Diez días después de la muerte de Mendizábal y Croatto, las Tropas Especiales de Infantería de Montoneros iniciaron la tercera fase de la maniobra: el ataque. El plan original preveía que las acciones militares se ejecutaran en coincidencia con las acciones de propaganda de las TEA en un contexto de enfrentamiento callejero contra la dictadura. Estos dos últimos pronósticos fallaron. Cuando las TEI se dispusieron a golpear, las estructuras de TEA estaban aniquiladas o esperaban la orden de retirada y no había movilizaciones sociales. Sin embargo, los atentados, que en principio tuvieron como blanco al ministro de Economía José Alfredo Martínez de Hoz, continuaron su planificación. Su realización en forma simultánea contra dos miembros vitales del equipo económico estaba destinada a generar una conmoción inmensa, un impacto tan inesperado, que no sólo provocaría fisuras en el gobierno militar sino que ya nadie mantendría la impresión de que Montoneros había abandonado la lucha armada y había sido derrotado.
Las tropas de Infantería vivieron en forma clandestina durante tres meses en Buenos Aires diseñando las acciones militares que luego llevarían a cabo, pero antes se habían instruido durante otros tres meses en Medio Oriente. Había tres bases de entrenamiento, dos en El Líbano y otra en Siria, para la preparación de tres pelotones….
Un día antes de abandonar Beirut cada combatiente tuvo su ticket de avión para volar hacia Europa y desde ahí cada uno planificó su viaje. Todos ingresaron sin contratiempos durante el mes de junio de 1979 y se fueron instalando en distintas pensiones y hoteles de Buenos Aires. Cada uno de ellos suponía una vida distinta. Entonces: había tres grupos TEI y tres operaciones por definir. Había tres meses por delante y varias tareas por realizar.
Para entonces, el blanco ya no era el ministro de Economía. Varias veces habían intentado chequear sus movimientos en la entrada de su edificio y en el Ministerio de Economía, frente a la Plaza de Mayo, pero nunca lo vieron. Martínez de Hoz se había mudado. Entonces decidieron apuntar sobre el secretario de Hacienda, Juan Alemann.

Diez días después de las muertes de Mendizábal y Croatto, el jueves 27 de septiembre de 1979, el pelotón salió de la casa en una camioneta para realizar la operación contra Alemann. Sin embargo, a punto de ser ejecutada, Osvaldo Horacio Olmedo ( hermano de Carlos Olmedo) decidió suspenderla. Dijo que no se podía hacer. Yager decidió separarlo de la Organización.

Osvaldo Horacio Olmedo
Osvaldo Horacio Olmedo
Carlos Olmedo
Carlos Olmedo

Cuando los soldados del grupo TEI 2 volvieron a su base, el televisor estaba encendido y la casa de Guillermo Walter Klein era una montaña de escombros. Montoneros lo había señalado como primer blanco.

Guillermo Walter Klein
Guillermo Walter Klein (1979)

