Juan Domingo Perón, más que nadie, tenía muy presentes aquellas reglas básicas que un conductor debe manejar: información, secreto y sorpresa. En este sentido, mantenía relaciones “radiales”. Uno no sabía completamente qué pensaba. Un ejemplo: por indicación de Perón el coronel (R) Santiago Menéndez comenzó a hacer la “inteligencia” del ERP. Con ese motivo, entre 1973 y 1974 inició viajes semanales a Tucumán como “gerente de relaciones industriales” del CONASA. “Visitaba” los ingenios. En esos años, Menéndez fue un adelantado a la “Operación Independencia”, aunque gustaba de pasar inadvertido, ya que era un “veterano”. Con el grado de mayor había sido el número uno en la Escuela de Guerra, por eso lo destinó Perón a mantener fluidos contactos con la inteligencia alemana nazi. También había sido miembro del GOU y compañero de los generales Fatigatti, Iñíguez y Embrioni. Cuando Perón se vio obligado a virar y a alejarse del Eje Roma-Berlín, Menéndez fue destinado como agregado militar en Cuba, con concurrencia en Santo Domingo. En Cuba tuvo varios “hallazgos”: conoció y fichó a Fidel Castro, al cual ubicó como bailarín de dudosa moralidad. El último cargo de Menéndez, antes de 1955, fue la jefatura del Regimiento de Infantería 1. En 1954 pasó a retiro y el diferendo con la Iglesia lo distanció de Perón. De todas maneras, nunca se alejó del todo: en Venezuela le administró un haras a Jorge Antonio, con quien siempre mantuvo una íntima amistad. Después del 73, José López Rega le ofreció el ascenso a general y lo rechazó. Murió hace casi una década. Su actividad en Tucumán fue uno de los secretos que mejor guardaba.

Extractado de Nadie fue de Juan B. Yofre

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