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Tras el rastro del dinero

El operativo había sido planeado para el 2 de enero de 1977, pero la lluvia hizo que fuera suspendido. El domingo 9, en cambio, amaneció con un sol espléndido y fue puesto en marcha. A primera hora de la tarde los autos partieron hacia Tigre.

El grupo de tareas sabía que Montoneros recomendaba a sus cuadros tratar de hacer actividades al aire libre durante los fines de semana, para compensar el stress de la vida clandestina. Pero el operativo de aquel día no tenía un objetivo puntual, era como arrojar la red en un lugar donde se suponía que habría algo para recoger.

Al promediar la tarde, los embarcaderos de las lanchas colectivas de la principal estación fluvial del delta, unos 30 kms. al norte de la Capital Federal fueron clausurados y todas las embarcaciones dirigidas hacia el único que quedó habilitado, el que utilizaban las lanchas provenientes de Carmelo, Uruguay.

Las embarcaciones colectivas esperaban turno y la gente descendía y pasaba frente a un control donde debían exhibir sus documentos de identidad. Los papeles eran controlados por un civil, apoyado por un grupo de aspecto militar, pero vestido de manera informal.

En realidad, el control era un montonero especializado en falsificar documentos, que había sido “quebrado” en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) y convertido en colaborador. Después de mostrar sus documentos, la gente se dispersaba rumbo a la estación de ferrocarril o las paradas de ómnibus.

Del otro lado de la calle, a cierta distancia, estaban discretamente estacionados varios autos. Los ocupaban hombres del grupo de tareas y “marcadores”, como eran denominados los montoneros quebrados que señalaban a otros miembros de la “orga”.

En la euforia de 1971-74, cuando el “socialismo nacional” parecía una alternativa inmediata y Montoneros crecía aceleradamente, el auge había desbordado las técnicas de aislamiento y compartimentación propias de la clandestinidad. Mucha gente conocía a mucha gente y eso fue muy costoso para ellos.

Cuando los “interrogatorios compulsivos” – eufemismo por tortura – y los problemas internos de la organización comenzaron a doblegar a los militantes capturados, el sistema de recorrer los lugares de concentración de gente, como estaciones y algunas avenidas, arrojó resultados muy importantes, según reconocieron los protagonistas de ambos bandos.

En lo esencial el método no variaba: en un vehículo viajaba un “quebrado” con custodia y en otro u otros los “grupos de captura”, que entraban en acción cuando el “marcador” creía reconocer a alguien.

Aquel domingo en Tigre, una pareja joven presentó pasaportes al control y pasó sin problemas. Habían recorrido unas decenas de metros, cuando el “marcador” dijo conocer al varón.

Los grupos de captura se arrojaron sobre la pareja, que fue sorprendida y no opuso resistencia. No llevaban armas, pero ambos tenían pastillas de cianuro, que eran una especie de certificado de pertenecer a Montoneros y son un capítulo especialmente dramático de esta historia. A esta altura es conveniente puntualizar una de las características de la lucha entre organizaciones como Montoneros y el ERP y el aparato defensivo-represivo del Estado.

Las técnicas de clandestinidad, que resumían décadas de experiencias internacionales, prescribían mecanismos cotidianos de contacto y control entre los integrantes de cada eslabón orgánico, que permitían detectar rápidamente la caída de un miembro del grupo y dar el aviso para que los restantes huyeran. La conducción de Montoneros pedía a sus integrantes que eran capturados, sólo 24 horas de silencio.

Los militares y policías sabían eso, por supuesto, y aplicando también la experiencia internacional, corrían contra el tiempo para obtener información rápidamente de los detenidos.

El método utilizado fue la tortura, o como se dijo “interrogatorio compulsivo” y resultó letal para las organizaciones guerrilleras, pues las “cadenas” de detenciones a partir de cada captura llevaron a la desarticulación de sus estructuras.
En sus relatos, los hombres de los grupos de tareas reconocieron la utilización de la picana eléctrica, pero subrayaron que fue importante la proporción de detenidos que colaboraron sin llegar a ser torturados y enfatizaron la importancia de la desmoralización de los guerrilleros a medida que se generalizaba el desplome de sus organizaciones.
En el otro bando, uno de los máximos dirigentes montoneros, reconoció que la conducción consideraba inevitable la tortura, como un riesgo asumido, de los militantes que eran capturados.

“Por razones políticas – explicó -, nosotros teníamos que condenar duramente la entrega de información bajo tortura, pero sabíamos que era casi imposible resistir. De todas maneras, hubo actitudes muy distintas entre los compañeros que fueron capturados”.

La pista del oro

Los dos jóvenes atrapados en el embarcadero de Tigre fueron subidos a sendos autos que partieron a gran velocidad hacia la Escuela de Mecánica de la Armada, donde operaba el grupo de tareas que asestó los golpes más duros a Montoneros en el área metropolitana.

El varón habría reconocido rápidamente que trabajaba con sus compañeros en el “ámbito” – como se denominaba en la jerga a cada sector específico – de “finanzas internacionales”.

El grupo de tareas no poseía hasta ese momento ninguna información sobre esa estructura. El operativo de aquel domingo 10 puso sobre el rastro de enormes sumas de dinero y de una sofisticada organización logística que tenía avanzadas las tratativas para concretar en Europa una muy importante compra de armas a traficantes alemanes.

Para Montoneros, el embarcadero de Tigre marcó el comienzo de una cadena de pérdidas muy importantes.

Al día siguiente, lunes 10, el montonero de baja graduación atrapado permitió trepar un importante escalón en las finanzas guerrilleras. Desde un auto “marcó” a Juan Gasparini (a) “Pata” o “Gabriel” cuando, portafolio en mano, entraba al edificio donde tenía oficinas Conrado Higinio Gómez responsable de finanzas de Montoneros, casi en la esquina de Santa Fe y Callao.

Conrado H. Gómez
Conrado H. Gómez

Gasparini es un personaje central y trágico de esta historia. Sobrevivió a la ESMA y denunció a sus hombres en el juicio que el presidente Raúl Alfonsín, ordenó contra los comandantes en jefe responsables del último gobierno militar. Ahora vive en Suiza, donde se gana la vida como periodista.

Había sido intermediario entre Montoneros y David Graiver, después de que éste recibiera a mediados de 1975, poco menos de 17 millones de dólares, provenientes del secuestro de los hermanos Born (60 millones) y de un directivo de Mercedes Benz Argentina (casi tres millones).

En 1990 escribió un libro titulado “El crimen de Graiver”, con minuciosa información sobre las relaciones entre Montoneros y el empresario muerto al estrellarse su avión en México en agosto de 1976.

Gasparini entregó la dirección del departamento donde vivía con su esposa y sus dos hijos, en el barrio de Almagro, pero se negó a trasmitirle por el portero eléctrico una intimación a que se rindiera, pues el edificio había sido copado.

La mujer se resistió a balazos junto con otra militante que se hallaba en la casa y tuvo tiempo de quemar los papeles y documentos, Ambas mujeres fueron abatidas tras un prolongado tiroteo. En el baño del departamento, metidos en la bañera y cubiertos con colchones y mantas, fueron encontrados, llorando aterrados, los dos niños que fueron entregados a sus abuelos y viven ahora en Suiza, con Gasparini.

Juan Gasparini (actual)
Juan Gasparini (actual)

Con Gasparini también cayeron sus colaboradores Marcelo Camilo Hernández y Emilio Carlos Assales, alias “Tincho” .