Klein tenía 42 años. Vivía con su esposa, de 40, y sus cuatro hijos de 13, 11, 9 y 6 años en un chalet de dos plantas estilo inglés construido en la década del cuarenta en la calle Catamarca 2740, en Olivos. La operación en su contra había comenzado un mes antes, cuando un miembro del pelotón montonero había logrado ingresar en su casa. Había utilizado el argumento de que un plomero-gasista de la zona, a quien los Klein ya habían convocado para realizar trabajos, lo había enviado para revisar el baño de la planta alta. La mucama le abrió paso y el montonero atravesó el pasillo de entrada, llegó al hall, subió por la escalera que estaba a su izquierda y tomó conocimiento de la distribución de las habitaciones. Después de algunos minutos descendió y prometió regresar con las herramientas para realizar el trabajo.
La camioneta que se utilizó para la operación, una Chevrolet modelo 73 blanca, con franjas verdes, fue comprada en forma legal a través de un aviso del diario. Su propietario era chileno, pero no aceptó venderla en dólares. La transacción se demoró casi una semana. El pelotón dispuso de la camioneta sólo un día antes de la operación. Cada mañana, apenas pasadas las ocho, Klein salía de su casa. Dos policías de civil lo conducían en auto hasta el Ministerio, mientras que otro policía, que dormía en el garaje, permanecía en la puerta durante el resto del día. Era la custodia permanente. El día 27 de septiembre, a las siete y media de la mañana, los policías del servicio de custodia ingresaron en la casa y se dirigieron al garaje para sacar el auto a la calle, mientras que el otro policía, que ya se había despertado, salió a caminar por la vereda en plan de observación, como lo hacía siempre. Las dos mucamas ya habían preparado el desayuno y dos de los cuatro hijos de Klein estaban en la cocina. Los otros dos seguían en sus cuartos de la planta alta, mientras el matrimonio, en pijama, dudaba entre vestirse y bajar a desayunar o bajar a desayunar y después vestirse. El policía que caminaba por la vereda estaba llegando a la esquina. Vio avanzar una camioneta Chevrolet y, detrás de ella, un Renault 12. No les prestó atención. Sólo se dio vuelta cuando escuchó los disparos. Eran las siete y treinta y ocho. El pelotón había iniciado la maniobra de ataque: tres montoneros uniformados disparaban contra el frente de la casa y el resto del pelotón descendía de los vehículos y se disponía a ingresar. El policía se guareció detrás de un árbol y empezó a disparar. Los tres montoneros cambiaron de blanco y le respondieron. En su cama, Klein escuchó tiros en la planta baja. Supuso que eran ladrones. Pero enseguida, la intensidad de los disparos le hizo sospechar que venían a matarlo. Una de las mucamas, la que trabajaba cama adentro, tomó a su beba de ocho meses de la habitación de servicio, que estaba al lado de la cocina, y escapó junto con la otra mucama hacia el fondo de la casa. Los policías que estaban en el garaje fueron neutralizados por el pelotón. Todo sucedía en fracciones de segundo. Los vecinos comenzaban a asomarse por las ventanas; un patrullero se dirigía hacia el lugar guiado por las detonaciones; un mayor retirado de la Fuerza Aérea, que vivía frente a la casa de Klein, iba a buscar su escopeta High Standard; Klein colocaba a sus dos hijos que estaban en la planta alta debajo del colchón del dormitorio que daba al fondo de la casa; su esposa llamaba a los gritos a los otros dos que habían quedado en la planta baja. Allí, la hija de Klein había logrado esconderse debajo de la mesa de la cocina y el otro hijo se escabulló por la escalera hacia arriba, aprovechando que los miembros del pelotón colocaban distintas granadas, que contenían la carga explosiva, sobre todas las columnas del sector derecho de la casa, donde se asentaba la losa. La carga estaba distribuida entre explosivo plástico, 75% de exógeno y 25% de aceite plastificante, y trotyl, reforzado con nitrato de amonio. Cinco kilos de explosivos bastan para demoler una casa de 150 toneladas. Pero la carga se triplicó: se colocaron quince kilos. En el fondo, las mucamas, cuerpo a tierra en el jardín, rogaban a dos miembros del grupo que no las mataran; les permitieron