ROBERTO PETTINATO

Roberto Pettinato
Roberto Pettinato

El trípode represivo de los años peronistas se completa con Roberto Pettinato, director nacional de Institutos Penales y creador de la Escuela Penitenciaria de la Nación, acaso el carcelero de mejor reputación en la historia argentina. Efectivamente, durante su carrera penitenciaria que inició en 1934, y a partir de que fue traído por Perón desde Ushuaia para asumir como director, eliminó el traje a rayas y cerró el penal de Ushuaia por razones humanitarias, además de encarar una importante profesionalización en el área, con capacitación y reglas de comportamiento, pero la distancia que separa la verdadera actuación de Pettinato con el relato, tiene una explicación. Se llama Raúl Apold, que era su gran amigo y fue el verdadero estratega de esa imagen de Pettinato, no siempre ajustada a la realidad.

Es verdad, como dice la historiadora Lila Caimari en sus distintas investigaciones sobre el sistema carcelario durante el peronismo, que, a diferencia de sus predecesores, Pettinato no provenía del mundo jurídico, ni del universo médico-psiquiátrico, sino de la burocracia y administración penitenciaria, ya que fue cadete en 1933, subalcalde en 1936 y jefe del presidio de Ushuaia en 1939. Lo curioso es que aunque prácticamente no sabía escribir, se tomó el trabajo de realizar sesudos ar­tícu­los en la Revista Penal y Penitenciaria,donde presentó y justificó la obra que estaba realizando, siempre marcando la diferencia con lo que había sucedido décadas atrás, como promovía Apold que se hiciera en las películas y noticiarios por entonces, construyendo un relato histórico donde en el pasado estaba todo mal y en el presente todo bien. Evidentemente, los escribió el equipo de quien fue subsecretario de Informaciones y Prensa.

Todos los textos hacían explícita alusión a Perón y al peronismo, en clave de propaganda:

Somos intérpretes y ejecutores fieles y honrados de los pensamientos e ideas del General Perón y de su esforzada y noble colaboradora, su esposa, Doña María Eva Duarte de Perón, que complementa la justicia social que él preconiza, practicando el bien con profundo sentido de la caridad cristiana, elevando a la categoría de imperativo de su vivir cotidiano. (4)

Porque, como le recomendaba Apold, el director de Institutos Penales se dedicó especialmente a propagandizar su accionar, dando reportajes y conferencias, no solo en la Argentina, sino también en Perú, Francia, Brasil, Holanda, Venezuela.

Ariel Kocik puso especial hincapié en detallar la vocación por la propaganda que tenía Pettinato. En una de las notas que publicó sobre el asunto, «Los verdugos favoritos del progresismo», contó que lo acompañó a Emilio Cipolletti en una oficina informal que se armó para respaldar desde afuera el golpe del 43, y que fue en los talleres de la Penitenciaría donde se imprimió un folleto castrense sobre el 17 de octubre. En esos mismos talleres también se imprimieron panfletos injuriosos contra personalidades políticas detenidas en las cárceles por él manejadas, como se denunció en la Comisión Investigadora. Otro asunto curioso está referido a los amigos con los que se fotografiaba, como el nazi Rodolfo Fraude, por entonces secretario de Perón, con quien visitó las cárceles porteñas, o Juan Perazzolo, sindicalista que oficiaba de interventor policial en los gremios rebeldes.

Como dice Kocik, «basados en sus ar­tícu­los y discursos, donde los presos eran buenos y felices, y todos peronistas», la obra de Pettinato es admirable, pero la cantidad de testimonios que existen por debajo de esa máscara son innumerables. Pettinato no solo evitó la cárcel y logró escapar del país el 30 de setiembre de 1955 con 21 propiedades y dos millones de pesos (su patrimonio era de 18 mil pesos en 1946), sino que fue el responsable directo de los brutales tormentos contra la joven laborista Lidia Riquelme y las madres obreras Josefa Oliver de Pupitti y Rosa Silvero de Benavet, militantes ferroviarias. Riquelme dejó sentado que fue vejada moral y físicamente, enchalecada, amordazada y encerrada en el hospital psiquiátrico con las otros dos.

De hecho, la Liga Argentina por los Derechos del Hombre (la primera organización de derechos humanos que existió en el país, vinculada al Partido Comunista) lo incluyó en sus listas de torturadores, y el diputado Santiago Nudelman describió a los pabellones V, VI y VII de la Penitenciaría, donde estaban presos los políticos y sindicalistas, como verdaderos «campos de concentración», con disciplina de «regímenes totalitarios», donde se buscaba «el automatismo colectivo» con casos de «síndrome psicopático y hasta de alienación». Los testimonios del obrero radical Américo Romero y el periodista Alfonso Núñez Malnero, recogidos por Kocik, coincidieron en que Pettinato mostraba a la prensa el «pabellón atenuado» como pantalla y que, en promedio, los presos políticos perdían veinte kilos a poco de llegar, dada la pésima comida que ingerían.

Cansado de escuchar las bondades de la política carcelaria de Pettinato, Cipriano Reyes declaró al diario Crítica:

¡Eran todas mentiras! Quisiera que todos los ciudadanos y ciudadanas argentinas hubieran escuchado gritar a los presos que apaleaban en el sótano, por las faltas más leves. Obligaban a los penados a tener retratos de Perón y Eva. Al pabellón de «disciplina atenuada» iban los delatores y aquellos cuyas hermanas o esposas accedían a la humillación de hacer determinados «trámites» en la dirección general. Todo en el régimen carcelario peronista tendía a destruir la personalidad humana. La violencia de los celadores exigía autómatas capaces de soportarla.