Marcelo Camilo Hernández   relató como de produjo la captura en dichas oficinas.

Hernández dijo que ” llegó muy temprano a las oficinas que el abogado Conrado Higinio Gómez, colaborador del área de finanzas de Montoneros, tenía en la avenida Santa Fe entre Callao y Rodríguez Peña, justo sobre la librería Fausto. “Me imagino que a Conrado lo agarraron dormido”, precisa. Los marinos estaban allí desde la noche anterior y a la madrugada habían comenzado con la virtual mudanza de todo lo que valiera la pena. Todo, menos la caja fuerte que no pudieron transportar. Junto a Gómez ya habían sido capturados otros integrantes de menor rango de la organización. Poco más tarde quien caía en la ratonera era “Gabriel”, el jefe del sector. Hernández lo reconoció por la voz y lo escuchó ofrecer a quienes lo estaban deteniendo: “Vamos a negociar”. Hernández cuenta que pensó en Gómez y en los otros, sus subordinados, y tuvo vergüenza. Por eso cometió el acto absurdo de ponerse de pie ante quienes no podían verlo porque ya habían sido encapuchados para decirles “quiero que sepan que estoy orgulloso de haber trabajado con ustedes”. Uno de los marinos lo tumbó de un golpe. “Ese fue mi último acto heroico”, reconoce el sobreviviente. El departamento de Gómez lo habían copado Jorge “el Tigre” Acosta, su segundo, Francis William Wahmond; Juan Carlos Rolón, Antonio Pernía, “uno al que apodaban Manuel y con el tiempo supe que era Miguel Angel Benazzi y uno que estaba al lado mío, le decían Dante y era un oficial de apellido García Velazco. Tenía cara de boxeador. González Menotti, el Gato, estuvo también en el grupo operativo que nos secuestró, torturó y se enganchó con la historia del dinero”.
Hernández percibió de inmediato que los marinos estaban exultantes: “habían encontrado en el lugar mucha plata de Gómez. Y discutieron qué hacer con el dinero. No sabían si lo blanqueaban o no. Después de mucho tiempo, en un playón de autos de la ESMA, recuerdo haber visto el coche de Conrado, que era un Fairlane bordó, y el mío, un Peugeot 404 que estaba a mi nombre y se lo habían dado a un tipo que era contador o escribano”. A partir de esa mañana de enero de 1977, precisa Hernández, “el dueño de nuestras vidas fue Jorge Acosta. Jorge Perren era el responsable operativo. Para evitar que pasara lo que pasó, hacía rotar a todo el personal. Cada dos meses, más o menos, venían veinte nuevos. De todo ese armado o instrucción se ocupaba Perren porque pensaban que era posible que los golpearan, pero desde dentro de la fuerza y, entonces, en la jerga del Tigre, “les hacían poner los dedos a todos”. Ningún oficial podía decir”yo no estuve”. Y muchos de los “operativos” se fueron aquerenciando en el sabor, en el gusto de la truculencia. Se fueron quedando”.

Según Emilio Enrique Dellasoppa (en 2001 naturalizado Brasileño, profesor universitario), montonero detenido en la ESMA y obligado colaborador de sus captores, “Gasparini era el jefe de Hernández como responsable del Departamento de Finanzas. Lo que les interesaba a los oficiales de la ESMA era que Gasparini le diera la información para recuperar el dinero que tenía montoneros en cuentas numeradas en el exterior. Por ese motivo de dibujante pasé a traductor del idioma inglés. Había un conjunto de bancos de Andorra, Bélgica, y del Ducado de Lichtenstein, todos ellos en inglés y eran formularios para apertura y modo de operación de cuentas numeradas, y varios de ellos que contenían valores numéricos, y certificados de transferencias.

Recuerdo que la suma de dinero que surgía de esa documentación ascendía a unos veinteséis millones de dólares, es una cifra que me quedó en la cabeza. Me acuerdo que traduje varios de ellos.

Gasparini además tenía diversos papeles, entre los que recuerdo habia un catálogo de una casa de vinos de Nueva York, llamada “Sherry Lehman”. Alberto Eduardo González “El Gato” que era el oficial que interrogaba a Gasparini fue quien me encomendó las traducciones de esa documentación. A partir de este momento, aproximadamente se monta el esquema de la privatización de la represión en beneficio económico del grupo liberado por Massera. De este grupo formaban parte Chamorro, Acosta, Radice y Shamond, que eran las cabezas mas visibles y evidentes. A partir de estas caídas, el proceso se aceleró llamativamente. Por ejemplo si bien ya se saqueaban los bienes de las casas allanadas, a partir de este momento es que se montó la operación inmobiliaria en sí, que constaba en apropiarse de las propiedades de los detenidos. Para esto se falsificaban gran cantidad de documentos…Comencé a entablar una relación con Hernández, pero apenas una relación porque en ese lugar uno no podía creer en nadie, a partir del convencimiento común que había límites que moralmente no podían ser superados. Durante los primeros días de la caída de finanzas al que más interrogaban era a Gasparini, para pode decifrar lo que surgía de toda la documentación que le habían secuestrado, que era la llave para saber el destino de los 26 millones de dólares y poder recuperarlos. Toda esta privatización de la represión necesitaba para su buen funcionamiento de una estructura clandestina controlada por el grupo dirigido por Massera para poder desarrollar sus actividades ilícitas.

A partir de allí la necesidad de poder viajar a Europa con toda la documentación falsificada, inclusive con los nombres que habían abierto las cuentas no individualizadas. Un problema que existía era la dependencia de otras instituciones como el Ministerio del Interior, y la Policía Federal, para la emisión de pasaportes y Cédulas de Identidad porque esto facilitaba a otros grupos competidores el control o la posibilidad de acceder a la información sobre los movimientos de este grupo.”

Emilio Dellasoppa
Emilio Enrique Dellasoppa (actual)

En rápida sucesión cayeron otras tres figuras principales del ámbito de finanzas y logística de la Organización. Pablo González  Langarica y Martín Gras pusieron al grupo de tareas sobre el rastro seguro de Fernando Vaca Narvaja y sus hombres viajaron a Suiza con el primero de ellos, apropiándose de una suma millonaria y montando un operativo cinematográfico que les permitió apoderase de un importante cargamento de armas más modernas y sofisticadas que las que poseían las fuerzas armadas y de seguridad.

Pablo González Langarica
Pablo González Langarica (actual)
Martin Gras
Martin Gras (actual)

 

La tercera captura importante se produjo el 15 de enero, cuando fueron atrapados Carlos Torres (a) “Ignacio” y dos asistentes. Torres era muy importante en el manejo de los fondos y había jugado un rol principal en la relación de Montoneros con Graiver, y después de su muerte, con su viuda Lidia Papaleo.

Carlos Torres, alias “Ignacio”, jefe de finanzas de Montoneros ,a pocos días de comenzar 1976 ,entregó  en Buenos Aires al brazo derecho de David Graiver, el abogado Jorge Rubinstein ,mientras comía langostinos en el restaurante Barrio Norte de Sarmiento 643, U$S 2.825.000 provenientes del secuestro de Henrich Fran Metz ejecutivo de Mercedes Benz .Llegaron escondidos en el bolso de Torres, quien compartía periódicamente selectas mesas con el número dos del grupo de Graiver. “Ignacio” no pagaba la adición jamás.

