Cuando informó de su misión ante la Conducción, Yager pudo disociar la diferencia entre una realidad percibida desde el exterior y otra elaborada a partir de su experiencia de casi seis meses en la Argentina. Yager dijo que en el país la gente no acompañaba. No había un nivel de conciencia política que sostuviera la realización de operaciones militares. Se podía tirar una bomba molotov si había una huelga, pero no un RPG7. Las armas no iban a generar un mayor estado de conciencia en la sociedad.

La Conducción no aceptaba las críticas, culpaba a los críticos de lo que había ocurrido.
Pero el balance de la maniobra  demostró que uno de los tres grupos TEA se había desmembrado y habían caído cuadros de jerarquía; casi toda la estructura política había sido secuestrada o muerta por la acción de la inteligencia enemiga, y las operaciones armadas de las TEI se habían cumplido en forma parcial: el objetivo más importante, que era Martínez de Hoz, no se concretó y sólo se alcanzó uno de los tres objetivos secundarios, con un saldo de importantes bajas propias. Los discursos de Firmenich no alcanzaban para captar a los obreros y conducir su lucha. Sea por diferencias tácticas, políticas o por miedo, no había gremios ni fábricas en conflicto que apoyaran la propuesta montonera.
La Conducción intentó neutralizar los cuestionamientos internos para evitar el estado deliberativo. Se argumentó que no era el momento de atender problemas internos: lo determinante era el proceso de masas, lo urgente era llenar el vacío de conducción de la clase trabajadora. Las cuestiones partidarias debían resolverse dentro del país, en las prácticas cotidianas. No hubo posibilidad de debate ni congreso montonero que discutiera las políticas y rindiera cuentas en una Organización que desde que había ingresado a la clandestinidad en 1974 pasó de seis mil cuadros a poco más de cien. Las escisiones continuaron. Después de la Contraofensiva, se produjo la ruptura liderada por el secretario de prensa Miguel Bonasso y otros militantes, quienes criticaron la militarización del Partido y la vocación de constituirse como vanguardia con una única estrategia: la guerra popular y prolongada. Ellos también fueron acusados de cobardes, por asumir una lucha revolucionaria en la que no arriesgaban nada y se montaban en lo que hacían los demás, según el documento “Contra las inconsecuencias del reformismo frente a la clase obrera”, que les colgó Carlón Pereira Rossi, segundo comandante montonero.
Con la crisis a cuestas, Montoneros entendió que debía continuar con los lineamientos de la Contraofensiva de 1979: acertar con un ataque militar a una figura prominente del gobierno y fortalecer la vía de la insurrección de la clase obrera, hasta que se produjera la violenta irrupción de las masas. La Conducción tomaba como ejemplo la revolución iraní de febrero de 1979, cuando más de tres millones de personas en las calles habían enfrentado y derrumbado al régimen del sha Reza Pahlevi. Montoneros no quería permanecer ajeno al proceso histórico si una revolución parecida se desencadenaba en la Argentina. Debía construir poder de masas. Había una justificación científica: cuando la lucha de clases alcanzaba un momento crítico y se luchaba por la toma del poder, el papel de la vanguardia era decisivo; en este caso, le correspondía a Montoneros. La revolución nicaragüense de julio de 1979 también los deslumbró. La Organización había aportado un millón de dólares, había cedido el uso de la Radio Noticias de Costa Rica y el comandante Vaca Narvaja había sido invitado al ejército rebelde. Firmenich preveía que los años ochenta serían la contraofensiva del pueblo latinoamericano. Teniendo en cuenta estas dos revoluciones y la evaluación positiva de la primera Contraofensiva en diciembre de 1979, en una reunión colegiada del Comité Central de Montoneros en La Habana, a la que sólo pudieron concurrir cuadros con grado de capitán hacia arriba, se decidió encarar las maniobras de la Segunda Campaña Popular. La Contraofensiva no podía detenerse.
Durante 1979, el Departamento de Logística y Personal había continuado con el reclutamiento de combatientes en México y Madrid para enviarlos hacia El Líbano. No se requerían muchas condiciones para la selección: cualquiera que se quisiera incorporar, tuviera instrucción o no, podía hacerlo. Aunque, debido a las expulsiones y deserciones, costó trabajo completar el primer pelotón del año 1980. Se recurrió a aquellos que habían servido tanto en las tropas de agitación como en las de infantería y acababan de retornar de la Argentina. También sumaron a sus mujeres, que en algunos casos no habían realizado la instrucción militar, pero querían acompañarlos.

El de “Facundo”, Julio César Genoud, fue uno de estos casos. Tenía 25 años y una historia como la de cualquier otro montonero. En los últimos meses de 1979, había quedado desenganchado de la estructura de TEA-sur y nunca había podido dar con los otros dos integrantes de su pelotón. Mientras los otros grupos incursionaban con distinta suerte en la batalla, él había quedado solo en su trinchera, encerrado en una pensión de La Boca. Pasó varios meses sin armas, sin capacidad de operar, sin dinero, y por su metro noventa no era la clase de personas a las que les resulta fácil pasar desapercibidas. Estaba preocupado. Finalmente, por decisión de Carlón, recibió la orden de retirada y se contactó con su hermano, quien le dio dinero y lo ayudó a viajar a Brasil, donde Genoud se reunió con sus padres. Les prometió que no volvería a la Organización. Se iría un tiempo a Londres. Pero no lo hizo. Se fue a Panamá, el lugar elegido por Carlón para reagrupar a su tropa de TEA-sur y evaluar lo actuado: las interferencias se hicieron, no tuvieron bajas, todo había funcionado bien. Después Genoud viajó a Madrid y se alistó en el primer pelotón TEI que ingresaría en la Argentina. La última carta a su madre se la envió el 20 de febrero de 1980. Junto con Genoud también se integró “Toti”, Mariana Guangiroli, su novia de la adolescencia, que se había entrenado dos meses en El Líbano y tenía más jerarquía que él: con veintiún años ya era subteniente y también viuda —su marido había caído en combate—, y había parido a una hija.

