EL DESAFUERO Y ENCARCELAMIENTO DE RICARDO BALBÍN

El bloque de la UCR estaba compuesto por 44 diputados, que en su conjunto «formaban una bancada brillante por el nivel intelectual y capacidad de oratoria», donde se destacaban, además de Balbín, Arturo Frondizi, Emir Mercader, Emilio Donato del Carril, Arturo Illia, Roberto Parry y Miguel Ángel Zavala Ortiz, que daban una dura batalla en los debates. Los diarios que aún no habían sido cooptados por el Gobierno publicaban esas discusiones y, como una forma de militancia cívica, gran cantidad de público asistía a las sesiones o leía el Diario de Sesiones, que se imprimía y distribuía en los espacios opositores.

Ricardo Balbín
Ricardo Balbín
Arturo Frondizi
Arturo Frondizi
Emir Mercader
Emir Mercader

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Arturo Illia ( joven)
Arturo Illia ( joven)
Roberto Parry
Roberto Parry
Miguel Ángel Zavala Ortiz
Miguel Ángel Zavala Ortiz

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Frente al propósito del peronismo gobernante de convertirse en partido único, «Balbín encarnaba para los opositores la única esperanza de mantener un sistema plural y garantía de democracia y libertad».

Todo empezó el 5 de agosto de 1948 con un discurso del vehemente diputado Ernesto Sammartino, que ya había sido suspendido por tres sesiones por su lenguaje directo, autor de la famosa expresión «aluvión zoológico» para aludir a las masas peronistas.

El aluvión zoológico del 24 de febrero parece haber arrojado algún diputado a su banca, para que desde ella maúlle a los astros por una dieta de 2.500 pesos. Que siga maullando, a mí no me molesta.

Ernesto Sammartino
Ernesto Sammartino

La frase fue considerada ofensiva y humillante por el oficialismo, al punto que votaron una comisión especial y urgente para expulsarlo de la Cámara. Según contaron Ricardo Soler y Raúl Pistorio en Ricardo Balbín. Biografía documentada, el presidente del bloque de los 44 tuvo que intervenir entre una gritería fenomenal, y permaneció hablando durante más de dos horas, que fue el tiempo que necesitó Sammartino para salir de la Cámara y escapar a Uruguay en una lancha, ante la convicción de oficialistas y opositores de que una vez alcanzado el desafuero podría ser asesinado o, cuanto menos, encarcelado.

En ese discurso, Balbín se lamentó de que se estuviera desarrollando «una ceremonia hereje» en la democracia argentina, y acusó a los oficialistas de recibir la orden «de arriba». Fue ese el momento en el que Perón lo puso en la mira.

Al año siguiente, Balbín objetó que la convocatoria a una Convención para reformar la Constitución se haya realizado con los dos tercios de los diputados presentes y no con los dos tercios de los miembros. Dijo:

La nueva Constitución se va a hacer bajo el signo de la Policía Federal en todo el territorio del país… bajo el signo del avasallamiento de las autonomías provinciales.

Así y todo, y a pesar de que hubo votación sin proyecto específico de reforma, es decir sin que la población supiera qué se iba a reformar, la UCR había aceptado participar del debate. Es que las principales espadas del oficialismo se habían reunido varias veces con Perón, quien siempre insistió con que había que poner la cláusula de reelección, pero no para el Presidente en ejercicio. Era su manera de confundir a la opinión pública. Esas versiones aparecieron, sobre todo, en los diarios de la oposición, como La Nación, Crítica y La Prensa, contadas por los mismos diputados peronistas.

Cuando en la noche del 8 de marzo apareció en las bancas el proyecto que sería votado, los diputados radicales abandonaron la sala «no sin antes romper la copia» que finalmente les había llegado.

Fueron liderados por Balbín. En la madrugada del 9 se realizó la votación. Con 101 convencionales presentes, hubo 101 votos a favor. El peronismo tuvo su nueva Constitución, aprobada solo con el voto de la mayoría oficialista. La Constitución de 1949 nació sectaria, sin el respaldo de la otra parte de la Argentina, la que representaba la oposición. Perón obtuvo su reelección, pero se profundizaba la grieta.

