Poco antes de morir, Simón Bolívar se despedía de este mundo, frustrado, casi al borde de la depresión y profetizando que América Latina no tenía otro destino que el gobierno de tiranos y criminales que harían imposible a la región avanzar, a tal punto que lo único que se podía hacer era «emigrar».La tradición populista del caudillo que no respeta las instituciones —del «tiranuelo», como dice Bolívar—, la falta de gobernabilidad y la búsqueda por construir todo desde cero han sido características recurrentes del panorama latinoamericano.Ha habido, por cierto, períodos mejores en diversos países, pero, en general, ese mal caudillista y refundacional del que Bolívar advirtió en su tiempo sigue penando como un fantasma hasta el día de hoy.

Simón Bolívar
Simón Bolívar (imagen reconstruída en tercera dimensión)

Por eso, todos los días, miles de latinoamericanos deciden abandonar sus países, dejando atrás a sus familias y sus hogares para emigrar a Estados Unidos u otras naciones más prósperas. Buscan sociedades donde puedan perseguir un futuro sin temor a ser asesinados o a quedar condenados a la pobreza, o bien a tener que conformarse con servicios de salud y educación miserables y a ser regidos por gobiernos ineptos y corruptos que los explotan en su beneficio.Lo que ha ocurrido en Venezuela, Argentina, Bolivia, Ecuador, Brasil, Cuba, Nicaragua y Centroamérica, se encuentra todavía a galaxias de distancia de los países desarrollados y a pesar de ciertos avances y señales esperanzadoras, el panorama general de la región latinoamericana es, en estos tiempos, desolador.

El nivel de idiotez, para usar el concepto de Álvaro Vargas Llosa, Plinio Apuleyo Mendoza y Carlos Alberto Montaner, parece haberse incrementado en muchas partes a pesar de todas las pruebas de que el populismo, sea de derecha o de izquierda, es un rotundo fracaso. Incluso Chile, un país que parecía haber superado ese problema, está volviendo a viejas recetas populistas fracasadas, emulando el deprimente camino de su vecina Argentina.

Para dichos escritores en la formación política del perfecto idiota latinoamericano (PIL), además de cálculos y resentimientos, han intervenido los más variados y confusos ingredientes. En primer término, claro está, mucho del vulgo marxista de sus tiempos universitarios. En esa época, algunos folletos y cartillas de un marxismo elemental le suministraron una explicación fácil y total del mundo y de la historia:los culpables de la pobreza y el atraso de nuestros países eran dos funestos aliados: la burguesía y el imperialismo.

Porque , según su creencia, la riqueza está mal distribuida, porque los ricos lo tienen todo y los pobres no tienen nada, porque a medida que crecen sus privilegios, crece también el hambre del pueblo. De ahí que sea necesaria una auténtica política social, de ahí que el Estado deba intervenir en defensa de los desheredados, de ahí que todos deban votar por los candidatos que representan, como él, las aspiraciones populares.

Él hará responsable de la pobreza no sólo a los ricos (que todo lo tienen y nada dan), sino también a los injustos términos de intercambio, a las exigencias del Fondo Monetario Internacional, a las políticas ciegamente aperturistas que nos exponen a competencias ruinosas en los mercados internacionales y a las ideas neoliberales.

Será, además, un verdadero nacionalista. Dirá defender la soberanía nacional contra las conjuras del capital extranjero, de esa gran banca internacional que nos endeuda para luego estrangularnos, dejándonos sin inversión social. Por tal motivo, en vez de entregarle nuestras riquezas naturales a las multinacionales, él reclama el derecho soberano del país de administrar sus propios recursos.

Se opondrá a las privatizaciones porque no se le puede entregar a un puñado de capitalistas privados lo que es patrimonio de todo el pueblo, de la nación entera.

Naturalmente nuestro hombre no está solo. En su partido (de alto contenido social), en el congreso y en el gobierno, lo acompañan o disputan con él cuotas de poder otros políticos del mismo corte y con una trayectoria parecida a la suya. Y ya que ellos también se acercan a la administración pública como abejas a un plato de miel, poniendo allí sus fichas políticas, muy pronto las entidades oficiales empezarán a padecer de obesidad burocrática, de ineficiencia y laberíntica «tramitología». Dentro de las empresas públicas surgirán voraces burocracias sindicales. Nuestro PIL suele adular a estos sindicalistas concediéndoles cuanto piden a través de ruinosas convenciones colectivas. Es otra expresión de su conciencia social. Finalmente aquélla no es plata suya, sino plata del Estado, y la plata del Estado es de todos; es decir, de nadie.

Con esta clase de manejos, no es de extrañar que las empresas públicas se vuelvan deficitarias y que para pagar sus costosos gastos de funcionamiento se haga necesario aumentar tarifas e impuestos . El incremento del gasto público, propio de su Estado benefactor, acarrea con frecuencia un severo déficit fiscal.

En apoyo estas posiciones estatistas, vendrán otros perfectos idiotas a darle una mano: economistas, catedráticos, columnistas de izquierda, sociólogos, antropólogos, artistas de vanguardia y todos los miembros del variado abanico de grupúsculos de izquierda: marxistas, trostkistas, senderistas, maoístas que han pasado su vida embadurnando paredes con letreros o preparando la lucha armada. Todos se movilizan en favor de los monopolios públicos.

El economista ,impregnado de teorías inspiradas en Keynes y otros mentores de la social democracia, y por supuesto en  Marx, hablará de pronto de estructuralismo, término que dejará seguramente perplejo al político populista, hasta cuando comprenda que el economista lo que propone es poner a funcionar sin pudor la maquinita de emitir billetes para reactivar la demanda y financiar la inversión social. Será el feliz encuentro de dos perfectos idiotas. En mejor lenguaje, el economista impugnará las recomendaciones del Fondo Monetario presentándolas como una nueva forma repudiable de neocolonialismo y sus críticas más feroces serán reservadas para los llamados neoliberales.

John Maynard Keynes
John Maynard Keynes
Karl Marx
Karl Marx

Dirá, para júbilo del populista, que el mercado inevitablemente desarrolla iniquidades, que corresponde al Estado corregir los desequilibrios en la distribución del ingreso y que la apertura económica sólo sirve para incrementar ciega y vertiginosamente las importaciones, dejando en abierta desventaja a las industrias manufactureras locales o provocando su ruina con la inevitable secuela del desempleo y el incremento de los problemas sociales.

El subdesarrollo de los países pobres es el producto histórico del enriquecimiento de otros. En última instancia, nuestra pobreza se debe a la explotación de que somos víctimas por parte de los países ricos del planeta.

Como ilustra esta frase, que podría pronunciar nuestro idiota, la culpa de lo que nos pasa no es nunca nuestra. Siempre hay alguien —una empresa, un país, una persona— responsable de nuestra suerte. Nos encanta ser ineptos con buena conciencia. Nos da placer morboso creernos víctimas de algún despojo. Practicamos un masoquismo imaginario, una fantasía del sufrimiento. No porque la pobreza latinoamericana sea irreal —bastante real es ella para los pueblos jóvenes de Lima, las favelas de Río o los caseríos de Oaxaca, las villas miseria del Gran Buenos Aires y Rosario,etc…— sino porque nos encanta culpar a algún malvado de nuestras carencias.