Julio César Genoud
Julio César Genoud
Lía Mariana Guangiroli
Lía Mariana Guangiroli

El de Genoud no fue el único caso de padres que intentaron impedir el regreso de sus hijos porque deseaban salvar sus vidas más que nada en el mundo. A fines de noviembre de 1979 el actor Marcos Zuker viajó a Madrid para interpelar a su hijo Ricardo. Alguien le transmitió que lo había visto en una panadería de Buenos Aires, pocas semanas antes. Por lo que su padre sabía, su hijo vivía en Madrid en pareja con Marta Libenson, “Ana”. Tenían veinticuatro y veintidós años. Ricardo había sido secuestrado durante algunos meses en 1977. Ella tenía una hija de una pareja anterior, que ya había caído; ambos se habían entrenado en Beirut e integraron el grupo TEI número 1. Durante su estadía de casi cinco meses en el país, Ricardo había vivido en una casa en el barrio de Saavedra y entre sus salidas, visitó la tumba de su madre, fue a la cancha de San Lorenzo, vio jugar a Maradona y también saludó a algunos amigos. Pero a su padre le dijo que nunca estuvo en la Argentina y que tampoco volvería.

 Ricardo Marcos Zuker López
Ricardo Marcos Zuker López
Marta Libenson
Marta Libenson

Verónica Cabilla, a los 16 años, integró el mismo pelotón de Zuker durante 1979, pero su caso fue diferente. Tanto su padre, Pepe 22, Francisco Cabilla, un cuadro técnico estimado por la Conducción por la invención de los aparatos de interferencia, como su madre Ana María, autorizaron por escrito la participación de su hija en el combate. Antes de que viajara de México a Beirut, organizaron una reunión entre militantes para despedirla. Ella no estaba haciendo otra cosa que continuar el camino que sus padres habían elegido.

Verónica Cabilla
Verónica Cabilla

En el caso de Jorge Benítez, de 16 años, su viaje a la Argentina estuvo avalado por su madre y, en los hechos, por su tío Ángel Servando Benítez, de 28 años, que había sido detenido en la Argentina y había tomado la opción de irse del país. Los dos eran chaqueños, de origen humilde. Apenas reclutados, participaron del brindis de fin del año de 1979 que se organizó en la casa de Montoneros en Madrid, mientras se empezaba a conocer la magnitud de las caídas de la primera Contraofensiva y costaba mucho levantar una copa.

Jorge Oscar Benítez
Jorge Oscar Benítez
Ángel Servando Benítez
Ángel Servando Benítez

Además de los soldados Genoud, Zuker, Libenson y Cabilla, la Organización reiteró la convocatoria para el teniente “Enrique”, Ángel Carbajal, de 30 años, mendocino, profesor de matemáticas y militante del gremio docente, que había permanecido tres años detenido, de 1975 a 1978. A él se sumó su esposa, “Marisa”, Matilde Rodríguez de Carbajal, de 27, que no tenía instrucción militar y otro teniente, “Ricardo”, Raúl Milberg, de 25, técnico químico, que había participado de la operación contra Klein en 1979.

Ángel Carbajal
Ángel Carbajal
Matilde Adela Rodríguez
Matilde Adela Rodríguez
Raúl Milberg Szuldman
Raúl Milberg Szuldman

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El operativo retorno a la Argentina tuvo que reformularse. El nuevo jefe era el teniente primero “El Chino”, Ernesto Emilio Ferré Cardoso, de 24 años, hijo de una familia reconocida por la creación de dibujos animados. Ferré había estudiado Derecho, integró la Unidad Logística del Ejército Montonero de Capital Federal durante la resistencia armada y fue uno de los pocos que logró sobrevivir a la represalia militar por el fallido atentado contra al almirante Armando Lambruschini, en el que murió su hija de quince años, en 1978. A partir de entonces viajó a México y fue instructor de un pelotón TEA. El Chino despertaba cierta desconfianza en algunos militantes en el exterior; preferían evitarlo. Circulaba la versión de que había sido detenido después de restaurado el régimen militar y que había sido liberado para colaborar con sus antiguos captores. Incluso él, cuando hablaba con mucha tristeza de su pequeña hija, que vivía, pero daba por perdida, sumaba más misterio a lo que había ocurrido. Nadie entendía y tampoco preguntaba. La desconfianza sobre Ferré no se expresó en la Conducción montonera: avanzado 1979 recibió instrucción en El Líbano y una vez que partieron los primeros tres grupos TEI, él se convirtió en instructor de los nuevos pelotones en formación. Durante un viaje a Madrid, Ferré conoció a “Laura”, Miriam Antonio, sobrina de Jorge Antonio, uno de los empresarios vinculados a Perón desde los años cincuenta. Ella había nacido en Suiza, dominaba el inglés y el alemán, tenía estudios de conservatorio de música y una economía consolidada, no sólo por la posición de su familia sino por los ingresos que le proporcionaba una heladería en la calle Toledo que gestionaba junto con su primo Héctor Antonio. Su detención en la Argentina en 1976 le había añadido a su calidez cierta dureza. Pero el hecho de que su nivel social y cultural fuese diferente del que tenía el resto de sus compañeros, no la alejaba de ellos: vivía junto a dos milicianas en un departamento pequeño.