En la serie de operativos realizados en la Capital Federal, y el Gran Buenos Aires fueron atrapados varios miembros de la cadena de pagadores y fueron confiscados unos 400 mil dólares de los sueldos de enero de una parte importante de la organización.

A esta altura de los acontecimientos, hacía 110 meses que gobernaba la Junta Militar, la gran mayoría de los cuadros montoneros estaban “profesionalizados”, es decir que se dedicaban sólo a su militancia y sus gastos eran pagados por la organización.

La pérdida del dinero provocó, en consecuencia, un amago de colapso, pues los miembros de las distintas estructuras no podían afrontar sus obligaciones cotidianas -alquileres, gastos de movilidad, alimentación, etc.- y corrían riesgos de ver desbaratadas las coberturas bajo las que se ocultaban.

La conducción de Montoneros utilizó mecanismos de emergencia que le permitieron sortear la crisis y en algunos de los militares que seguían el hilo del dinero montonero, quedó la sospecha muy fuerte de que la embajada cubana en Buenos Aires había prestado una ayuda esencial a la organización guerrillera.

Desde uno de los grupos de tarea se propuso detener en Ezeiza a un funcionario importante de esa representación diplomática y revisar su equipaje -valija diplomática- cuando regresaba de un rápido e inesperado viaje al exterior, pues se creía que podía traer los fondos para mantener el funcionamiento de Montoneros hasta que fuera reparado su sistema de finanzas. Pero el temor a un fiasco y el escándalo internacional previsible hicieron que en los niveles con la autoridad decisiva, la propuesta fuera rechazada.

En las semanas siguientes, la Conducción Nacional -Carolina Natalia la llamaban en la jerga- de Montoneros comenzó a salir del país. Huyeron.

Una fuga milagrosa y armas en Europa

En la primera mitad de octubre de 1976 fue atrapada una militante montonera, en una acción a la que en un principio no se adjudicó trascendencia. A poco de iniciado el interrogatorio, la mujer pidió que le llevaran la cartera que tenía consigo cuando la capturaron. En el forro había una tira de papel cuidadosamente enrollada, con anotaciones en código: eran las “citas nacionales”.

En el momento, los hombres del grupo de tareas no entendieron; después entraron en un frenesí operativo que culminó con uno de los grandes desastres sufridos por Montoneros en el primer año del gobierno militar.

Desde el punto de vista de la seguridad, el punto más frágil y peligroso de una organización clandestina eran los enlaces o contactos entre sus eslabones compartimentados, por lo que Montoneros trataba de reducirlos todo lo posible.
El mantenimiento de enlaces mínimos planteaba, como contrapartida, el riesgo de que personas o estructuras enteras quedaran aisladas si el enlace se rompía por la acción represiva o por accidente. Para cubrir esa eventualidad se establecían citas fijas, en días fijos, para los distintos grupos a los que se podía acudir en determinadas circunstancias, como cuando se rompía un contacto.
Esas citas, correspondientes a la organización en el orden nacional, era lo que contenía la tira de papel -semejante un largo ticket de cafetería- que estaba oculta en la cartera de la mujer:
El código era de una sencillez elegante y se basaba en la utilización de guías de uso común con planos y calles de la ciudad. En Buenos Aires y alrededores, por ejemplo, se utilizaba la guía Filcar. Debajo de la identificación cifrada de la ciudad, un número indicaba la página del plano a utilizar.
Después una letra y otro número identificaban -como es usual en esas guías- un cuadrante del plano. Finalmente, otra letra o número indicaba un vértice del cuadro elegido -superior derecho o izquierdo, inferior derecho o izquierdo-, que caía claramente sobre una esquina. Allí era la cita, cada miércoles, por la mañana temprano.
En algunos casos, cuando los miembros de la organización podían no conocerse, se añadía una contraseña o señal de identificación clara, pero no llamativa, como llevar un diario determinado, doblado de cierta manera, en tal mano.
En dos miércoles sucesivos y en alrededor de 10 días, fueron capturados entre 60 y 70 miembros de la organización. Sólo en la Capital Federal y el Gran Buenos Aires fueron atrapados 33 cuadros, casi todos oficiales, que era un grado bastante importante en Montoneros.
Al día siguiente de la primera redada y como consecuencia de ella, cayó Norma Arrostito, una de las figuras “históricas” de la guerrilla -aunque para esa época no integraba la cúpula- quien había estado en el grupo original que secuestró y asesinó al ex presidente, general Pedro Eugenio Aramburu en 1970.
La caída de las “citas nacionales” causó un severo trastorno de funcionamiento a Montoneros y se sumó a otros golpes exitosos de las fuerzas armadas y de seguridad, lanzadas a una represión masiva de las organizaciones guerrilleras, cada vez más aisladas políticamente.
La dirección montonera comenzó a analizar la conveniencia de que el jefe máximo, Mario Firmenich, saliera del país para “preservar la conducción”. Al parecer el dirigente se negó al principio, pero finalmente acordó a marchar al exterior para buscar “solidaridad internacional”.
Mientras se desarrollaba esa discusión, poco antes de finalizar 1976, Montoneros sufrió otra grave pérdida. A fines de noviembre o principios de diciembre, el jefe de la Regional Buenos Aires y virtual número tres de Montoneros, Carlos Hobert (a) “Pingulis” -quien en 1974 había seleccionado con Roberto Quieto a los integrantes del grupo que secuestró a los hermanos Born -, asistió a una reunión de Unidad Básica Revolucionaria (UBR), estructura de base que periódicamente “bajaba” algún miembro de la conducción.
A los pocos días, cuando salía de su casa -obviamente clandestina- “Pingulis” se encontró de lleno con un joven militante que había asistido a aquella reunión y pasaba casualmente por el lugar.
Las normas de seguridad prescribían que Hobert debía mudarse inmediatamente, por el riesgo que un joven subordinado fuera capturado -”en aquella época caían como moscas”, recordó un dirigente montonero- y terminara entregando la dirección del jefe, como moneda de cambio por su vida o, por lo menos, para no ser sometido a tormento.
* Hobert no aplicó las reglas y prometió cambiarse de casa después de Navidad. Como medida de precaución, estableció un sistema semanal de control con el joven, para verificar que no había sido detenido. Entre un control y otro, el joven militante de la UBR fue atrapado y el 22 de diciembre el Ejército rodeó la casa de “Pingulis” con poderosos efectivos y la tomó por asalto, matándolo en el enfrentamiento.
Al mes siguiente -enero de 1977- luego del operativo en el Tigre comenzó a caer la cadena de finanzas y logística, mientras “Carolina Natalia” (la Conducción Nacional de Montoneros) decidía abandonar el país, dejando por turno a sólo uno de sus integrantes.
Casi simultáneamente, Fernando Vaca Narvaja salvó su vida de una manera increíble, cuando uno de los cuadros que tenía contacto con él fue atrapado, siguiendo el hilo que el grupo de tareas de la ESMA había aferrado aquel domingo de ese enero, en el Tigre.
Quebrado rápidamente, el oficial guerrillero entregó su cita con el miembro de la conducción nacional, pero Vaca Narvaja no acudió a dos encuentros sucesivos que deberían haberse concretado en la zona del barrio de Colegiales.
La tercera alternativa, en la que ya nadie tenía mucha confianza, fue en Avellaneda, cerca del viaducto de Sarandí, a unos tres kilómetros del límite sur de la Capital Federal. El “marcador” aguardó en un auto con un acompañante, que se comunicaba por radio con los restantes miembros de equipo que participaba en la emboscada.