En la cárcel de mujeres, Pettinato formó grupos de choque para golpear a víctimas, como el caso de Leonor Martínez. En la Navidad de 1952, el guardiacárcel Juan Gómez, justicialista y colaborador técnico de Pettinato, ordenó tirarles bombas de gas a las mujeres amotinadas por la promesa incumplida de permitirles una salida. Hubo «alaridos de infierno» y dos chicas muertas serían llevadas a «una ignorada sepultura». De las heridas sobrevivientes quedó registro en los folios de la policía de sanidad del 24 de diciembre de 1952. Había menores y el caso llegó a la gobernación. Básicamente, era el recio contraste entre la teoría penal y la realidad.

Otro testimonio que recogió Kocik es el de Miguel Ignacio Gómez Aguirre, quien suponiendo que su militancia opositora implicaba el riesgo de detención, viajó en 1953 desde Corrientes para mostrar su inocencia. Confiando en la justicia se presentó con su abogado en Orden Político. Desde allí lo llevaron a la Penitenciaría y fue castigado brutalmente en el Pabellón III, donde funcionaban algunas de las aulas de la Escuela Penal. Los verdugos, según denunció, fueron los hermanos Juan Carlos y Luis Amado Cardoso, el sargento Ricardo Aguilera y otros de la comisaría 3ª que, en teoría, nada deberían hacer allí. Amarrado y vendado, lo golpearon en las partes sensibles hasta desmayarlo y despertarlo tres veces. Hubo testigos, como Patricio Cullen y Vicente Centurión, quienes también declararon ante la justicia que «Gómez Aguirre fue castigado en su celda por empleados policiales dentro del mismo penal». Gómez Aguirre pasaría seis meses de torturas morales en la cárcel de Las Heras, sin cargo ni proceso.

El cronista policial Eduardo Stornelli Costa, peronista, que editaba la revista El Laborismo, fue sometido a torturas y a un proceso de desacato por haber animado a publicar una nota acusando a Petti­nato de maltratar a los presos políticos. Detenido en Villa Devoto, afectado de los pulmones, fue llevado al hospital de la Penitenciaría, pero Pettinato prohibió que lo atendieran y lo obligó a firmar una nota renunciando a toda asistencia médica, según el relato de los hechos que hizo su familia a los diarios Democracia y Noticias Gráficas el 20 de octubre de 1955, cuando el director de Asuntos Penales ya se había refugiado en la embajada del Ecuador, y Stornelli Costa ya había muerto.

Pero hay más testimonios. La Liga Argentina por los Derechos Humanos los publicó en un documento titulado «El proceso contra los obreros ferroviarios», en 1951, donde registró el caso de la obrera Blanca Olivera, presa con su beba, que no gozó de sol ni de alimentos adecuados para la criatura, y el de la sala en la cárcel de Villa Devoto, donde llegaron a alojar 250 detenidos en un lugar donde apenas podían entrar 70. Se escribió en ese folleto distribuido en medio de las persecusiones:

Miles y miles de obreros y demócratas conocen las terribles condiciones de higiene, la comida deficiente y nauseabunda, llamada «tumba», los parásitos que pululan por las camas, jergones y paredes de las cuadras.

También la LADH registró el testimonio del dirigente campesino español Ángel Rodríguez, vecino de Tandil, secuestrado junto a obreros metalúrgicos que estaban en huelga y luego detenido en el penal de Olmos.

Era [el penal] algo horrible. Había hombres a quienes desfiguraron totalmente, a algunos les cortaron la nariz, a otros las mejillas y las orejas y lo grave es que a muchos no se les prestaba ni siquiera atención médica y morían.

Rodríguez fue brutalmente torturado con picana eléctrica dentro y fuera de la cárcel. Durante una protesta interna reprimida, Rodríguez llegó a contar a sesenta torturados en una sola noche.

Alejandro Agustín Lanusse, militar detenido en el sur del país, tras la sublevación de 1951, dijo en el libro Protagonista y testigo: (5)

Pettinato era sin dudas uno de los sujetos más inmorales y arbitrarios que he conocido en mi vida. Algunos presos que llevaban ya muchos años de cárcel, a quienes conocí tanto en Rawson como posteriormente en Río Gallegos, habían conocido a Pettinato cuando este era un simple oficial subalterno en la cárcel de Ushuaia y donde se destacaba por los malos tratos y era reconocido también por sus habilidades de trepador.

Según Lanusse, Pettinato se congració con gestos como promover el uso de presos para ayudar a Perón en la calle en 1945.

Pero uno de los que más trato tuvo con Pettinato fue Juan Ovidio Zavala, líder estudiantil, preso y torturado, que llegó a tramar su suicidio en la cárcel de Olmos para evitar más castigos. (6) Nieto e hijo de revolucionarios, sobrino de un diputado radical y de un gobernador peronista, íntimo de la familia Quijano —el vicepresidente del país hasta su muerte, en 1952—, nada le alcanzaba para salvarse. Al entrar, lo golpearon entre cinco guardias. Y cuando murió Eva Perón, rechazó el homenaje obligatorio:

[…] osadía que fue castigada con 30 días en las celdas del subsuelo, conocidas como «el triángulo», y harto temidas por los delincuentes más peligrosos… sin más comida diaria que un plato de sopa y dos panecillos, y sin cigarrillos, mate o libros. Fueron treinta días de infierno, los detenidos soportaron castigos corporales, pasaron días completamente a oscuras y cuando salieron a la luz apenas pudieron reconocer los objetos.

Según Zavala, el propio Pettinato golpeaba a presos quejosos mientras sus guardianes le cuidaban la espalda. Y varios enfermos morían «con limitado apoyo profesional». También declaró que «el régimen utópico paseado por medio mundo era un bluff en la práctica», pues encubría «un castigo constante, perfeccionado y denigrante».

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