escapar por el alambrado de atrás, mientras los ladridos de la perra eran acallados con un disparo. Afuera, desde la vereda de la casa, tres miembros del pelotón seguían tirando contra el cabo refugiado detrás del árbol. El mayor retirado de la Fuerza Aérea, apostado en el balcón, tenía a los tres montoneros en la mira de la escopeta, pero no se decidía a disparar. Lo confundía el hecho de que estuvieran con uniforme. No sabía si eran policías de la provincia de Buenos Aires o delincuentes. Klein recibió a su hijo al borde de la escalera de la planta alta, lo llevó al dormitorio y se dispuso a bajar a la planta baja en busca de su hija. Era la única que quedaba. Su mujer le pidió a los gritos que no lo hiciera, pero Klein desoyó el ruego y se volvió hacia la escalera. Quizás un “arrebato cristiano” por parte de los miembros del pelotón hizo que ninguno de ellos tomara la responsabilidad de matar con su arma al funcionario. Ninguno subió a buscarlo a la planta alta. Se pensó que era suficiente con la carga de explosivos. La operación también tenía un tiempo que respetar. Y ese límite no podía ser vulnerado. Había muchas vidas propias que se ponían en riesgo con el paso de cada segundo. El teniente primero “Alberto”, quien ya había disparado el cohete RPG7 a la Casa Rosada durante el Mundial 78 y ahora era el jefe del grupo TEI número 1, supervisó las acción contra Klein con un cronómetro en la mano. Una vez que el plazo de tres minutos concluyó y en la creencia de que se había cumplido con el objetivo, ordenó dar por finalizada la misión. Los miembros del pelotón salieron de la casa y regresaron al auto y a la camioneta. El mecanismo de iniciación de la explosión se activó por un cable detonador eléctrico. Existió un imprevisto: en medio de la retirada, llegó el patrullero y empezó a disparar, pero la acción de dos proyectiles antitanque ENERGA, de fabricación montonera, y granadas los hizo desistir de la persecución. Los policías se parapetaron tras los árboles. En ese momento, justo cuando Klein estaba descendiendo la escalera en busca de su hija, se escuchó una explosión, y luego otra y enseguida una mucho más fuerte que las dos anteriores, con un poder destructivo tal que terminó por derrumbar todas las estructuras de la construcción. La casa, en tan sólo cuatro minutos, se transformó en una montaña de escombros. Sólo quedó en pie el pilar de la entrada. La calle era una nube de polvo. El policía que había salido a caminar en plan de observación se desmayó; el mayor de la Fuerza Aérea, con su escopeta en la mano, no podía entender lo que veía. Las cargas explosivas, que detonaron en forma casi simultánea, también derrumbaron el techo del garaje y aplastaron el auto de la vecina. Los colchones volaron hasta la copa de los árboles. Los vidrios se clavaron como dardos en las paredes de las casas del vecindario. Pese a que hubo una granada que no explotó porque falló el percutor —no fue quitado el seguro de transporte, un pequeño perno de aluminio sujeto al cuerpo de la granada con una cinta roja—, Alberto tenía mucha confianza en la eficacia de los explosivos. Su utilización permitía cumplir con un doble objetivo: aniquilar a Klein y producir un hecho propagandístico, de alto impacto psicológico, que exaltara la potencia militar de Montoneros. Quizá la necesidad de respetar este último precepto fue en detrimento del cumplimiento del primero. La esposa de Klein, Pamela Ferguson, que estaba fracturada bajo los escombros, empezó a llamar a sus hijos. Tres de ellos, los que habían sido refugiados en el dormitorio, pudieron ser rescatados a poco que se inició la labor de los bomberos. Durante la mañana, con la transmisión en vivo de las cámaras de televisión y la presencia del ministro de Economía Martínez de Hoz y el jefe de la policía provincial, general Ramón Camps, Klein pudo ser localizado tras tres horas y media de búsqueda. Su hija Marina, que se había escondido debajo de la mesa de la cocina, también se había salvado. Fue extraída pasada las once y media. Los Klein permanecieron más de un mes hospitalizados. Los dos policías que estaban en el garaje, en cambio, habían muerto; no por acción de las balas sino por asfixia.

