Un mediodía de agosto de 1976 Horacio Mendizábal organizó una conferencia de prensa para un periodista de la revista Cambio/16 de España. Una conferencia clandestina en Buenos Aires. El golpe de Estado llevaba casi cinco meses. A esas alturas, Mendizábal estaba en carrera ascendente dentro de la organización Montoneros, aunque por entonces cada ascenso era consecuencia de la caída en una cita, un combate o un secuestro. Un ascenso era un reemplazo.
Le hicieron saber al periodista español que lo recogerían en la calle. Por razones de seguridad, debía vestir de saco y corbata porque lo trasladarían a un salón de fiestas. En las primeras mesas estaba dispuesto el servicio de comidas, un servicio de lunch como en cualquier bautismo; en otras, los últimos modelos de lanzagranadas antitanque de diseño y fabricación propia. Circundando el salón, había un pelotón de combate de la Columna 23, con metralletas, saco y corbata, y otros montoneros uniformados para la guerra. Más allá, dos mujeres jóvenes. Mendizábal le presentó a una de ellas, Ana María González. El periodista la describió hermosa, de dulce voz y sonriente, con su anorak rojo de colegiala. La joven acababa de colocar, envuelta en una caja de perfume, una bomba de setecientos gramos de trotyl debajo de la cama del jefe de la Policía Federal, general Cesáreo Cardozo, en el barrio de Belgrano. Accedió a la intimidad de la casa por la amistad que le brindó la hija de Cardozo, su compañera de clase. Mientras la cúpula castrense continuaba con éxito la estrategia de cercar y aniquilar a la guerrilla, como máximo jefe militar de Montoneros, Mendizábal se permitía exhibir el potencial armado de la Organización y divulgar los pormenores de la operación contra Cardozo con el reportaje a la adolescente, que moriría en combate pocos meses más tarde.

Horacio Alberto Mendizábal
Horacio Alberto Mendizábal
Ana María González
Ana María González