Ernesto Ferré Cardoso
Ernesto Ferré Cardoso
Miriam Antonio
Miriam Antonio

El Chino Ferré y Miriam Antonio ya estaban en pareja cuando viajaron a Medio Oriente para el entrenamiento militar. Otro miembro del pelotón, que ya había participado en la Contraofensiva como asistente del capitán “Alcides” y que se ocupaba de cubrir las citas y las necesidades de los tres grupos TEI era “Manuel”, Ángel García Pérez, de 28 años. En total, quienes se habían alistado para la continuidad de la batalla eran trece; siete de los cuales ya habían intervenido en la primera.

Ángel García Pérez
Ángel García Pérez

Los objetivos militares de 1980 se escogieron bajo los mismos lineamientos políticos que los del año 1979: figuras del equipo económico y empresarios ligados a la oligarquía local. En Madrid, como jefe del Comando Táctico, Perdía había marcado alrededor de una docena de blancos, pero sobre esa base, la elección específica quedaba a criterio de las posibilidades operativas del pelotón. La logística también fue la misma que la de la primera Contraofensiva. Se utilizarían las armas que los grupos TEI habían ocultado en guardamuebles de Buenos Aires, antes de partir hacia Europa. Los pasaportes y cédulas de identidad de cada miembro serían preparados por la Secretaría Técnica, establecida en Cuba, bajo responsabilidad de Firmenich. La forma de ingreso en la Argentina quedaba a criterio de cada uno. Las citas estaban cerradas antes de viajar y si alguno perdía el contacto en Buenos Aires, se reenganchaba llamando a Madrid. Habría dos casas para la concentración del pelotón antes del ataque y una tercera para El Chino, el jefe operativo. La Conducción esperaba que antes del 24 de marzo de 1980, o precisamente ese día, durante el cuarto aniversario del golpe de Estado, el grupo pudiera realizar un atentado de proporciones contra la dictadura. Tenían poco más de un mes para prepararlo.

Mientras en Europa los combatientes aprovechaban sus últimos días de descanso, en la Argentina durante diciembre de 1979 comenzó a circular por distintos cuerpos y regimientos del Ejército la orden de revisar cada uno de los guardamuebles de la ciudad de Buenos Aires y del Gran Buenos Aires. Habían descubierto la línea de la logística de la Contraofensiva montonera. Comprobaron que los depósitos de las compañías de mudanza se habían usado para guardar armas, granadas e incluso material sanitario. Los regimientos crearon equipos de control para examinar todos los muebles depositados entre octubre y diciembre de 1979, con especial atención sobre aquellos que fueron entregados en persona por el cliente y con un pago de seis meses por adelantado.
A menos de un mes de la circulación de la orden, la noticia ya era conocida. El 23 de enero el diario Clarín publicó un comunicado del Comando del Cuerpo I del Ejército, entonces bajo el mando del general Guillermo Suárez Mason, que informaba del secuestro de un pequeño arsenal montonero escondido en cajas de juguetes, televisores y sillones: hallaron fusiles G3, ametralladoras Uzi, pistolas Smith & Wesson, un lanzacohetes RPG7, granadas de mano, proyectiles, dos equipos de interferencia RTLV. Los militares anticiparon que extenderían la revisión de guardamuebles a todo el país.
Es difícil creer que la Conducción montonera, tanto en Cuba como en España, no haya tomado conocimiento de esta noticia que comprometía directamente la logística del pelotón que se aproximaba al frente de combate. Pudo haber fallado el Departamento de Inteligencia, pero la Conducción debió de estar enterada. Había un montonero que se ocupaba del correo interno y todas las semanas viajaba de México a La Habana y también hasta Madrid para dejar en manos de Firmenich y Perdía la documentación interna, diarios y revistas. La prensa se leía, se analizaba y se comentaba. Pero si la Conducción o el Departamento de Logística y Personal se enteró de la caída de un arsenal montonero en un guardamuebles, nada cambió: la orden de batalla ya estaba dada, el plan mantuvo su disposición original y nada modificó el curso de los acontecimientos.
No todos los comandos militares hicieron públicos los hallazgos de armamento ni tomaron en cuenta los recaudos legales de la circular. Una madrugada de enero, un grupo de seis o siete militares tomaron por asalto el guardamuebles Expreso Florida, ubicado en Malaver 2851, en Olivos. Le pidieron los registros a su dueño, Victorio Crisafio, ocuparon su oficina y desde entonces asumieron la gestión de la empresa. Crisafio fue confinado a su vivienda de la planta alta, con vigilancia militar. Cada tanto lo consultaban por algún presupuesto para realizar una mudanza, pero nada más.