De hecho, el líder opositor redobló sus virulentos discursos contra el autoritarismo peronista, no solo en la Cámara. Lo convocaban de todos los rincones del país para escucharlo, ya que los diarios apenas reflejaban sus discursos y solo existían ediciones que circulaban en forma clandestina de sus posiciones. El 30 de agosto de ese año, durante la realización del Congreso Agrario Nacional, habló en el Centro Asturiano de Rosario. El diputado peronista Luis Roche lo denunció por desacato, sedición y rebeldía contra el Presidente de la Nación.

Sorpresivamente, el 29 de setiembre, última sesión ordinaria del año, el oficialismo votó que la Cámara se constituyera en Comisión, lo que permite que se discutan en el recinto proyectos que no hayan pasado por las comisiones respectivas. Los radicales sabían que era una trampa para introducir algún tema para que el que no estaban preparados, y votaron en contra. En efecto, el peronismo logró con su mayoría que Diputados debatiera el desafuero parlamentario del presidente del bloque opositor.

El secretario de la Cámara leyó el sumario, que llevó una hora, mientras los diputados radicales insultaban a Roche y Emir Mercader se lanzaba contra el presidente Ricardo Guardo, gritándole «nos vamos a hacer respetar», con ánimo de agarrarse a las trompadas, que obligó a que sus compañeros se esforzaran para tranquilizarlo. Le tocó defenderlo al diputado mendocino Alfredo Roque Vítolo, gran orador, años después ministro del Interior de Arturo Frondizi.

Alfredo Roque Vítolo
Alfredo Roque Vítolo

Vítolo se detuvo en desarrollar por qué no correspondía todavía el desafuero, cuando aún no había comenzado el proceso judicial, ni había sentencia condenatoria. El oficialismo estaba ansioso por cerrar el debate, y lo votaron sin que se hubiera podido escuchar al que se iba a desaforar. Claramente, fue una maniobra para terminar con un debate que era cada vez más difícil de sostener, por la injusticia manifiesta que se estaba cometiendo. A las 14:10 habló Balbín. No sabía que sería su último discurso como legislador. Su enorme capacidad oratoria se lució más que nunca.

Se va a tratar de suspenderme en el ejercicio de mis funciones, en virtud de un proceso de desacato, motivo por un discurso que pronunciara en una asamblea de mi partido […] Mis afirmaciones son claras y limpias, decididas y categóricas. Son mi lucha, mi modo de vivir, mi contribución modesta a la República. Yo no tengo la culpa de mi lenguaje; a mí me lo enseñó la adversidad […] Yo prefiero lo otro: el lenguaje popular y llano, para que el pueblo entienda con rudeza las cosas rudas de la Nación.

Volvió a sus inicios.

Aprendí a hablar este lenguaje desde 1930 en adelante. Lo utilicé contra la dictadura y lo fui usando durante el largo fraude que imperó en mi provincia, donde a veces dejábamos de hablar para romper urnas, obligados a dignificar la conciencia ciudadana. Eran épocas de intimidación popular. Había un ambiente de intimidación, y los pueblos no se sacan del estado de intimidación con versos, sino mostrando el coraje civil de los que son capaces de jugarse por el pueblo. […]

Así viví mis años de lucha ciudadana desde 1930 hasta hoy. Y ahora me encuentro frente a esta ficción que me entristece. Algunos de los que han de votar esta tarde me aplaudían cuando usaba este lenguaje contra Uriburu. Muchos de los que han de votar esta tarde eran mis amigos en la lucha contra el fraude.

Denunciaría la intervención del Poder Ejecutivo en el Poder Legislativo y en el Poder Judicial.

No se mueve la Cámara por propia voluntad. No es cierto. No se mueve el juzgado por propia voluntad. No es cierto. No tiene el coraje judicial el juez que ha mandado esta nota. Es de los que anduvieron en los pasillos del Congreso este último tiempo, mendigando la ratificación del nombramiento como una definición de que la justicia se condicionaba al color político de quienes los designaban. ¡Cómo he de pensar que se mueven con sentido judicial! Son aparcerías; pequeñas disminuciones: desjerarquizaciones de la función judicial […] No es la voluntad de la Cámara. Lo saben bien estos señores diputados. Aquí se responde a una consigna; se cumple una consigna y me parece bien. Reprocho el sistema.