Fernando Vaca Narvaja
Fernando Vaca Narvaja

Vaca Narvaja llegó en un Renault 6, color verde, pero cuando estaba entrando en la encerrona algo lo alertó -podría haber sido un hombre que se asomó desde un techo con un arma larga- y aceleró, iniciando la huida.
Los miembros del grupo de tareas no estaban aún seguros de su identidad por lo que no abrieron fuego a tiempo. Sólo uno de los emboscados saltó a la calle y disparó con un revólver calibre 357 Mágnum contra el Renault 6 que ya doblaba en la esquina.
Era un buen tirador y Vaca Narvaja es un hombre con mucha suerte. Uno de los proyectiles rompió la luneta del auto, pegó aparentemente en una rueda de auxilio parada tras el asiento trasero y se desvió, hiriendo al jefe montonero en el músculo trapecio, entre el hombro y el cuello.
Herido, pero conservando su movilidad, siguió conduciendo y la fortuna volvió a protegerlo. El Falcon que había partido en su persecución chocó con un ómnibus. Algunos centenares de metros más adelante, arma en mano, el dirigente detuvo un Citroën marrón conducido por una mujer. La obligó a descender y logró desaparecer al volante del pequeño vehículo.

En el ambiente de ex detenidos y entre familiares de desaparecidos, se presume que el “marcador” fué Martín Gras.

Dinero y armas

Otro capítulo verdaderamente cinematográfico derivado de la captura de la joven pareja en Tigre, que condujo a las caídas de Martín Gras y Pablo González Langarica, se desarrolló en Europa.

En enero de 1977, Miguel Angel Benazzi, Alberto Eduardo González, alias el “Gato”, Frimón Weber, alias 220, del GT, se embarcaron con Pablo González Langarica rumbo a Suiza con escala en Madrid. A él le pusieron un yeso en una pierna para evitar que se escapara. Secuestraron a su mujer y a sus dos hijas de cuatro y dos años en un predio que estaba bajo la órbita de la Marina, para mantenerlas como rehenes durante el viaje. El objetivo en Suiza era acceder a una caja de seguridad donde el secuestrado había depositado una valija de Montoneros en un banco en Ginebra y se apoderaron de un millón y medio de dólares.

Miguel Ángel Benazzi
Miguel Ángel Benazzi
Alberto "Gato" González (actual)
Alberto “Gato” González (actual)
Ernesto Frimón Weber (actual)
Ernesto Frimón Weber (actual)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

También fueron presentados por el montonero a traficantes alemanes de armas y, haciéndose pasar por miembros de la organización, iniciaron una complicada negociación, que llevó largos meses y se desarrolló en París, Madrid y Hamburgo
Por fin, durante 1978 recibieron de los alemanes un impresionante cargamento que incluía mil pistolas ametralladoras Steyr austríacas y quinientos fusiles Heckler & Koch alemanes, armas de gran calidad de sofisticación que aún en los ejércitos y fuerzas de seguridad de los países más desarrollados sólo se proveen a los grupos de elite.
El lote se completaba con doscientas pistolas Browning, veinte pistolas Walther con silenciador, veinte pistolas ametralladoras UZI, también con silenciador y un buen número de fusiles pesados y granadas.
Montoneros había buscado asesoramiento sobre cómo introducir el cargamento al país y uno de los consultados -aparentemente sin enterarlo del contenido- había sido el célebre Vicente “Cacho” Otero, figura casi mítica, ya fallecido, a quien se adjudicaban muy sólidos conocimientos en materia de introducir mercaderías en el país sorteando controles. Cuando fue derrumbada la estructura de logística de la organización, Otero fue “desaparecido” durante un corto período pero recuperó la libertad sin grandes problemas.
De sus consultas, los montoneros llegaron a la conclusión de que la manera menos arriesgada de traer las armas era en avión, descendiendo en alguna pista clandestina. Para ello habían comprado y tenían aprestado en Miami un viejo pero confiable Super Constellation, cuyo destino final se perdió en la confusión de la derrota guerrillera.
Tras analizar y descartar varias alternativas, los hombres del grupo de tareas metieron las armas en un contenedor rotulado como “maquinaria industrial”, lo cargaron en Hamburgo en un barco de ELMA y lo fletaron a Buenos Aires.
En el puerto de destino sólo fue advertido el jefe de la Prefectura Naval, pero se le pidió que guardara el secreto, para probar si el contenedor pasaba los controles regulares. Para mortificación de unos cuantos, diversión momentánea de otros y preocupación de todos, la “maquinaria industrial” entró sin problemas.
A esta altura de 1978 crecía aceleradamente la probabilidad de un enfrentamiento bélico con Chile y las armas fueron distribuidas en unidades navales, preferentemente en la Infantería de Marina y comandos anfibios, donde aún estarían inventariadas.
Los hombres del grupo de tareas también descubrieron que Montoneros había comprado sesenta morteros -mucho más que la dotación de cualquier regimiento argentino- y que se hallaban en un puerto del norte de Arica, desde donde tratarían de enviarlos a Buenos Aires.
En este caso no lograron apoderarse del cargamento, pero “pudrieron” la operación de manera tal que la organización guerrillera perdió los morteros.

Cómo la plata llegó a Graiver

En una de sus últimas gestiones oficiosas como ministro del Interior, José Luis Manzano pidió el primero de diciembre de 1992 -lo renunciaron al día siguiente- a la Policía federal que atendiera la situación de Juan Gasparini , quien tenía dificultades para renovar su pasaporte.
En la jefatura de policía le mostraron al ex montonero que el último documento que figuraba en su legajo era una orden de detención. Gasparini exhibió, entonces, el Boletín Oficial en que fue publicado el decreto del presidente Menem que lo indulta. Los policías reconocieron que tenía razón, agregaron el Boletín Oficial al legajo y le revalidaron el pasaporte en unas horas. Pocos días después volvió a Suiza.
Gasparini es, sin duda, una de las personas que mayor conocimiento de las finanzas montoneras. Era un oficial importante en ese ámbito de la organización y fue enlace con Graiver -en cuyas oficinas de Nueva York tenía un escritorio- y con su viuda Lidia Papaleo.
Además, es un sobreviviente de la ESMA, donde permaneció desde el 10 de enero del ’77 hasta muy avanzado el ’78, cuando viajó a Bolivia por cuenta y cargo del grupo de tareas.
Tres prisioneros fueron enviados a La Paz -ante un pedido de colaboración de otro organismo del gobierno militar argentino-, para montar una agencia de publicidad que hizo campaña electoral por el candidato del oficialismo militar boliviano, Coronel Juan Pereda Asbún. Ellos fueron Juan Gasparini, Martín Gras y Graciela Daleo.