El 21 de febrero de 1980, Ángel Carbajal, que había guardado las armas de la operación Klein, se acercó al guardamuebles para retirar un baúl y un placard. Llevaba pocos días en el país y había dejado alquilada una casa en San Justo, en la que acababan de instalarse su esposa Matilde y Raúl Milberg. Los propietarios, que vivían en la parte de adelante, se habían encariñado con ellos y saludaron su regreso luego de una ausencia de algunos meses. Lo festejaron con un asado. Pero tres días después dejaron de verlos. Un grupo de civil que a la semana entró a revisar la casa les informó a los propietarios que la volvieran a alquilar porque a esa gente no la iban a ver nunca más. La de Carbajal fue la primera caída. A partir de allí, en menos de un mes, todos los combatientes del grupo TEI que fueron ingresando a la Argentina fueron secuestrados. Según el Informe I, producido en junio de 1980 por el Batallón 601 de Inteligencia del Ejército Argentino, el 27 de febrero fueron secuestrados en la estación de Once, cuando descendían de un ómnibus procedente del Paraguay, Julio César Genoud, Mariana Guangiroli y Verónica Cabilla. El 28, desaparecieron El Chino García Ferré y su pareja Miriam Antonio, que habían ingresado por Chile. Fueron detenidos en un lugar no revelado. Ese mismo día, un comando militar secuestró a la esposa de Carbajal, Matilde Rodríguez y a Raúl Milberg. El 29, también en Once, detuvieron a Ricardo Zuker y su pareja Marta Libenson. Los últimos miembros del pelotón cayeron en marzo. El 19, “Manuel”, Ángel García Pérez, que llevaba sólo una semana en el país, fue secuestrado en una cita en Luján. El mismo día se produjo el secuestro de “Raúl”, Jorge Benítez. Según el informe del procedimiento, efectuado por miembros del Comando Militar de Zona IV, Manuel y Raúl fueron llevados a un guardamuebles donde secuestraron un RPG7, dos fusiles alemanes, doce granadas y dos lanzagranadas. Un informe interno del Ejército, escrito el mismo 19 de marzo, planeaba las tareas del día siguiente. “Queda una cita pendiente con ‘Fermín’, que es otro integrante del TEI del ‘Chino’ para el 20 de marzo a las 16.00. Se conoce el domicilio de ‘Fermín’, pero para evitar riesgos, se procurará detenerlo en la cita.” “Fermín” era Ángel Servando Benítez. Fue secuestrado en la localidad de Martínez. A la tarde, un comando militar irrumpió en su casa. Una vecina logró rescatar a su hija.

La Conducción no se enteró de la destrucción de sus Tropas de Infantería enviadas a Buenos Aires. El plan de operaciones siguió su curso aunque, respecto de la Contraofensiva de 1979, había una corrección. El Comando Táctico decidió instalar una base en un país limítrofe para que el responsable de las TEI en la Argentina pudiera salir del país y recibir asistencia e instrucciones, según el desarrollo de los acontecimientos. Para ese fin, “Petrus”, Horacio Campiglia, de 30 años, segundo comandante montonero y secretario auxiliar del Comando Táctico, voló desde Panamá a Río de Janeiro el 11 de marzo de 1980. Lo acompañaba su asistente “Lucía”, Mónica Pinus de Binstock, de 26. Ambos viajaron bajo el nombre de Jorge Pinero y María Cristina Aguirre de Prinssot. Precisamente el marido de Pinus, Edgardo Binstock, había alquilado un departamento amueblado para que se alojaran.

Horacio Campiglia
Horacio Campiglia
Mónica Pinus de Binstock
Mónica Pinus de Binstock
Edgardo Binstock (actual)
Edgardo Binstock (actual)

 

 

 

 

 

 

 

 

Unos días antes del viaje a Brasil, su esposa llamó al hotel donde se hospedaba Binstock y acordaron una cita en un cruce de calles de Río con una hora precisa, durante cualquier día de la semana siguiente. Binstock fue cubriendo las citas establecidas y nunca vio a ella ni al jefe de ella. Enseguida, viajó a México e informó de las citas frustradas y luego se trasladó a Cuba. La Conducción no sabía nada sobre Campiglia ni sobre su esposa. Le informaron que no se había establecido ningún contacto para controlar su llegada a Brasil. “Él dijo que iba a llamar…”, le comentó Perdía.
Las caídas de Horacio Campiglia y Mónica Pinus de Binstock son un enigma que desconcierta y todavía perdura. Se supo que abordaron el vuelo de Viasa 344 que partió de la ciudad de Panamá, hizo escala en Caracas y tenía como destino final Río de Janeiro. ¿Cómo sabían los militares argentinos que viajarían en ese avión ese día? Los únicos que conocían las identidades bajo las cuales viajaban eran los miembros de la Secretaría Técnica de Montoneros, quienes proveían documentos y, por tratarse de un miembro de la Conducción, los boletos aéreos. Si se continúa el hilo de esta hipótesis, la caída de ambos se habría producido por una filtración interna desde la Comandancia en Cuba. Es decir, habría sido causada “desde arriba”. Pero no es la única hipótesis. Otra sugiere que la caída se produjo “desde abajo”. Es decir, a partir de la confesión del jefe operativo de las TEI en la Argentina, El Chino Ferré Cardoso

El Batallón 601 del Ejército había capturado al instructor montonero en El Líbano (Ferré Cardoso). Este suministró la fecha y hora de la reunión con Campiglia en Río, y un comando militar, en coordinación con las autoridades brasileñas, secuestró a los montoneros antes de que se registraran en un hotel de Río. Fueron traídos a Buenos Aires en un avión Hércules C130 de la Fuerza Aérea Argentina. El cable informó también que Ferré Cardoso ya había provocado las caídas del resto de los miembros de los grupos TEI, al informar que los pelotones ingresarían en micro desde países limítrofes.

