Banderas guerrilla

Este fue el clima del 25 de mayo de 1973. Grupos con los estandartes de la guerrilla subversiva. Una bandera comunista en el Congreso. Un lienzo con la inscripción “5×1” (aludiendo a una amenaza de revancha y de muerte hecha por Perón en los últimos días de su presidencia, en 1955) colgado en el frente de un edificio. Pocas horas tardaron los argentinos sanos en darse cuenta del signo con que empezaba el nuevo gobierno…

El día de la jura de Cámpora hubo caos en la Rosada. Cuesta recordar aquel día, es como esos sueños que uno sabe que ha soñado intensamente, y que a la mañana inmediatamente después de despertar no puede recordar. Quizá estemos en esa mañana que sigue al sueño, y como en esas circunstancias, las imágenes se presentan todavía demasiado borrosas, incoherentes, superpuestas. Lentamente, aquel día –como el sueño- ira haciéndose más nítido a medida que pase el tiempo, a medida que uno vaya perdiendo el miedo a la pesadilla; pero cuando vuelva a la memoria en forma total, no será un alivio sino que aumentara el espanto a tal punto que los que vivimos aquel día desearemos con toda el alma que haya sido solamente un sueño y no la terrible realidad que nos tocó vivir.

 

El 25 de mayo de 1973 fue una pesadilla. Los que vivimos ese día tenemos la obligación de recordarlo. Esa mañana, la Casa de Gobierno amaneció resplandeciente, con su color brillante, recién pintada, ordenada, porque así correspondía. Un nuevo gobierno se iba a establecer en el país. Ese hecho merecía un festejo. Terminaba un ciclo histórico. Empezaba otro. Era nuestra fiesta, la de todos los argentinos: era un 25 de mayo. Estaban todos los símbolos; se acababan los tiempos de unos y los tiempos de otros, porque los unos les entregaban lo que les correspondía en ese momento. Se cumplía una palabra, una palabra que había resultado difícil comprometer y que al pronunciarla  no comprometía solo a quien la decía, sino a todos los que la escuchábamos. Era un día de todos. De unos que hacía muchos años  que esperaban y de otros que habían tenido que enfrentarse  contra todos esos años para poder dar. Aunque solo fuera eso, debíamos festejar nuestra madurez. Las imágenes comienzan a hacerse más nítidas: uniformes militares escupidos, autos volcados y quemados, gritos, amenazas, ofensas, saltos, desbordes, revancha.

Leyendas en Casa Rosada

DOS SIMBOLOS. La Casa Rosada era una pared más para expresar rencor y odio. En la plaza de Mayo, algunos encapuchados sacaban a pasear su clandestinidad y su anonimato para el despliegue del terror. Así quedo grabado en la memoria de los argentinos un tristísimo episodio.

“…Cuesta recordar. La crónica sería imposible. Nos piden que recordemos y lo estamos intentando, nos tienen que dar tiempo. Hay que arrancar las imágenes con esfuerzo, con dolor. Muchos de nosotros (los periodistas) pensamos que ese era nuestro último día..

Ese día Lanusse Tomo el teléfono e hizo responsable de los desmanes al Jefe de Policía. También le advirtió que podía costar vidas, que si se intentaba tomar la casa de gobierno, se iba a reprimir. A las 11 de la mañana, había citado a su gabinete y a los funcionarios de su gobierno. Nadie Falto. A esa hora ya era un riesgo entrar en la casa de Gobierno. Simplemente usar traje y corbata podía ser motivo de agresión. Sobre una de las ochavas de la Casa Rosada, que ya empezaba a estar pintada con frases y leyendas guerrilleras, había una barricada de lisiados difícil de trasponer. Adentro la situación no era mejor. Desde las ocho de la mañana los fotógrafos tomaban ubicación en un palco especialmente dispuesto para el periodismo. Los carpinteros del edificio agrandaban la tarima en la que se iba a efectuar la ceremonia. Lentamente, el Salón Blanco se fue llenando de gente más o menos conocida, pero todos eran amigos, conocidos y familiares  de los funcionarios que asumían el poder. Los otros no se habían animado a entrar. En el primer piso, los que entregaban el poder esperaban la llegada del presidente electo. Desde los balcones se veían claramente los primeros desmanes, las corridas, las pedradas contra los comercios, vidrieras, dependencias oficiales, automóviles estacionados. La policía ni se movía. Era parte del festejo. Los celebrantes los amenazaban, les gritaban a la cara. Los escupían. No había represión policial al desborde.