En agosto de 1975, con Perón muerto, su esposa Isabel en el gobierno y Montoneros en la clandestinidad, y tras haber ganado prestigio interno por el atentado a un general en la provincia de Córdoba, Mendizábal fue sorprendido por la policía en una casa con armas y explosivos; golpeado y torturado, lo encerraron en una cárcel de esa provincia. Le iniciaron un proceso judicial. Su hermano Marcial lo ayudó en el plan de fuga. Solicitó y logró que Mendizábal declarara frente al magistrado. Varios guardiacárceles lo condujeron esposado hasta el Juzgado, pero cara a cara frente al juez en su despacho, sólo lo custodiaba un policía. La formalidad de la declaración indagatoria se vio interrumpida cuando su abogado defensor sacó una metralleta del portafolio, redujo al custodio y a Su Señoría, hizo que le quitaran las esposas a su cliente y ambos saltaron por una ventana hasta la calle. Un montonero que los esperaba en la vereda contuvo los disparos de la guardia. Se subieron a un auto y a tres meses de su detención, Mendizábal ya estaba libre.
Su fuga fue tomada como un ejemplo de audacia, valentía y conducta revolucionaria. En ese tiempo, cada caída empezaba a multiplicarse por cinco tras una sesión de tortura. Para preservar sus cuadros, la Conducción montonera había recomendado llevar una pastilla de cianuro y eliminarse en defensa de sus compañeros antes que caer detenido. Las pastillas empezaron a fabricarse en serie. Pero si no lograban matarse y caían en manos del enemigo, los montoneros debían sobrellevar la situación en silencio. Se decía que sólo una sólida convicción ideológica y una férrea voluntad de vencer podían ser soportes de los tormentos; era una precondición del heroísmo. “La tortura es un combate que se puede ganar” fue la arenga que lanzó Montoneros. Sin embargo, cuando Roberto Quieto, el número tres de la Conducción, fue secuestrado en una playa de San Isidro a la vista de su familia a fines de 1975, le arrancaron información que, se dijo, hizo tambalear el centro de gravedad de la Organización. Muchos cuadros montoneros criticaron el hecho de que la Conducción elaborara estrategias de guerra contra los militares pero viviera “atrapada en la cotidianeidad de los hábitos burgueses”. Luego de reclamar por su vida, cuando percibieron los efectos de su caída —entre ellos, la pérdida de una fábrica de armas—, la Conducción condenó a muerte a Quieto en un juicio revolucionario en ausencia bajo el cargo de “traición”.[*]
Por entonces, para la Organización, Horacio Mendizábal era el contraejemplo de Quieto. Había soportado la tortura sin delaciones y se había fugado de la cárcel con ingenio; en 1976 ya era miembro del Secretariado Nacional, y pese a haberse eximido del servicio militar del Ejército Argentino por hiperhidrosis en las manos, había quedado a cargo de la Secretaría Militar de Montoneros. Durante su ejercicio, ese año, además de la muerte de Cardozo, su Secretaría había logrado introducir una bomba de nueve kilos de trotyl y cinco kilos de fragmentos de acero, una bomba “vietnamita”, en el comedor del edificio de la Superintendencia de Seguridad de la Policía Federal Argentina. El artefacto se accionó por un dispositivo de relojería y explotó siete minutos después de la partida de un policía que, en realidad, era un montonero que había sido dado de baja de la fuerza pero todavía conservaba su chapa. La explosión provocó la muerte de más de veinticinco uniformados y desencadenó una intensa represalia policial contra militantes que ya estaban detenidos, también contra curas palotinos, hasta alcanzar igual número de víctimas.
Pero incluso antes del golpe de Estado, Montoneros, y también Mendizábal, entendían que estaban en guerra. Había dos contendientes. Por un lado, los montoneros, en defensa de la clase obrera y los intereses del pueblo, y por el otro, los militares y la oligarquía rural proimperialista. Ese era el combate. El golpe de Estado contra Isabel Perón no hizo más que revelar y desarrollar los planes del enemigo. Una guerra, dos estrategias militares. La de la Junta, que propiciaba una guerra corta, cercando y aniquilando a las fuerzas guerrilleras. Y la estrategia de los montoneros, una guerra larga, resistiendo la represión y manteniendo el hostigamiento constante……
La metodología de secuestro-torturas-delación-muerte y nuevos secuestros que aplicaba la dictadura militar golpeaba todas las estructuras de la Organización, en forma vertical y horizontal. Una caída en octubre de 1976 ya había provocado un daño de proporciones en la cúspide del Área Federal de Montoneros. Fue una victoria que se adjudicó la Armada no sólo sobre la guerrilla sino en su disputa interna contra el Ejército, para lograr la conducción de la represión ilegal. Montoneros estaba impactado por los golpes que recibía….
En diciembre de 1976, salir a la calle, responder a un llamado de control, ya implicaba dejar la vida librada a la voluntad del enemigo. ¿Y si quien dejaba un mensaje para una cita ya no era un combatiente sino un delator? El temor deterioraba el funcionamiento casi tanto como las mismas caídas. La Secretaría Militar bajó una línea aclaratoria: “Las citas se están cubriendo mal. Una cosa es la prudencia acompañada de una actitud combativa y otra es el miedo. Esto último, que es uno de los objetivos perseguidos por el enemigo, nos lleva a desengancharnos debido a la reticencia en cubrir las citas. Esta actitud debe ser combatida pues conduce a la dispersión de la fuerza”. Los combatientes estaban obligados a cubrir la cita por más extraña que fuese. Cubrirla, con la pastilla de cianuro. El sector de Sanidad del Área Federal había proyectado la producción de dos mil cápsulas. La cifra estaba en consonancia con las expectativas del jefe de la conducción montonera, comandante Mario Firmenich: mil quinientas bajas propias durante el primer año de la dictadura. La misma cifra para 1977, como lo expresó en un reportaje a Gabriel García Márquez cuando, aceptando los resultados de una votación interna de la Conducción, escapó de la Argentina. La previsión de Firmenich era que las pérdidas humanas no iban a alcanzar para extinguir a la Organización: la iban a regenerar. La represión militar conduciría a una etapa de mayor resistencia, con nuevos soldados y nuevos combates que provocarían el desgaste de las fuerzas de seguridad y la fractura de la dictadura. Pero, volviendo a las pastillas de cianuro, éstas no debían entenderse como un sustituto del arma. Había que combatir. Las caídas hicieron que Montoneros abandonara la cautela en la promoción interna de sus cuadros. Cada cuadro era un combatiente que llegaba para reemplazar a otro y se le exigía el cumplimiento de nuevas y mayores responsabilidades conforme lo imponía la realidad….

El jefe del Ejército Montonero anunció también las novedades en la producción de armas propias, el nuevo lanzagranada LG22, granadas de mano G5, fusiles G40.Pero abajo, entre los combatientes que resistían a la dictadura en la Argentina, la realidad era diferente: faltaba inserción política, faltaban armas y documentos falsos, faltaban casas para poder refugiarse.
Mientras, en el exterior, el 15 de marzo de 1978, la Organización resolvía implantar los uniformes y las insignias del Ejército Montonero, obligando a los combatientes al saludo oficial con la venia, a designar el grado militar antes de dirigirse a un superior, a solicitar su autorización para usar la palabra, y a las formaciones militares en casos de ascensos, condecoraciones y degradaciones. En la Argentina, la desmoralización en algunos combatientes fue lo más notable en la evaluación del primer semestre de ese año del Estado Mayor del Ejército Montonero de la Capital Federal. No se cumplieron las pautas exigidas, Logística Nacional demoró la provisión del lanza granadas LG22 y, fundamentalmente, la caída de un teniente provocó otras caídas, desenganches y dos meses de inactividad. Las bajas no se recuperaron: no hubo nuevos soldados. Desde la formación del Ejército Montonero en 1976, la calidad de los reclutamientos había ido en descenso.