El documento desclasificado no explica cómo hizo Ferré Cardoso para conocer la cobertura de identidad con la que viajaban Campiglia y Pinus, además del día y el vuelo.  En la causa judicial sobre las caídas de la Contraofensiva, se recogieron dos artículos de prensa, uno de O Estado de Sao Paulo de abril de 1980 y otro de Jornal do Brasil de junio de 1983, según los cuales, en la pista de aterrizaje, militares que hablaban portugués armaron un cordón de aislamiento y separaron a los montoneros del resto del pasaje y que tanto Pinus como Campiglia gritaron sus identidades y denunciaron que estaban siendo secuestrados.
Otra hipótesis no desarrollada en la causa judicial es que la información necesaria para las caídas de Campiglia y Pinus hubiese provenido desde Panamá. En la línea de contactos de Montoneros había dos funcionarios panameños: el secretario del general Omar Torrijos, Jesús “Chuchu” Martínez, y el general Manuel Noriega, por entonces jefe de inteligencia de las Fuerzas Armadas. Ambos ofrecían protección, documentación de cobertura e intercambio de información con la Organización en ese país. Sin embargo, Panamá no era una zona segura para la izquierda latinoamericana.

En Panamá estaban asentados oficiales de inteligencia del Batallón 601 y de la Marina Argentina, quienes podían operar con facilidad en el territorio. Con los años, se supo que Manuel Noriega, como jefe de la inteligencia panameña antes de llegar a la jefatura de Estado, ofrecía ayuda en forma simultánea tanto a la CIA como al sandinismo y a los militares argentinos. Por otra parte, un montonero establecido en Panamá, Elbio Alberione, que trabajaba con la cobertura de periodista en la radio oficial, reveló que su departamento fue saqueado un día antes de viajar a la Argentina para la Contraofensiva de 1979 como miembro de TEA zona sur. Le robaron dinero y documentación, pero no pudieron encontrar su pasaporte, que llevaba consigo. Ese mismo día, Alberione recibió la asistencia del coronel Roberto Herrera Díaz, primo de Omar Torrijos, quien le repuso el dinero que le permitió viajar.

José Jesús -Chuchu- Martínez
José Jesús -Chuchu- Martínez
General Manuel Noriega
General Manuel Noriega

 

Vaca Narvaja-Perdía- ALBERIONI-Bidegain-Firmenich-
Vaca Narvaja-Perdía- ALBERIONI-Bidegain-Firmenich-Obregón Cano

Si, como indica Pilar Calveiro, esposa de Campiglia, ella lo despidió desde México el 7 de marzo y luego su marido abordó el avión el 11 desde Panamá, es posible que en esos cuatro días la inteligencia militar argentina hubiese recibido información sobre su identidad de cobertura y la fecha de su partida a Brasil. Por otra parte, el hecho de que —como está asentado en la causa judicial— Mónica Pinus fuese demorada en el aeropuerto de Tocumen en Panamá, por problemas en su pasaporte, suma otro punto para considerar la hipótesis de que los pasaportes ya estaban “pinchados” por la Dirección de Migraciones de ese país.
Aunque todavía no existen precisiones sobre la modalidad del secuestro, sí se sabe que tanto Campiglia como Pinus estuvieron detenidos ilegalmente en Campo de Mayo. Por una parte, lo informa el documento desclasificado producido por la embajada estadounidense. También lo confirma un documento del Batallón 601, donde, bajo el nombre de “Petras”, se transcriben algunas informaciones sobre el ingreso de otro nuevo grupo TEI en el mes de junio “o podría adelantarse para mayo”, para realizar “un hecho de conmoción nacional”. Sobre este punto, el documento del Ejército indica: “A los efectos de obtener puntas para identificación de dichos DT [delincuentes terroristas] a su entrada al país el DT CHINO [Ferré Cardoso] está haciendo una descripción lo más detallada posible de todos los DT a quien instruyó en El Líbano”.

La caída de Campiglia no detuvo los planes de la Contraofensiva, pero ciertas modalidades del regreso se fueron modificando. Algunos militantes llegaron del exterior para intentar insertarse en el territorio, buscar trabajo y empezar a hacer contactos políticos con vecinos, organizaciones barriales o sindicales. Esta nueva política también incluyó a Mario Firmenich. En mayo de 1980, un asistente suyo viajó a Mar del Plata para montar una infraestructura para que el jefe montonero pudiera instalarse en la ciudad balnearia, pero luego retornó a Cuba e informó que no había condiciones posibles para garantizar su seguridad. En la Argentina no sobreviviría. La Conducción, o lo que quedaba de ella, decidió que Firmenich permaneciera en Cuba.

Perdía, en tanto, se estableció en Lima, Perú, con su Comando Táctico. Tenía la misma función que debía cumplir Campiglia en Río de Janeiro: brindar asistencia a militantes dispersos o pelotones que se estaban instalando en la Argentina. Como parte de esta política, una estructura de prensa y propaganda conformada por siete militantes se instaló en Buenos Aires para imprimir y distribuir un libro sobre análisis político y económico crítico de la dictadura militar, producido por Montoneros. Llegaron a montar un equipo de impresión en una casa alquilada y enviaron el libro por encomienda a más de trescientos dirigentes políticos y sindicales, incluso a funcionarios militares, pero las posibilidades de desarrollar un trabajo político con los vecinos eran muy escasas porque éstos rehuían involucrarse en obligación alguna. El control ideológico de la dictadura sobre la clase media porteña era tan firme que Montoneros no encontraba huecos para propagar su discurso. Con desazón, los militantes concluyeron que la sociedad no tenía oídos para ellos, ni los necesitaban. Los riesgos eran muy altos para los que llegaban del exterior. De esa estructura de prensa, cuatro miembros fueron secuestrados y nunca aparecieron. Los que sobrevivieron, lo hicieron luego de permanecer más de tres años en la cárcel, con condenas del Consejo de Guerra.