Las tropas militares que estaban en formación para el desfile debieron replegarse para evitar agresiones mayores. Ya habían sido escupido los soldados, insultados, agredidos de palabra y de hecho con total impunidad. Y empezó la segunda etapa. Columnas de humo se vieron desde los balcones o desde las ventanas. Muchos autos comenzaron a arder. Sus dueños no se animaron a defenderlos: temieron la muerte. Todo era posible en esa orgía vana. Una de las víctimas, fue el auto del comandante de la Fuerza Aérea, y el de la Armada, debió cambiarse el uniforme. Llegaron los bomberos para atacar las llamas que se devoraban los autos inocentes de cualquier culpa. Desde ese momento, la escalada de horror fue incontrolable. Era la fiesta en sí misma, y como lo sabríamos más tarde, también el prólogo de la otra fiesta, la de la liberación de los extremistas presos en Villa Devoto. Minutos previos a la ceremonia de asunción, ingreso al Salón Blanco el entonces presidente General Lanusse. En ese mismo instante se hizo un profundo silencio, que lo acompaño luego un tímido aplauso con algunos silbidos por debajo, que no lograron romper la solemnidad de aquel momento. Luego llego el Dr. Cámpora y allí comenzó el desborde. ¿Qué fue primero? ¿El cumplimiento de la promesa o la vergüenza? ¿O fue simultáneo? Las imágenes se confunden. Los gritos resuenan todavía; los cantos ofensivos, los gestos de revancha. Ni bien Cámpora tuvo colocada la banda presidencial se marcó la diferencia: no lo recibió el Himno Nacional, sino la marcha peronista. Y el destinatario del canto partidario no era el nuevo presidente, que podía recibirlo como una ofrenda. EL destinatario era el presidente que dejaba el poder, y se lo lanzaban como una ofensa, como una agresión, como si fuera una piedra en la cara. El público invitado levantaba sus dedos en “V” no como gesto de triunfo sino de venganza. Esas manos en lo alto con sus dedos abiertos, aun en silencio aterraban. Y eso ocurría en la ceremonia oficial. Nadie se imaginaba todo lo que iba a pasar después…

Presentes

SALON BLANCO. Algunos de los presentes: El ministro Benítez, la actriz Irma Roy, el periodista Osvaldo Papaleo, quien algunos años después sería el último secretario de Prensa del régimen.

Soledad Silveyra

CARAS CONOCIDAS. El 25 de mayo de 1973 hubo muchos artistas en la Plaza de Mayo. Una de las mas populares: Soledad Silveryra

Padre Mujica

EL PADRE MUJICA. Estuvo el 25 de mayo en el Salón Blanco, trepado en el palco de los periodistas. Cuando quiso abandonar la izquierda -según testimonios mas aceptados- fue sentenciado por sus ex compañeros.

Juan C. Gene

OTRA CARA CONOCIDATambién estuvo en la plaza Juan Carlos Gené. Poco después fue designado director general de Canal 7.

Afuera, en la plaza, empezaba a correr una propuesta de boca en boca: entrar en la Casa de Gobierno. El que tenía puesta la banda era entonces “el compañero presidente”, y todo estaba permitido. Muchos de los periodistas que nos encontrábamos allí dentro, habíamos presenciado muchas ceremonias como esta, pero esto que vivíamos era totalmente inédito. Por momentos la sorpresa podía más que el miedo. Cuando termino la ceremonia, las autoridades salientes no sabían como abandonar la Casa Rosada, que ya había sido bautizada con el apodo de CASA MONTONERA. Todas sus paredes estaban pintadas con aerosoles, al mas puro estilo de las proclamas callejeras de las organizaciones subversivas y terroristas. Hasta la altura de un hombre no quedaba lugar libre en las paredes para otra frase. En medio de ese clima, Lanusse debía abandonar la Casa de Gobierno. El ex presidente rechazo la oferta de salir en helicóptero. Opto por viajar en auto hasta su casa. Cuando Cámpora asumió, Galimberti llevaba dos pistolas al cinto en el Salón Blanco de la Casa Rosada. Allí mismo, algunos se paseaban envueltos en una bandera en forma de capa: Abal Medina, Dardo Cabo y Galimberti, los nuevos “héroes” que se creían merecer la gloria de vestirse con nuestro símbolo patrio sagrado. Como tribus de indígenas, permanecieron en el lugar durante horas y horas, incansablemente, saltando, cantando, bailando. De allí partió la invitación a abrir las puertas del edificio para que entraran todos los que estaban en la plaza, para que pudieran festejar todos de la misma forma, para que rompieran todo, para que esa casa se convirtiera en un caos aún mayor.

Aquel día pasó. La noche hizo que la vergüenza mudara de escenario hasta la cárcel de Villa Devoto. Un mismo testigo, no habría resistido las dos experiencias…

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