Rescate Marina Klein
Rescate Marina Klein

 

 


Después del atentado a Klein, los miembros del grupo número 1 de TEI se fueron del país y los del número 2 se reordenaron para revertir la operación, frustrada por Olmedo, contra el secretario de Hacienda Alemann.

Juan Ernesto Alemann (actual)
Juan Ernesto Alemann (actual)

Yager dispuso de otro jefe de menor nivel militar para comandar la maniobra, que fue programada para el miércoles 7 de noviembre de 1979. Esa mañana llovió como hacía mucho no lo hacía en Buenos Aires. Alemann salió de su departamento y subió a un automóvil Torino. Una militante registró el primer movimiento desde el agujero del baúl de un auto, donde estaba enrollada. Eran las nueve y cinco. Alemann siempre viajaba en el asiento trasero, solo, detrás del chofer, junto al cual viajaba una custodia policial. Pero en esta oportunidad la militante informó por el walkie-talkie la presencia de un cuarto hombre junto a Alemann. Otro auto se ocupó de seguir su recorrido y lo informó a la camioneta que lo esperaba. Fue el segundo chequeo. Alemann ya había cruzado la avenida Cabildo y continuó por Zabala, una calle de dirección única y nueve metros de ancho. Eran las nueve y doce. Pocos metros antes de la próxima esquina estaba estacionada una camioneta pick up Chevrolet de color gris metalizado. Tenía una denuncia de robo. Dos miembros del pelotón se la habían sustraído a un repartidor de mercaderías hacía dos días en la zona de Munro. (Simularon un procedimiento policial y antes de irse, le tiraron el atado de cigarrillos que apoyaba en el tablero.) La camioneta tenía una caja trasera con el techo cerrado y una amplia ventanilla lateral. Mientras esperaban a Alemann, la tensión de los combatientes se sentía en cada respiración. No había palabras. Había miedo. Algún imprevisto, un auto que se atravesase, un compañero que cayera, la propia muerte. Las operaciones, aunque estuviesen pensadas hasta el menor de los detalles, nunca salían como en las películas. Cuando el Torino avanzó por Zabala, a poco menos de cuarenta metros de la esquina de Vuelta de Obligado, la camioneta Chevrolet se cruzó en la bocacalle y bloqueó el paso. Empezaron a disparar desde la ventana de la caja. El custodio de Alemann ordenó: “Tírense al piso que nos atacan”. La lluvia era muy intensa en ese momento. Alemann y el chofer cumplieron la orden del custodio. El custodio no. Tomó su escopeta y bajó del auto en medio de la balacera para responder el ataque. Pero a los fusiles montoneros se les añadió otro recurso. Un miembro del pelotón bajó de la camioneta, la cruzó por detrás, se apostó en una de las esquinas y disparó un proyectil ENERGA. Entre los combatientes existía el concepto de que si el lanzaenerga alcanzaba su objetivo, eso bastaba para garantizar el éxito de la operación. Era un concepto casi mágico. El proyectil —de 20 centímetros de largo, 10 de diámetro, punta de magnesio y mil grados de temperatura al impacto— alcanzó el blanco enemigo, pero como los vidrios ya estaban rotos por los disparos, la onda expansiva no produjo la presión de energía suficiente en el interior del auto, en parte también porque golpeó en el capot. En la confusión y entre la lluvia, la operación ya parecía resuelta. La camioneta se retiró por Zabala. El pelotón se fue con la sensación de que la misión estaba cumplida. Después cambiaron de autos y cuando llegaron a la casa y encendieron el televisor no podían entender lo que veían. Martínez de Hoz estaba otra vez en la pantalla en señal de solidaridad. El policía tenía una bala en el pómulo, otra le había atravesado el brazo izquierdo y había perdido los dientes. El chofer tenía una herida debajo del párpado y otra en el abdomen. Alemann no sólo había sobrevivido, sino que estaba intacto. Dos horas más tarde estaba en su despacho.

 

Atentado a Juan Alemann
Atentado a Juan Alemann

El último atentado de la Contraofensiva militar de 1979 intentó reparar todos los errores de las dos operaciones anteriores. Se produjo seis días más tarde, el 13 de noviembre, en plena mañana. No se ejecutó en una calle de barrio sino en pleno centro de Buenos Aires, sobre la avenida 9 de Julio, a diez cuadras del Obelisco. El blanco elegido fue un componente de uno de los grupos económicos que apoyaba la gestión de Martínez de Hoz, el empresario Francisco Soldati, que hasta hacía cinco meses había sido presidente de la compañía de electricidad Ítalo Argentina.

Francisco Soldati
Francisco Soldati

La operación fue conducida por el teniente primero “Chacho”. Era el jefe del grupo TEI número 3. Un tipo joven, no superaba los 30 años, pero con mucha experiencia militar. Había sido trabajador del gremio del Estado y asumió como propia la resistencia contra la dictadura. Mientras la sociedad se tapaba los ojos para no ver el horror, él lo enfrentaba con las armas. Se sentía protagonista de esa lucha. Había integrado el Grupo Especial de Combate del Ejército Montonero entre 1976 y 1977, después se entrenó en España y Francia, lanzó los cohetes RPG7 contra el edificio del Comando en Jefe del Ejército y la ESMA durante el Mundial ’78 y luego instruyó a las tropas del Grupo 3 en Siria. Con los integrantes del auto de apoyo, un Peugeot 504 gris que debía obstaculizar el vehículo de Soldati cuando cruzara la avenida 9 de Julio, el pelotón estaba integrado por doce combatientes. Soldati ya había sido chequeado. Vivía en Cerrito 1364, todas las mañanas se dirigía a su oficina en la Sociedad Comercial Del Plata, a pocas cuadras de su edificio, en el Bajo. Viajaba en el asiento trasero derecho de un Torino, con un policía que actuaba de chofer. El 13 de noviembre, a las diez y cuarenta, el Torino iba por la calle Arenales y atravesaba la avenida 9 de Julio. El Peugeot 504 lo obligó a reducir la velocidad. Una camioneta pick up Ford, también de color gris, que lo esperaba en la avenida, aprovechó la momentánea detención para embestirlo sobre el costado izquierdo. (La camioneta era legal. Un miembro de grupo TEI la había comprado poco antes en una concesionaria de Floresta. Falsa era la identidad del comprador.) El impacto neutralizó al Torino y tres combatientes con fusiles AK47, ametralladoras Uzi y vestidos con uniforme montonero bajaron de la caja trasera de la camioneta; dos de ellos se desplazaron hacia la parte delantera del Torino y otro lo hizo sobre la puerta trasera derecha. Este último, el jefe de la operación, tenía la misión de ultimar a Soldati. Pero una vez que inició una serie de disparos y se dio vuelta para retirarse, de golpe, como si se hubiese arrepentido de lo hecho o como si no estuviese del todo seguro de haberlo hecho bien, regresó, se detuvo otra vez frente al auto y descargó otra ráfaga, la última. La puerta se abrió y la mano del empresario siguió aferrada al apoyabrazo. Klein y Alemann se habían salvado. El jefe de la operación no quería que ocurriera lo mismo con Soldati y no ocurrió. Pero a diferencia de los grupos TEI 1 y 2, que no cumplieron con los objetivos de sus operaciones pero preservaron sus vidas, lo que sucedió con el tercer pelotón tuvo consecuencias peores.