Graciela Daleo (actual)
Graciela Daleo (actual)

Según Daleo ayudaron a los marinos a crear una base en Bolivia que sirviera de apoyo político y acción psicológica para la carrera política de Massera. De Graciela Daleo se puese leer lo siguiente extractado del libro Los Traidores- capítulo: Muertes y relatos de los juicios revolucionarios- Autor: Carlos Manuel Acuña ” 

Pocos días después, Graciela Daleo, Nombre de Guerra Victoria…miembro activo de Montoneros, fue quién secuestró a Hilda Clara Gerardini, la mujer de Ramón Plomo Ibáñez para formarle un juicio Revolucionario. El cargo fue colaborar con el enemigo y provocar la caída del Jefe de la Columna Norte Ramón Kurlat, alias Monra, con el agregado de no haber dado parte a la organización de la detención de su esposo por las Fuerzas Legales. 
El tribunal revolucionario estuvo conformado por Jesús María Luján, Horacio Mendizábal y Graciela Daleo, y la sentencia que dictó fue: Muerte por fusilamiento.
La única integrante de este tribunal revolucionario que hoy está con vida, es Graciela Daleo, convertida en una habitual y muy solicitada testigo estrella, especialmente seleccionada por las Fiscalías en los juicios llamados de lesa humanidad….”
Todos los testigos de los cirkos por lesa humanidad, y Daleo no es la excepción, acusan con su testimonio a personas con relatos vagos como: “yo no lo ví, pero después supe que era él…” , “Nunca me lo crucé, pero lo supe por otros testimonios…”


Después, liberado, Gasparini viajó primero a Panamá y, luego, a Suiza, donde reside y trabaja como periodista. Su experiencia personal le ha permitido conocer, por lo tanto, una parte importante de los hechos, pero no la totalidad, debido a la fragmentación de las historias por el carácter clandestino que tenía la subversión y la represión, pero de lo que sabe cuenta sólo una parte en su libro, muy reveladora, de todas maneras.
Obviamente, los tres sobrevivientes de la conducción de Montoneros -Mario Firmenich, Roberto Cirilo Perdía y Femando Vaca Narvaja- conocen mejor que nadie el manejo de las enormes sumas de dinero de que dispuso la organización y lo que queda -que no debe ser poco, puesto que hasta movió el interés político del presidente Menem-, pero se han refugiado en el beneficio del silencio.

A principios de 1974, Montoneros era la guerrilla más poderosa del continente y a esa altura financiaba sus gigantescos gastos en personal e infraestructura -sueldos, casa, locales, imprentas, fábricas de armas y explosivos, etcétera-, básicamente, mediante secuestros extorsivos.
En enero de aquel año, Roberto Quieto -número dos de Montoneros, detrás de Firmenich y delante de Perdía-, comenzó a planificar con el “Pingulis” Hobert, quien después se desvinculó de la operación, el secuestro de los hermanos Jorge y Juan Born, herederos de una parte sustancial de las acciones del holding Bunge y Born, el grupo económico internacional más grande del hemisferio sur.
Quieto quedó al mando de la operación y eligió como segundo a “Quique” Miranda, secretario militar de la columna Norte, quien se encargó de la construcción de una “cárcel del pueblo”, de dos subsuelos, bajo una pinturería de fachada instalada en Martínez, en el norte del Gran Buenos Aires.
El secuestro debía concretarse un martes o un jueves, los días de menos tránsito, cuando los Born viajaban juntos desde la provincia hacia la sede de la empresa, en plena city porteña, después de dejar a sus hijos en el colegio.
Hubo un intento fallido un martes, pero dos días después, el 19 de setiembre de 1974, el comando montonero atravesó un cartel de ENTEL en la avenida Libertador -a la altura de Olivos- y desvió el tránsito por la calle San Lorenzo hacia la avenida Effling, paralela a Libertador, a una cuadra. Otro cartel, en el medio de la calzada, obligaba a los vehículos a reducir su marcha.
Cuando los dos Falcon celestes de Bunge y Born tomaron por avenida Effling, dos pick-ups -una Dodge azul y una Chevrolet color claro- embistieron frontalmente los autos, haciéndolos detener. Los guerrilleros rodearon los dos autos y encañonaron a sus ocupantes. En el asiento trasero del primer coche viajaban los Born.
Como el chofer-custodio, Juan Carlos Pérez, de 35 años, y Alberto Bosch, de 40, gerente de Molinos Río de la Plata, que ocupaban el asiento delantero, no respondieron con rapidez las órdenes de los montoneros, fueron ultimados a escopetazos. Jorge Born, entonces de 40 años, y su hermano Juan, de 39, fueron subidos a otros dos autos y llevados a la “cárcel del pueblo”.
La acción del secuestro propiamente dicha demoró 38 segundos y participaron en forma directa 19 montoneros. Al cabo de media docena de años todos ellos estaban muertos, pero la Operación Mellizas, como la denominaron, resultó un impresionante éxito económico para la organización.
Montoneros pidió 100 millones de dólares de rescate y Jorge Born padre rechazó la demanda, ofreciendo 10 millones. La situación se complicó y las tratativas se prolongaron, hasta que la organización proporcionó evidencias de que Juan, el menor de los hermanos, estaba perdiendo la razón y caía en un autismo progresivo. Llegó un momento en que no reconocía a su hermano Jorge, que, por el contrario, nunca se quebró.
Finalmente, se acordó un rescate de 60 millones de dólares en efectivo -verdadero record mundial y entonces una cifra mucho más impresionante que ahora- y alrededor de 3,5 millones más en alimentos y otros bienes repartidos en barrios populares.
El 23 de marzo del ’75 fue dejado en libertad Juan Born, tras el pago de 25 millones de dólares, quedando Jorge como rehén. El resto del rescate se completó en pagos escalonados y al menos en una ocasión se produjo un incidente en Ezeiza, cuando hombres de los servicios de inteligencia detuvieron a momentáneamente a cuatro empleados de Bunge y Born que traían casi cinco millones de dólares desde Zurich.
Las entregas las hacía un alto funcionario del holding, que se reunía a almorzar en distintos lugares del Gran Buenos Aires con “Ignacio” Torres -entonces jefe de finanzas de Montoneros- y le dejaba una valija con el dinero, que el montonero metía en el baúl de su Falcon, al que había forrado con una malla de alambre de cobre, para bloquear las eventuales emisiones de un mini transmisor que pudiera haber sido ocultado entre los billetes.

Aquí comenzó a jugar un papel importante David Graiver, una especie de precursor de cierta clase de hombres de negocios argentinos que armaron en muy poco tiempo grandes grupos de empresas que se derrumbaron más velozmente aún.
Su hermano menor, Isidoro, había sido secuestrado en agosto del ’72 por las Fuerzas Armadas de Liberación (FAL) y la familia pagó 150 mil dólares para que fuera liberado.
Tres años después, David Graiver se convertiría en el banquero de los Montoneros. El empresario fue vinculado con la conducción guerrillera por intermedio de Enrique Juan Walker (a) “Jarito”, periodista que había sido secretario de redacción de la revista Gente y había sido pareja de la psicóloga Lidia Papaleo, convertida, luego, en mujer de Graiver.

David Graiver
David Graiver
Enrique Juan Walker
Enrique Juan Walker

 

Roberto Quieto tomó a cargo  la vinculación por lo que , entre agosto del ’74 y mayo del ’75, se reunió varias veces con el banquero en una quinta de San Isidro alquilada por éste a una señora de patricios antecedentes. En uno de esos encuentros, el jefe montonero ofreció a Graiver entregarle como inversión 14 millones de dólares del total obtenido de Bunge y Born. El empresario aceptó de inmediato, contra ofertando una tasa del 9,5 % anual de interés. El trato estaba cerrado, ahora sólo quedaba blanquear el dinero, un trámite que estaría a cargo de Graiver.