Favelas de Río de Janeiro
Favelas de Río de Janeiro

Nuestra pobreza terminará cuando hayamos puesto fin a las diferencias económicas que caracterizan a nuestras sociedades.

Lo único que tiene algún sentido en este axioma es que en nuestros países hay pobreza y diferencias económicas. No existe una sola sociedad sin diferencias económicas, y mucho menos en los países que han hecho suyas las políticas de igualdad predicadas por los marxistas. Tenemos sociedades muy pobres. No son las más pobres del mundo, desde luego. Nuestro ingreso por habitante es cinco veces mayor que el de los pobladores de Asia meridional y seis veces mayor que el de los humanos del África negra. Aun así, una mitad de nuestros habitantes están sumergidos bajo eso que la jerga económica llama la «línea de la pobreza». Tampoco es falso que hay desigualdades económicas. No es difícil, en las calles de Lima o de Río de Janeiro, cruzar, en el recorrido de unos pocos metros, de la opulencia a la indigencia. Hay ciudades latinoamericanas que son verdaderos monumentos al contraste económico.

No habrá pobreza cuando no haya diferencias… ¿Significa esto que cuando todos sean pobres no habrá pobreza?.Porque todos los gobiernos que se han propuesto eliminar la pobreza a través del método de eliminar las diferencias han conseguido, efectivamente, reducir mucho las diferencias, pero no porque todos se hayan vuelto ricos sino porque casi todos se han vuelto pobres. No se han vuelto todos pobres, por supuesto, porque la casta de poder que dirige estas políticas socialistas siempre se vuelve rica ella misma.

En América Latina podemos dictar cátedra a este respecto.

Para empezar, el rico en nuestros países es el gobierno o, más exactamente, el Estado. Mientras más ricos nuestros gobiernos, mayor la incapacidad para crear sociedades donde la riqueza se extienda a muchos ciudadanos. Se registran casos fabulosos como el de la riqueza conseguida por el petróleo venezolano: doscientos cincuenta mil millones de dólares en veinte años. Eso sí que es riqueza. Ninguna empresa privada latinoamericana ha generado semejante fortuna en la historia republicana. ¿Qué fue de este chorro de prosperidad controlado por un gobierno que decía actuar en beneficio de los pobres?.

Miseria en Venezuela
Miseria en Venezuela

Otro ejemplo: la Cuba de la justicia social,cuyo gobierno se propuso desterrar la miseria de una vez por todas de la isla caribeña, expropiando a los ricos para vengar a los pobres, recibió un subsidio soviético de gobierno a gobierno a lo largo de tres décadas por un total de cien mil millones de dólares. En Cuba, por tanto, el rico ha sido el gobierno. ¿Han visto los cubanos mejorar sus condiciones de vida gracias a estos dineros que su gobierno recibió en nombre de ellos? La ineptitud revolucionaria ha hecho que incluso la riqueza de los ricos gobernantes se reduzca tanto que sólo la camarilla más íntima del poder puede ostentar fortuna monetaria.

Mendigo en Cuba
Mendigo en Cuba

El más rico de todos, el gobierno, dedica sus dineros a todo menos a los pobres (salvo en épocas electorales). Los dedica a pagar clientelas políticas, a inflar las cuentas de la corrupción, a financiar inflación y a gastos estériles como armamento.

Los gobiernos que se dicen defensores de los pobres se hacen ricos y gastan aquello que no roban en cosas que no redundan jamás en beneficio de los pobres. Una cantidad pequeña de esos dineros va dirigida a ellos, a veces, en forma de asistencialismo y subsidio. La inflación que resulta del gasto público siempre neutraliza los beneficios, porque los fondos no son de proveniencia divina o mágica.

Nuestra pobreza está estrechamente relacionada con el progresivo deterioro de los términos de intercambio. Es profundamente injusto que tengamos que vender a bajo precio nuestras materias primas y comprar a alto precio los productos industriales y los bienes de equipo fabricados por los países ricos. Es necesario crear un nuevo orden económico más equitativo.

En 1991, empiezan a abrirse las economías de los países latinoamericanos audazmente a las importaciones —eso que el idiota llama «desarme arancelario».Comercialmente hablando, desde 1991 hasta ahora América Latina le saca un provecho comercial al mercado norteamericano similar al que Estados Unidos le saca al mercado latinoamericano. La mitad de las exportaciones latinoamericanas van hacia Estados Unidos. Si ese país quisiera prescindir de nuestras exportaciones podría hacerlo sin demasiado trauma. El efecto para nosotros sería devastador, pues no hemos desarrollado mercados nacionales capaces de sostener el crecimiento de aquellos productos que hoy tienen salida por el tubo de las exportaciones (por insuficientes que éstas sean en comparación con el ideal o con otras regiones del mundo).Cada vez que una regulación norteamericana le pone una barrera a la importación de un producto latinoamericano —las flores colombianas o los limones argentinos, por ejemplo— se protesta airadamente.La respuesta al deterioro de la importancia de las materias primas es diversificar la economía, ponerse a producir cosas más a tono con una realidad que ha vuelto nuestros productos tradicionales tan obsoletos como los razonamientos de quienes creen que sus bajos precios resultan de una conspiración mundial.

Cuando en nuestros países haya un clima institucional propicio para la empresa, seductor de las inversiones, estimulante para el ahorro, donde el éxito no sea el de quienes merodean como moscas en torno al gobierno para conseguir monopolios (la mayoría de las privatizaciones latinoamericanas son concesiones monopólicas con previo pago de coimas), los pobres irán dejando de ser pobres. Eso no significa que los ricos dejarán de ser ricos. En una sociedad libre la riqueza no se mide en términos relativos sino absolutos, y no colectivos sino individuales. De nada serviría distribuir entre los pobres, en cada uno de nuestros países, el patrimonio de los ricos. Las sumas que le tocarían a cada uno serían pequeñas y, por supuesto, no garantizarían una subsistencia futura, pues el reparto habría dado cuenta definitiva del patrimonio existente.

Lo extraño del capitalismo es que en las desigualdades radica la clave de su éxito, aquello que lo hace de lejos el mejor sistema económico. Mejor: más justo, más equitativo. ¿Qué incentivo puede tener un cubano para producir más si sabe que nunca podrá tener derecho a la propiedad privada de los medios de producción ni al usufructo de su esfuerzo, que será eternamente oveja de un rebaño indiferenciable detrás de un gobernante despótico? Si el incentivo de la desigualdad desaparece, desaparece también el producto total, la riqueza en su conjunto, y lo que queda para distribuir es por tanto más exiguo.La clave del capitalismo está en que el capital crezca por encima del crecimiento de la población. Con el tiempo, lo que parecía un lujo de pocos se vuelve de uso masivo.

El Estado representa el bien común frente a los intereses privados que sólo buscan su propio enriquecimiento.

