En 1972,el contralmirante aviador Horacio Mayorga  es jefe de la Aviación Naval. Lanusse, presidente. Las familias de ambos mantienen una muy buena relación. Ellos también. Un dato: ya en el ’73, con los militares fuera del poder, el gobierno peronista prohibiría que ambos matrimonios fueran recibidos en unidades castrenses mientras viajaban por el país.

Pero en el ’72, a la fuga de las cúpulas del ERP y Montoneros de la cárcel de Rawson le sigue la masacre en la Base Aeronaval de Trelew, la unidad que integra la esfera del mando de Horacio Mayorga.

Argentina vive un momento muy particular.

La guerrilla aprieta munida de consenso en amplios sectores de la vida nacional. Perón, desde Madrid, marca el paso del retorno del peronismo al poder. La Revolución Argentina que liderara Juan Carlos Onganía ya no tiene sueños de poder. Se repliega como puede.

Ante la masacre, Mayorga habla. Verbo agrio. Excluyente. Despreciativo.

-Hay que dejar a un lado estúpidas discusiones sobre hechos que la Armada no tiene que esforzarse en explicar. La Armada no asesina. No lo hizo jamás, no lo hará nunca -declara a “La Prensa”.

Horas después, cuando crece la sospecha de que no hubo intento de fuga sino masacre, sentencia:

-Estos muertos (los guerrilleros) valen menos en el orden humano que el guardiacárcel Valenzuela (asesinado por el guerrillero Osatinsky durante la fuga del penal), que los humildes agentes del orden público muertos en servicio, que los que fallecieron en una plaza minada de San Isidro.

Tres días después de la masacre, Lanusse ordena al vicealmirante Hermes Quijada, jefe del Estado Mayor Conjunto, que explique lo inexplicable: cómo sucedieron las muertes.

Quijada asume la responsabilidad.

-Me condenaron a muerte -dicen que dijo.

Y explica lo que nadie cree.

 

En marzo del ’73 Héctor Cámpora gana las elecciones con mandato de Juan Perón.

En el primer día de abril a media mañana, en la calle Junín, una moto roza el auto en el que Quijada ocupa el asiento del acompañante. Lleva una pistola ametralladora sobre sus piernas. No alcanza a usarla. Los disparos suenan secos. Precisos. Precisos.

La moto acelera. El custodio de Quijada frena. Abre la puerta. Hace puntería. Impacta sobre la espalda del asesino. El gallego Fernández Palmeiro, del ERP 22, quizá siente que su vida plagada de audacia comienza a fallarle.

Esa tarde muere en un departamento del barrio de San Cristóbal. Departamento en el que sólo está su cadáver. Alguien avisa a las redacciones de lo que allí hay.

Una de las primeras coronas que se depositan en la vereda reza: “Juan Perón, a un patriota”.

-¿Todas esas cosas hice yo? -preguntará Perón un año más tarde al tomar conciencia de todo lo que se ha hecho en su nombre.

En la noche de ese día de abril del ’73, los restos de Quijada son velados en el entonces Comando en Jefe de la Armada.

Noche calurosa. Tensa.

La Junta Militar en retirada le ha pedido a Cámpora -en Madrid, rindiendo homenaje a quien él debe todo en política- que retorne al país.

Cientos de efectivos militares están presentes en el Comando, sus jardines. Quijada era un hombre querido entre sus pares. Origen humilde -“¡Y para colmo negro!”, solía decir. Leal edecán militar de Arturo Frondizi, tanto que en marzo del ’62 fue uno de los únicos que supieron que aquel presidente había invitado al Che Guevara a comer un bife en Olivos.

Reunión que encendió la chispa final para el derrocamiento de aquel estadista.

Amante de la Antártida, Quijada se había atrevido con un viejo DC-3. Llegar al Polo Sur. Posible, pero también hazaña.

Lanusse entra. De cara a una inmensa franja del poder militar, pesa un cargo: arreglar el retorno del peronismo al poder.

En todo caso, lo único que podía hacer. No tenía espacio ni poder nada más que para eso: legitimar institucionalmente lo que ya estaba legitimado por la historia.

Lanusse entra.

Y se le cruza un capitán de navío de apellido Torrent.

-Usted es indigno de estar aquí -le dice.

Lanusse le ordena que se retire y sigue.

En la media mañana del 2 de abril, toda la Armada está en La Chacarita. Entierran a Hermes Quijada.

-Borraremos a esa facción de asesinos -dice el almirante Carlos Natal Coda en su discurso.

Hay gritos.

-Salgamos ahora, hay que reventarlos ahora -grita muy cerca de quien escribe estas líneas, un teniente de corbeta.

-¡Hijos de mil putas, si no los matamos ahora los tendremos que matar dentro de poco! -comenta un general retirado, Carlos Toranzo Montero.

Y, en nombre de la Aviación Naval, habla el contralmirante Horacio Mayorga.

-Ante esta muerte es difícil sustraerse a la tentación momentánea de ordenar primero el país, para entregarlo después, cuando esté verdaderamente limpio de asesinos, de demagogos, de mercaderes de poses y de palabras importadas, incapaces de construir pero sí de matar.

Asume Cámpora.

Y en la Plaza de Mayo truena el “¡Se van, se van, y nunca volverán!”.

Sí, los militares se van. Pero volverán en el ’76.

-Del escarnio al poder -sentenciará Rosendo Fraga en impecable definición.

Pero con Cámpora en el gobierno, Horacio Mayorga marchará a retiro.

No abandonará su pasión por los aviones. Tras la guerra de Malvinas escribirá un sólido trabajo de análisis técnico-militar sobre lo sucedido: “No vencidos”.

Tan sólido, que para reflexionar sobre aquel conflicto se usó en academias de guerra de muchos países, entre ellos, varios miembros de la OTAN.

Hoy, el contralmirante Horacio Mayorga tiene 83 años.

Y una deuda con la Justicia: explicar qué pasó aquella noche de agosto del ’72 en una base bajo su mando.

La noche de la masacre.

Con 83 años, el contralmirante ahora detenido por la “Masacre de Trelew” ha tenido un renovado protagonismo en momentos clave de la historia argentina.

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