Uno de los casos más llamativos de las desapariciones de esa estructura fue el caso de Gervasio Guadix, quien fue secuestrado el 26 de agosto de 1980 cuando se dirigía a una cita en el barrio de Flores con su jefe, “Tono”, Alfredo Lires, también desaparecido. Al día siguiente, la esposa de Guadix, Edith Aixa María Bona Estevez fue secuestrada y llevada al centro clandestino de Campo de Mayo, donde le aseguraron que su marido estaba en esa unidad militar, aunque ella nunca lo pudo ver. A principios de diciembre de 1980, el Ejército montó un simulacro de suicidio de Guadix. Según el relato oficial, un pasajero que llegó en micro a Paso de los Libres, por la madrugada, nervioso frente a los controles migratorios, decidió llevarse a la boca un frasco de cianuro al grito de “soy del Ejército Montonero, me autoelimino”. Así lo comunicó el Comando en Jefe del Ejército el 25 de diciembre. Gendarmería Nacional labró un sumario interno y la justicia cerró el caso de inmediato. No hubo un solo pasajero o personal de la empresa de transporte que haya presenciado el aparente suicidio. El supuesto cuerpo de Guadix fue enterrado sin haber sido entregado a su familia. Años más tarde, su esposa fue liberada.

Gervasio Guadix
Gervasio Guadix
Alfredo Ángel Lires
Alfredo Ángel Lires

Las fronteras eran zonas de caídas frecuentes por la información de inteligencia que poseía el Ejército, sumada a la colaboración de la red de “marcadores”, montoneros detenidos que eran obligados a delatar la entrada o salida de sus ex compañeros. En Paso de los Libres, la frontera con Brasil, se produjeron los secuestros de Lorenzo Viñas y del padre Jorge Adur. Viñas era militante montonero. Había estado preso, hizo uso de la opción, viajó a México y regresó a la Argentina junto con su esposa en junio de 1979 para insertarse en un barrio del conurbano bonaerense. Le habían asegurado que existían contactos políticos para desarrollar en una sociedad de fomento y en la cooperadora de un colegio. No encontró nada. Se trasladó a Paraná, en la provincia de Entre Ríos, para tener una mejor cobertura. Durante varios meses plantó verduras y hortalizas en una chacra y poco después de que nació su hija decidió reintegrarse a la Organización. Viajó a Brasil. Lo secuestraron en Paso de los Libres el 26 de junio de 1980. El mismo día, en el mismo lugar, pero en otro ómnibus y desde otra procedencia, secuestraron al capellán montonero Jorge Adur cuando intentaba trasladar un mensaje de la Organización al papa Juan Pablo II, de gira por Río de Janeiro. Viñas y Adur cayeron con una particularidad: las compañías de transporte les habían asignado la misma butaca, la número once.

Lorenzo Ismael Viñas
Lorenzo Ismael Viñas
Padre Jorge Adur
Padre Jorge Adur

Todas y cada una de las diferentes estrategias de la Conducción para establecer cuadros en el país, los distintos grupos de prensa, de agitación y propaganda, incluso los militantes que debían instalarse en un barrio y sumar vecinos para una construcción política a largo plazo, fueron siendo desmantelados por el Ejército. No tenían garantías de seguridad, pero se subordinaban a las decisiones de la Organización. Su destino era el secuestro, la tortura y el fusilamiento o, en casos excepcionales, una detención legalizada.
La propia embajada estadounidense empezó a sentirse incómoda por la continuidad de esta estrategia. En mayo de 1980 un oficial político transmitió un cable a Washington en el que, según le indicó su fuente militar, los miembros de las TEI y TEA “serán tratados de la misma manera que antes: la tortura y ejecución sumaria”. El oficial de la embajada preguntó a su interlocutor si no era conveniente “llevar a esta gente ante cortes formales, inclusive cortes militares”. Pero la respuesta fue negativa. Había un problema operativo. “Los militares no confían ni saben cómo utilizar las soluciones legales. Primero, los métodos actuales son más fáciles y familiares. Segundo, no hay ningún militar que tenga el coraje para asumir la responsabilidad formal por la condena y ejecución de un montonero. Bajo las reglas actuales ‘nadie’ es responsable en los registros por las ejecuciones”, respondió la fuente.
Tres meses después, en agosto de 1980, la embajada de los Estados Unidos ya estaba molesta por la seguidilla de crímenes. Les pareció una exageración. “Los miembros políticamente agudos del equipo de Videla deben darse cuenta de que la continua táctica de asesinar a montoneros sin un debido proceso legal ya no es necesaria desde el punto de vista de seguridad y extremadamente costosa en términos de las relaciones internacionales”, indicaba el cable desclasificado por el Departamento de Estado. La molestia estaba fundada en la extensión internacional de una operación del Batallón 601, que, para su realización, necesitó de la colaboración de los servicios secretos de Perú y de España.