Para el grupo que había realizado las operaciones en Capital Federal, durante 1978 el déficit principal fue que no habían matado a nadie ni tampoco recuperado armas.  Algunos de  combatientes fueron sacados del país entre fines de 1977 y principios de 1978. Para entonces, Montoneros ya tenía el Mundial 78 en la mira y también había fijado una política que en términos militares implicaba realizar acciones armadas y de propaganda de tal trascendencia que el gobierno no las pudiera ocultar, pero que a su vez no pusieran en peligro la vida de los periodistas, los espectadores ni de ninguna persona en general: el espacio autorizado para las operaciones armadas estaba marcado a seiscientos metros de los estadios. Los combatientes de la Columna 34 fueron trasladados a Brasil y luego a Madrid, donde se reunieron con miembros del Estado Mayor del Ejército Montonero e hicieron un curso de explosivos, pero la instrucción más importante se realizó en las afueras de París. En una residencia de campo, un miembro del equipo de custodia de la Conducción los instruyó en el uso del lanzacohetes antitanque soviético RPG7, que tenía capacidad de derribar a un helicóptero. Los RPG7 guiaron la Campaña de Ofensiva Táctica de Montoneros. Fueron introducidos en la Argentina por intermedio del mismo dueño de casa, un ciudadano francés que llegó al país en avión y luego retiró su automóvil que había trasladado en un barco hasta el puerto de Buenos Aires. La misma operación se realizó con un inglés que embutió los cohetes en su auto y envió éste por mar. Una vez en tierra, los RPG7 fueron distribuidos entre los combatientes en Mar del Plata y se empezaron a usar. El 18 de junio de 1978 fue lanzado un cohete desde el techo corredizo de un Peugeot 504, que facilitaba el reflujo de gases que expelía el artefacto de su parte posterior. El vehículo estaba apostado en Callao y Viamonte. El cohete recorrió cien metros hasta golpear la sede del Batallón 601 de Inteligencia del Ejército. La misma acción se repitió para golpear las paredes de la Casa de Gobierno, la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) —donde había cientos de detenidos ilegales—, el Comando en Jefe del Ejército, la Escuela Superior de Guerra, la Escuela de Policía, la Comisaría 43º y otras sedes de las fuerzas de seguridad. El debut militar de los RPG7 durante el Mundial de 1978 fue exitoso para Montoneros pero no sirvió como acción de propaganda. El cohete liberaba la energía una vez que la pared era perforada. La conmoción por el impacto era interna. En la pared, sólo quedaba un agujero de proporciones menores. En la Casa de Gobierno, mientras reponían el cemento, ocultaron los daños con una bandera argentina a primera hora de la mañana. El cerco informativo de los militares también fue eficiente: los atentados no fueron difundidos en la Argentina, aunque sí por la prensa extranjera. Los RPG7 funcionaron como un aviso a la dictadura para dejar de relieve que Montoneros todavía existía.
Después de las acciones, los pelotones se retiraron del país y Firmenich condecoró a Mendizábal con la “Orden del Comandante Carlos Olmedo” por el rol cumplido por las fuerzas militares bajo su mando. Mendizábal se presentó en París para narrar los éxitos. De todas las acciones militares durante el Mundial 78, la que consideró “más espectacular”, sin embargo, fue una interferencia sobre el sonido de un canal de televisión en la zona de La Plata, que se escuchó en parte de la ciudad. A través de ella, por primera vez desde que la Organización pasó a la clandestinidad, pudo difundirse un mensaje de Firmenich. Su proclama, sobre la imagen del partido Argentina-Francia, duró trece minutos:

“No hay ninguna contradicción entre nuestro anhelo de ganar el campeonato mundial de fútbol y nuestro anhelo de voltear al salvajismo que se ha instalado en el poder… Argentina Campeón. Videla al paredón.”

Después del Mundial 78, Montoneros consideró que la etapa de la resistencia activa ya había terminado: los militares no habían podido quebrar la voluntad de los combatientes. Era la hora de la Contraofensiva.

Montoneros se estableció en Beirut en el año 1977, después de cuatro años de relaciones con la Organización de Liberación Palestina (OLP). Al principio fueron contactos políticos con un delegado palestino en Europa, luego se firmaron acuerdos de logística, documentación y transporte de armas. Finalmente, la cooperación mutua se hizo pública en mayo de 1977 cuando el líder árabe Yasser Arafat recibió en Beirut a los comandantes Mario Firmenich y Fernando Vaca Narvaja. Montoneros, que sumaba el apoyo internacional de partidos y organizaciones social-demócratas y de izquierda, presentó la foto como una victoria política.
El acuerdo con los árabes tenía una cláusula secreta: su aspecto militar. La OLP, a través de su fracción interna Al Fatah, ofrecía campos de entrenamiento, instructores militares y misiles RPG7, entre otros armamentos. Montoneros, por su parte, instalaría en el sur del Líbano una fábrica de explosivos plásticos cuya producción quedaría bajo el mando de un técnico argentino, un ingeniero químico que contaba con un doctorado en explosivos en el exterior. A partir de ahí, la información provocó la acción conjunta de la inteligencia israelí y argentina —el Mossad y el Batallón 601 del Ejército Argentino—, quienes comenzaron a intercambiar datos sobre la fábrica de explosivos y la base montonera en Beirut.