Esta es una idea propia del populismo de este continente: si la pobreza es el resultado de un inicuo despojo perpetrado por los ricos; si los pobres son cada vez más pobres porque los ricos son cada vez más ricos; si la prosperidad de éstos tiene como precio el infortunio de los primeros, nada más natural que el Estado cumpla el papel justiciero de defender los intereses de la inmensa mayoría de los desposeídos frente a la inaudita voracidad de unos cuantos capitalistas. A fuerza de repetir esta aseveración, que vibra como una meridiana verdad en el aire febril de las plazas públicas populistas, el perfecto idiota termina creyéndosela. Si la dijese sin considerarla cierta, sería un cínico o un oportunista, y no simplemente un idiota refutado contundentemente por la experiencia concreta.(aunque muchas veces ni ellos se la creen por lo que son cínicos , oportunistas y ladrones).

Toda la historia de este siglo, en efecto, confirma a este respecto un par de verdades. En vez de corregir desigualdades, el Estado las intensifica ciegamente. Cuanto más espacio confisca a la sociedad civil, más crece la desigualdad, la corrupción, el despilfarro, el clientelismo político, las prebendas de unos pocos a costa de los gobernados, la extorsión al ciudadano a base de altas tributaciones, tarifas costosas, pésimos servicios y, como consecuencia de todo lo anterior, la desconfianza de este mismo ciudadano hacia las instituciones que teóricamente lo representan. Es ésta una realidad palpable en la mayor parte de nuestros países.

Si el idiota repite un postulado desmentido por los hechos, es sólo porque está embrujado por una superstición ideológica (ej:el peronismo en Argentina en el siglo XXI) .Los males del Estado son para él sólo coyunturales: se remediarían poniendo aquí y allá funcionarios honestos y eficientes. No es un problema estructural. El Estado debe hacer esto o lo otro, repite a cada paso utilizando generosamente ese verbo, el verbo deber, con lo cual expresa sólo un postulado, una quimera, quizás una alegre utopía. El perfecto idiota no acaba de medir toda la distancia que existe entre el verbo deber y el verbo ser, la misma que media entre el ser y el parecer. Nos pinta al Estado como un Robin Hood, pero no lo es. Lo que les quita a los ricos se lo guarda y lo que le quita a los pobres, también.

Sus beneficiarios son pocos: una oligarquía de empresarios sobreprotegidos de toda competencia, que debe su fortuna a mercados cautivos, a barreras aduaneras, a licencias otorgadas por el burócrata, a leyes que lo favorecen; una oligarquía de políticos clientelistas para quienes el Estado cumple el mismo papel que la ubre de la vaca para el ternero; una oligarquía sindical ligada a las empresas estatales,generalmente monopólicas, que le conceden ruinosas y leoninas convenciones colectivas; y, obviamente, una enredadera de burócratas crecida a la sombra de este corrupto estado benefactor.

De los desmentidos dados por la realidad a las especulaciones ideológicas y retóricas de nuestro perfecto idiota, tenemos los latinoamericanos un ejemplo aún más próximo: el agotamiento y fracaso del modelo de la CEPAL basado en la teoría de la dependencia. Según dicha teoría, típica expresión de las concepciones tercermundistas, los países ricos se las habrían arreglado para dejarnos en el subdesarrollo acentuando el carácter dependiente de nuestras economías y sometiéndonos a injustos «términos de intercambio». De semejante fábula surgió una política económica llamada del desarrollo hacia adentro, o de sustitución de importaciones, que exigía un Estado altamente dirigista y regulador para júbilo de nuestro idiota.

El Estado interventor y regulador, supuesto corrector de desigualdades económicas y sociales, también es el padre de una burocracia frondosa y parasitaria por culpa de la cual las empresas del Estado son entidades costosas, paquidérmicas, profundamente ineficientes. Están corroídas por el clientelismo político. Están infestadas de corrupción. A través de precios, tarifas y gravámenes elevados, prestando siempre muy malos servicios, extorsionan a la sociedad civil, fomentan el déficit fiscal y por esta vía, la inflación y el empobrecimiento. Tal es la realidad que el perfecto idiota no quiere ver. Por eso da como solución —más Estado, más regulaciones, más controles, más dirigismo— lo que es causa fundamental de nuestros problemas. Equivale al médico insensato que diera a un hipertenso una medicina que le aumentara la tensión arterial.

Otra afirmación populista:

La política neoliberal, llamada de libre empresa o de libre mercado, es profundamente reaccionaria  sostenida por la derecha y equivale a dejar al pueblo indefenso ante lo voracidad capitalista. La izquierda sostiene que sólo el Estado, interviniendo vigorosamente en la economía, puede obtener que el desarrollo rinda un beneficio social en favor de las clases populares.

Izquierda, derecha: con estas dos palabras especulan siempre nuestros idiotas continentales. Cincuenta o cuarenta años atrás, la izquierda era la expresión de corrientes reformistas. De algún modo, se veía a la izquierda tomando el partido de los pobres contra una derecha interesada en preservar un viejo orden anacrónico apoyado por los ricos, los terratenientes, los militares y sectores oscurantistas del clero.Desde entonces el rótulo de derecha tiene entre nosotros una connotación negativa.La izquierda, en cambio, sugiere una idea de rebeldía, de banderas rojas desplegadas al viento, de pueblo ancestralmente oprimido alzándose al fin contra injustos privilegios.

Es simplemente un fenómeno subliminal, un barato juego de imágenes, porque nada de esto es hoy válido. La izquierda, el populismo, el nacionalismo a ultranza e inclusive la versión tropical de la socialdemocracia, para no hablar de la opción revolucionaria, han hecho un tránsito catastrófico por el continente latinoamericano. Han dejado muchos países en la ruina: la Argentina de Perón, el Chile de Allende, el Perú de Alan García, la Cuba de Castro. Por otra parte, lo que se bautiza peyorativa e intencionadamente como derecha, o nueva derecha, o sea la corriente de pensamiento liberal, no tiene absolutamente nada que ver con el conservadorismo recalcitrante de otros tiempos.

Todo lo contrario. Representa una alternativa de cambio, tal vez la única que le queda a América Latina tras el fracaso del estatismo, del nacionalismo, del populismo y de las aventuras revolucionarias por la vía armada. Se trata de una alternativa libre de prejuicios ideológicos que no parte sólo de presupuestos teóricos, sino de la simple lectura de la realidad.Esta vía, la única que ha hecho la prosperidad de los países desarrollados, combina una cultura o un comportamiento social basado en el esfuerzo sostenido, el ahorro, la apropiación de tecnologías avanzadas con una política competitiva de libre empresa, de eliminación de monopolios públicos y privados,  de apertura hacia los mercados internacionales, de atracción de la inversión extranjera y sobre todo de respeto a la ley y a la libertad. La idea central es precisamente ésa, la idea de que la libertad es la base de la prosperidad y de que el Estado debe ceder a la sociedad civil los espacios que arbitrariamente le ha confiscado como productora de bienes y gestora de servicios.