Criticaría lo que hoy la ciencia social conceptualiza como el principio de unanimidad, una estrategia de propaganda de raíces goebbelianas, que impone una sola manera de pensar, de arriba hacia abajo.

Si esta fuera una revolución auténticamente argentina, triunfante y orgullosa, abriría las puertas a la prédica, a la difusión de ideas, al entrechocar de pasiones, al decir y al dejar decir, para que el pueblo, en definitiva, fuera el que resolviera si están bien o mal en la conducción de quienes conducen. Pero de esta manera, de un modo u otro, se llega al plebiscito unilateral, a la intimidación, para que la conciencia argentina, en vísperas electorales, no sea considerada como la de una ciudadanía sino como la de un rebaño.

Se dirigiría directamente a Perón y pondría en duda sus valores patrios.

Si el señor Presidente quiere una oposición débil tengo que llegar a reconocer que no es tan fuerte como parecía, o que, por lo menos, no siente la argentinidad como yo la siento; no tiene el coraje civil que nosotros despatarramos por todas partes.

Y la poca institucionalidad que estaba exhibiendo el Ejecutivo.

Quiere decir que tienen y quieren una ventaja extraordinaria. Nos puede agraviar el Presidente en su doble condición; también puede aludirnos su esposa en su doble condición: de esposa y de dueña de Trabajo y Previsión mediante la ayuda social; puede injuriarme el señor Teisaire, senador y jefe del partido peronista.

Para concluir, haciendo un duro pronóstico sobre el futuro de la Argentina.

No me detendré, señor Presidente, en la puerta de mi casa a ver pasar el cadáver de nadie pero tenga la seguridad, señor Presidente, que estaré sentado en la vereda de mi casa viendo pasar los funerales de la dictadura para bien del país y para honor de la República y de América. Si con irme pago el precio de uno de tantos de mi partido; si este es el precio de haber presidido este bloque magnífico que es la reserva moral del país, han cobrado barato; fusilándome, todavía no estarían a mano. (2)

Sin despacho de comisión, apenas con una resolución de la Cámara, sin la propuesta formal de nadie, y solo porque el secretario pidió la votación, fue votado el desafuero de Balbín por 108 votos contra 41. Cámpora pidió el levantamiento de la sesión, desde la bancada radical le gritaron «fraude» y «serviles» y a las 15:40 los taquígrafos cerraron su trabajo. Balbín nunca más ocuparía un cargo público.

El 10 de diciembre fue librado un pedido de prisión preventiva. Se alojó en domicilios de correligionarios para evadir la cárcel. Amigos le aconsejaron que dejara el país, pero no quiso. Fue a votar el 11 de marzo de 1950, sabiendo que podrían apresarlo. Luego de emitir su voto, fue rodeado por quince policías y detenido. Inmediatamente, se lo trasladó incomunicado a la Penitenciaría de Rosario. Su abogado, Armando Héctor Cerruti, también fue arrestado en un cuartel de bomberos de esa misma ciudad. El 22 de marzo, la Cámara Federal de Apelaciones rechazó un recurso de hábeas corpus interpuesto y el 29 fue llevado a la Cárcel de Encausados de Olmos. El 4 de abril, el fiscal Mario Casariego le denegó la libertad condicional y el juez federal Francisco Menegazzi dictó su prisión preventiva. También la Corte Suprema de Justicia rechazó los recursos presentados y dispuso un embargo de 25.000 pesos.

En esa época los opositores iban presos, y de hecho, al otro día, se detuvo en Bahía Blanca a Moisés Lebensohn, ideólogo de la intransigencia y líder de los jóvenes radicales. También fue acusado de desacato al Presidente y al ministro de Trabajo.

La justicia adicta se expresaba con fuerza en todo el país.

Y mientras los radicales organizaban rápidos actos de protesta en esquinas de muchas ciudades de todas las provincias, un repudio que se desarmaba antes de la llegada de la Policía, también se detuvo al diputado Luis Mac Kay, igualmente desaforado por desacato. En La Plata, el fiscal federal Mario Casariego solicitó 12 años de prisión para Balbín por haber cometido 14 desacatos, 11 contra el presidente Perón.

