategia de poder, pero fundada en ideología.

Otro ejemplo de penetración ideológica lo constituyó la creación  de la Secretaría de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional en junio de 2014 a cargo del filósofo kirchnerista y co-fundador de Carta Abierta Dr. Ricardo Forster quien expresó que se defendería la postura y las políticas del gobierno de Cristina Kirchner.

Ricardo Forster
Ricardo Forster

¿Por qué predominan instituciones relativamente liberales en algunos países y desviaciones populistas y totalitarias en otros?; ¿por qué el populismo radical se arraiga en Argentina y brota tan fácilmente en América Latina y no en Estados Unidos o Suecia, aunque tampoco estén a salvo?

Parece claro que el populismo no puede concebirse como una mera estrategia de poder sin sustrato ideológico, por la sencilla razón de que las instituciones populistas económicas y políticas no subsistirían a la presión popular si no hubiera al menos un grado suficiente de aceptación de esas instituciones por parte de sectores importantes de la población, tanto en su operación como en su legitimidad. Y, en una parte importante, esa aceptación tiene que ver con la hegemonía que ejercen ciertas ideas en lo referido a la conciencia ciudadana. Hoy, los suecos o canadienses no aceptarían la confiscación de empresas extranjeras, un gasto público totalmente fuera de control, un tipo de cambio fijo, etcétera. Ni siquiera los chilenos aceptarían hoy algo así. Y no lo harían porque, al menos por ahora, esas propuestas no son populares como ideas generales para la sociedad. La mejor prueba de ello es que la popularidad de las reformas socialistas de Bachelet se desplomó a los pocos meses de su implementación. Y el rechazo empezó desde el mundo intelectual.

Es verdad que se pueden comprar los apoyos, pero el puro dinero no basta para mantener un régimen a flote, y menos aun explica que, cuando un régimen colapsa por falta de dinero, lo que venga sea más de lo mismo, como ocurrió en Argentina durante décadas. La ideología no puede explicarlo todo, por supuesto, pero sería un error pensar que esta no desempeña un rol relevante para explicar la tragedia argentina con el kirchnerismo y el peronismo en general.

Perón tenía absolutamente claro el rol de la hegemonía cultural y las ideologías como fundamentos de su proyecto político populista. Tanto es así que la Escuela Superior Peronista, inaugurada en 1951, tuvo por objeto difundir e inculcar la doctrina peronista en las masas a fin de hacer sustentable el corrompido modelo institucional del general. Las clases que el mismo Perón dictaba en dicha escuela no dejan lugar a dudas sobre la relevancia que este daba al mundo de las ideas y la cultura. Según el general, para que el peronismo se proyectara en el tiempo, se requería de «poner en marcha no solamente la idea, para que ella sea difundida, sino la fuerza motriz necesaria para que esa idea sea realizada».La misión fundamental de dicha escuela era, por lo tanto, «desarrollar y mantener al día la doctrina» e «inculcarla y unificarla en la masa» para después capacitar a los cuadros conductores.

Como se ve el peligro populista no desaparece con un cambio de gobierno de orientación liberal. Es necesario que ese gobierno desarrolle las políticas sociales y económicas correctas que mejoren la situación del país. Pero también es preciso que se desarrollen tareas de información de los males que el populismo ha producido en la Argentina de una manera descarnada, rápida , sin prejuicios ni miramientos para reculturizar a la población sin entrar en un adoctrinamiento.

Tanto el menemismo como el kirchnerismo ( y sobre todo éste ) han dejado un terreno plagado de robos, crímenes (Nisman y otros) y hechos de corrupción ,sobre el que puede cimentarse una sólida campaña de información veraz y documentada que muestre por qué la Argentina está como está gracias a 70 años de cáncer populista.

De la pronta reacción del gobierno y de la sociedad depende el futuro. Hoy se tienen muchas herramientas de comunicación y deben aprovecharse.

No hay que dormirse, el peligro está latente.