Juan Domingo Perón
Juan Domingo Perón
Salvador Allende
Salvador Allende
Alan García
Alan García
Fidel Castro Ruz
Fidel Castro Ruz

En el ámbito de los países desarrollados, la diferencia entre izquierda y derecha puede subsistir, pero dentro del liberalismo. La separación se establecería en la mejor manera de combinar solidaridad y eficacia y no en la elección de sistemas económicos, pues terminó la confrontación entre socialismo y capitalismo con la virtual desaparición y quiebra del primero. Hoy no hay sino una opción de sociedad viable: el capitalismo democrático.

En el idiota latinoamericano encuentra un eco fácil la afirmación de que «la propiedad es un robo» y la tesis de Marx sobre la explotación del hombre por el hombre. Allá, en el subsuelo de su endeble formación política, mezcla de vulgo marxista y de populismo, ha quedado la idea de que el empresario es un explotador: se enriquece con el trabajo de los otros.

La tesis económica de Keynes es la preferida de nuestros populistas. A él le deben sus ideas de la economía mixta, del planeamiento y el dirigismo estatal, las emisiones monetarias como medio de reactivar la demanda y de suplir la carencia de recursos. Nuestro perfecto idiota cree que ésta es también una manera no sólo de financiar el desarrollo sino lo que designa, con lujo retórico, como la inversión social. Es un amigo de la máquina de hacer billetes. Y considera como reaccionarias, neoliberales y contrarias a los intereses populares, las políticas tendientes a asegurar una moneda sana.

Hay una diferencia fundamental entre el Estado que interviene para destruir el mercado, impidiendo que jueguen sus leyes de libre competencia o sustituyéndolo por medio de monopolios impuestos autoritariamente, y el Estado que se pone al servicio de la productividad y del mercado, como ha ocurrido en Chile, en Hong Kong, en Japón, Corea, Taiwán o Singapur, interviniendo para hacer respetar las condiciones básicas de la competencia.

El populista cree que existe sólo su dogma como única verdad y que está causalmente determinado.A pesar de todo lo anterior, quienes creemos en la libertad no aceptamos el determinismo. No creemos que haya algo así como un destino inevitable y fatal para los latinoamericanos —ni para los españoles—. No creemos estar condenados a la idiotez y al populismo. Tampoco fue un destino inevitable la prosperidad actual de los países ricos ni será el destino lo que les mantendrá en ese pedestal. Si algo nos enseña la historia es que esta no está predeterminada como pensaba Marx, sino que es el resultado de la actividad libre de los seres humanos. Basta ver, por ejemplo, el desarrollo de muchos países asiáticos tradicionalmente pobres en los últimos cincuenta años, así como, en las últimas dos décadas, el de aquellos países que, hoy libres del yugo soviético y de regímenes comunistas, avanzan a un ritmo arrollador. Es por lo mismo que sólo de nosotros dependerá salir adelante y aprovechar las ventajas naturales que tenemos para lograrlo. No somos intrínsecamente inferiores, y si estamos mal en tantos frentes es porque no hemos hecho los esfuerzos suficientes para dejar atrás el engaño populista que nos ha condenado al fracaso y a la tiranía una y otra vez.

Es posible crear una realidad donde no sea necesario ni deseable emigrar de América Latina o temer por el futuro de España, una realidad desde la que podamos rescatar a nuestros países de la mediocridad, la tiranía y la miseria que, en diversos grados, han generado o podrían generar los Chávez, Castro, Kirchner, Lula, Correa, Ortega, Iglesias, Morales, Maduro, López Obrador, Bachelet, Rousseff y tantos otros que nos han puesto bajo el engaño populista. No es inevitable que ese tipo de líderes, u otros como Fujimori, en Perú, y Menem, en Argentina, que no pertenecen a la tradición de izquierda, pero sí a la populista, lleguen al poder y arruinen nuestros países.Si efectivamente creyéramos que nada se puede hacer al respecto entonces sí que tendríamos que emigrar.

El populismo  tiene causas muy profundas y muy complejas.Una de ellas refiere al populismo como producto intelectual. Por ello debe llamarse la atención sobre el hecho de que las ideas, las ideologías y la hegemonía cultural que construyen intelectuales y líderes de opinión son nutrientes fundamentales del populismo. Por lo mismo, las ideas y la cultura son un instrumento esencial para derrotarlo.En otras palabras, la manera de vencer al populismo pasa esencialmente por tener el coraje de ser persistentes en la batalla de las ideas, ya que, como insistió el premio Nobel de Economía Friedrich A. Hayek, son las ideas las que en última instancia definen la evolución social, económica y política de las naciones.

Debemos instaurar La República donde prime la libertad individual, el Estado de derecho, un grado aceptable de honestidad política, la tolerancia, la economía libre y otros valores esenciales para una vida social próspera y en paz.

Cuando hablamos de república nos referimos entonces a un republicanismo liberal y constitucional, cercano (pero no igual) al que inspiró a los padres fundadores de Estados Unidos. Se trata de una propuesta donde prevalece el imperio de la ley para hacer respetar los derechos individuales a la vida, la propiedad y la libertad de todos y cada uno, sin excepciones, limitando severamente el poder que pudieran ejercer las mayorías circunstanciales para aplastar esos derechos.

En todos los tiempos, la libertad ha sido obra de minorías. Y se trata precisamente de minorías con vocación de mayorías, dispuestas incluso a arriesgar la vida por defender sus países de la tentación populista y totalitaria. En todos lados surgen cada vez más voces y grupos dispuestos a resistir la maldición populista, la corrupción y la decadencia, así como a exigir una vida digna, es decir, sin pobreza, inseguridad, corrupción y temor, problemas todos que el populista promete resolver para terminar únicamente agravándolos.

La población tiene su cuota de responsabilidad en que este tipo de gobernantes llegue al poder y lo ejerza de manera abusiva y corrupta. Pero la desinformación es cada vez menos costosa de combatir. Debido precisamente al acceso a nuevas tecnologías de la información y la comunicación y a las redes sociales, la conciencia de ciudadanía como una condición que implica derechos a la vida, la libertad y la propiedad ha llevado a cada vez más personas a decir: ¡basta ya! Un esfuerzo bien articulado, con claridad de ideas, con nueva energía y donde los protagonistas sean sobre todo las nuevas generaciones puede cambiar la cara a América Latina en el siglo XXI, llevándonos del ruinoso populismo que nos ha caracterizado a la idea de república liberal como un nuevo tipo de organización social que por fin dará a los latinoamericanos buenas razones para ser optimistas sobre su futuro.

El camino es largo y muy exigente y es responsabilidad de todos  evitar que nuestras sociedades avancen por el camino de la decadencia y la destrucción.

