En los días previos a los enfrentamientos de Ezeiza, los servicios de inteligencia y algunos voceros de la derecha dejaron trascender que la izquierda tenía en preparación el plan “Cinco Continentes”. A grandes rasgos, el plan consistía en el asesinato de Juan Domingo Perón, su esposa, el presidente Cámpora, su vice y todos cuantos ocuparan el palco central sobre el Puente 12. Luego, frente a la completa acefalía (del Estado y del Movimiento Justicialista), se organizaría una pueblada sobre la ciudad de Buenos Aires (“el porteñazo”), seguida de un asesinato masivo de la dirigencia política, empresaria y sindical (que se extendería a las provincias como “argentinazo”), para culminar con la toma del poder y la constitución de un gobierno de claro signo castrista. Parecía un disparate… Pero de eso se hablaba para calentar el ambiente, y eso se intentó conseguir, tanto en junio de 1973 como en enero de 1989 con una marcha desde La Tablada.
Dos grupos fueron los que se enfrentaron en los terrenos aledaños a Ezeiza. Por un lado, activistas sindicales que respondían a la conducción de José Ignacio Rucci y su secretario político, Ramón Martínez, a los que se sumaron miembros de las agrupaciones “ortodoxas” JS (Juventud Sindical), CdeO (Comando de Organización), CNU (Concentración Nacionalista Universitaria), remanentes de la vieja ALN (Alianza Libertadora Nacionalista), del MNT (Movimiento Nacionalista Tacuara), del MNS (Movimiento Nacional-Sindicalista), además de retirados del Ejército y de Gendarmería, aportados y apostados por el coronel (R) Jorge Manuel Osinde, que se dedicaron a custodiar el palco desde donde hablaría Perón. Por el otro, las fuerzas de las “organizaciones especiales” que pugnaron por acercarse al lugar y fueron recibidos por una lluvia de proyectiles de todo calibre. La derecha proclamó su triunfo, y en la intimidad “a Osinde y Rucci los llamábamos autores de la Tercera Fundación de Buenos Aires”.
Ante los incidentes de todo tipo (hasta linchamientos, castraciones y ahorcamientos en los árboles), el avión que traía a Perón, está dicho, descendió en Morón, y la primera reacción del viejo líder fue amenazar con un “yo me vuelvo a Madrid”.
Vicente Solano Lima, presidente interino de la Nación, habló desde Ezeiza al avión presidencial que traía a Cámpora y a Perón desde España y que en ese momento sobrevolaba Porto Alegre, Brasil: “Mire doctor, aquí la situación es grave. Ya hay ocho muertos sin contar los heridos de bala de distinta gravedad. Ésa es la información que me llegó poco después del mediodía. Ya pasaron dos horas desde entonces y probablemente los enfrentamientos recrudezcan. Además, la zona de mayor gravedad es, justamente, la del palco en donde va a hablar Perón”.
—Pero doctor, ¿cómo la gente se va a quedar sin ver al General?— responde Cámpora desde la cabina del avión presidencial.
—Entiéndame: si bajan aquí, los van a recibir a balazos. Es imposible controlar nada. No hay nadie que pueda hacerlo— nuevamente Lima.
Según Lima, ya en Morón, Perón insistió en sobrevolar Ezeiza para, por lo menos, hablarle a la gente desde los altoparlantes del helicóptero. “Pero le expliqué que también era imposible: en la copa de los árboles del bosque había gente con armas largas, esperando para actuar. Gente muy bien equipada, con miras telescópicas y grupos armados que rodeaban la zona para protegerlos. No se los pudo identificar, pero yo tenía la información de que eran mercenarios argelinos, especialmente contratados por grupos subversivos para matar a Perón.”
El doctor Pedro Ramón Cossio, en su libro Perón, testimonios médicos y vivencias (1973-1974), relata que “el general Perón en diversas ocasiones, estando yo en el cuarto (se refiere a cuando lo atendía en la residencia de Gaspar Campos 1065), dijo que él creía —y esto lo siguió pensando hasta su muerte— que en Ezeiza lo habían querido matar grupos guerrilleros o terroristas, para luego iniciar, en medio de la conmoción, una revolución socialista, y que Cámpora y Righi habían actuado por lo menos con muy poca eficiencia”. Para, luego, abundar: “Yo creo que él llegó con el convencimiento y tuvo la prueba de que en Ezeiza grupos de izquierda lo querían matar, para a partir de ahí empezar una revolución socialista. Y él todo el tiempo vivió con esa idea y murió convencido de eso. Seguro. Seguro también que él se sentía protegido en Gaspar Campos y no afuera de Gaspar Campos. Es como que él tenía su estructura de seguridad bien montada allí, con la gente de confianza alrededor, y no quería que se le inmiscuyera otra gente que por ahí se podía infiltrar”.

Extractado de El escarmiento Juan B. Yofre

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