Después de que fuera apercibido por Firmenich en Cuba, Mendizábal empezó a preparar su regreso a la Argentina.
La maniobra de la Contraofensiva estaba desarrollada en un plan de acción que comprendía tres fases: concentración, aproximación y ataque. A fin de reclutar militantes, Montoneros impulsó convocatorias en México y Europa. Uno de esos encuentros se concretó en vísperas de la Navidad de 1978 en un local del Partido Comunista Español en Madrid; allí concurrió el número dos de la Organización, el comandante Roberto Perdía. Frente a casi un centenar de exiliados, Perdía hizo una convocatoria abierta para el retorno….
Por razones de seguridad, la información sobre la Contraofensiva continuó siendo reservada. Al militante se le explicaba que si tomaba la decisión de regresar, debía informar a sus familiares que perderían contacto con él durante varios meses; se entrenaría en una casa que funcionaría como un cuartel, donde obtendría mayores precisiones. Pero había una información clara: una vez que se ingresara en esa casa, sería muy difícil volver atrás.

España y México fueron las bases centrales del reclutamiento para la Contraofensiva. Los dos países implicaban un destino diferente. De España, luego de un mes de entrenamiento físico y capacitación política, se volaba a Beirut para convertirse en un combatiente y formar parte de las Tropas Especiales de Infantería (TEI). En México, el reclutamiento los transformaba en integrantes de las Tropas Especiales de Agitación (TEA). Ambas estructuras no compartirían la información de sus objetivos ni la logística, y tampoco tendrían contacto alguno entre sí. La Organización decidía en cuál de ellas enrolaba a sus militantes.
La formación física, política y militar de los grupos TEA en México quedó bajo responsabilidad de Horacio Mendizábal. El primer pelotón fue preparado con cierto apremio en una casa en las afueras de Cuernavaca por la intensificación de los conflictos en la Argentina. Fue un pelotón de avanzada, el primero que se aproximaría al territorio de la batalla. Los hombres de enlace entre el pelotón TEA (denominado Grupo 1) y Mendizábal fueron “Carlón”, Eduardo Pereira Rossi, de la Secretaría de Agitación y Propaganda, y “Gerardo”, Regino Adolfo González, quien, como miembro de la Secretaría de Relaciones Exteriores de Montoneros, había vivido en Tanzania. Como las TEA debían realizar acciones de propaganda, la capacitación en el uso de los equipos de interferencia (RTLV) estuvo a cargo de un técnico electrónico, Francisco Cabilla, apodado “Pepe 22”, quien a su vez era el responsable técnico de Radio Liberación, en Costa Rica, que difundía información de la Organización hacia América Latina.

Eduardo Pereira Rossi
Eduardo Pereira Rossi
Regino Adolfo González
Regino Adolfo González

Pero la maniobra sufrió un escollo inesperado.Poco antes de ingresar al país, en febrero de 1979, el líder del  Comando Táctico Adelantado rompió en forma sorpresiva con Montoneros y se dedicó a realizar una tarea de contrarreclutamiento de militantes para impedir que se alistaran en la Contraofensiva. El movimiento rebelde fue liderado por Rodolfo Galimberti, que había sido el primer contacto político de Montoneros con Juan Domingo Perón en 1971. Entre los disidentes se encontraba el periodista y poeta Juan Gelman, cara pública de la Secretaría de Relaciones Exteriores en el momento de la ruptura, y una serie de cuadros cooptados con sigilo en forma simultánea a la preparación de la Contraofensiva.

Rodolfo Galimberti
Rodolfo Galimberti
Juan Gelman (militante )
Juan Gelman (militante )

La ruptura de Galimberti alteró la maniobra original de la Contraofensiva pero no alcanzó a detener el plan de ataque. La Conducción no estaba dispuesta a discutir una crisis interna que venía postergando desde hacía más de cinco años. Intentó escapar de las críticas avanzando hacia adelante y entrevió en los conflictos obreros la oportunidad de presentarse ante las masas como una alternativa de conducción revolucionaria. La realización de la Contraofensiva se convirtió en un desafío para afianzar su continuidad como Organización. Montoneros estaba por delante de todo. Podía perder militantes pero no podía poner en riesgo su existencia. Entonces, frente a la disidencia de Galimberti, la Conducción decidió anular la avanzada del Comando Táctico en la zona norte y dejó flotando en la incertidumbre al pelotón de avanzada, que ingresó a la Argentina en febrero de 1979 en coincidencia con la ruptura, porque sospechó que habían sido infiltrados por los desertores….
El Grupo 1 de TEA había quedado bajo la conducción de Regino Adolfo  González, Gerardo. Al llegar a la Argentina, se dividieron en pelotones y se repartieron las zonas de acción, norte, sur y oeste de Buenos Aires, pero su intención original —fuerza de agitación en las movilizaciones obreras— quedó desnaturalizada porque no había concentraciones obreras por las calles sino conflictos laborales puntuales en el cordón industrial bonaerense, en contra de los despidos y por mejoras salariales. Sumado al hecho de encontrar una realidad diferente de la esperada, los pelotones no podían hacer mucho….
El 11 de marzo de 1979, el Grupo 1 de TEA realizó su primera acción: transmitió una proclama montonera en conmemoración del sexto aniversario del triunfo peronista en las elecciones de 1973. La novedad alcanzó repercusión en México y permitió reducir la desconfianza de Mendizábal sobre Gerardo. Finalmente, la interferencia del 27 de abril en apoyo a la primera huelga nacional contra la dictadura, convocada por un sector de la burocracia sindical peronista, disolvió las dudas originales que podían existir sobre la influencia de Galimberti sobre el Grupo 1. Entonces llegaron a Buenos Aires los aparatos y las armas. Un envío llegó embutido en un Volkswagen que viajaba desde Perú: doce pistolas y granadas. Pero la confianza hacia a Gerardo sería transitoria.