Mientras tanto, se constituyó en el radicalismo una «Comisión Pro Libertad de Ricardo Balbín», y «era usual que la gente se refiriera a él como el “mártir de Olmos”», lo que lo tornaba más peligroso encerrado que en libertad. El 2 de enero de 1951, a través de un decreto, Perón lo indultó. Pasó 297 días preso.

PERSECUSIÓN A OTROS DIRIGENTES

Claro que el de los radicales no fue el único caso de político muy conocido que fue apresado esos años. El carismático Alfredo L. Palacios, primer diputado socialista de América latina, tuvo que pasar varios meses, en más de una oportunidad, tras las rejas. Ya había estado en 1944, luego se exilió, volvió para respaldar a la Unión Democrática, fue candidato en sus listas, pero ningún socialista entró en el Congreso, porque su electorado se fue con el peronismo. El PS fue duramente perseguido, el diario La Vanguardia, de gran éxito económico y editorial, fue clausurado y periodistas y dirigentes de ese partido eran sometidos a continuas requisas, sus actos eran baleados y vivían prácticamente en la clandestinidad.

Alfredo Palacios
Alfredo Palacios

Palacios protegía a todos los que podía en su propia casa y en propiedades de conocidos. Perón lo despreciaba, decía que era un payaso, por eso cuando algunos peronistas intentaron acercarlos, Palacios les contestó: «Díganle que este payaso no trabaja en ese circo». En setiembre de 1951, cuando el general retirado Luciano Benjamín Menéndez realizó un fallido golpe de Estado, Perón decretó el estado de sitio y Palacios resultó detenido junto a un importante grupo de dirigentes opositores, que fueron puestos a disposición del Poder Ejecutivo.

Otro que tuvo que pasar meses tras las rejas fue Federico Pinedo, líder del conservador Partido Demócrata, ministro de Hacienda del gobierno de muchos presidentes, Agustín P. Justo, Roberto Marcelino Ortiz y Ramón Castillo, de excelente trato con la dirigencia política de todos los partidos.

Sin ningún otro motivo que «ser Federico Pinedo», en mayo de 1953 fue detenido junto a dirigentes de otros partidos y correligionarios.

Federico Pinedo
Federico Pinedo

Lo explica bien Hugo Gambini. Los acusados de poner las bombas en Plaza de Mayo en 1953 durante un discurso de Perón, no fueron detenidos ni procesados por ninguna causa judicial, no tuvieron garantías constitucionales ni tampoco fueron puestos a cargo de la justicia competente, salvo casos excepcionales, y luego de haber sido torturados.

Dice Gambini:

Hacia fines de mayo de ese año, la Policía no cesó de hacer allanamientos. La redada empezó con los socialistas Emilio Carreira, Juan Antonio Solari e Isidro Gabriel. Otro celular cargó a los doctores Carlos Sánchez Viamonte, Alfredo L. Palacios y al octogenario Nicolás Repetto. Poco después fueron a capturar a Arturo Orgaz, Pablo Dellepiane, Alfredo Permite, Francisco Elizalde, Vicente Centurión, Patricio Cullen, Marcelo y Emilio de Álzaga, Guillermo Sansot, Alberto Rómulo Lanusse, Adolfo Ernesto Holmberg, Jorge Raúl Fauzón Sarmiento, Hernán Tulio Davel, Enrique Alippi, Leonor Juana F. de Alibí, Luis Pujol, Germán Sánchez, Otto Carlos Franchi, Alfredo Bernardo Estrabou, Luis Audivert, los hermanos Aldo y Horacio Lombardero, María Teresa González, Elena Carazza de Lobato y el aviador Macedo. Al no poder encontrar a Enrique Mathov, se llevaron a su amiga, Yolanda J. V. de Uzal.

En esa enorme redada se lo llevaron también a Pinedo.

Muchos pasaron por distintas comisarías, donde fueron sometidos a torturas, como desnudarlos, vendarles los ojos, acostarlos sobre escritorios y picanearlos. Casi todos fueron puestos a disposición del Poder Ejecutivo y pasaron varios meses en prisión, luego de ser distribuidos entre distintos penales, sin haber visto nunca a un abogado o juez. Unos pocos sí pasaron por Tribunales, aunque es difícil encontrar un patrón que permita conocer la razón por la que alguno de los presos era, digamos, «blanqueado» ante la Justicia y otros no. En Villa Devoto, cuenta Gambini, se encontraron con Cipriano Reyes y sus amigos del Partido Laborista, presos desde 1948.