Atentado a Francisco Soldati
Atentado a Francisco Soldati
Asesinato Francisco Soldati
Asesinato Francisco Soldati

La planificación del atentado preveía el uso de una bomba de retardo, programada a un tiempo máximo de veinte minutos, para ser colocada debajo del Torino. Si esta vez a Martínez de Hoz o a cualquier miembro del equipo económico o autoridad presidencial se le ocurría presentarse en el lugar del hecho, la deflagración actuaría contra ellos con un efecto devastador. Volaría todo lo que estuviera alrededor, incluso los policías. La responsable de esa misión era “Irene” o “La Negra”. Había sido una de las más ágiles en la instrucción militar; tenía casi el mismo nivel de los guerrilleros del Chad, que tiraban una soga y saltaban una pared en cuestión de segundos. También había tomado cursos de medicina y sanidad en un hospital de Beirut. Lo sorpresivo, lo que nunca nadie del pelotón hubiera imaginado, fue que Irene trastabillara al descender de la camioneta y la bomba explotara cuando la llevaba en sus manos en dirección al Torino. La explosión prematura hizo volar toda la estructura trasera de la camioneta. Granadas, armas largas y de puño, proyectiles y clavos “miguelitos” quedaron esparcidos en un radio de cincuenta metros. También los panfletos: “A Martínez de Hoz y sus personeros los revientan los Montoneros”. La onda expansiva de la bomba también impactó sobre el vehículo de Soldati y su chofer Ricardo Durán, que ya estaban muertos, y lo envolvió en una llamarada de más de diez metros de altura, una visión espectral que conmovió a los conductores y peatones que circulaban por la zona. También conmovió al pelotón. Los tres montoneros que habían cumplido con la misión de aniquilar a Soldati quedaron aturdidos y desconcertados. Aturdidos a tal punto que Chacho perdió la audición de un oído. Tan desconcertados que ninguno de los tres recordaba dónde estaba el Peugeot 504 gris, que era uno de los vehículos de la retirada. En medio del desastre, primero corrieron hacia el oeste, en dirección a la calle Cerrito, que corre paralela a la 9 de Julio, pero luego retomaron hacia el norte, hacia la playa de estacionamiento que ocupaba un sector de la avenida. Cuando un Peugeot 404 color ladrillo, conducido por una mujer que todavía tenía el ticket en la mano y se disponía a iniciar la maniobra de estacionamiento, apareció a la vista del grupo, se abalanzaron sobre él, hicieron descender a la conductora en forma vehemente, tirándole del pelo, con tanta desgracia que les quedó una peluca rubia en sus manos. El Peugeot 404, que tenía poca nafta y muchos problemas de carburación, tomó por Arenales y luego giró hacia el norte, para perderse por la avenida Libertador. Chacho se fue sacando la piel de la cara que había quedado quemada para que no se advirtiera que había participado del atentado.
Para entonces, casi simultáneamente a la fuga de los tres miembros del pelotón, distintos componentes de las fuerzas de seguridad se agruparon en torno a la camioneta. Eran muchos: un policía que custodiaba la embajada de Francia; un patrullero que circulaba por la zona; algunos oficiales de la Marina que se encontraban en la oficina privada del almirante Emilio Massera sobre la calle Cerrito; más otros militares que vigilaban el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas ubicado a cien metros del teatro de operaciones. (En la inteligencia previa no había conocimiento de este inmueble.) Por la explosión de la bomba, el resto del pelotón montonero había quedado devastado y casi sin reacción para responder los disparos. El chofer de la camioneta pick up, “Patrón”, Horacio Firelli, de 28 años, hijo de un ganadero, que había desertado del servicio militar obligatorio para alistarse en el Ejército Montonero y había integrado uno de los pelotones en las acciones del Mundial 78, recibió varios disparos y murió con su frente en el volante y una Uzi en la mano. A su derecha, tendido sobre la avenida 9 de Julio, se veía el cuerpo de “Esteban”, Remigio Elpidio González, de 28, oriundo de Loreto, provincia de Corrientes y docente en Misiones. Había sido detenido durante la dictadura y recuperó la libertad por el beneficio de la opción luego de veintitrés meses de cárcel. Se fue a Noruega. En mayo de 1979, mediante una postal, le anunció a su familia que durante varios meses no tendrían noticias suyas. Irene quedó atrapada entre los fierros de la cabina y la caja trasera de la camioneta. Los análisis científicos demoraron mucho tiempo en acreditar su identidad. Se llamaba Graciela Rivero. Era pareja de uno de los tres que habían escapado.