Al margen de los grupos TEA, Mendizábal contaba con dos hombres de apoyo en la conducción de la estructura política. Uno de ellos era Armando Croatto, secretario de la rama sindical del MPM, quien además había sido elegido diputado por la Juventud Peronista (JP) en 1973 y renunció a su banca tras un traumático y revelador encuentro con Perón a principios de 1974 junto con otros siete legisladores. Croatto llegó con su esposa y sus hijas durante la Contraofensiva e intentó reactivar sus contactos con antiguos militantes de la zona sur.

El otro era el “Gallego Willy”, Jesús María Luján Vich, un cuadro surgido entre los seminaristas de la provincia de Córdoba, perteneciente a una de las células fundadoras de Montoneros. Willy estaba alineado a la Conducción y a Mendizábal y llegó a la Argentina para realizar tareas políticas y de propaganda. Había instalado en su casa un mimeógrafo para imprimir panfletos de Montoneros. Su misión era lograr que se distribuyeran en las fábricas.

Jesús María Luján-Gallego Willy
Jesús María Luján-Gallego Willy
Armando Croatto
Armando Croatto

A la llegada de Mendizábal a la Argentina, nada del Ejército Montonero que él había conducido y que se había constituido como la resistencia armada contra la dictadura estaba en pie. Si, como decía otro comandante de la Conducción, Raúl Yager, debajo de los uniformes e insignias se veían las alpargatas de los combatientes, ahora no quedaban ni las alpargatas. La última estructura, de Columna Sur, había sido desmantelada en diciembre de 1978, con la caída de seis combatientes.

Raúl Clemente Yager
Raúl Clemente Yager

Sin embargo, una célula que había quedado desenganchada fue la que compuso el segundo pelotón TEA. A principios de 1979, el grupo hizo contacto con la Organización y viajó de Buenos Aires a México, donde recibió instrucción para realizar interferencias televisivas. Retornó al país seis meses más tarde, bajo la jefatura de Carlón Pereira Rossi, para instalarse otra vez en el sur.

El tercer pelotón TEA desembarcó en la Argentina en julio de 1979 y se asentó en la zona oeste bajo la jefatura de “Julliot”,Bernardo Daniel  Tolchinsky, quien había sobrevivido a la represión de las columnas Sur y Oeste, donde había militado. Cada pelotón de TEA-oeste operaba como podía. Para fortalecer la presencia territorial de Montoneros y actualizar sus discursos, algunos descartaban las proclamas de Firmenich y grababan otras dentro de un armario, que contenían las demandas puntuales de las metalúrgicas en conflicto, como La Cantábrica de Haedo, Santa Rosa de San Justo y la papelera Schcolnik de Villa Tesei. Estaban comprometidos con su misión: una militante próxima a dar a luz se subía a las obras en construcción, realizaba la interferencia y luego escapaba en motocicleta con su compañero.

Bernardo Daniel Tolchinsky
Bernardo Daniel Tolchinsky

Poco tiempo después, hacia julio de 1979, el grupo empezó a desmembrarse porque sus integrantes consideraban que era innecesario y riesgoso permanecer en la Argentina. Pese a la resistencia de Mendizábal, Gerardo dio libertad a los pelotones para que se fueran del país. Los que lo hicieron, fueron considerados “desertores” por Montoneros. La Conducción focalizó en Gerardo la explicación de los problemas del Grupo 1. Hasta hacía pocos años lo había valorado como “un montonero que vale por ocho”, porque había arrasado, él solo, con un control policial en Wilde, provocando tres bajas, y había logrado escapar sin heridas y con la totalidad de las armas. Pero ahora, lo acusaban de no haber podido refrendar ese “mito interno” que había generado en la Organización. Una vez que expresó sus diferencias, Gerardo fue acusado de haber incurrido en el delito de “traición criminal”.
El boletín no menciona lo que ocurrió con Gerardo en los días que siguieron, pese a que al momento de la elaboración del documento ya se sabía, pero sí formula una conclusión sobre el origen de sus diferencias con la Conducción.
La “diferencia ideológica” que establece el boletín era que la esposa de Gerardo, María Consuelo Castaño Blanco, no era montonera. La Conducción intentó convencerlo de que se separara de ella porque implicaba un peligro para la Organización; frustrado este intento, la Organización persuadió a Castaño Blanco para que se comprometiera con la Contraofensiva y dejara a sus tres hijas en la guardería del Partido en México, lo que finalmente logró. En Buenos Aires, tras liderar durante más de cuatro meses el cada vez más descompuesto Grupo 1, Gerardo inició su proceso de disidencia política con la Contraofensiva y grabó en una cinta su testimonio en el que explicaba las razones de sus diferencias con Montoneros. Gerardo hizo que su hermano Fernando, al cual frecuentó durante ese período rompiendo las reglas de la clandestinidad, viajara a México con tres copias de la cinta y las entregara a tres miembros de la Organización; además le pidió a su hermano que en forma inmediata protegiera a su esposa y a sus hijas y las trajera a Buenos Aires para retomar la vida junto a ellas.