Otto Carlos Franchi, entrevistado por Gambini, dio el siguiente testimonio:

Quedé con quemaduras en los labios, me vino taquicardia, tenía convulsiones y sentía calambres. Esa noche me calmaron los otros presos, pero volvieron a mandarme al sótano. Allí bajaron también a Dellepiane, a Estrabou y a Macedo, a quienes les hicieron lo mismo delante de mí.

Dellepiane no lo pasó mejor.

Cardoso me bajó al sótano, me hizo vendar los ojos y estaquear sobre la mesa. Como no le podía decir nada, ordenó: ¡Diez puntos! Fue terrible. Después me revisó un médico y me llevaron a declarar ante el juez. Jamás me olvidaría de esa valijita gris de la que asomaban los cables de la picana eléctrica.

¿Cuántos presos políticos hubo entre 1946 y 1955?

¿Cuántos presos políticos hubo entre 1946 y 1955? Cada vez se conocen más casos, pero no quedan registros oficiales y los que había confeccionado la Liga Argentina por los Derechos Humanos (LADH) quedaron hechos cenizas en una de las redadas que sufrieron en esos años, justamente, el 9 de marzo de 1949, cuando se aprobaba la nueva Constitución. Apenas quedan retazos de ese esfuerzo, sueltos en las bibliotecas particulares de quienes resistieron durante el peronismo.

Américo Ghioldi le dijo a Gambini que fueron «más de treinta mil personas las que pasaron por las cárceles de mi país» durante esa década. Es verdad que no había cárceles ni comisarías para tantos, pero es obvio que si fueron treinta mil personas, no estuvieron todas juntas. Además, en la enorme mayoría de los casos, los pabellones alojaban a tres o cuatro veces más presos de los que teóricamente entraban.

Como sea, en la represión peronista se ven claramente distintas etapas:

• La represión arrancó en 1946 contra dirigentes políticos, obreros comunistas y artistas comunistas. Uno de los primeros fue Osvaldo Pugliese, pianista y director de su propia orquesta de tango:

En 1946 prácticamente me borraron. Nadie me daba trabajo, padecí humillaciones diversas, pero la orquesta siguió funcionando, sin pianista, estando yo preso, con un clavel rojo sobre el piano.

Las visitas de los músicos a la Casa de Gobierno para pedir su libertad se fueron reiterando. «Una mañana de carnaval, un militar les informó que “por órdenes superiores”, se levantaba el arresto.» Esa noche, Osvaldo llegó en andas hasta el escenario del Club Atlanta.

También Atahualpa Yupanqui fue detenido varias veces por su afiliación al Partido Comunista. Una vez declaró:

[…] en tiempos de Perón estuve varios años sin poder trabajar en la Argentina… Me acusaban de todo, hasta del crimen de la semana que viene. Desde esa olvidable época tengo el índice de la mano derecha quebrado. Una vez me pusieron sobre mi mano una máquina de escribir y luego se sentaron arriba, otros saltaban. Buscaban deshacerme la mano pero no se percataron de un detalle: me dañaron la mano derecha y yo, para tocar la guitarra, soy zurdo. Todavía hoy, a varios años de ese hecho, hay tonos como el Si menor que me cuesta hacerlos. Los puedo ejecutar porque uso el oficio, la maña: pero realmente me cuestan.

Se fue del país en 1949.

• Continuó en 1948 contra Cipriano Reyes y los laboristas rebeldes, Darío Cufré, Enrique García Velloso, Lidia Riquelme, Juan Manuel Seisdedos, Eduardo Seijó, es decir, castigando hacia adentro de la coalición que lo llevó al poder, como ya se analizó en un capítulo anterior.

