Las “patotas” de las Tres A
Como traslucen las directivas del “Documento Reservado” que se dieron a conocer en La Opinión, a partir de ese momento los “espontáneos” que operaban en nombre de la “ortodoxia” contaron con un marco de referencia y “legalidad” otorgado desde el nivel más alto del aparato del Estado. Era coincidente con lo expuesto en varias oportunidades por el jefe del Movimiento: el cuerpo humano en muchas ocasiones es atacado por virus, “gérmenes patógenos”, que generan a su vez “anticuerpos” que los combaten y eliminan. Las Tres A fueron los “anticuerpos”. En otras palabras, “ellos hicieron lo que nadie estaba dispuesto a hacer”.62

Triple A Parte de guerra
Triple A Parte de guerra

Copia del “Parte de guerra N° 1” de la Alianza Anticomunista Argentina en el que se informa que han sido condenados a muerte los miembros de distintas organizaciones de izquierda, como así también los que respondan “a intereses apátridas, marxistas, masónicos”, etc.
En un comienzo se la denominó Alianza Antiimperialista Argentina, pero luego se impuso el nombre de Alianza Anticomunista Argentina. Para algunos, esos términos nacieron como lo contrario a la Tricontinental, de clara inspiración castrista. Todos los historiadores señalaron al ministro José López Rega como el motor para la formación de la organización clandestina de extrema derecha. Sin embargo, está claro que el proyecto se concretó con el conocimiento de Juan Domingo Perón y su esposa “Isabelita”.
Hablando sobre López Rega, el médico Pedro Ramón Cossio anotó: “Tuve la impresión de que él (Perón) hacía lo que quería, que a José López Rega le tenía una gran confianza, y escuchaba sus sugerencias, pero él mismo finalmente decidía. También advertí que el general Perón era un hombre de orden. [….] Perón era el que tomaba las decisiones, y a López Rega le dejaba el rol de ejecutor. Lo que pudieron haber hecho (Isabel y López Rega) luego del 1° de julio es una historia diferente, pero hasta esa fecha fue así”.63
En general, todos coinciden en señalar a los miembros de la custodia del influyente ministro como el núcleo principal de las Tres A. Entre sus jefes más destacados, todos integrantes o ex integrantes de la Policía Federal, se encontraban: subcomisario Rodolfo Eduardo Almirón; suboficial mayor Miguel Ángel Rovira, comisario mayor Juan Ramón Morales (coordinador con la Policía y jefe de Seguridad del Ministerio de Bienestar Social), “El Inglés” Edwin Duncan Farquharson, Daniel Jorge Ortiz, Héctor Montes, José Labia y Oscar Aguirre. Éstos a su vez coordinaban las tareas de las custodias de Bienestar Social y la Presidencia de la Nación. En total sumaban alrededor de un centenar de miembros y contaban con una comisión de “enlace”, “grupos operativos”, “médico”, de “acción psicológica”, un departamento de “finanzas” y otro de “automotores”. En el vértice de la estructura figuraba José López Rega. Además también militaban en la Triple A otros funcionarios del Ministerio de Bienestar Social, tales como Rodolfo Roballos y Jorge Conti. La organización contó con “delegaciones” en el interior, siendo la más importante la cordobesa “Comando Libertadores de América” que abarcaba todas las provincias del III Cuerpo de Ejército.
Al mismo tiempo, las Tres A convivían con otros grupos con los que tenían enlaces permanentes, con los que llegaron a operar en conjunto. Tenían un mismo “enemigo”. El grupo más destacado fue el de “Los Centuriones”, comandado por el comisario Alberto Villar, alias “Tubo” o “Tubito” (que será nombrado por Peró, jefe de la Policía Federal en mayo de 1974, luego de expulsar al general Iñíguez); en su SSF (Superintendencia de Seguridad Federal, la ex Coordinación) operaban “Los Halcones”. Otros respondían a Lorenzo Miguel, máximo dirigente de la Unión Obrera Metalúrgica, al que se integraron miembros de JS (Juventud Sindical) y de otras “patotas”. No faltaron los civiles de la CNU (Concentración Nacionalista Universitaria) y del CdeO (Comando de Organización).