Roberto Quieto
Roberto Quieto

Tras acumular una fortuna durante la dictadura del General Alejandro Lanusse, David “Dudi” Graiver buscó expandir su imperio fuera de las fronteras locales y comenzó a tramitar la compra del American Bank and Trust (ABT), estancada ante la congelación de la visa permamente para residir en los Estados Unidos luego de que abandonara Argentina huyendo de las amenazas de la Triple A, puesto que figuraba en las listas de futuros blancos de esta alianza.

Sin duda alguna, para poder acceder a la compra del ABT Graiver debería tramitar la residencia, sin embargo, los bienes que poseía en el país norteamericano no le alcanzaban para acceder a ella.

Para concretar esta compra Graiver impulsó la transferencia de dos millones de dólares desde la BAS de Bélgica, haciendo uso del sistema de “préstamos recíprocos” que ligaba a los dos bancos. Sin embargo, la rama financiera del FBI realizó una inspección y detectó un exceso de concentración de créditos a Graiver, por lo cual comenzaron a investigarlo. Esto no favorecía a Graiver, quien, en ese momento, violaba el compromiso escrito de no auto-otorgarse préstamos hasta que se le autorizara la compra definitiva del banco.

Para poder salir del paso Graiver tuvo que dar en garantía todos sus bienes. Mientras tanto, comenzaba una inspección de sus cuentas por parte del FBI que más tarde se trasladaría a manos de la CIA, quien estaba en desacuerdo con la inversión de Graiver en el país a causa de un comunicado que llegó a las manos del representante de este organismo en Argentina por parte del Servicio de Inteligencia del Ejército Argentino: la incursión bancaria de Graiver en los Estados Unidos era posible gracias a una suma millonaria en dólares proveniente de los secuestros extorsivos realizados por la guerrilla.

Aquí entra en juego la hipótesis  que plantea que, ante la imposibilidad de bloquear legalmente el acceso de Graiver a las acciones en su país, la CIA decidió ejecutarlo fuera de los Estados Unidos.

A mediados de mayo de aquel año, Graiver logró zafar de un intento de secuestro y, asustado porque los guerrilleros le aseguraron que no habían sido ellos, decidió radicarse en los Estados Unidos, donde estaba intentando que le permitieran comprar el banco.
Antes de viajar, en ese mismo mes de mayo, mantuvo dos reuniones en las que lo acompañó Jorge Rubinstein, su hombre de confianza, con los representantes montoneros, para recibir los 14 millones una semana más tarde. Por los guerrilleros asistieron a esos cónclaves Quieto, “Ignacio” Torres y “Antonio” Salazar, coordinador internacional de la organización en Europa. El 25 de junio de 1975, un funcionario de Bunge y Born entregó en Ginebra, Suiza, a “Ignacio” Torres los 14 millones de dólares que faltaban para completar el rescate y Jorge Born fue dejado en libertad en la zona norte del Gran Buenos Aires.
Inmediatamente, en la misma ciudad, Torres y Salazar entregaron las valijas llenas de billetes a Jorge Rubinstein. Tras algunos inconvenientes técnicos y burocráticos -que solucionó Graiver-, los fondos fueron depositados en un banco y pasados a otros, para ser retirados, cargados en una avión alquilado y trasladados a Bruselas, donde ingresaron al BAS, pequeño banco belga adquirido por el empresario.
Posteriormente, el banquero recibiría de Montoneros dos 2.825.000 dólares más, provenientes de un total de 4 millones obtenidos por el secuestro de Heinrich Metz, directivo de Mercedes Benz Argentina.
De esta manera, el total entregado por Montoneros fue de 16.825.000 dólares, por los cuales Graiver se comprometió a pagar un interés mensual de 196.300 dólares.Quien cobraba puntualmente el dinero era  Raúl Magario ( padre de Verónica Magario Intendente de La Matanza).

Raúl Magario (actual)
Raúl Magario (actual)

Magario ,que era contador,  en la operación se hacía pasar por el Doctor Peñaloza , biólogo marino, debía conectarse con la asistente de confianza de Graiver , Silvia Fanjul , para concertar los pagos.

Cada mes el biólogo marino llamaría al conmutador de Empresas Graiver Asociadas Sociedad Anónima (EGASA) para concertar una cita con ella. En sus manos quedaba la realización de unos pagos al doctor Peñaloza. No debían verlos juntos en el piso 19 de Suipacha 1111, los cuarteles centrales del grupo por lo que lo hacían  en la sucursal del Banco Comercial de La Plata  en Capital .

En su despacho, Magario avisó que si alguien preguntaba por el doctor Peñaloza, él atendería la llamada. El jefe de Finanzas ocupaba la sede porteña del Establecimiento Vitivinícola Francisco Calise, en la calle Pinzón 1445. La bodega, que tenía un viñedo en Godoy Cruz, en la provincia de Mendoza, pertenecía a un grupo ligado a los Montoneros y contribuía con su logística a la movilización de dinero y armas por todo el país. Graciela Daleo hacía de secretaria y Julio Alsogaray —hijo del general de ese nombre y sobrino del ingeniero Álvaro—, de administrador.

El montaje detrás de la bodega fue parte de un esfuerzo de la CN para evitar que el golpe, ya en el horizonte político, encontrase a la agrupación desguarnecida en materia de infraestructura. También procuraron quedar bien abastecidos de armas: calcularon que ingresarlas desde el exterior se les haría cada vez más difícil. Robaron la fábrica Halcón y con el dinero del rescate de los Born, se montó un taller de importancia en el Gran Buenos Aires y otros de menor tamaño en el resto del país para aumentar la producción del Servicio de Fabricaciones Montoneras.

El acuerdo se cumplió sin inconvenientes durante varios meses, mientras el acelerado deterioro de la situación política y socioeconómica, sumado a la creciente violencia de Montoneros y el ERP y la contrapartida represiva, desembocaron en el golpe militar de marzo de 1976.
Aparentemente en los meses previos habían comenzado a producirse diferencias en la cúpula de Montoneros y, en octubre del ’75, Quieto había planteado que quería dejar la conducción. Pero no lo hizo y el 28 de diciembre de ese año, domingo, fue capturado y desaparecido cuando descansaba con su familia en una playa de Olivos.

La caída y el intento de Menem

Para el blanqueo del dinero el “Banquero de los Montoneros” contaba con la ayuda de estados independientes, sin desarrollo legal y faltos de convenios para fiscalizar los capitales extranjeros. Fue así que, tras verificar que los billetes no estaban denunciados en el circuito bancario, los 14 millones fueron depositados en diferentes cuentas abiertas por los montoneros del Continental Trade Bank de Ginebra bajo identificaciones falsas. Desde esas cuentas, con el dinero ya blanqueado, deberían transferirse a las cuentas de Graiver en Bruselas.

Sin embargo, Graiver anuló la transferencia a Bélgica y derivó los fondos para transportarlos en efectivo al ABT. Cabe destacar aquí que, Graiver fue cauteloso para que las documentaciones no lo implicaran en las transacciones.

Con las Fuerzas Armadas en el gobierno la represión se hizo masiva y el cerco fue cerrándose de manera inexorable. A mediados del 76 un grupo de tareas -aparentemente del Ejército- capturó a Ramón Neziba (a) “Moplo”, quien fue reconocido por una montonera quebrada y había actuado como cobrador de los intereses que pagaba Graiver a Montoneros. No había llegado a conocer al banquero, pero recibía el dinero de Jorge Rubinstein cada mes. Se encontraban en una confitería e intercambiaban un portafolios vacío por otro con el dinero.
Algunas semanas más tarde, el 17 de julio de aquel año, “Jarito” Walker fue atrapado en un cine del barrio de Caballito en la Capital Federal. Poco después “Antonio” Salazar, el coordinador de Montoneros en Europa, que había participado en Suiza en el traspaso de los 14 millones de dólares entregados, por Bunge y Born a Graiver, dejó un mensaje en clave, en una mensajería telefónica a la que el banquero llamaba regularmente desde Nueva York. Traducido, intentaba ser tranquilizador y significaba que Walker no había hablado.