• Siguió en 1949 contra las protestas gremiales que Perón no permitía. Primero, encarcelando a las obreras telefónicas Irene Rodríguez, Nieves Boschi de Blanco, Beatriz Dora Fernández, Paulina Manasaro, Segunda Gil, Luci Vial y Raquel Soto, entre otras. El caso se inició cuando el Estado adquirió la empresa y ellas decidieron que no era necesario incorporarse al Partido Peronista. El ministro de Comunicación, Oscar Nicolini, las declaró fuera de la ley y adoptó una serie de «medidas mortificantes», según contó Raúl Lamas en Los torturadores, y «dispuso que las cuarenta y tres rebeldes cumplieran recargos de horarios». Como ellas los resistieron, fueron declaradas «comunistas» y el 1º de abril de 1949 fueron allanados varios domicilios y las obreras fueron conducidas a la Sección Especial. «Allí fueron desvestidas totalmente y se les aplicó la picana eléctrica —introduciéndola en los órganos genitales—, sin consideración alguna al pudor», ni siquiera frente a una mujer embarazada, a quien Lombilla le clavó un tremendo rodillazo en el vientre.

• En 1950 fueron detenidos Balbín, Lebensohn, Mac Kay y empiezan a masificarse las detenciones políticas.

• En 1951, las protestas gremiales sin permiso del Gobierno arreciaban. Fueron detenidos decenas de obreros de frigoríficos en las zonas de Berisso y Ensenada, Juan Selnisky, José Tamet, Rosa Silvero de Benavet. También otros obreros como Augusto Grano (gráfico), los bancarios Haroldo Costa, Jacinto Oddone (bancario), Genio Epifanio (textil), Antonio Scipioni (calderero), Ángel di Giorgio (tranviario), los ferroviarios Lorenzo Martorelli, Victorio Maturano, Roberto Merchisio y Enrique Mirambell. En particular, una fuente, Emilio Carreiras, asegura que hubo 2.500 ferroviarios detenidos.

• De esta época, también, es el secuestro del estudiante universitario de química Ernesto Mario Bravo, comunista, que fue llevado de su casa por la Policía. El caso adquirió enorme relevancia porque movilizó a los estudiantes, mientras el rector de la Universidad de Buenos Aires negaba que estuviera detenido. Incluso la Subsecretaría de Apold emitió un comunicado afirmando que a Bravo lo mantenían oculto los mismos comunistas. Como nada calmaba a la opinión pública, la Policía finalmente «lo blanqueó» de un modo extraño. Informó que había visto tres personas sospechosas (no explicó de qué) y que, al acercarse, fueron atacados a tiros, logrando detener a una de ellas que era, casualmente, el estudiante Bravo. La detención legal, en realidad, fue gracias al médico Alberto Julián Caride, que fue llevado a la Sección Especial a inspeccionar al joven, ferozmente torturado. Como se negó a continuar atendiéndolo en esas condiciones, se presentó ante el diputado Miguel Ángel Zavala Ortiz, hizo una declaración frente a un escribano, y se presentó ante la justicia. Bravo salvó su vida. Caride se exilió en Uruguay.

• También en 1951 volvieron las detenciones y torturas a dirigentes estudiantiles como Félix Luna, Emilio Gibaja, Ovidio Zavala, Miguel Zavala Ortiz, David Viñas, Abel Alexis Latendorf, César Milstein, Germán López, Roberto Taboada, Facundo Acevedo, Isidoro Campodónico. También el escritor Alfredo Varela, el periodista Alfonso Núñez Malnero, el médico Julio Zavaley.

• En 1952 hubo fuertes huelgas de plomeros y protestas de portuarios, sindicatos de FORA, no de CGT, que fueron duramente torturados en la Isla Demarchi, como Teodoro Suárez y Carlos Dowek.

• En 1953, los intelectuales estuvieron en la mira. Victoria Ocampo fue detenida el 8 de mayo, menos de un mes después de que estallaran las dos bombas en la Plaza de Mayo. Fue arrestada en Mar del Plata por cinco oficiales y un comisario y posteriormente remitida a Buenos Aires. Tenía 63 años. La interrogaron largamente en el Departamento de Policía, donde permaneció dos días sin ingerir alimentos. Fue trasladada como presa política a la cárcel femenina del Buen Pastor, en San Telmo, donde tuvo contacto con prostitutas y criminales comunes. Dos días después fue arrestada Susana Larguía, su amiga y compañera fundadora de la Unión de Mujeres Argentinas (UMA). Días antes habían sido arrestadas Adela Grondona, su amiga Norah Borges y Leonor Acevedo, hermana y madre de Jorge Luis Borges, aunque por razones de edad, esta última quedó en arresto domiciliario. Aldous Huxley, entre otros intelectuales, encabezó el Comité Internacional para la Liberación de Intelectuales Argentinos, ya que también estaban detenidos Francisco Romero, Adolfo Lanús, Roberto Giusti, María Rosa Oliver. El 2 de junio, a los 26 días de arresto, Ocampo resultó liberada y fue vigilada estrictamente por el régimen, como lo prueba que no le otorgaron el certificado de buena conducta para salir del país, a pesar de que en dos ocasiones Igor Stravinsky le pidió que viajara a Estados Unidos y fuera recitante en Perséphone, según cuenta María Esther Vázquez en su biografía Victoria Ocampo, publicada en 1991.