 

Chile

Vamos ahora al caso de Chile, cuya desviación populista es probablemente la mayor novedad de la última década en América Latina. Un país que parecía haber logrado escapar de la lógica populista latinoamericana, de pronto, se vio inmerso en el mismo tipo de ruinosas políticas y discursos ideológicos que su vecino Argentina. El Chile de hoy, como la Argentina del pasado, llegó a ser el país más rico y avanzado de América Latina según todos los indicadores disponibles en las últimas décadas. Y, como Argentina, el país tuvo un período de bonanza desde mediados del siglo XIX hasta la década de 1930, en que la Gran Depresión causó estragos económicos e ideológicos contribuyendo a desbancar la tradición liberal que el país había seguido durante medio siglo. Esta tradición se inició por la influencia del gran economista liberal francés Jean-Gustave Courcelle-Seneuil, quien fue contratado en 1855 por el gobierno del entonces presidente Manuel Montt para asesorar al ministerio de hacienda y fundar la disciplina de economía política en la emblemática Universidad de Chile.El trabajo de Courcelle-Seneuil creó una tradición liberal única en la academia chilena, llevando a un período liberal dominante en políticas públicas.

 Jean-Gustave Courcelle-Seneuil
Jean-Gustave Courcelle-Seneuil

 

 

 

 

 

Manuel Montt
Manuel Montt

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bajo la influencia de Courcelle-Seneuil , Chile privatizó minas, se abrió aún más al comercio internacional y creó un sistema de banca libre de los más radicales que haya conocido el mundo. La banca libre fue un símbolo de la aceptación de la doctrina del laissez faire (dejar hacer) por parte de la clase política chilena.

Bajo un sistema inspirado en estas ideas, Chile tuvo un período de formidable prosperidad: hasta principios del siglo XX, el país experimentó un proceso de convergencia con los ingresos de Estados Unidos, llegando a ser el decimosexto país del mundo en cuanto a ingreso per cápita. Todo llegaría a su fin, como en Argentina, tras la Gran Depresión de la década de 1930, que permitió que las doctrinas socialistas, colectivistas y nacionalistas que ya venían al alza tomaran fuerza y desplazaran el liberalismo como corriente de ideas dominante, lo cual llevó al consecuente reemplazo de las instituciones liberales por otras estatistas y populistas. Entre ellas destacaron las promovidas por la CEPAL, cuya sede se encontraba en Santiago de Chile.

El resultado de este nuevo modelo económico fue, como en Argentina, un fracaso completo.Un contexto de regulaciones extendidas e intervención en los mercados combinado con inestabilidad macroeconómica endémica terminaron en un crecimiento decepcionante por buena parte del siglo XX.

Pero, a diferencia de Argentina, que jamás logro recuperarse, Chile realizó una revolución en las décadas de 1970, 1980 y 1990, en las que regresó a sus orígenes liberales, convirtiéndose en el país más rico, próspero y con la democracia más sólida de América Latina. Chile se convirtió en un «modelo para todo el mundo subdesarrollado», desempeño que fue aun más notable si se considera que el régimen militar del General  Augusto  Pinochet dio paso a una democracia.Desde la izquierda, el premio Nobel de Economía, Paul Krugman, llegaría a afirmar que las reformas liberales chilenas probaron ser «altamente exitosas y fueron preservadas intactas una vez que la democracia se reintrodujo en 1989».En la misma línea, en 2007, The Economist confirmaba el estatus de referente mundial de Chile en materia económica, explicando que en ese país la pobreza había caído «más rápido y en mayor grado que en cualquier parte de América Latina» debido a la «creación de empleos desde mediados de [la década de] 1980». Todo esto fue lo que se conoció como «el milagro chileno», y su base fue un consenso alcanzado en el país por la clase política, que entendió que la economía libre era fundamental para sacar al país adelante y asegurar la supervivencia de la democracia.

Las reformas neoliberales implementadas en Chile durante las décadas de 1970 y 1980, significaron en términos económicos y sociales la proyección de una nueva manera de afrontar el desarrollo de la sociedad, constituyéndose en una revisión radical de la política económica del país durante los últimos tres cuartos del siglo XX. Atrás quedó el control que en dichas materias ejerció el Estado, situación que se agudizó aún más durante el mandato de Salvador Allende Gossens. Finalmente, el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 conllevó la puesta en marcha de una nueva política económica, hasta el momento no aplicada en el país.