El raid tuvo su punto de partida en mayo de 1980 con cinco secuestros en Buenos Aires; en junio la operación continuó en Perú, donde Perdía estuvo a pocos minutos de ser secuestrado, y, por último, acabó con una militante, que había sido secuestrada en Lima y apareció muerta en Madrid. La operación se había realizado en el marco del Plan Cóndor, que la propia Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos (CIA) había definido en un documento como “un esfuerzo cooperativo de los servicios de inteligencia de varias naciones sudamericanas para derrotar el terrorismo y la subversión”, que contaba entre sus miembros a Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Brasil y Bolivia y afirmaba que “Perú y Ecuador recientemente se convirtieron en miembros”. Pese al aval proporcionado por la CIA y el Plan Cóndor, al oficial político de la embajada norteamericana en la Argentina, esa operación de la inteligencia militar local le pareció desproporcionada y con efectos perjudiciales para la imagen del gobierno castrense. El cable desclasificado de agosto de 1980 describió a Videla como un “prisionero o víctima” del Batallón 601. “Cualquiera con un gramo de sentido político en el gobierno argentino hubiera abortado, si hubiera podido, estas operaciones. Ciertamente, el riesgo de la aventura peruana para Videla no valía el precio de tener que cancelar su visita a Lima.”
La acción se inició con el secuestro del teniente primero “Lucio”, Federico Frías, un ex estudiante de Economía de la ciudad de La Plata que ya había participado de la Contraofensiva de 1979 como miembro de TEA zona oeste.

Federico Frías Alberga
Federico Frías Alberga

Frías acababa de abandonar México para retornar a la Argentina y era responsable de un grupo de cuatro militantes —Gastón Dillón, Mirtha Simonetti, Salvador Privitera y Agathina Motta—. Todos fueron secuestrados en el mes de mayo.

Gastón Dillón
Gastón Dillón
Mirta Beatriz Simonetti
Mirta Beatriz Simonetti

 

Salvador Privitera
Salvador Privitera
Toni Agathina Motta
Toni Agathina Motta

 

 

 

Pero dado que Frías debía reportarse a Perú para un encuentro con Perdía, los militares planificaron una operación internacional para capturar al jefe del Comando Táctico a través del mismo Frías. Frías ya tenía una cita establecida con la teniente “Mecha”, María Inés Raverta, el 12 de junio en el parque Kennedy en Lima. Ella debía conducirlo al encuentro con Perdía. El plan de los militares se complicó el día anterior cuando Frías, en el baño de un bar, logró quemar con un cigarrillo una cuerda de nailon que unía el dedo pulgar de su pie con un testículo y empezó a correr por las calles de Miraflores, mientras, muy atrás, el militar que lo custodiaba le disparaba y gritaba que acababa de asaltarlo. Para desgracia de Frías, un peruano intentó solidarizarse con la supuesta víctima y con su pierna lo hizo caer al suelo y lo retuvo. Frías intentó defenderse, explicó que no era un ladrón sino un secuestrado y que lo habían traído de Buenos Aires para matarlo, pero enseguida llegó su perseguidor y lo golpeó con un revólver. La cabeza de Frías empezó a sangrar. En ese momento se acercó una camioneta para secuestrarlo otra vez, pero un patrullero local impidió la acción e intentó aclarar qué estaba sucediendo. Uno de los militares argentinos apartó al alférez peruano y le explicó que debía llevarse a Frías. La mujer policía que empezó a asistirlo ordenó que llevaran al herido al hospital de emergencia de Miraflores. Frías fue atendido, su nombre está registrado en el libro de ingreso a las trece y veinte. A la tarde fue llevado a la comisaría y mediante la gestión de militares peruanos, fue devuelto, otra vez, a los militares argentinos. Al día siguiente, Frías concurrió a la cita con Raverta con la contraseña acordada, la revista Caretas. Ella debía realizarle una pregunta y la pregunta se escuchó a través del micrófono receptor que llevaba Frías.

María Inés Raverta
María Inés Raverta

El operativo se puso en marcha: los militares argentinos, con la colaboración de sus pares peruanos, la secuestraron y la condujeron a una residencia del Ejército Peruano, en Playa Hondable, a 50 kilómetros al norte de Lima. La ataron en la cama de un bungalow frente al mar y comenzaron a torturarla con descargas de electricidad. Raverta se sacudía y gritaba. Un militar peruano prefirió salir, pero el argentino lo convocó a la sala. “¿Por qué no pasas? Es bueno que mires. Es experiencia.” Los argentinos aplicaron la misma metodología represiva que en su país: secuestro, tortura y “confesión”. Raverta soportó mucho más que las dos horas que establecía la Organización. Después de ese período, si algún militante no concurría a la reunión, la obligación era levantar la casa. Perdía levantó el departamento de la avenida Benavides 455, donde el Comando Táctico había montado su oficina, y se fue con sus asistentes a la casa de la calle Madrid, en el barrio de Miraflores, donde estaban viviendo. Julio César Ramírez, quien acababa de llegar de la Argentina para informar de su trabajo político, en cambio, demoró la partida o decidió quedarse en el departamento.