El populismo ha sido un mal endémico de América Latina. El líder populista arenga al pueblo contra el «no pueblo», anuncia el amanecer de la historia, promete el cielo en la tierra. Cuando llega al poder, micrófono en mano, decreta la verdad oficial, desquicia la economía, azuza el odio de clases, mantiene a las masas en continua movilización, desdeña los Parlamentos, manipula las elecciones, acota las libertades.(ENRIQUE KRAUZE)

Existen al menos cinco desviaciones que configuran la mentalidad populista y que es necesario analizar para entender el engaño que debemos enfrentar y superar. La primera es un desprecio por la libertad individual y una correspondiente idolatría por el Estado, lo cual emparenta a nuestros populistas socialistas con populistas totalitarios como Hitler y Mussolini. La segunda es el complejo de víctima, según el cual todos nuestros males han sido siempre culpa de otros, y nunca de nuestra propia incapacidad para desarrollar instituciones que nos permitan salir adelante. La tercera, relacionada con la anterior, es la paranoia «antineoliberal», según la cual, el neoliberalismo —o cualquier cosa relacionada con el libre mercado— es el origen último de nuestra miseria. La cuarta es la pretensión democrática con la que el populismo se viste para intentar darle legitimidad a su proyecto de concentración del poder. La quinta es la obsesión igualitarista, que se utiliza como pretexto para incrementar el poder del Estado y, así, enriquecer al grupo político en el poder a expensas de las poblaciones, beneficiando también a los amigos del populista y abriendo las puertas de par en par a una desatada corrupción.

El odio a la libertad y la idolatría hacia el Estado

En la mentalidad populista se espera siempre de otro la solución a los problemas propios, pues se hace siempre a otro responsable de ellos. Es la lógica del recibir sin dar, y, ante todo, es esa cultura según la cual el gobierno debe cumplir el rol de providente y encargado de satisfacer todas las necesidades humanas imaginables.

El líder populista lleva a cabo su programa utilizando las categorías de «pueblo» y «antipueblo». Él dice encarnar al «pueblo» y, por tanto, quien esté en contra de sus pretensiones estará siempre, por definición, en contra del «pueblo» y del lado del «antipueblo», lo que significa que debe ser marginado o eliminado.La figura populista, debido a su idea de hacerse cargo de la vida del «pueblo», fomenta el odio en la sociedad dividiéndola entre buenos y malos.

El segundo paso consiste en eliminar la libertad económica anulando lo más posible el derecho de cada individuo a gozar del fruto de su trabajo. Las expresiones concretas de la política económica y social del populista, ya sea de derecha o de izquierda, son conocidas: un Estado gigantesco que se mete en todo y lo controla todo; masiva redistribución de riqueza a través de altísimos impuestos y regulaciones que obligan a los privados a asumir roles fiscalizadores más otros que no les corresponden. Y sumemos otras: altas tasas de inflación, producto de la monetización del gasto estatal; controles de capitales para evitar que los dólares se vayan del país; discrecionalidad de la autoridad en todo orden de asuntos económicos, lo que implica la desaparición del Estado de derecho; burocracias gigantescas e ineficientes; deuda estatal creciente; caída de la inversión privada; incremento del desempleo; corrupción galopante; aumento del riesgo país; deterioro del derecho de propiedad y de la seguridad pública; privilegios especiales a grupos de interés asociados al poder político, y creación de empresas estatales totalmente ineficientes.

El complejo de víctimas

Un rasgo esencial de la mentalidad populista ha sido siempre —y continúa siendo— el culpar de todos los males de la sociedad a otros: a los ricos, a los gringos, al capitalismo o la CIA. Siempre somos víctimas y, por tanto, necesitamos de un «salvador» que ponga fin a la conspiración conjunta de las oligarquías nacionales y los perversos intereses capitalistas internacionales.

El francés Michel de Montaigne sostenía en el siglo XVI que «El beneficio de unos es perjuicio de otros».Esta tesis alimenta la idea de que la riqueza de los ricos es la causa de la pobreza de los pobres y que, por tanto, debe destituirse a unos para reparar la injusticia cometida sobre los otros.

Michel de Montaigne
Michel de Montaigne

Se trata, en el fondo, de la misma doctrina marxista según la cual la acumulación de capital basada en la propiedad privada de los medios de producción es el resultado de la explotación del empresario. Esta doctrina, como sabemos bien en América Latina, es utilizada por el revolucionario «angelical», como lo llamaban al Che Guevara, para justificar su proyecto criminal y dictatorial.

Che Guevara
Che Guevara

El  mito que retrató a los latinoamericanos como «víctimas» de los europeos fue uno de los orígenes intelectuales de la famosa doctrina del «estructuralismo» que llevó al ruinoso sistema de sustitución de importaciones que predominó en América Latina desde la década de 1940 en adelante. Todo el programa de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), se basó en la idea de que los latinoamericanos éramos víctimas económicas de las potencias desarrolladas y que, por tanto, debíamos practicar el proteccionismo comercial y el estatismo desenfrenado para salir adelante. Originalmente, estas ideas lograron su mayor influencia a través del trabajo desarrollado por el economista argentino Raúl Prebisch, quien presidió la CEPAL en Santiago de Chile (entre 1949 y 1963) y era conocido como el Keynes de América Latina.

CEPAL

Raúl Prebisch
Raúl Prebisch

Las teorías de Prebisch y la CEPAL también inspiraron el famoso programa de ayuda del gobierno de John F. Kennedy conocido como «Alianza para el Progreso». Kennedy definió el programa como «un esfuerzo cooperativo, sin igual en magnitud y nobleza de propósito, para satisfacer las necesidades básicas del pueblo latinoamericano de tener hogares, trabajo, tierra, salud y escuelas».En la práctica, la Alianza para el Progreso fue una especie de Plan Marshall para América Latina que destinaba 20.000 millones de dólares en donaciones y préstamos en un período de diez años, al cabo de los cuales sus promotores suponían ingenuamente que los problemas económicos y sociales más graves de la región estarían resueltos. A cambio, los países latinoamericanos tenían que comprometerse a realizar ciertas reformas para redistribuir equitativamente la riqueza generada por el crecimiento económico, y otras para disminuir la corrupción.

John F. Kennedy
John F. Kennedy

El resultado fue un desastre. La CEPAL y su influencia sobre la Alianza para el Progreso llevaron a América Latina a varias décadas perdidas en materia de progreso económico y social, a hiperinflación, alto desempleo y a la imposibilidad de resolver la pobreza crónica. Pero, además, producto de su fracaso, sembró terreno fértil para que los movimientos marxistas de la región se radicalizaran y se extendieran aún más. Una clara manifestación de ese proceso fue el surgimiento de otra teoría económica que llegó a ser hegemónica en América Latina y que era declaradamente marxista: la famosa «teoría de la dependencia» también promovida por la CEPAL.

La teoría de la dependencia ofreció una excusa perfecta a los políticos en tiempos de la guerra fría para culpar a Estados Unidos de su propio fracaso en realizar las reformas necesarias para mejorar la calidad de vida de la población. Pero, además , esta teoría sirvió como una explicación y excusa psicológicamente seductora ante décadas de frustración producto del subdesarrollo de la región. Esta obsesión por culpar a otros de los propios fracasos sigue estando tan viva como nunca y es una característica decisiva de los movimientos populistas que han llevado a la ruina a países de América Latina.

La paranoia «antineoliberal»

Para los populistas y los «idiotas» latinoamericanos y europeos  el «neoliberalismo» es una especie de genio maligno que amenaza con sumergirnos en las tinieblas para siempre.