Las bases teóricas de la política económica implementada desde 1974 por la dictadura, encabezado por Augusto Pinochet Ugarte, se pueden encontrar en El ladrillo. Este documento fue elaborado, desde agosto de 1972, por los economistas Andrés Sanfuentes, Juan Villarzú y José Luis Zabala Ponce; su propósito fue elaborar un programa económico alternativo al implementado por la Unidad Popular entre 1970 y 1973. Como consecuencia del pesimista diagnóstico que realizaron de la economía nacional, llegaron a la conclusión de la necesidad de liberalizar la hasta entonces cerrada economía chilena, que adolecía de una férrea regulación del Estado, actuando éste como empresario, promotor de la inversión y la industrialización, y anulando la participación de agentes privados en dichas áreas. Además, durante este período se produjo un desequilibrio en la balanza de pagos y una hiperinflación que por mucho tiempo se ubicó en tres dígitos, situación que persistió por algunos años y que se convirtió en uno de los principales objetivos a regularizar por este nuevo modelo económico.

Sanfuentes
Andrés Sanfuentes

 

Zabala
José Luis Zabala Ponce

 

 

 

 

 

 

Villarzú
Juan Villarzú

La primera etapa del modelo neoliberal chileno, que comprendió los años 1974 a 1982, se caracterizó por una férrea ortodoxia de los postulados liberales suscritos por los Chicago boys. Esto se tradujo en una extrema liberalización de las importaciones, sello distintivo de las principales áreas estratégicas: la política anti-inflacionaria, las reformas del sistema financiero y la apertura comercial hacia el exterior. Como respuesta a las políticas contractivas adoptadas durante esos años, se experimentó un elevado índice del desempleo, disminución de los salarios, numerosas quiebras de empresas y desaliento en la formación de capital de inversión, principal motor de crecimiento y progreso.

La crisis cambiaria de 1982-1983, originada por la devaluación del tipo de cambio real, por la duplicación de la deuda externa y por un retroceso de las exportaciones, significó un giro en las decisiones económicas adoptadas hasta ese momento por Pinochet y su equipo asesor. A partir de 1985, con la incorporación de Hernán Büchi como Ministro de Hacienda, se inició una etapa de flexibilización de las políticas económicas, más elástica y pragmática. De este modo se aceleró e intensificó la privatización de las empresas estatales y de los servicios sociales con el objetivo de reactivar la alicaída economía nacional.

Hernán Büchi en 1983.
Hernán Büchi en 1983.

Asimismo, se redefinieron algunas funciones del Estado, con atribuciones subsidiarias y fiscalizadoras de los desequilibrios macroeconómicos. Esto sumado a un notable mejoramiento de los términos de intercambio como consecuencia del precio favorable del cobre y de la reestructuración sustancial realizada en la política fiscal, en las reformas comerciales y financieras y en las reformas sociales, conformaron la totalidad del conjunto de transformaciones económicas propiciadas por el régimen militar y por los gobiernos de la Concertación durante los últimos treinta años.

El modelo neoliberal de la década de 1990 se mantuvo consolidado durante las administraciones de los presidentes Patricio Aylwin Azócar, Eduardo Frei Ruiz-Tagle y Ricardo Lagos Escobar.

Patricio Aylwin Azócar
Patricio Aylwin Azócar
Eduardo Frei Ruiz-Tagle
Eduardo Frei Ruiz-Tagle
Ricardo Lagos Escobar
Ricardo Lagos Escobar

En sus gobiernos se puso énfasis en el gasto público social, privilegiando el crecimiento con equidad, dirigido a reducir la pobreza, disminuir la cesantía y, por sobre todo, resguardar la estabilidad macroeconómica. A pesar de ser éste uno de los períodos de mayor crecimiento económico que ha experimentado Chile durante el siglo XX, el país es considerado todavía como uno de los peores del mundo en términos de distribución del ingreso, factor que se ha constituido en el mayor desafío a combatir. La desaceleración que sufrió Chile en 1998 a causa de la crisis asiática que penetró en toda América Latina y de la exacerbada política monetaria contractiva que ejerció el Banco Central ese año, puso freno a un período de enorme prosperidad económica desarrollada por estos gobiernos democráticos. La aprobación del Tratado de Libre Comercio (TLC), firmado entre Chile y Estados Unidos, constituyó un importante avance para robustecer la inversión extranjera en el país.

¿Qué pasó para que Chile dejara de ser próspero?.