María Consuelo Castaño Blanco (actual)
María Consuelo Castaño Blanco (actual)

Para el momento del desmembramiento del Grupo 1, hacia agosto de 1979, pero particularmente en el mes siguiente, el panorama político expresó por primera vez los efectos de la oposición a la dictadura militar, por la fuerte presión que ejercieron los organismos de derechos humanos que reclamaban la aparición con vida de los familiares secuestrados. El punto más alto de este escenario crítico se manifestó durante la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la Organización de Estados Americanos (OEA), cuyos miembros recogieron las denuncias de miles de personas en una oficina del organismo en el centro de Buenos Aires. La llegada de la CIDH permitió ir filtrando datos de una verdad que había sido ignorada casi sin excepciones por la prensa y que ya era imposible de ocultar: secuestros, desapariciones, torturas, un drama que involucraba a muchos argentinos y que ya no cabía en la categoría de los “excesos” de la represión, como argumentaba la dictadura. Simultáneamente al estado de movilización de los organismos de derechos humanos, los conflictos sindicales también se profundizaron y las empresas negociaron aumentos para evitar que se generalizaran. Incluso los obreros de la fábrica Peugeot amenazaron con realizar la movilización a Plaza de Mayo tan esperada por Montoneros si sus demandas salariales no eran satisfechas. Cuando el aumento llegó, la marcha no se produjo. La dictadura, y también el establishment y los medios de prensa que simpatizaban con ella, lanzaron campañas de desprestigio contra los familiares de los desaparecidos para contrarrestar sus denuncias y aprovecharon el furor que provocaban en la población las victorias del Seleccionado Juvenil que disputaba el Mundial de Japón, del mismo modo que lo habían hecho en 1978: transformaron el triunfo deportivo en el triunfo de todos los argentinos, asociado al triunfo del gobierno.
A Martín, el primer hijo de Mendizábal, le habían enseñado que debía estar alerta, no mirar nunca a un policía, ignorarlos por completo. Pero no se trataba solamente de policías. En la tarde del 10 de septiembre de 1979, Martín estaba solo en la casa de su madre (la Chana Solimano había salido a comprar cigarrillos) leyendo una revista Billiken, cuando dos personas con armas entraron y empezaron a revolver los cajones. La casa era una propiedad horizontal. Se ingresaba por un pasillo, la puerta estaba al fondo y había un patio de entrada. Su madre se la había alquilado al carnicero, que tenía el local al frente y la casa detrás. Cuando su madre regresó del quiosco, le pusieron una pistola en la cabeza, la sacaron de la casa, la separaron de su hijo y cada uno fue llevado en un Ford Falcon.

Susana Haydeé Solimano
Susana Haydeé Solimano ( Chana)

Tres días después, el 13 de septiembre a las ocho de la noche, un comando de doce personas desplegadas en cinco autos entró en la casa de Munro, ubicada a setenta metros de una comisaría, en la que Gerardo vivía con su esposa y sus tres hijas de cinco, cuatro y tres años. Pero Gerardo no estaba, había salido por la mañana con su Rastrojero rojo y no había regresado. El grupo comando entró en la casa buscando dinero y se llevó a la madre y a las tres hijas. Una vecina alertó al padre de Consuelo Castaño Blanco, quien fue a las oficinas de la CIDH a denunciar el secuestro y también al Buenos Aires Herald, donde el director Robert Cox publicó la noticia bajo el título “Secuestran a una familia”. Como la esposa de Gerardo era española, también intervino la embajada de ese país para reclamar por el paradero de ella y sus hijas ante el gobierno militar.