Fue entonces que estos hechos llegaron a oídos de la CIA que comenzó el seguimiento de Graiver para eleminarlo.

Los agentes de la CIA detectaron que, a causa de sus ocupaciones, casi todos los viernes Graiver perdía el último vuelo para ir desde Nueva York, donde atendía sus negocios a México, donde tenía su domicilio legal y habitaba con su mujer Lidia Papaleo y su hija María Sol, quienes estaban de vacaciones en Acapulco.

El viernes 6 de agosto de 1976, no fue diferente a otros viernes y, ante la pérdida del último vuelo, Graiver pidió que su secretaria reservara un jet privado en la empresa Hansa que fuera comandado por los pilotos Mike Bann y Kev Barnes, ambos veteranos de Vietnam.

El plan de vuelo contemplaba una sola escala en Nueva Orleans y había sido aceptado por la Fly Information Office del aeropuerto. Sin embargo, al momento del despegue, les cambiaron la pista de salida, por lo cual se gastó más del combustible esperado. Con los tanques al 90% no les bastaba para llegar a Nueva Orleans, por lo que, decidieron despegar y cambiar el plan de vuelo desde el aire. Este cambio, los atrasaría, por lo cual no llegarían a Acapulco hasta las 2 y40 de la madrugada. Todo estaba planeado, la catástrofe debía ser encubierta por la apariencia de un aterrizaje desafortunado.

Los pilotos obtuvieron el permiso para el nuevo plan de vuelo y recargaron los galones de combustibles en el aeropuerto de Memphis, sin embargo, allí no quedó asentado el nuevo plan.

Setenta y cuatro minutos después, aterrizaban en el aeropuerto Hobby de Houston, donde los hicieron bajar del avión para realizar un test al motor a causa de que habían pasado 50 horas de vuelo sin verificarlo. Lo extraño, es que ellos sólo habían recorrido 2.355 kilómetros; un equivalente a tres horas de vuelo.

Los supuestos mecánicos, abordaron el avión suplantaron los altímetros del jet por dos con unos botones de acero en la cara opuesta a la esfera que quedaba a la vista de los pilotos. Esto aportaría a que, cuando el avión pasara los 14 mil pies de altura, el primer botón entraría en acción e impediría que las agujas bajaran de ese nivel por más que el avión descendiera de esa cifra. En una hora y media más, el segundo botón se activaría y encendería 2 miligramos de explosivo plástico concentrado. Era determinante que la CIA destruyera su propia tecnología, que podría llegar a ser reconocida por otros organismos.

El avión, en el estado de Guerrero, quedó encerrado entre las montañas y las nubes, sin los altímetros funcionando correctamente, a los pilotos les fue imposible maniobrar con éxito, pues subir el avión a esa velocidad en dirección a cielo abierto implicaba encontrar a oscuras una salida entre los cerros que estaban a la derecha e izquierda.
Las huellas de su impacto aventarían las sospechas de una explosión en vuelo. Los aviones que estallan en el aire esparcen los restos en varios kilómetros a la redonda y los despojos humanos de sus ocupantes no se queman; un dato que nunca pasa inadvertido para los técnicos de las compañías de seguros.

Tras el “accidente”, dos altímetros aparecieron entre los escombros marcando 9 mil pies, como prueba de que el avión volaba a a una altura de 2.700 metros, en una zona donde, volar a esa altura es un suicidio. Cabe destacar aquí, que la caja negra del Jet había desaparecido.

Los rastreos fueron encomendados a un general del ejército, que se desplazó en un helicóptero que, nadie sabe porqué, fue facilitado por la embajada norteamericana.
Cuando hallaron los tres cuerpos calcinados, descubrieron que la cabeza de Graiver había sido arrancada del cuerpo para sembrar dudas sobre su presencia en el accidente. Definitivamente la CIA sabía cómo despistar a la opinión pública y, comenzó a rodar la versión de que en el avión iban nueve personas y no tres. También se dijo que Graiver había aprovechado la escala en Houston para evaporarse.

Los restos de David Graiver, reconocidos por su hermano Isidoro, fueron cremados. A pesar de que este procedimiento iba en contra de las costumbres judías de su familia, consideraron que era el procedimiento más correcto, puesto que si se ponía e duda su muerte la sucesión de bienes se estancaría.

A las pocas horas “Ignacio” Torres, jefe de finanzas de Montoneros habría llamado por teléfono a la viuda Lidia Papaleo, quien estaba en México -donde Graiver los había presentado dos meses antes-; para expresarle sus condolencias y manifestarle que, en su opinión, había sido un atentado, como siguen creyendo hasta hoy los dirigentes montoneros y Gasparini, quien en su libro atribuye a la CIA la muerte del banquero.
Dos meses y medio más tarde, el 22 de octubre, tras cumplirse minuciosamente un complejo recorrido por el centro de Buenos Aires, indicado por los montoneros para controlar que no era seguida, Lidia Papaleo almorzó en el restaurante del tercer piso de Harrods con dos jefes de la organización.
“Ignacio” Torres la presentó al “oficial superior” y miembro de la Conducción Nacional, Julio Roqué (a) “Lino” un cordobés que venía de las FAR izquierdistas y había disparado el FAL cuyos proyectiles asesinaron al general Juan Carlos Sánchez en Rosario, a mediados de abril de 1972. La mujer explicó que el grupo empresario armado por su esposo se estaba derrumbando y que no podía pagar los casi 200.000 dólares mensuales de interés. Comprensivos, los dos jefes montoneros acordaron concederle un período de gracia. En aquellos momentos, el dinero no era el problema principal para ellos.

Juan Julio Roqué
Juan Julio Roqué
Lidia Papaleo (actual)
Lidia Papaleo (actual)

 

 

En un momento en que “Ignacio” fue al baño, “Lino” Roqué y la viuda de Graiver acordaron una clave de emergencia para encontrarse. El jefe guerrillero llamaría “de parte del doctor Linares” y se encontrarían tres días y tres horas más tarde de la fecha que se dirían por teléfono.
En ese terrible año ’76 aún habría una reunión más entre Lidia Papaleo y dos emisarios montoneros -uno era el “Doctor Paz”, quien sería en realidad Juan Gasparini-, en el departamento de su colaboradora Lidia Angarola, en Junín y Peña, durante la mañana de un domingo de diciembre.
Pocas semanas después, el domingo 9 de enero del ’77, uno de los grupos de tareas encontró en el embarcadero de Tigre el hilo de las finanzas de Montoneros. Al día siguiente fue atrapado Juan Gasparini, en Callao y Santa Fe, y el sábado 15 cayeron “Ignacio” Torres y dos de sus asistentes.
El miércoles siguiente, utilizando el procedimiento de emergencias, acordado en el almuerzo de Harrods, “Lino” Roqué se encontró con Lidia Papaleo en el Parque Lezama y le aconsejó que tratara de irse del país, pues Torres y Gasparini conocían todos los detalles del acuerdo por los 16.825.000 dólares.
Acordaron mecanismos para establecer contacto en Madrid y en México DF, y se despidieron. No volverían a verse. El 29 de mayo, uno de los grupos de tareas llegó al domicilio donde estaba escondido Roqué y se produjo un largo tiroteo que finalizó cuando al montonero se le acabaron las municiones y se suicidó con una cápsula de cianuro.