Tanto Hugo Chávez, Manuel López Obrador, Evo Morales,Rafael Correa,Cristina Fernández de Kirchner, Michelle Bachelet, Lula DaSilva, Dilma Rousseff han demonizado al neoliberalismo con frases como «el neoliberalismo es el camino al infierno» o el libre comercio «sólo puede darse entre países de similar desarrollo», pues, «en economías con grandes diferencias de productividad y competitividad, significa graves riesgos para los países de menor desarrollo relativo dada la probable destrucción de su base productiva».Todo esto carece de mayor sentido, principalmente porque la economía clásica jamás ha dicho que el libre comercio «beneficia a todos siempre», sino a la mayoría de la sociedad por encima de los grupos de interés que buscan beneficiarse del proteccionismo y los subsidios del Estado.

Populistas

Qué es realmente el «neoliberalismo» y de dónde viene el término, tan maldecido por nuestros populistas.El origen del término sorprendería a cualquier latinoamericano o europeo, incluyendo a quienes lo denuncian como la causa de todos los males. Pues resulta que fue en 1932 cuando el intelectual alemán Alexander Rüstow acuñó el concepto.Rüstow había sido un socialista que despertó de su sueño utópico para acercarse al liberalismo, intentando encontrar un camino intermedio entre capitalismo y socialismo cuando el marxismo y el fascismo eran las ideologías dominantes.De modo que el concepto «neoliberalismo», en su origen, es más cercano al mundo socialista que al mundo propiamente liberal.

Alexander Rustow
Alexander Rustow

Hoy en día, en Alemania, el concepto «Neoliberalismus» se refiere a la idea de «economía social de mercado» que concibiera Ludwig Erhard, liberal clásico responsable del milagro alemán de posguerra.

Ludwig Erhard
Ludwig Erhard

Ahora bien, en América Latina —y luego en el resto del mundo— el término «neoliberalismo» se vino a asociar a las reformas económicas realizadas en Chile bajo el gobierno del General Augusto Pinochet. La pregunta es: si el sistema de libertades económicas creado por los «Chicago Boys» —como se llamó a los reformadores chilenos— hizo de Chile el país más exitoso de América Latina, ¿por qué deben entonces rechazarse las ideas y reformas que estos llevaron adelante? Le guste o no a muchos académicos, políticos e intelectuales de izquierda Chile se convirtió en un referente para el mundo tras las transformaciones económicas realizadas por los Chicago Boys (principalmente por Hernán Büchi) y profundizadas por los gobiernos democráticos que les siguieron. Este referente impresionó aún más cuando el mismo régimen autoritario dio pie a una transición democrática, restaurando así tanto las libertades económicas como las políticas. Expertos de todas las corrientes ideológicas y políticos del más alto nivel muestran cientos de alusiones a Chile como un ejemplo.Lo cierto entonces es que las reformas promercado realizadas en Chile fueron un éxito más allá de las críticas que, justamente, se puedan hacer por el contexto autoritario en que se realizaron y las inexcusables violaciones a los derechos humanos cometidas en la lucha contra la insurgencia marxista.

Hernán Büchi en 1983.
Hernán Büchi en 1983.

Liberalizar es precisamente lo que el populista y el totalitario no quieren, porque desean mantener el control de la población en sus manos. Nada hace más dependiente a la gente del poder que el control sobre sus ingresos, sus trabajos y sus propiedades.

De lo que debemos hablar es de sistema de libre emprendimiento y de la dignidad de pararse sobre los propios pies, pues sólo un sistema basado en esos valores permite generar las oportunidades y espacios de libertad para que las personas, en los distintos niveles, sientan el orgullo de proveer bienestar para sí mismos y para sus familias. Es ese sistema —que suele llamarse capitalismo— el que ha reducido la pobreza a niveles sin precedentes en la historia mundial.

El profesor de la Universidad de Columbia Xavier Sala i Martin, uno de los máximos expertos en el mundo en materia de desarrollo económico, no nos deja dudas acerca de cuál es el camino que debería seguir América Latina para superar la pobreza de una vez cuando refiere “El capitalismo no es un sistema económico perfecto. Pero cuando se trata de reducir la pobreza en el mundo, es el mejor sistema económico que jamás ha visto el hombre.”

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Xavier Sala i Martin

El sistema que describe Sala i Martin es el de libertades económicas, que no son más que libertades personales para poder emprender, adquirir bienes y venderlos, trabajar, contratar, despedir y tener propiedad sin que esta sea amenazada, así como para vivir y trabajar en libre competencia, en ausencia de privilegios arbitrarios entregados a grupos de interés, con una moneda estable, un comercio abierto, unos impuestos moderados, un gobierno limitado y responsable y unas regulaciones razonables. Todos estos son elementos de la libertad económica, y el populista busca destruirlos cuando llega al poder poniéndoles la etiqueta de «neoliberalismo». Sin libertad económica, no hay avance posible. Tanto es así que, según el prestigioso índice de libertad económica elaborado por el Fraser Institute, en Canadá, los países con mayor libertad económica en el mundo, como Suiza, Hong Kong y Singapur, crecen económicamente más de tres veces más rápido en promedio que aquellos con menor libertad económica, como Venezuela, Bolivia y Argentina. Esto ocurre incluso cuando esos países poseen recursos naturales que, especialmente en los últimos años, han tenido altos precios en el mercado de las commodities. Esto demuestra que la riqueza no está bajo la tierra o en los campos, sino en el ingenio de las personas y las buenas instituciones.

Índice de Libertad Económica
Índice de Libertad Económica

Más importante aún: en los países con mayor libertad económica, el ingreso de los más pobres es, en promedio, diez veces superior al ingreso de los pobres en los países con menor libertad económica (932 dólares versus 10.556 dólares). No es lo mismo ser pobre en Suiza que en Venezuela. La expectativa de vida, en tanto, es casi veinte años mayor entre los habitantes de los países con mayor libertad económica en el mundo que en aquellos con menor libertad económica. Y la protección de derechos civiles y políticos, como la libertad de expresión, es más del doble en los países en que se respetan las libertades económicas que en aquellos en que el gobierno interfiere en todo. Esto es lógico, y se explica porque una sociedad con libertades económicas genera riqueza y espacios de libertad que dan a los ciudadanos independencia de los gobernantes, permitiéndoles así exigir respeto por sus derechos y desafiar el poder establecido si este respeto no es garantizado. De ahí que nuestros populistas en América Latina busquen destruir la libertad económica, pues saben que así logran hacer a segmentos importantes de la población dependientes del poder político y de las prebendas que estos reparten, con lo cual neutralizan la posibilidad de resistencia a sus planes; e incluso logran masas completas de personas dispuestas a dar la vida por defender a los populistas de turno para no perder sus beneficios.