• En 1954, las detenciones ya eran generalizadas y por cualquier razón, como la del dirigente marítimo Manuel Gallardo, el militante por la paz Fermín Etervide, el obrero de la carne Norberto Llanos, el químico Rubén Yanusesky, el yugoslavo Miguel Covacich, el gráfico Carlos Buendía, el metalúrgico José Fandiño, el estudiante Eduardo Aramboure, el comunista Alfonso Cartoccio, los guatemaltecos Otto Peñate y Roberto Castañeda, los radicales José y Miguel Armendáriz y Ricardo Saravia, el abogado Marcos Hardy, el abogado Carlos Lombardi. También Enrique Campero, Luis Mercau Saavedra, Hugo Boatti Ossorio. También los estudiantes que realizaron la huelga estudiantil de octubre de 1954, Ángel Bugatto, Juan Carlos Lermann, Roberto Almarez, Roberto Zubieta, Valentín Salmún Feijoo, Isidoro Gilbert, Santiago Bullrich, Rómulo Zemborain, Eduardo Raúl Colombo y Manuel Corchon, entre otros.

• Algo similar sucedió en 1955, donde fueron detenidos el abogado del diario La Prensa, Manuel Ordóñez, los radicales Santiago Nudelman, Amanda Palma, Emir Mercader, Ramón Muñiz, Franklin Dellepiane Rawson, Atilio Cattáneo, Santiago Barberis, Oscar Alende, Donato Nicoletti, Crisólogo Larralde, Azucena Avellaneda de López, las profesoras Emma Day de Oliva y Enrique Day, de 70 y 68 años, y los periodistas Dante Salviole y Octaviano Taire. También fue nuevamente detenido Osvaldo Pugliese. Estuvo detenido hasta julio en el penal de Villa Devoto, sin orden ni proceso judicial. Fue liberado sin que se conocieran las razones.

En una carta que Rodolfo Walsh escribió a su amigo Donald ­Yates, citada en La palabra y la acción, la biografía que Eduardo Jozami realizó del escritor argentino, dijo:

[…] en un sentido general, periodístico, los diez años de peronismo pueden calificarse de dictadura. Pero en el fondo no fue estrictamente una dictadura, es decir un gobierno apoyado en el ejército y la policía, como los de Hitler, Stalin y el mismo Mussolini. Fue, sí, una demagogia, probablemente el ejemplo moderno más perfecto de demagogia.

Valoro especialmente la posición de Walsh, porque él vivió —y padeció— la década peronista y, después, fue el primero que salió al cruce de la represión contra los peronistas, investigando los crímenes de José León Suárez, que dieron origen a Operación Masacre, el mejor libro de investigación periodística de la Argentina.

¿Sabría Walsh que Perón, como Hitler, Stalin y Mussolini, se apoyó en el ejército y la policía? ¿Eso bastaba para calificar al gobierno de dictadura? ¿Una vez que se conoce la política represiva de Perón, se puede seguir negando que se trataba de una dictadura, solo porque las formalidades de la democracia se cumplían, como hoy sucede en Venezuela?

No se necesitaba semejante régimen represivo para realizar las transformaciones sociales que se consolidaron en esos años y luego fueron irreversibles, a pesar del golpe cruento.

1. Esos testimonios fueron la base de sus tres tomos de Historia del peronismo, que publicó en la década del 90.

2. El resumen del discurso de su propio desafuero que realizó Balbín fue tomado de Ricardo Balbín. Biografía documentada, de Ricardo H. Soler y Raúl H. Pistorio.

 

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