Cox - Castaño Blanco e hijas
Cox – Castaño Blanco e hijas

Pero la escalada no se detuvo. El viernes 14 de septiembre, Croatto recibió un pedido de cita de parte del Gallego Willy en su teléfono de control. Pero Willy no fue al encuentro. El domingo 16, el llamado se reiteró. Croatto entendió que debían reunirse para coordinar alguna acción por las hijas de Gerardo, cuyo secuestro había sido publicado en el diario ese mismo día. La esposa de Croatto entendió que la cita era rara, quizá porque Willy siempre le había parecido raro, y raro en este caso significaba peligroso. Ese domingo 16, Croatto fue a la cita con una cobertura familiar, junto con su esposa y sus hijas, y luego se alejó de ellas; pero el encuentro con Willy volvió a frustrarse. La cita le fue trasladada para el mediodía del lunes 17 y fue la definitiva. Croatto salió de su trabajo con su auto hacia Ciudad Canguro, en Munro, un galpón de media manzana convertido en un centro comercial. Llegó a la una de la tarde. Hay un testigo, dos versiones, y también dos muertos, como resultado de esa cita. La primera versión surge de un ex guerrillero, que la recibió de una fuente militar. El cuadro de situación es el siguiente: El Gallego Willy ya había caído en manos del Ejército y concurre a la cita junto con un grupo comando que se encuentra disimulado en la zona, pero se sorprende al ver a Croatto acompañado por Mendizábal en la playa de estacionamiento. Cuando se acerca, alcanza a advertirle: “Estoy con la patota”. Mendizábal reacciona y toma su granada, y aunque la orden es atraparlo, un francotirador le dispara desde el techo y lo mata. Croatto es muerto al intentar escapar. La segunda versión corresponde a un mozo del bar ubicado junto al portón de entrada de Ciudad Canguro donde Croatto y Mendizábal debían encontrarse. El bar era abierto, no tenía muchas mesas, estaba cercado por una pequeña soga que lo separaba de un corredor peatonal y los locales comerciales. El piso era una plataforma de madera tarugada.
Mendizábal se sienta y pide un café. No lo sabe, pero esa mañana el dueño de la concesión del local gastronómico, de apellido Del Puerto, le había dicho al mozo que ese día no trabajaría y que entregara su uniforme a otra persona porque quería probarla en el oficio. El hombre que le sirve el café a Mendizábal es un militar. En tanto, fuera de Ciudad Canguro, Croatto llega a la playa de estacionamiento en una camioneta Renault 4. Es la una de la tarde. Croatto baja y ve que algunos hombres lo rodean. Les tira una granada que no explota y empieza a escapar por una calle lateral que lo conduce a una fábrica. Corre por la vereda junto al tejido de alambre, le cuesta ganar velocidad, está agitado, se da vuelta, dispara contra sus perseguidores, vuelve a darse vuelta y sigue corriendo. Cuando Mendizábal escucha el primer tiro desde el bar advierte el peligro: la cita es una emboscada. Pero el mozo, con la ayuda de un grupo comando, lo reduce, lo inmoviliza, lo lleva hacia fuera. Un cordón de hombres de civil cierra la circulación en el acceso de la galería, mientras Croatto se da vuelta otra vez y dispara y también le disparan hasta que ya no puede más, recibe un balazo y cae herido. Cuando retiran su cuerpo, la mancha de sangre se distingue en la vereda.
Esa misma noche, el mozo reemplazado fue convocado como testigo a una comisaría de Boulogne. Reconoció el cadáver de Mendizábal con un tiro en la cabeza. Dijo que era el mismo hombre que había visto en el bar y había resistido la orden de detención. Murió en el enfrentamiento. Fue un falso testigo. Ese lunes 17 de septiembre de 1979 Chano fumó toda la tarde en su casa y esperó el regreso de Mendizábal hasta que salió para hacer una llamada desde un teléfono público. Cuando volvió, le dio unos papeles y una caja de fotos a su hijo Benjamín y le pidió que los quemara en el fondo.

En la tarde del viernes 21 de septiembre, la foto de Horacio Mendizábal apareció en los televisores. El Ejército informó que había sido abatido.
Charo realizó por lo menos dos llamadas con pedidos de auxilio. Uno fue al contacto telefónico de Carlón Pereira Rossi, jefe de las tropas TEA de zona sur, pero éste no concurrió a la cita ante la posibilidad de que, tras la muerte de Mendizábal, ella estuviese en manos de los militares. La otra llamada llegó al contacto telefónico del Comando Táctico de Perdía, en Madrid. Chano hizo saber que estaba en una plaza con sus dos hijos y no sabía adonde ir. La Organización la dejó un tiempo en espera hasta que se obtuvieran detalles de la caída de su marido; temían que se hubiese producido a partir del secuestro de ella. Charo encontró refugio en la casa de una pareja en Capital Federal pero fue sólo por unos días. El 13 de octubre en la mañana, saludó a su hijo Benjamín y se marchó. Ese mismo día, un comando militar entró en la casa y se los llevó a todos. Sólo la hija de la pareja, Verónica Seisdedos, que tenía 18 años, apareció con vida. Benjamín y su hermano Diego, que era un bebé de ocho meses, fueron llevados al casino de oficiales de un cuartel, donde estuvieron dos o tres días. Uno de esos días, en una pila de ropa, Benjamín reconoció las prendas de su madre, Chano. Supo que nunca volvería a verla. Una semana después, una madrugada, Martín, Diego y Benjamín fueron devueltos a sus familiares.
Los cuerpos de Mendizábal y Croatto fueron entregados por el Ejército a sus padres y enterrados tras un breve velatorio en Boulogne y Avellaneda. El Gallego Willy apareció muerto a golpes el 30 de septiembre de 1979, a un costado de la ruta Panamericana. Una vez conocida la muerte de su marido, la esposa de Croatto falsificó sus documentos y los de sus hijas, abordó un micro y viajó a Brasil, desde donde contactó a la Organización. Allí recibió otro juego de pasaportes, viajó a España y quedó a la espera de una cita, hasta que, realizados los controles de seguridad, le entregó a Perdía el dinero con que contaba su esposo al momento de caer, cerca de U$S 50.000, que estaban siendo utilizados como sostén económico de los grupos TEA. El jueves 20 de septiembre, cuando informó de las muertes de Mendizábal y Croatto, el Ejército dio cuenta de la detención de Castaño Blanco. Estaba en Campo de Mayo. Miembros de la CIDH reclamaron por su liberación y la entrega de sus hijas, pero un funcionario del Ministerio del Interior les informó que cuando ellos se fueran del país, sus hijas serían entregadas. Al mes, ya estaban con sus abuelos. Castaño Blanco fue condenada a veinticuatro años por un Consejo de Guerra pero en la revisión del caso, le redujeron la pena a dieciocho porque había estudiado catecismo. Ni siquiera alcanzó el reclamo del Rey Juan Carlos I de España al gobierno militar para su libertad. En diciembre de 1983, para la asunción de Raúl Alfonsín, el primer ministro español Felipe González puso como condición a su presencia en Buenos Aires la liberación de Castaño Blanco. Había permanecido más de tres años detenida.