Ahora bien, si echamos un vistazo a cómo está América Latina en el ranking de libertad económica, el panorama es deprimente. Sólo tres países de un total de 152, que son Chile (puesto número 11), Perú (22) y Uruguay (43), están entre los cincuenta países con mayor libertad económica del mundo; y, curiosamente, esos tres países son los que más avanzan o han avanzando en la región. Mientras tanto, los países que han liderado el socialismo del siglo XXI se encuentran entre los últimos de la lista: Bolivia, en el puesto 108; Argentina, en el 137; y Ecuador, en el 134.En este podio, Venezuela se ubica en el puesto más bajo, lo que lo convierte en el país con menos libertad económica en el planeta (o al menos entre los 152 reflejados en el ranking). Por algo tienen hiperinflación y en sus supermercados no se puede conseguir ni papel higiénico ni muchas otras cosas, como alimentos, bienes en general y medicinas básicas para la subsistencia.En cuanto a nuestros gigantes, México y Brasil, estos se encuentran en los puestos 94 y 102 respectivamente, mientras que Guatemala y Honduras empatan en el puesto 56. En pocas palabras, los índices de libertad económica en nuestra región son miserables, siendo Chile y Perú los únicos países que se encuentran entre el 20 por ciento de mayor libertad económica en el mundo.

Cuáles son los países con mucha libertad económica, es decir, que según nuestros populistas han caído presas del malvado «neoliberalismo»?. Bueno, entre ellos están Hong Kong, Singapur, Nueva Zelanda, Suiza, Finlandia, Canadá, Australia, Estados Unidos, Alemania, Dinamarca, Estonia, Irlanda, Suecia y Noruega, entre otros. No es que no haya otros problemas en esos países, especialmente en los que tienen demasiado gasto social, pero, en general, tienen instituciones que garantizan una sólida protección de los derechos de propiedad, bajos niveles de inflación, economías abiertas al mundo, seguridad pública y gobiernos respetuosos con las reglas del juego.

La pretensión democrática

El filósofo inglés John Locke, padre del liberalismo clásico dijo:”La libertad es ser libre de restricciones y de la violencia de los demás, lo que no puede haber donde no hay ley; pero, la libertad no es, como se nos dice, «una libertad para que todos los hombres hagan lo que quieran» […] sino que la libertad es disponer y ordenar como le parezca de su persona, acciones, posesiones y toda su propiedad, dentro del marco de esas leyes bajo las cuales él se encuentra y a no ser sometido a la voluntad arbitraria de otro, pudiendo seguir libremente su propia voluntad.”

John Locke
John Locke

Para garantizar esa libertad, Locke planteó que debía existir un conjunto de leyes y normas conocidas de antemano por los ciudadanos. Según Locke, «quien tiene el poder legislativo o supremo de cualquier comunidad, está obligado a gobernar por leyes permanentes establecidas, promulgadas y conocidas por el pueblo, y no por decretos extemporáneos; por jueces indiferentes y verticales»

La idea asambleista y totalitaria de democracia de nuestros populistas es servicial con su proyecto de redistribuir riqueza. Según ellos, un «país democrático» es uno en que no sólo lo que decide la mayoría está siempre bien, sino también donde se le dan al «pueblo» prebendas y todo tipo de asistencia.

La idea de democracia del socialismo del siglo XXI se remonta a la tradición de los jacobinos en la Revolución francesa, pues fueron ellos los primeros que vieron en la democracia un instrumento de poder para igualar, pero no ante la ley, sino para igualar las condiciones materiales del pueblo.

Es oportuno recordar el origen de la derecha e izquierda política.

La distinción entre izquierdas y derechas se aplicó, por primera vez a la política, en la Francia revolucionaria. La Asamblea Constituyente, inició sus trabajos en 1792. Los diputados se hallaban divididos en dos grupos enfrentados: el de la Gironda, que se situó a la derecha del Presidente, y el de la Montaña (jacobinos), que se situó a la izquierda. En el centro tomó asiento una masa indiferenciada a la que se designó como el Llano -o la Marisma-. Los girondinos deseaban restaurar la legalidad y el orden monárquico, mientras que La Montaña propugnaba un estado revolucionario, el cual, después de anular a los girondinos, desembocaría en lo que se conoció -lamentablemente, aunque con justicia- como el Terror. Así se produjo una identificación de la izquierda con la radicalización revolucionaria que, al grito de “Libertad, Igualdad y Fraternidad”, desencadenaría una etapa de utopías y ferocidad que sólo lograría detener el golpe de Estado de Bonaparte. Los implacables Robespierre, Danton y Marat fueron los caudillos y los definidores del primer partido político francés que se situó a la izquierda.

Girondinos y Jacobinos

Danton y Robespierre
Danton y Robespierre

Para los jacobinos, la democracia real tenía que ver con la igualdad material. Cuando Robespierre, fundador del régimen del Terror, declaró que «todo lo que es necesario para mantener la vida debe ser propiedad común, y sólo el superávit puede ser reconocido como propiedad privada», estaba reflejando el ideal socialista intrínseco de la Revolución francesa.Esta era la misma idea que expresaría el Che Guevara, cuando dijo que debía rescatarse la función social de la propiedad privada y que sólo los excedentes podían ser conservados por los dueños.Fue precisamente el foco en las necesidades materiales lo que llevó a la Revolución francesa a terminar en una dictadura sangrienta, mientras que la Revolución norteamericana, con su foco en la libertad individual, resultó un éxito.

Dice Jean-Jacques Rousseau, en su famosa obra El contrato social, que las cláusulas del contrato «pueden reducirse a una: la total alienación de cada asociado, junto con todos sus derechos, a la totalidad de la comunidad, pues, en primer lugar, en la medida en que cada uno se entrega absolutamente, las condiciones serán iguales para todos, y esto, siendo así, significa que nadie tendrá interés en convertirse en una carga para otros».Siguiendo estas ideas, Robespierre sintió que estaba legitimado para asesinar a miles, pues él se veía como el iluminado portador de la voz del pueblo.

Jean-Jacques Rousseau
Jean-Jacques Rousseau

John Adams, segundo presidente de Estados Unidos y uno de los padres fundadores de ese país, llegaría a decir que la Revolución francesa no tenía siquiera un solo principio en común con la norteamericana. El mismo Adams haría una radical defensa de la propiedad privada y la libertad individual al afirmar que el gobierno debe existir «para la preservación de la paz interna, la virtud y el buen orden, así como para la defensa de la vida, las libertades y propiedades».

John Adams
John Adams

Ese fue el orden que crearon los norteamericanos y que los convirtió en el país más próspero y libre que hasta entonces había conocido la humanidad. En otras palabras, lo que hizo a Estados Unidos una excepción en su tiempo fue establecer el primer sistema donde el individuo tendría garantizados tres derechos fundamentales, independientemente de la clase social o política a la que perteneciera: derecho a la vida, derecho a la libertad y derecho a la búsqueda de su propia felicidad. Si bien es cierto que aún hubo esclavitud y las mujeres no contaron como agentes políticos por bastante tiempo, también es verdad que estas formas de discriminación arbitraria terminaron desapareciendo precisamente por ser incompatibles con los principios que los mismos padres fundadores habían defendido.

En América Latina, lamentablemente, no triunfó la democracia liberal más que por un breve período en el mejor de los casos. En la región latinoamericana y en España, la democracia como concepto es utilizada hoy como una mascarada, una verdadera farsa para avanzar proyectos populistas que buscan apariencia de legitimidad popular. En ninguna parte se presenta una preocupación seria por los límites al poder del Estado, por el Estado de derecho, la protección de derechos personales e individuales, la existencia de una prensa realmente libre y una sociedad civil capaz de articularse para enfrentar los abusos del poder. He ahí el impacto que el ideal marxista de democracia  ha tenido sobre nuestros países.