Enrique Firelli
Enrique Firelli
Remigio Elpidio González
Remigio Elpidio González

Otros dos miembros del pelotón, “Lalo”, Luis Alberto Lera, de 23, y “Alejandra”, Patricia Susana Ronco, de 27, que habían quedado muy aturdidos por la explosión, lograron arrastrarse unos metros hasta la plazoleta que da sobre la calle Carlos Pellegrini. Aun cuando fueron alcanzados por las balas de las fuerzas de seguridad, siguieron disparando. Pero no por mucho tiempo: los atraparon con vida. La información oficial sobre el atentado a Soldati no dio cuenta de la existencia de ellos. Tampoco los diarios. Nadie habló de heridos. Sólo de cinco muertos: Soldati, su custodio Durán y tres montoneros.

Luis Alberto Lera
Luis Alberto Lera
Patricia Susana Ronco
Patricia Susana Ronco

Lo mismo sucedió en la instrucción de la causa, a cargo del juez Ramón Montoya. Se establecieron cinco cadáveres y el informe pericial del médico legista sobre cada uno de ellos. Aunque en la inspección ocular del ayudante Jorge Enrique Solano sobre el atentado, asentado en las fojas 343 y 344 del expediente, se narra que “a raíz de un tiroteo con fuerzas de seguridad fueron abatidas tres personas, dos del sexo masculino, y resultaron con heridas de distinta consideración otras dos de diferente sexo”. Eran Lalo y Alejandra. Fueron trasladados al hospital policial Bartolomé Churruca para su recuperación. Ninguno de ellos fue convocado a declarar por el juez Montoya. A excepción de la mención citada, no hay constancia de ellos en la causa judicial. Ambos figuran en las listas de denuncias de desaparecidos el 13 de noviembre. Pero en el caso de Alejandra, a través de un documento de inteligencia entregado posteriormente a la justicia, se supo que estuvo detenida. Sus secuestradores la interrogaron para que tomara contacto con su pareja, Chacho, jefe del grupo y uno de los que escapó tras la explosión, para hacerlo caer. Ella dijo que no podía reengancharse con él a través de la Organización, estando en la Argentina, porque, cuando se enterara de que había sobrevivido, no le creería que se hubiese librado de los militares. En busca de una oportunidad para escapar, Alejandra pidió que la llevaran a Brasil.

Raúl Clemente Yager
Raúl Clemente Yager

Pese a que el objetivo inicial había sido cumplido, la operación contra Soldati significó un precio demasiado alto para Montoneros. Fueron las únicas caídas de los grupos TEI. Raúl Yager, responsable de todos los pelotones, las atribuyó a las deficiencias de la preparación militar en Beirut. Yager había observado la operación desde la ventana del Hotel Embajador, donde se había alojado. Con el desastre a menos de treinta metros de su vista, comentó: “Los cursos Pitman no van…”

 


Fuente: Fuimos soldados,Marcelo Larraquy

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