La responsabilidad principal de la Policía Federal en la lucha clandestina era coherente con una afirmación de Perón sobre que a la guerrilla “la corro con la Policía” o la calificación de “delincuentes” a los miembros de las organizaciones guerrilleras: “la delincuencia juvenil que ha florecido”.64 También fue coincidente con el pensamiento generalizado de la dirigencia peronista, si se tiene en cuenta que los policías fueron los primeros en ir a combatir a la Compañía de Monte “Ramón Rosa Jiménez” del PRT-ERP. Tanto unos como otros fracasaron. Para esa época, las organizaciones armadas tenían ya un alto grado de preparación militar y sus integrantes sumaban varios miles de combatientes.
Sobre los miembros que integraron la Triple A, un observador dirá, unos años más tarde, “si bien su ideología es de extrema derecha, sus componentes son reclutados bajo una atracción más convincente para ellos que el imperativo ideológico: cada asesinato o atentado era suculentamente pagado con fondos reservados del Estado. Este terror blanco, pese a su clara dependencia estatal, posee como característica diferenciadora de la etapa posterior la circunstancia de que no hay una participación global activa en él de los aparatos represivos del Estado en forma institucional. A partir de fines de 1973 hasta el día anterior al golpe de Estado de marzo de 1976, el terror paraestatal, bajo las siglas AAA, Comando Libertadores de América y otros nombres circunstanciales o en forma innominada, realizó en todo el país mas de trescientos asesinatos65 y secuestros de personalidades políticas, culturales, abogados de presos políticos, periodistas, dirigentes juveniles, gremialistas combativos y activistas obreros y militantes de organizaciones populares”.66
Esta mirada merece ser tomada con pinzas y tener en cuenta el contexto de la época. Como en toda organización humana, hubo de todo en las Tres A. Desde simples malhechores, miembros exonerados de las fuerzas de seguridad y otros que buscaron un rédito económico. Pero, observando el clima de crispación de esos años, y sin que ello merezca exculpar sus actos aberrantes, dentro de las Tres A hubo mucha gente que no se sumergió en la clandestinidad ya que estaba convencida de estar librando una guerra contra fuerzas oscuras que intentaban desnaturalizar a la Patria, empezando por terminar política y físicamente con Juan Domingo Perón. Basta recorrer los documentos y publicaciones de la época para entender el clima de guerra que se vivía en la Argentina. Los que se enfrentaron al margen de la ley sabían lo que hacían y también conocían cuáles podían ser sus consecuencias. Lo dramático fue que todo esto se llevó a cabo al margen de la ley, mientras los órganos del Estado miraban para otro lado y gran parte de la sociedad se sumergió en el silencio, marchando casi alegremente al abismo. La clase dirigente, además de sus discursos y solicitadas, nada hizo (o podía hacer) para terminar con la matanza de todos los lados. El peronismo se bañó, pero mojó a todo el país. Un ejemplo: en noviembre de 1973 Horacio “Hernán” Mendizábal67 presidió una reunión de toda “la militancia de superficie” de La Plata y sus alrededores, en el anfiteatro de la Facultad de Veterinaria de la UNLP, donde planteó el “teatro de guerra” que se vivía. Tenía autoridad para hacerlo, en ese tiempo era el jefe de la Columna Sur de Montoneros. En un momento, los asistentes se quedaron sin respiración. Fue cuando planteó que, de acuerdo con las estimaciones de la “conducción”, la organización podía llegar a perder más del 80 por ciento de sus cuadros durante “la guerra”. Luego de exponer esto, bramó: “Compañeros, el que se quiera quedar se queda, y el que no que se vaya. Aquí estamos para pelear”. Por lo menos en ese momento, nadie se levantó ni se fue.68 Está claro, entonces, que los miembros de las organizaciones terroristas que continuaron en la lucha no lo hicieron por dinero. Estaban tan convencidos de lo que hacían como los “otros” que estaban del lado opuesto.

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