La obsesión igualitarista

En América Latina, dada la aplastante influencia marxista, el discurso populista derivado de ella ha puesto siempre el énfasis central en la idea de igualdad material. Si la teoría de la dependencia y el estructuralismo promovidos por la CEPAL se basaban en que había una enorme desigualdad entre los países desarrollados y los latinoamericanos, que los primeros explotaban en su beneficio y que había oligarquías que, coludidas con el capitalismo internacional, explotaban a los pueblos de la región, la argumentación populista de hoy no es muy distinta. Siempre se alega que hay un grupo que tiene demasiado, y otro, muy poco, y por tanto debe confiscarse al que tiene más para repartir, sin distinguirse si esa riqueza fue obra de un trabajo honesto o de la trampa y los privilegios arbitrarios otorgados por el Estado.

No cabe duda, por supuesto, de que en nuestros países existen élites empresariales y sindicales bastante corruptas que han buscado enriquecerse mediante sus contactos con el poder político y utilizando los privilegios que así pueden obtener. Pero hay menos dudas aun de que cada vez que el populista llega al poder para hacer «más iguales» a todos, lo que hace es concentrar el poder en sus manos incrementando la desigualdad y condenando a la población a mayor miseria material. Lo mismo se aplica a todo intento revolucionario que hayamos conocido, siendo Cuba el ejemplo más patológico. Baste considerar que Fidel Castro, el profeta de la igualdad por excelencia en nuestra región, es, según la revista Forbes, uno de los políticos más ricos del mundo, cuyo patrimonio se evalúa en novecientos millones de dólares.

Otro tanto pasaba con Chávez, y pasa hoy con su régimen encabezado por Maduro, al igual que con los Kirchner, la manchada Dilma Rousseff o la familia Bachelet, hoy envuelta en grandes escándalos de corrupción. Ellos y tantos otros gobernantes latinoamericanos que se hicieron millonarios mientras pontificaban sobre la igualdad. Obviamente, esto se aplica a izquierdas y derechas —la corrupción de Menem, en Argentina, y Fujimori, en Perú, por ejemplo—, pero lo específico del caso de las izquierdas es que, como Fidel, hacen de la igualdad su gran bandera de lucha mientras se llenan los bolsillos.

La corrupción es un problema regional, y no es nuevo; pero, en los países del socialismo del siglo XXI, la corrupción llega a niveles extremos debido al intervencionismo estatal en todos los ámbitos.Se puede decir que el populismo socialista ha logrado cierta igualdad, pero una igualdad en la miseria.La corrupción y la miseria son la consecuencia inevitable de tener políticos y gobiernos con demasiado poder sobre la economía. Pues es evidente que, si el gobernante lo controla todo y decide quién recibe qué cosa, se va a arreglar con sus amigos, como lo hacían los Kirchner. Un sistema así no puede generar riqueza en el medio plazo, porque los incentivos están puestos para que unos saqueen al resto de la población, y no para innovar o crear valor. Es por eso que los países con más libertad económica en el mundo tienen mayor calidad de vida en todos los indicadores, y también menos corrupción. De hecho, en el índice de Transparencia Internacional, los primeros países casi coinciden con los primeros puestos del índice de libertad económica antes citado.

Venezuela es ciertamente un caso aún más delirante en cuanto a los resultados del socialismo del siglo XXI y de las políticas populistas. Lo cierto es que la corrupción está completamente desbocada en Venezuela. Tanto es así que, en 2014, en el famoso ranking de Transparencia Internacional, que mide el nivel de corrupción en 174 países, Venezuela obtuvo el puesto 161, por debajo de Zimbabwe y al nivel de países como Haití, Angola, Afganistán y Corea del Norte. Argentina, mientras tanto, alcanzó la posición 107, Ecuador, la 110, Guatemala, la 115, Bolivia y México, la 103, Brasil, la 69, y Perú, la 85. Los únicos países destacados en América Latina fueron Chile y Uruguay, en el puesto 21, justo dos de los países con más libertad económica.

Indice de Corrupción2

Conclusión

En América Latina y algunas partes de Europa se nos ha contado una historia llena de mentiras y falacias con el fin de hacer aceptables proyectos políticos e ideológicos que buscan concentrar el poder en unas pocas manos y enriquecer a diversos grupos de interés de manera corrupta.

No es que todos los que han apoyado programas populistas e ideológicos totalitarios o autoritarios hayan tenido malas intenciones o no hayan creído de verdad lo que promovían. No hay duda de que el Che Guevara creía en sus ideales, pero eso no significa que haya sido una buena persona ni lo exime de la responsabilidad por los asesinatos y torturas que llevó a cabo.

Es posible también que Chávez creyera fervientemente en su socialismo del siglo XXI, pero eso no lo exculpaba de su autoritarismo, de las violaciones a los derechos humanos que su régimen cometió y de la miseria generalizada que su sistema de ideas causó en Venezuela. Lo mismo puede decirse de Castro, los Kirchner, Morales, Correa, Ortega, Rousseff, Bachelet y, usando otro término de Plinio Apuleyo, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa, otros aspirantes a «fabricantes de miseria», como Pablo Iglesias y López Obrador. Todos ellos han promovido deliberadamente un gran engaño que es el de prometer bienestar para todos con ideas y proyectos políticos cuyo resultado no puede ser otro que la destrucción de las posibilidades de progreso y la libertades de los ciudadanos a quienes gobiernan o pretenden gobernar.La verdad es que su idolatría por el Estado es incompatible con el aprecio del individuo en cuanto agente digno, capaz de diseñar su plan de vida y perseguir sus fines responsablemente. Y sus propuestas refundacionales son delirios ideológicos cuyos costos transfieren a terceros, mientras ellos viven rodeados de lujos y fuera del alcance de la miseria que fabrican para otros.

Para que el ciclo populista llegue a su fin y no regrese, es imprescindible cambiar el sentido común prevaleciente entre las élites y la población para  hacer de las ideas liberales republicanas un patrimonio cultural común. Si ese trabajo no se realiza, volveremos a caer en el engaño populista y sus desoladoras consecuencias una y otra vez.
Las nuevas generaciones tienen un rol esencial en ese cambio. Estas tienen hoy más herramientas que nunca para informarse, educarse y movilizarse en pos de aquellos ideales que han permitido a otras naciones prosperar y que, incluso en las nuestras, han mostrado tener éxito cuando se han aplicado de la manera correcta.

El subdesarrollo no es un problema geográfico ni de recursos naturales, sino eminentemente mental y cultural. La titánica tarea de cambiar la mentalidad y las conciencias de las personas es lo único que nos permitirá superar el subdesarrollo, y también la miseria económica, social, política y humana a la que el populismo nos condena.

 

Fuentes:

Álvaro Vargas Llosa, Plinio Apuleyo Mendoza y Carlos Alberto Montaner

 Axel Kaiser y Gloria Álvarez

Boletín informativo de la CEPAL

Xavier Sala i Martín 

Recopilación propia de distintos artículos de opinión

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