El Ejército jamás informó del secuestro de  Regino Adolfo González, Gerardo. Se cree que un comando lo siguió al salir de su casa de Munro la mañana del jueves 13 de septiembre y que fue detenido en la ruta Panamericana cuando utilizaba su Rastrojero rojo. Es probable que no estuviera armado. Habría sido ejecutado ese mismo día en Campo de Mayo. Dos días después, su hermano Fernando realizó una gestión con monseñor Claudio María Celli, secretario del nuncio papal Pío Laghi, dado que Gerardo había sido salesiano. Luego de realizar algunas averiguaciones, Celli recomendó que guardara un buen recuerdo de él y que se cuidara. El cuerpo de Gerardo jamás apareció.
Al mes siguiente, en octubre de 1979, cayó la jefatura de la estructura política y de los grupos TEA de la zona oeste, Daniel Tolchinsky y Guillermo Amarilla. También cayeron la esposa de Tolchinsky, Ana Wiessen; la de Amarilla, Marcela Molfino; su cuñado Rubén Amarilla; María Antonia Berger, que había sobrevivido a un fusilamiento en la base naval de Trelew siete años antes, y Adriana Lesgart, secuestrada de la fila de familiares que denunciaban secuestros a la CIDH.

Ana Wiesen
Ana Wiesen
Marcela Esther Molfino
Marcela Esther Molfino
Rubén Darío Amarilla
Rubén Darío Amarilla

 

 

 

 

 

 

 

 

María Antonia Berger
María Antonia Berger

 

 

 

 

Adriana Lesgart
Adriana Lesgart

 

Sin embargo, uno de los pelotones que operaba en forma autónoma logró sobrevivir. La militante que realizaba las interferencias con un embarazo avanzado parió a su hijo en la semana de las caídas de sus jefes, lo anotó con una identidad falsa y luego escapó de la clínica. Cuando regresó a México, entregó los comprobantes de sus gastos en la Argentina como exigía la Organización. Los grupos TEA de zona sur, que se habían insertado en el territorio y se negaron a realizar propaganda en las fábricas en conflicto, salvaron sus vidas. A fines de octubre, recibieron la orden de retirarse de la Argentina y fueron convocados a Panamá por su jefe Carlón, Eduardo Pereira Rossi, donde realizaron un balance de sus operaciones en la Contraofensiva.
El 27 de noviembre de 1979 apareció el cuerpo de La Chana, Susana Solimano, la primera esposa de Mendizábal. Estaba dentro de un Peugeot 504 rojo semihundido en un arroyo de Escobar, muy cerca del Delta. Junto a ella, al frente del volante, se encontraba el cadáver de su pareja, El Poeta, Alfredo Berliner, de 29 años, y otros cuerpos con los que, en vida, no había tenido contacto en Buenos Aires: el del dirigente montonero Julio Suárez, de 40, quien había sido ministro de Gobierno de San Luis en 1973, y el de Diana Schatz, de 33 años, que había llegado a la Contraofensiva en la estructura política y había efectuado denuncias ante la CIDH. El Ejército juntó a los cuatro secuestrados. La causa judicial fue caratulada como muerte por accidente.

Alfredo José Berliner
Alfredo José Berliner
Julio Everto Suárez
Julio Everto Suárez
Diana Schatz
Diana Schatz

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando la Contraofensiva montonera de 1979 terminó, un miembro TEA-oeste, en un informe, preguntó a la Conducción si las pequeñas alegrías que producían en los barrios obreros las interferencias al audio de los canales con los discursos de Firmenich alcanzaban para compensar el alto costo de las vidas perdidas. “¿Durante cuánto tiempo más la Organización puede soportar un enfrentamiento, aparato contra aparato, Montoneros contra Dictadura?”, cuestionó. Unas líneas después pronosticó que “de persistir en esta concepción y con este ritmo en la búsqueda de objetivos a corto plazo, el Partido será aniquilado en pocos meses. Sólo quedaremos los que tengamos la suerte de sobrevivir”.
En su evaluación posterior a las caídas de ese año la Conducción rechazó los cuestionamientos y manifestó que su continuidad no estaba en peligro. El hecho objetivo era que, más allá del sacrificio de sus vidas, Montoneros estaba cumpliendo su rol de vanguardia y ese título histórico había que revalidarlo en cada etapa. La de 1979 había sido sólo una.

Fuentes : Fuimos soldados,Marcelo Larraquy

Recopilación de datos propia

 

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