Lo demás es historia más o menos conocida, en la primera semana de marzo de ese año el entonces jefe de la Policía de Buenos Aires, coronel Ramón Camps, aparentemente autorizado por el comandante del primer cuerpo de Ejército, general Guillermo Suárez Mason, lanzó el operativo “amigo”.
Los miembros de la familia Graiver y sus colaboradores cercanos fueron detenidos y permanecieron desaparecidos varias semanas, hasta que la situación fue “blanqueada” el 19 de abril por el presidente y comandante del ejército teniente general Jorge Rafael Videla, mediante una conferencia de prensa ofrecida en la sede de esa fuerza.
Nunca se tuvieron datos precisos de lo ocurrido a Jorge Rubistein -que jugó un rol central en los tratos de Graiver con Montoneros-, ni siquiera Edgardo Sajón, Subdirector del diario “La Opinión” y secretario de prensa durante la presidencia del teniente general Alejandro Agustín Lanusse. Aunque todo indica que murieron mientras eran sometidos a “interrogatorios compulsivos.”
Más adelante, un Consejo de Guerra Especial condenó a 15 años de prisión a Juan e Isidoro Graiver y a Lidia Papaleo -con penas menores para otros miembros del grupo-, quienes apelaron ante el Consejo Supremo de las fuerzas Armadas que redujo las condenas principales a 12 años de prisión.
Ante una nueva apelación, la Corte Suprema de Justicia -aun bajo el gobierno militar y en un notable acto de independencia- dejó sin efecto la sentencia de la justicia militar y dispuso que la causa pasara a la justicia civil.
El entonces fiscal Julio César Strassera, quien después lo seria de los ex comandantes en jefe, pidió 5 años de prisión para Isidoro Graiver y Lidia Papaleo, sobreseyendo al resto. Pero el juez falló anulando todo lo actuado por la justicia militar y dispuso la libertad de todos los miembros del grupo Graiver.

Después, en 1984, ya en el gobierno de Raúl Alfonsín, la familia Graiver se presentó en el fuero contencioso administrativo reclamando al Estado daños por cifras enormes y los bienes del grupo empresario que habían sido incautados.
Después de que ganaran el juicio en primera instancia, el presidente Alfonsín ordenó al procurador del Tesoro, Héctor Pedro Fassi, que negociara un acuerdo. Los Graiver reclamaban un total aproximado de 155 millones de dólares y un gran número de propiedades. Finalmente, el gobierno y el grupo transaron en 84 millones y unas cuarenta propiedades.
En marzo del ’86, el Tesoro les pagó el 40% de esa suma y desde mayo de ese año comenzaron a recibir pagos trimestrales. El 63% de 10 que recuperaron correspondía a Isidoro y Juan Graiver y a su esposa Eva Citnach. El 37% restante era del Lidia Papaleo y de su hija María Sol Graiver.
En su libro “El crimen de Graiver”, Gasparini afirma que Juan e Isidoro Graiver -radicados entonces en España- hicieron un rápido viaje a Suiza en julio del ’87 para depositar allí una parte importante de los fondos que habían recibido del Estado argentino.
Al mes siguiente, actuando como representantes autorizados de Montoneros, un pastor protestante homosexual con status de refugiado político en Noruega, acompañado por una redactora argentina de la revista pro-guerrillera Triunfar, editada en México, retiraron 400 mil dólares de un banco en Ginebra y los traspasaron a otra entidad. Sería el primero de una serie de pagos -los otros habrían sido mucho menores- de la familia Graiver a los montoneros que mostrarían que la “Operación Mellizas” seguía viva a más de trece años del secuestro de los hermanos Born.
Mientras tanto, como parte de su teoría de los “dos demonios” -uno subversivo y el otro represivo- el presidente Raúl Alfonsín logró que Mario Firmenich fuera detenido en Brasil y extraditado a la argentina, donde la justicia lo condenó a una larga pena de prisión.

La cúpula sobreviviente de Montoneros, comenzó su aproximación durante la interna del justicialismo en 1988, después de ser rechazados por los renovadores de Cafiero, según explicó un miembro de la conducción nacional.
Como “Peronismo Revolucionario” hicieron campaña por el menemismo y propusieron repatriar fondos que tendrían en Cuba para un programa de reactivación económica basado en la construcción de viviendas populares.
Más adelante, ya presidente, Menem incluyó a los dirigentes montoneros en el indulto y Firmenich salió en libertad, algún tiempo después de que Roberto Perdía, Fernando Vaca Narvaja y Rodolfo Galimberti -este último ferozmente enemistado con el resto- regresaran al país.
El empresario Antonio Mario Rotundo, que fue amigo cercano de Menem durante la primera campaña electoral, participó al menos en tres reuniones en las que se trató el aludido programa económico y la manera de recuperar los fondos montoneros llevados a Cuba.

Antonio Mario Rotundo
Antonio Mario Rotundo

Uno de esos cónclaves fue el 17 de agosto de 1989, en un complejo turístico que Rotundo posee en Corrientes, por el Peronismo revolucionario asistieron Mario Montoto y Pablo Unamuno hijo. La reunión había sido rodeada de secreto, pero el jefe de Inteligencia de la Policía correntina la detectó y debió ser emplazado a mantener el asunto en reserva.

Mario Montoto (actual)
Mario Montoto (actual)
Pablo Unamuno
Pablo Unamuno

 

 

 

 

 

 

 

El segundo encuentro se habría producido, un mes más tarde, en el despacho presidencial de la casa Rosada y el jefe de gobierno habría manifestado que ya había hablado con el empresario Jorge Born quien se habría comprometido a no entorpecer con reclamos la autorización de los fondos eventualmente recuperados en un programa de desarrollo; según Rotundo, se hablaba entonces de 20 millones de dólares. Pero nada se concretó.
En 1989, ya con el presidente Menem en el gobierno, el entonces fiscal del juzgado Federal de San Martín, Juan Martín Romero Victorica, logró que el titular de ese juzgado, Carlos Lutz, embargará bienes de los Graiver por 46 millones de dólares, por considerarlos “verdaderos socios de una asociación subversiva”.
Comenzó, entonces, una serie de pasos judiciales que convirtieron la cuestión en un complejo galimatías legal, donde lo importante fueron las transacciones económicas -básicamente entre los Graiver y los Born- y molestias prácticas, como allanamientos, para Mario Firmenich.
De aquellos años de dramática violencia, tras el indulto, aparentemente sólo queda como secuela legal -y ya prácticamente agotada- una serie de pleitos donde lo importante fueron pactos económicos. Una conclusión triste para una historia con miles de muertos e incontables vidas afectadas.


 

SECUESTROS EXTORSIVOS

Víctor Bicrombe              U$S    1.360.000

Carlos Lockhood             U$S    2.300.000

Carlos Pulenta                 U$S       920.000

Víctor Samuelson           U$S  12.000.000

Juan y Jorge Born           U$S  60.000.000

Enrique Metz                   U$S    4.000.000

Total                                 U$S 80.560.000

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