Julio César Ramírez
Julio César Ramírez

Las ausencias de Raverta y de Frías, que no llegaban, no componían en principio un hecho grave para Perdía. Supuso que, como hipótesis de máxima, la demora estaría causada por una detención por parte de la policía peruana, pero difícilmente por un secuestro de la inteligencia militar argentina. En su lectura de la coyuntura política, Perdía entendía que había un margen que permitía controlar la situación. El régimen militar del general Francisco Morales Bermúdez estaba dejando el poder y faltaba poco más de un mes para que asumiera el presidente electo Belaúnde Terry. Una vez que llegaron a la casa de Miraflores, Perdía instruyó a su asistente Noemí Molfino para que permaneciera allí, que no se moviera; pensaba que no le iba a suceder nada. Y si las ausencias de Raverta y Frías se debían a la acción de militares argentinos y representaban el primer paso para alcanzarlo a él, había que desenmascarar el operativo. Por eso, le pidió al hijo de Molfino, Gustavo, que buscara a los legisladores electos de la izquierda peruana para interiorizarlos de lo que estaba sucediendo e iniciar la campaña de denuncia. En tanto él, Perdía, partió con su esposa Amor, pero antes de hacerlo, tomó el dinero y las armas que había en la casa para dejarla “limpia” si llegaba la policía.

Noemí Molfino tenía 55 años y era viuda. La militancia de sus cinco hijos la había llevado a comprometerse con Montoneros. A esas alturas era una de las asistentes del Comando Táctico de Perdía. También se había acercado a las Madres de Plaza de Mayo a partir de la desaparición de su hija Marcela y de su yerno Guillermo Amarilla, miembros del grupo TEA zona oeste, secuestrados en octubre de 1979. Su hijo Gustavo, de 18, que se había entrenado en El Líbano, era correo internacional de la Conducción. Viajaba por Europa llevando documentos y pasaportes. Había entrado y salido de la Argentina con la misma misión.

Noemí Gianetti de Molfino
Noemí Gianetti de Molfino
Gustavo Molfino (actual)
Gustavo Molfino (actual)

Después de un largo rato, cuando Gustavo Molfino regresó a la casa donde estaba su madre, la situación había cambiado: no había luces en la calle aunque sí algunos hombres con armas largas que la circundaban. La llamó desde el teléfono público de la esquina. Noemí Molfino también tenía la impresión de que estaba rodeada. Le pidió a su hijo que no ingresara en la vivienda, que no arriesgara su vida, que tenía un largo camino por delante, e insistiera con la búsqueda de los legisladores, que hasta ese momento su hijo no había encontrado. Gustavo Molfino siguió caminando y le pareció ver a María Inés Raverta dentro de un auto, rodeada de hombres; ella bajó la vista, fingiendo que no lo conocía. Gustavo Molfino llegó hasta la casa del diputado Antonio Meza Cuadra, en las afueras de Lima, que estaba brindando una comida. El legislador le anunció que Noemí Molfino acababa de llamarlo y preveía que estaba por ser secuestrada. Cuando su hijo, desde la casa de Meza Cuadra, la llamó otra vez, ya nadie contestó el teléfono. Perdía se había equivocado.

Ese 12 de junio de 1980, la misma noche de la desaparición de Noemí Molfino, el Batallón 601 también secuestró a Julio César Ramírez, que había permanecido en el departamento. El portero dijo que lo llevaron alrededor de las nueve. Frías, Raverta, Molfino y Ramírez fueron mantenidos en los bungalows de Playa Hondable. Los torturaban y los hacían caminar a ciegas por la playa, con simulacros de fusilamiento. El 17 de junio, frente a la denuncia de las desapariciones, el gobierno militar de Morales Bermúdez anunció que los argentinos habían ingresado ilegalmente a Perú y serían liberados en la frontera boliviana, pero la presidenta de ese país, Lidia Gueiler, que estaba a punto de ser destituida por un golpe de Estado, negó haberlos recibido. Sin embargo, se conocieron fotos de Raverta y Ramírez mientras estaban secuestrados en la frontera peruano-boliviana. Se cree que los secuestrados fueron trasladados a Campo de Mayo, donde fueron ferozmente torturados y ejecutados. Los cuerpos de Frías, Raverta y Ramírez nunca aparecieron. Pero el de Noemí Molfino, sí. El 21 de julio de 1980, casi cuarenta días después de su desaparición en Perú, estaba en una cama de un apart hotel de Madrid, sin vida.

Con el caso de Noemí Molfino, el Batallón 601 intentó demostrar que las denuncias de los secuestros eran falsas. ¿Cómo una mujer cuya desaparición se denunció en Perú podía aparecer muerta en un apart hotel de Madrid? Además, según los registros de apartamentos Muralto, se había alojado tres días antes con una persona identificada como Julio César Ramírez, del cual ahora no había rastros. Ramírez era otro de los secuestrados en Perú. Para dar veracidad a la maniobra, la embajada argentina en Madrid comunicó que “Noemí Esther Gianetti de Molfino falleció, al parecer de causas naturales, luego de haber sido expulsada de Perú por ser considerada como delincuente subversiva”. Molfino fue conducida a Madrid por miembros del Batallón 601 bajo el engaño de que sería liberada en París, donde podría reencontrarse con su hija Alejandra, embarazada de ocho meses. Uno de los miembros del Batallón que la condujo a Madrid actuó bajo la identidad de “Julio César Ramírez”. Molfino murió por intoxicación. Durante dos días, el cartel de “No molestar” en la puerta impidió que las mucamas pudieran entrar en su habitación. En la mesa de luz encontraron el boleto aéreo Madrid-París.

La campaña de denuncia por parte de Montoneros y la izquierda peruana previno a Videla de lo inoportuno que significaría asistir a la asunción de Belaúnde Terry.

 

Fuentes : Fuimos soldados,Marcelo Larraquy

                  Recopilación de datos propia

 

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