La respuesta tiene que ver, una vez más, con la hegemonía cultural e intelectual que la izquierda chilena logró construir pacientemente durante décadas con el propósito de destruir la credibilidad y legitimidad del sistema de libre empresa. Ya en el año 2000, cuando Ricardo Lagos asumió la presidencia del país, un informe del Ministerio de Planificación chileno elaborado en conjunto con la Universidad de Chile advertía de que la hoja de ruta de los gobiernos de izquierda por venir debía consistir en terminar con lo que llamaban el «sistema neoliberal». La superación de la desigualdad —que venía disminuyendo radicalmente— era un imperativo moral que requería una permanente intervención y acción redistributiva del Estado. El informe, elaborado por intelectuales de izquierda, sostenía que los chilenos «no asumen la ideología de mercado, sino que ven en el modelo que la consagra una de las principales fuentes de desigualdad, la desestructuración de las relaciones y del tejido social que el mismo modelo trae consigo». A este informe se sumarían muchísimos esfuerzos por ir minando la credibilidad del sistema, basados en el igualitarismo sin fundamentos  y que terminó siendo el núcleo del programa económico revolucionario de Bachelet en su segundo gobierno.

Tal fue el éxito de la izquierda chilena en construir una nueva hegemonía —y el fracaso de sus adversarios en preservar la credibilidad del sistema liberal—, que un grupo de asesores de la presidenta Bachelet, en un libro publicado en 2013 con el título El otro modelo, que ofrecía el marco teórico para terminar con lo que los autores llamaban «régimen neoliberal», afirmaron directamente que «hoy se ha abierto un nuevo espacio en la sociedad chilena y una oportunidad para que una nueva hegemonía se afirme».Bachelet y los autores de El otro modelo tenían razón: la hegemonía ideológica en la discusión pública chilena había cambiado desde unas ideas más bien liberales y desde la noción de un Estado subsidiario hacia unas ideas socialistas igualitaristas y proclives a un Estado intervencionista y redistribuidor.

Michelle Bachelet
Michelle Bachelet

La izquierda gobernante, escudada en el manto de moralidad de la causa igualitarista, volvió a polarizar el ambiente y a utilizar la retórica populista de buenos contra malos, el odio de clases y la lógica del pueblo y del antipueblo. Muchas reformas fueron lanzadas al mismo tiempo para dejar en jaque a una oposición desintegrada e intelectualmente derrotada. Así, en Chile se produjo un cambio completo del sistema tributario, que dejó al país con unos impuestos a las empresas más altos que en Suecia y que destruyó los incentivos al ahorro. También se realizó una reforma educativa que volvió a entregar el control de buena parte de la educación al Estado, se instaló la idea de una asamblea constituyente como en Venezuela, se promovió una reforma laboral para empoderar a los sindicatos y hacerlos en la práctica controladores de las empresas, se analizaron propuestas para volver a estatizar el sistema de pensiones y se plantearon medidas para la confiscación de la cotización privada a la salud, entre muchas otras intervenciones.

Como era de esperar, las consecuencias de este nuevo populismo socialista fueron devastadoras, llevando en algo más de un año al país estrella de América Latina a tener los peores resultados económicos en treinta años.

Paralelamente, la inversión se desplomaba, el crecimiento económico caía a la mitad, el gobierno asumía el gasto fiscal más expansivo en décadas, la deuda subía, la inflación superaba lo tolerado por el Banco Central de Chile y la incertidumbre se generalizaba. El gobierno intentó culpar de ello a la caída del precio del cobre, algo que no era verosímil, pues producto de la caída del petróleo los términos de intercambio de Chile quedaron casi iguales, pues el pais importa prácticamente la totalidad del petróleo que consume.

La crisis chilena se produjo debido a la incertidumbre y la destrucción de incentivos derivados de las políticas estatistas del gobierno de Bachelet y no por las condiciones externas.

Lamentablemente para Chile y América Latina, Bachelet, si bien mostró dudar especialmente cuando su hijo se vio envuelto en escándalos de corrupción (caso Caval) , no echó marcha atrás y continuó la agenda populista.Apreciando el peligro que esto representaba, en mayo de 2015, The Economist advertía de que Chile podía correr el riesgo de caer en «el populismo al estilo argentino», y que dependía de Bachelet evitar ese destino. En octubre de ese año, el mismo medio afirmaba que «Chile se enfrentaba a un riesgo real de perder su rumbo» y que la historia culparía «mayoritariamente a Bachelet» de haber destruido las posibilidades de desarrollo del país.

chile-evolucion-perspectivas-crecimiento

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Fuentes:

                  Axel Kaiser y Gloria Álvarez

                 Memoria chilena

                 Recopilación propia de artículos de opinión

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